Vanessa del Rio, el porno hecho carne


‘Cincuenta años de conducta algo ligera’.O mejor, Cincuenta años de ligera promiscuidad, así quiso titular Vanessa del Río la recopilación de su vida y obra. Nadie como ella, la diosa latina del porno en los años setenta, se entregó con tanto ardor a su tarea: rodar cine porno con ganas. Aquí está el artículo donde lo contábamos el 2 de diciembre de 2007, esta versión online es un volcado precario y no recoge el impacto que tuvo en Internet en su día porque el editor de El País se modificó y se perdieron (en muchos artículos) todos los comentarios y “me gusta” del original. 

Para los amantes del porno, la boca y el culo de Vanessa del Rio son de referencia. Especialmente la boca. Y su entrega en el momento de decir “acción”. Así empezaba el texto. Sumó 246.630 votos al poco de su publicación (quizá se pudieran recuperar en Google). Un récord nada extraño. Todo lo que implica sexo es lo que tiene.

Su nombre y el adjetivo porno lo consiguieron bien rápido. El tema daba juego:  Nadie rodó tan apasionada escenas de coitos, felaciones y masturbaciones, juntos o revueltos. Nadie ha disfrutado tanto ante una cámara, dejándose penetrar, morder, chupar, lametear, manosear; chupando, mordiendo, lameteando, manoseando ella con un ardor que sólo el verdadero deseo del cuerpo del otro o, en su caso, de los otros, despierta. Fueron 120 filmes en 12 años de carrera, de 1974 a 1986. Se atrevía con todo. Y todos. Aquí está el reportaje en pdf


Surgió el reportaje al hilo de la edición de un libro en la casa alemana Taschen. Se trataba de un Art Edition limitado a 200 copias numeradas y firmadas por la actriz, de magnífico diseño, con litografía de Robert Crumb incluida, a un precio de mil euros. Y otra versión de 1500 ejemplares y coste más reducido. En la obra se aprecia de principio a fin el gusto por el género de Benedikt Taschen, fundador de esta editorial que empezó siendo pequeña y de tebeos y ahora es muy grande. En su oferta incluye siempre títulos sobre sexo, con miradas más o menos tórridas, para todos los gustos y niveles. Los ejemplares de Vanessa, sobra decirlo, volaron como golosianas. Y mucho tenía que ver también el vídeo adjunto, que incluía algunas de las películas más famosas de la época. Aquello no podía dejar a nadie indiferente. Impresionante todo él.

Seguir leyendo Vanessa del Rio, el porno hecho carne

Las ‘Tentaciones’ de los noventa


Han caído en mis manos viejos números de El País de las Tentaciones, el suplemento de los viernes de El País durante años. Muchos números sólo existen en papel. Ni siquiera se escaneaban o se guardaban en documentación. Son como piezas de un museo. El espejo y el reflejo de una época, que dado el color de la actual parece dichosa. Prometedora. No sólo por los contenidos o su diseño, entonces tan nuevo, sino por la ilusión y le esperanza que desprende cada número. El País de las Tentaciones fue un producto de una época rica.

La periodista Ana Alfageme escribió el año pasado un artículo en El País para rememorar el nacimiento y crecimiento de esta criatura de la que ella formó parte algo después, cuando ya estaba algo crecida.

En octubre de 1993 empezamos un grupo muy pequeño de periodistas con la tarea de montar un suplemento nuevo, fresco, joven. Nadie, salvo el jefe, Alex Martínez Roig, entonces treintañero, parecía tener claro qué diablos era eso. Y él no estuvo mucho allí, porque enseguida lo hicieron responsable de El País Semanal y nos abandonó en busca de otros territorios. “Venía de la sección de Deportes y se enfrentó a dos partos paralelos: el de su hijo Pablo y el de aquella cabecera que incubó durante dos meses junto a Fernando Gutiérrez, un diseñador de origen español y formación británica que le dio a la revista un tono radical con clasicismo tipográfico. “Teníamos la sensación de que siendo un periódico joven nos habíamos quedado mayores”, dice Martínez Roig, ahora director de contenidos de Canal +, “nos planteamos escribir sobre todo lo que nos gustaba: cine, música, publicidad, televisión, con una mirada mucho más gamberra. Tentaciones era una cabecera que se movía por la portada. Siempre bajo la mirada, arriba, a la izquierda, del padre, EL PAÍS, que garantizaba el rigor y la calidad”, cuenta Ana Alfageme en la pieza citada.

Así, nos fuimos juntando todo el equipo Tentaciones, pieza a pieza, como en un puzzle de un paisaje complicado y montañoso.

Goyo Rodríguez, apenas un chaval, que procedía de El Sol recién cerrado y tenía muchas ideas y muchas ganas de comerse el mundo; Tomás Barbulo, un señor hiper serio y muy curtido, que idem… Mikel López Iturriaga, también jovencísimo, famoso bloguero comidista futuro y antaño encargado de lo musical, que procedía del Máster de El País/UAM; Alfonso Rivera que controlaba de cine y otros asuntos; Marta Nieto, que se incorporó desde la sección de Televisión… etcétera, etcétera. Y luego Vicente Jiménez, hoy altísimo cargo del periódico, como responsable, quien le puso muchas ganas, horas y risas a la tarea de crear nuevos contenidos y engordar al recién nacido. Él es el que se lleva el tartazo (abajo) en la conmemoración del número cien. Y eso ya da idea del ambiente.

La portada de Victoria Abril (arriba) y el número uno entero fue un horror. El alma y la mano del diseño eran uno y trino: Fernando Gutiérrez, un genio, un hombre tranquilo, un pesado que traía todo lo cool del mundo británico (donde vivía) en su cabeza. Y a su cabeza nadie tenía acceso. Poco acostumbrado a los cierres, nada sabía de plazos. Y aquello fue el fin del mundo para nosotros y los compañeros del cierre y la imprenta (y el inicio a la fama para él). Consumimos horas del día y de la noche como sorbetes espumosos, salimos, entramos, comimos, bebimos, miramos, remiramos, volvimos a salir y entrar, esperamos y esperamos… para permitir al artista acabar su obra. Y con el tiempo, la remató perfecta.

Seguir leyendo Las ‘Tentaciones’ de los noventa