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Lola Huete Machado

Las ‘Tentaciones’ de los noventa


Han caído en mis manos viejos números de El País de las Tentaciones, el suplemento de los viernes de El País durante años. Muchos números sólo existen en papel. Ni siquiera se escaneaban o se guardaban en documentación. Son como piezas de un museo. El espejo y el reflejo de una época, que dado el color de la actual parece dichosa. Prometedora. No sólo por los contenidos o su diseño, entonces tan nuevo, sino por la ilusión y le esperanza que desprende cada número. El País de las Tentaciones fue un producto de una época rica.

La periodista Ana Alfageme escribió el año pasado un artículo en El País para rememorar el nacimiento y crecimiento de esta criatura de la que ella formó parte algo después, cuando ya estaba algo crecida.

En octubre de 1993 empezamos un grupo muy pequeño de periodistas con la tarea de montar un suplemento nuevo, fresco, joven. Nadie, salvo el jefe, Alex Martínez Roig, entonces treintañero, parecía tener claro qué diablos era eso. Y él no estuvo mucho allí, porque enseguida lo hicieron responsable de El País Semanal y nos abandonó en busca de otros territorios. “Venía de la sección de Deportes y se enfrentó a dos partos paralelos: el de su hijo Pablo y el de aquella cabecera que incubó durante dos meses junto a Fernando Gutiérrez, un diseñador de origen español y formación británica que le dio a la revista un tono radical con clasicismo tipográfico. “Teníamos la sensación de que siendo un periódico joven nos habíamos quedado mayores”, dice Martínez Roig, ahora director de contenidos de Canal +, “nos planteamos escribir sobre todo lo que nos gustaba: cine, música, publicidad, televisión, con una mirada mucho más gamberra. Tentaciones era una cabecera que se movía por la portada. Siempre bajo la mirada, arriba, a la izquierda, del padre, EL PAÍS, que garantizaba el rigor y la calidad”, cuenta Ana Alfageme en la pieza citada.

Así, nos fuimos juntando todo el equipo Tentaciones, pieza a pieza, como en un puzzle de un paisaje complicado y montañoso.

Goyo Rodríguez, apenas un chaval, que procedía de El Sol recién cerrado y tenía muchas ideas y muchas ganas de comerse el mundo; Tomás Barbulo, un señor hiper serio y muy curtido, que idem… Mikel López Iturriaga, también jovencísimo, famoso bloguero comidista futuro y antaño encargado de lo musical, que procedía del Máster de El País/UAM; Alfonso Rivera que controlaba de cine y otros asuntos; Marta Nieto, que se incorporó desde la sección de Televisión… etcétera, etcétera. Y luego Vicente Jiménez, hoy altísimo cargo del periódico, como responsable, quien le puso muchas ganas, horas y risas a la tarea de crear nuevos contenidos y engordar al recién nacido. Él es el que se lleva el tartazo (abajo) en la conmemoración del número cien. Y eso ya da idea del ambiente.

La portada de Victoria Abril (arriba) y el número uno entero fue un horror. El alma y la mano del diseño eran uno y trino: Fernando Gutiérrez, un genio, un hombre tranquilo, un pesado que traía todo lo cool del mundo británico (donde vivía) en su cabeza. Y a su cabeza nadie tenía acceso. Poco acostumbrado a los cierres, nada sabía de plazos. Y aquello fue el fin del mundo para nosotros y los compañeros del cierre y la imprenta (y el inicio a la fama para él). Consumimos horas del día y de la noche como sorbetes espumosos, salimos, entramos, comimos, bebimos, miramos, remiramos, volvimos a salir y entrar, esperamos y esperamos… para permitir al artista acabar su obra. Y con el tiempo, la remató perfecta.

Unos inicios gloriosos.

Los gritos lanzados deberían haberse grabado en un CD para la posteridad. Las broncas. Los nervios. Puro top ten.

Pero no duró. La magia del producto hizo el resto y los números desde aquel desastre primero producto de la inseguridad y la falta de costumbre fueron cogiendo cuerpo, contenido, atractivo, velocidad…  Gutiérrez se fue adaptando a los cierres, nosotros comprendiendo el producto y la respuesta de los lectores creció como la espuma. Igual que su participación. “El experimento fue un éxito: “El objetivo era conseguir 30.000 ejemplares más cada viernes. A la tercera semana ya alcanzamos 120.000”, recuerda Martínez-Roig. “Recuperamos la autoestima. Demostramos que éramos capaces de conectar con la gente”. Efectivamente, desde el primer número los lectores estuvieron muy presentes, con dos páginas de participación. Enviaban por ejemplo (a través de una muy analógica carta con sello de Correos), los porqués más peregrinos. Otros les contestaban. Un par de ellos: ‘¿Por qué a la parte de delante de los coches se le llama salpicadero?’, propusieron Javier Prieto y José Miguel Arocas, uno desde Valladolid y el otro desde Alicante. ‘La culpa fue de la marcha atrás’, respondieron Los Tres de Castilla desde, de nuevo, Valladolid. ‘¿Por qué se aburren las ostras?’, fue otro de los porqués más celebrados. El que eligió la Redacción: ‘Porque las gambas no les invitan a un cóctel”.

El País de las Tentaciones se convirtió en referencia para un público deseoso de descubrir territorios exteriores e interiores plenos de creatividad. Fue puro divertimento (ver portada de Carmen Sevilla, y hubo muchas así). Un estilo. Un periodismo agradecido. Imaginativo. Y libre. Nadie se pasaba por nuestra planta para intentar influir en nada. Éramos una isla. Los modernos del quinto. Aunque como en todo proceso sucediera de todo y para todos los gustos en nuestro comedor particular. Desde amores apasionados hasta asuntos desagradables y enemistades duraderas producto del roce diario (típico en las redacciones y en cualquier otro sitio). Hubo, además, mucho movimientos de jefes (de Jiménez a Fernando Rimblas), subjefes, subsubjefes que creían serlo y no; salidas y entradas de reporteros, de diseñadores, de colaboradores (ellos fueron una pieza brillante y fundamental: ¡Dios, las postales de Fesser, los reportajes de Carlos Alvárez sobre todo tipo de asuntos; la críticas de discos de Carlos Marcos, Rafa Cervera, Santiago Alcanda o Fernando Martín; los libros de Nuria Barrios, los viajes aventureros de Paco Nadal; las aportaciones cinematográficas y televisivas de Jordi Costa o Luis Martínez; las crónicas norteamericanas de Juan Cavestany!); frecuentes idas y venidas de ideas, contenidos, anécdotas, proyectos…

Lo disfrutamos tanto, nosotros y los lectores que cuando murió yo hice luto. Quizá nadie lo notó (ya estaba en otro territorio), pero durante días vestí en la redacción una de las variadas camisetas negras que se fabricaron con el logo de Tentaciones… (se hicieron otras varias, unas de ellas, muy famosas, decían: “Yo también soy de la generación X”) Su desaparición me pareció un error y un dolor. Algún día colgaré el link con el contenido del número cien, en el que incluimos los retratos de cien fieles y apasionados seguidores. Existimos gracias a ellos. Y nadie de nosotros ha podido olvidarlo.

2 comments on “Las ‘Tentaciones’ de los noventa

  1. Esther dice:

    Hola Lola,

    GRACIAS. Porque me enseñaste que había más verbos que ser, estar y tener. Trabajo hoy, con 38 a la espalda, de periodista y se que mucho de lo que se (y valga la redundancia) te lo debo a ti. Pero tanto Ana como tu obviais a un gran jefe: Fernando Rimblas. Con sus errores y sus bajezas. Pero ese era el señor que nos daba por culo a todos cuando un jueves a las siete de la tarde decía que había que subir a 48 porque entraba publi…
    Tanto en el artículo de Ana como en tu blog, le echo de menos. Y curro en el economista, no es falsa pelotería… Piénsalo. Un besote.

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    1. Tomo nota Esther, tienes razón. Y gracias a tí.

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