Cómo escribir sobre África


Para entender el contenido y la razón de ser de este post, basta un golpe de ratón y trasladarle al blog de la ONG Dyes donde escribe Chema Caballero, el sacerdote javeriano que citábamos en un comentario anterior sobre Sierra Leona: http://www.ongdyes.es/blog/?p=609

En él habla de la obra del autor keniata, Binyavanga Wainaina, ¿Cómo escribir sobre África?, en la que éste da algunos consejos a los que redactan sobre este continente (y que salió publicado hace ya un tiempo en la revista Granta).

Estos, cual mandamientos, los resume Chema Caballero en ocho. Los siguientes:

a) En tu texto trata a África como si fuera un solo país […] No te enredes con detalles y descripciones precisas. África es grande: 54 países y 900 millones de personas que están demasiado ocupadas pasando hambre, muriendo, guerreando y emigrando para leer tu libro.
b) Nunca pongas la imagen de un africano de clase media en la portada de tu libro, ni dentro, a no ser que haya ganado un premio Nobel. Un AK-47, costillas prominentes, pechos desnudos: utiliza éstas.
c) Temas tabú: escenas ordinarias de la vida cotidiana, amor entre africanos (a no ser que esté relacionada con la muerte), referencias a escritores africanos o intelectuales, la mención de niños que van al colegio y que no sufren virus, ni Ébola, ni mutilación genital femenina.
d) Entre los personajes no puede faltar la africana hambrienta, que vaga por el campo de refugiados prácticamente desnuda y espera la benevolencia de Occidente. Sus hijos tienen moscas alrededor de los ojos y tripas hinchadas. Sus pechos están planos y vacíos. Debe aparecer como una mujer completamente indefensa. No debe tener ni pasado ni historia; estas pequeñas diversiones arruinan el dramatismo del momento. Los gemidos y las quejas son buenos.
e) Asegúrate de que muestras cómo los africanos tienen la música y el ritmo profundamente arraigados en sus almas y comen cosas que ningún otro humano come. No menciones el arroz, la ternera o el trigo; el cerebro de mono es el preferido en la cocina africana, junto a la cabra, la serpiente, los gusanos, las larvas y todo tipo de carne de caza. En tu texto, muestra cómo fuiste capaz de comer dicha carne sin estremecerte y, por supuesto, describe cómo aprendiste a apreciarlo, porque África te importa.
f) Hablar generalizando es bueno. Evita que los personajes africanos se rían o luchen para educar a sus hijos. O mejor, simplemente evita representarlos en circunstancias mundanas. Los personajes africanos deben ser coloridos, exóticos, más grandes que la vida, pero vacíos por dentro, sin diálogo, sin conflictos o resoluciones en sus historias, sin profundidad o rarezas que confundan la causa.
g) El africano moderno es un hombre gordo que siempre roba, se niega a dar permisos de trabajo a los occidentales cualificados que de verdad se preocupan por África, es un enemigo del desarrollo y siempre utiliza su puesto gubernamental para dificultar el trabajo a los pragmáticos expatriados de buen corazón que quieren poner en marcha una ONG.
h) Recuerda: cualquier trabajo en el que la gente aparezca mugrienta y miserable será alabado como la “África real”, y eso es precisamente lo que tú quieres que ponga en la contraportada de tu libro. No sientas malestar por esto: estás intentando ayudarles para conseguir ayuda de Occidente.

Siguiendo estas sencillas recomendaciones cualquier periodista o escritor que se precie encontrará siempre público para sus reportajes y libros. ¿Lo has probado?

Fotografía archivo personal: En las calles de Freetown, junto al sacerdote javeriano Chema Caballero, Sierra Leona, 2007. Alfredo Cáliz.

Hombres de Dios y de la Tierra


Una misión en la zona más pobre. Ese era el subtítulo del reportaje. Y el título: ‘Hombres de Dios’.

La misión citada, la de los religiosos javerianos. La zona paupérrima, Madina, zona de selva en Sierra Leona pegada como un chicle a Guinea. Allí tenían casa y mucho trabajo desde hacía muchos años. El fotógrafo Alfredo Cáliz y yo les habíamos visitado ya antes, acompañando al cantante David Bisbal y su hoy esposa Elena Tablada, admiradores de la obra realizada por estos religiosos, con el español Chema Caballero a la cabeza, con los niños soldado de Sierra Leona (ya comentaré esa visita en otro momento: Bisbal se volcó en el viaje y se dejó la piel en un concierto privado y a pelo para ellos, uno de los más sentidos de su vida). Algunos de ellos, como Alfa, Medo, Bakarr, rehabilitados, colaboran hoy en las tareas de la misión.

Lo que vimos allí entonces nos impactó. Por eso quisimos regresar. Para retomar la historia de las vidas de Chema, Bruno Menici, Franco Manganello… y contar lo grandioso de su tarea de décadas. Para contemplar de nuevo la belleza brutal (y al tiempo, la dureza) de un lugar con una vegetación riquísima donde no hay luz eléctrica, ni agua corriente, donde el médico más cercano se encuentra a cinco horas en coche (también añadiré un texto inédito sobre el único hospital de la zona, gestionado por el hospital catalán San Juan de Dios). Queríamos narrar su trabajo cotidiano (la mayoría de escuelas de la zona han sido promovidas y organizadas o apoyadas por ellos), silencioso, poco sujeto a publicidades a pesar de que ellos no cuentan con recursos propios y sólo se sostienen con donaciones. Ese lado de la Iglesia, que es el que en verdad debería llevar la mayúscula, que nada tiene que ver con los lujos vaticanos. Quisimos regresar para admirar los colores de las ropas de las mujeres, los distintos tonos de la piel, el olor de la selva apretada y sofocante en escenarios que parecían sacados de las películas de Tarzán, el impacto visual que produce esa tierra roja como la sangre con una historia tan violenta. Así que nos instalamos en la misión. Y convivimos con ellos durantes varios días.

Luego lo contamos en escenas como esta:

Terminada la misa, Madina (dos calles cruzadas (una principal al estilo Oeste americano), un mercado cubierto y el resto desperdigado a su alrededor) se despereza poco a poco. Se va haciendo la luz completa; se aclaran los tonos del verde y se afinan los contornos de los cotton trees, de las palmeras cocoteras y las de vino de palma; se consolidan la humedad y el calor; se despliegan los tenderetes y abre el surtidor de gasolina que casi nunca tiene, pero que antes llegaba en botellas y ahora traen en cisterna… Y se ve a las mujeres como manchas de color aquí y allá, que barren los porches o preparan comida en los calderos sobre la tierra, mientras cientos de niños surgen de las cabañas de barro y paja de elefante vestidos con los uniformes de colores, cual fichas de un juego: azul y rosa, colegio católico; verde, wesleyano; marrón, musulmán; blanco, público…

Sierra Leona es un país que guerrea hoy y se pacifica, como si nada, mañana. Con una energía que tumba. Y unas diferencias monumentales entre campo y ciudad. Lo que es pobreza digna en el primero, es hacinamiento, chabolismo y miseria extrema en la capital, Freetown, cuya población ha crecido de unos pocos cientos de miles de habitantes al millón y medio, en una década. Todos los detalles de ese mundo se pueden seguir en el estupendo blog de la ong Dyes, que escribía desde allí y escribe ahora desde España Chema Caballero.

“Lo sorprendente es que, igual que empezaron a matarse, terminaron”, nos contaban él y Bruno en el comedor de la misión, que despues de ser ampliado ya no existe tal cual lo recordamos. El país se ha calmado mucho, ha elegido otra vía distinta a la violencia. En 2002 acabó la guerra civil. Ese año se celebraron elecciones. El Tribunal de la Haya condenó en 2007 a algunos de los responsables de una sangría como se han visto pocas, entre ellos al presidente de Liberia, Charles Taylor. Los diamantes atrajeron la muerte. Costaron sangre, sudor y lágrimas. Se ha avanzado mucho. Pero los rescoldos, la miseria (el país oscila en los últimos puestos de la triste categoría: más pobre del mundo) permanecen. El artículo que nació de aquella visita decía:

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