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Lola Huete Machado

Irlanda, la atracción del vacío


Irlanda era feliz. O lo parecía. Todo iba bien entonces, en 2004. Todo fue bien durante un lustro. Todo se vino abajo en unos meses a partir de 2008, justo el momento en que el fotógrafo Alfredo Cáliz, uno de los grandes colaboradores de El País Semanal, preparó esta imagen junto a su familia titulada West Cork, Irlanda, 2008. La economía de Irlanda se hundió como un cuerpo en caída libre por los Cliffs of Moher, esos acantilados de factura espectacular, que parecen pozo sin fondo. Al menos la crisis se hizo carne ante nuestros ojos en ese momento.

Porque la catástrofe, como en España, se veía venir de lejos. Irlanda, el tigre celta, crecía tan rápido que aquello no cuadraba, ciudades y ciudadanos enloquecían con su presente creciente, su futuro prometedor. La vivienda era tan cara cuando escribí este reportaje, que la cita de un precio en alto hasta dolía, especialmente en Dublín. Pero ellos presumían. Los inmigrantes españoles, numerosos (muchos ingenieros informáticos bien formados, muchos dependientes de comercio), empezaban a vislumbrar que aquel mundo iba a dejar de ser paraíso del trabajo y del idioma. Los estudiantes de inglés seguían llenando las academias, pasándolo en grande en los pubs, escuchando conciertos en vivo cada noche (y qué conciertos, y qué música tiene Irlanda, hasta en los taxis…), interactuando con los llegados de todo el mundo tras la mejora del idioma.

El reportaje publicado en el suplemento El Viajero en febrero de 2004, se titulaba Irlanda, la isla que atrapa.

Debe de ser así cada día. Lo indica el cartel: “Abierto todo el año”. Eileen O’Brien se levanta de madrugada y pone en marcha su bed and breakfast: Atlantic View House, Doolin. Co. Clare. Es éste uno de tantos pueblos en Irlanda: al borde del mar, una sola calle, cuatro casas abrazadas y otras pocas solitarias, y un pub, O’Connors, que hay que buscar a tientas cuando oscurece y que en su interior despliega algo así como el catálogo de las esencias irlandesas. Una chimenea calienta a los presentes mientras un grupo de hombres canta una música melancólica sobre barcos camino de América, los malos tiempos o el Dublín de antaño: “Mi mente está demasiado llena de recuerdos, demasiado vieja para atender nuevos asuntos. Formo parte del Dublín de antaño…”.


Irlanda era feliz. O lo parecía. Muchos isleños se movían a lo grande. Sin más. Amaban la tradición pero se apuntaban a la modernidad. Amaban su tierra, pero edificaban sin descanso. Ni los escándalos de corrupción, ni de abusos sexuales y pederastia en la Iglesia católica, tan arraigada en la cultura de la isla, les afectaban. Tras las muchas penurias del pasado, eran todos nuevos ricos en un nuevo siglo.

El día clarea. Cerca se ve el mar, que estalla en espuma, y cientos de gaviotas levantando el vuelo. A lo lejos brota la silueta de los Cliffs of Moher. Estos acantilados de perfil espectacular son la atracción turística número uno en la República. Podrían no existir y ¿daría igual? Quizá. Porque la isla entera es un cóctel de agua y piedra, un popurrí de verdes, una geografía que juega a la sorpresa, un combinado con sabor a parque natural (Connemara, Derrynane, Killarney), a castillos de piedra oscura (Blarney, Cashel, Dunluce), a senderos que invitan a ir más allá, a cielos que se abren y cierran por puro capricho (puede lucir el sol y llover al mismo tiempo); a travesías marinas hacia alguna de las decenas de islas, las Blasket, Sherkin, Cape Clear o Tory.

Irlanda era y es hermosa. Lo es Dublín, la capital. Sus playas. Su campo. Toda la isla. Cada rincón, un pedazo de historia épica y dramática. La vitalidad de su gente, atrapa. El mar salvaje, atrapa. Las costas escarpadas, no sólo hechizan, sino que asombran y espantan. Porque los accidentes abundan. Los turistas suelen sobrepasar las barreras. Y hay más de un susto. Ante uno se abre el vacío como una amenaza. Los acantilados en Irlanda destilan esa atracción fatal tan cinematográfica, como si una voz te llamara invitándote a bajar de golpe. Como deber resultar el cielo para los aviadores. Mirar a la distancia, al horizonte y al agua lejana decía uno de los guardas. “Evita poner tus ojos allá abajo, no pierdas el norte, anda hacia delante… Porque allí se guardan muchos misterios”. Y luego está el viento que no cesa, que no te deja ir, que te empuja en las lomas y te enloquece. Maravillosa Irlanda. Este Norte tan verde, natural, escarpado, solitario, salvaje.

Concentrada en su propia realidad, en su comedor lleno de loza y cuadros marineros, O’Brien prepara zumos y leche, asa salchichas y beicon… Es el desayuno nacional, el irish breakfast. Una expresión tan imprescindible aquí como saber decir “Guinnes”, citar a Bono, Joyce, The Commitments o hasta The Thrills (grupo pop dublinés de moda), o tener claro el significado de palabras como celtic, pub, viking, distillery, gaelic football… ¡Ah!, y conseguir tararear (muy útil para los buenos ratos) la canción de Molly Malone, esa vendedora ambulante cuyo fantasma aún pasea por las calles dublinesas: “In Dublin’s fair city where the girls are so pretty… She died of a fever and no one could relieve her…” (“En la hermosa ciudad de Dublín, donde las chicas son tan guapas… ella murió de fiebre y nadie pudo remediarlo”).

El olor de la fritura de O’Brien se cuela por las rendijas de las puertas, mientras la lluvia (el estado natural en Irlanda, según opinión generalizada) golpea las ventanas. “Mire, mire a lo lejos…”, dice uno de los hospedados. Miramos. La sorpresa ya es difícil. Porque una vez conocidos el parque natural de Connemara, las playas de Galway, el lago Corrib y el Joyce’s Country, la carretera de Kinvarra y Murroogh y el universo lunar de los Burren… una vez llegados a este punto, ya se sabe lo que hay que saber: que el campo es lo mejor de Irlanda. Que no tendrá más remedio que detener el coche en cada recodo de esta isla de 83.000 kilómetros cuadrados (casi siete veces más pequeña que España) para contemplar esa especie de postales idílicas que surgen en el horizonte. El paisaje irlandés responde a las expectativas. Y no es extraño que los nativos echen en falta su sola contemplación cuando abandonan esta tierra, con esa nostalgia con la que han sabido crear libros y películas (ahí están los dos John, Ford y Huston, para ilustrarlo). Los primeros pobladores (7000 antes de Cristo), los celtas (600 antes de Cristo), los vikingos (1000 de nuestra era) y muchos otros debieron sentir algo similar… Por eso dejaron dólmenes, cruces (enormes las de Monastirboice), tumbas (Newgrange, ojo al paisaje), torres fálicas (como la del cristiano Glendalough)… Tantos y tantos rastros de su estancia, simples excusas para el regreso.

Han pasado los años, Eileen  O’Brian sigue sirviendo desayunos en su hotelito al borde del mar cada mañana. Pero la caída de la isla por el desfiladero económico ha sido brutal.

Lo que es Irlanda a día de hoy se resume en el editorial Vuelco en Irlanda, sobre los resultados electorales últimos que El País publicó el pasado 28 de febrero.

“Ha sido mucho más que un mero castigo del votante; el sistema electoral irlandés, que lleva casi un siglo sostenido en dos partidos, el Fianna Fáil, mayoritario, y el Fine Gael,socio menor, ha experimentado en las legislativas de la semana pasada un vuelco sin precedentes”. El partido en el poder ha caído, el Fine Gael deberá gobernar en minoría o, probablemente, en coalición con los laboristas. “La conmoción electoral hay que atribuirla al durísimo ajuste económico que la UE impone a la república como corolario a la ayuda masiva que ha tenido que prestarle…  “Es pronto para hablar de renovación del marco en que se mueve la política irlandesa. Pero el amargo final del milagro económico de un país, un día conocido como el tigre celta, y la penosa recuperación que le espera, apuntan a que cuando menos ha acabado un ciclo histórico”.

Ah, y el comentario de Cáliz respecto a su imagen (arriba) decía: “Ese que va corriendo colina de arena abajo soy yo junto a mi familia: Catherine, Joel y Liam. Al otro lado de la duna está instalada una cámara de placas sobre un trípode y pertrechada de un cable disparador. Allí donde acaba el cable de metal empieza el dedo de carne y hueso de un amigo mío que se llama Paul Kidd, pura humanidad todo él. Así que desvelada la trastienda de este disparo podemos empezar a discutir si esta foto debería estar en mi libro o en el de Paul. Un apunte, a él no le importa”. Ver su galería.

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