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Lola Huete Machado

El efecto nuclear


Los restos de Chernóbil

Este artículo tiene que ver con un libro y un desastre. El primero se titula Zones of exclusion (Zonas de exclusión), y para su portada, el autor, Robert Polidori, ha elegido una imagen de las que no se olvidan. En una pizarra de la escuela de Pripiat, la ciudad ucrania más cercana a la central nuclear de Chernóbil, en la que vivían 50.000 personas, alguien escribió: “No hay retorno. Todo ha terminado”. Y al lado, una fecha: 28 de abril de 1986. Su autor o autora debió apuntarlo allí en su huida, en un gesto que expresa una última esperanza: que alguien regrese y pueda leerlo, que todo vuelva a la normalidad. Pero en Chernóbil nada volverá a ser lo mismo. Ni en un radio de cientos de kilómetros, en grandes zonas de Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Porque dos días antes de la fecha anotada en el encerado se había producido el desastre: el peor accidente nuclear de todos los tiempos.

En 2004 cuando se cumplían 18 años del desastre, publicamos en El País Semanal este texto que puedes consultar aquí en pdf chernobil o bien leer completo (es inédito en la Red) a continuación.

El impacto devastador de la mano del hombre en el medio ambiente es el tema preferido de Robert Polidori, el fotógrafo canadiense conocido en el mundo entero por sus imágenes sobre las zonas de exclusión que quedaron tras el accidente de la central nuclear de Chernóbil en 1986. Habitante de Nueva York y París, Polidori se fue hasta Chernóbyl tres lustros después del desastre (en 2001) y retrató los espacios con su cámara de gran formato. Fue una de las pocas personas a las que se les permitió el acceso a la zona de control de la central en el bloque IV. Pudo hacerlo con un traje de seguridad, una máscara de gas y sólo unos minutos. Lo que captó en ese vacío, en esa zona muerta, fue horror y desolación; una visión extraterrestre; la evidencia de una fatal cadena de errores que provocaron una catastrofe incomparable. Otras fotos de Polidori fueron tomadas en la ciudad industrial de Pripiat, una suerte de registro gráfico de todo aquello que sus habitantes tuvieron que dejar atrás al salir huyendo.

Ahora su trabajo Pripyat y Chernobyl se muestra en la galería Camara Work (hasta el 26 de marzo) de Berlín en una larga gira por salas de todo el mundo. Nunca, y menos ahora, ha perdido actualidad.

El texto continúa así:

Ocurrió a la 1.23 del 26 de abril. En ese instante explotó el reactor número 4 de la central de Chernóbil. Y ahí nació un infierno: el aire se cargó de peligrosos elementos radiactivos. La noticia conmocionó al mundo horas después. Porque el hecho se ocultó en sus primeros momentos. Hasta que una central sueca dio el aviso de altas mediciones de radiactividad en sus sensores. El viento empujó la peligrosa carga a miles de kilómetros de la central ucrania, contaminando Bielorrusia, Rusia, Ucrania…, y llegando hasta Europa. Se trataba de un accidente de consecuencias imprevisibles, con una liberación de radiactividad muy superior a la que se produjo con las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki en 1945. Muertes oficiales en Chernóbil ese día: 30. Fallecidos, según Ucrania y Rusia, entre los liquidadores, esas casi 800.000 personas que sin protección ayudaron a extinguir el incendio y a construir el sarcófago protector: 8.000. Enfermos por radiactividad: 12.000. Muertes, según la OMS, que se producirán: 500.000. Afectados 10 años después, según la ONU: siete millones; la mitad, niños. Superficie contaminada: unos 160.000 kilómetros cuadrados.

El fotógrafo Robert Polidori (Mon treal, 1951) se acercó hasta las zonas de exclusión de Chernóbil en mayo de 2001. De aquel viaje nació la obra gráfica que ilustra estas páginas, incluida en un libro de la editorial suiza Steidl. En ella se contempla lo que quedaba en esas fechas (lo que queda hoy) de aquel lugar desconocido hasta entonces para la mayoría de los mortales. “Chernóbil es una catástrofe de la civilización”, dice Polidori en conversación telefónica desde Nueva York. “Una catástrofe que habla de la falta de responsabilidad del hombre”. Un desastre que durará muchos años: “Para nosotros, quizá 50 o 100; para Ucrania, miles”. ¿Y quién sabe a ciencia cierta los efectos en el tiempo de una radiación de ese calibre en la naturaleza, en los animales, en los seres humanos? La guerra de cifras y el interés en minimizar la catástrofe de aquellos con intereses políticos o económicos continúa hoy, 18 años después del accidente. Un muro de silencio ha rodeado mucho de lo allí sucedido. Polidori (colaborador habitual de revistas como The New Yorker, Geo o Architectural Digest) retrata un paisaje desolador, tanto industrial como humano. Un universo de edificios renqueantes, oxidados, avejentados y solitarios donde no se aprecia ni rastro de esas nuevas tecnologías que se suponen asociadas al tratamiento y manipulación de lo nuclear. Un paisaje sin gente. Vacío. Estéril. Como aquel que nos mostraban algunas películas apocalípticas, cuando lo apocalíptico fue moda cinematográfica. Pero este Chernóbil es real. Y no es muy difícil acercarse a él, según Polidori. Sólo tuvo que pagar aquí y allá. En dólares. “Todo en Rusia y Ucrania se consigue con dinero”. Hasta entrar en el sarcófago, ese lugar donde, con toneladas de hormigón y acero, quedó sellado el reactor 4, en un intento por contener su energía interior. “Incluso ahí se podría entrar”, ironiza el fotógrafo, “lo que pasa es que nadie regresaría para contarlo. Basta una estancia de dos o tres segundos para tener el fin asegurado”.

Se sirvió Polidori de un amigo de una agencia moscovita, Konstantin Leifer, que le ayudó con el idioma y las gestiones. Con él se desplazó hasta la central de Chernóbil y pudo comprobar cómo en las zonas prohibidas, las que llaman de exclusión y de exclusión absoluta, siguen trabajando unas 5.000 personas (se cree que más de 1,5 millones habitan en zonas contaminadas). “Son técnicos, en su mayoría; guardianes, ancianos, empleados de la limpieza, algunos policías… Hacen turnos por quincenas porque la radiactividad les impide permanecer más tiempo”. Y Polidori sugiere: “Mira la página 21 o la 6 del libro”. Miramos. Y habla de unos aparatitos que los técnicos de la sala de control del reactor 3 llevan colgados del bolsillo de su bata: “Hay dos tipos de controles para la radiactividad: uno de los artefactos mide la acumulada, y el otro, su intensidad”.
E insiste en los detalles: “Aquello es un polvorín. Y ahora se apuesta por convertirlo en un gran cementerio nuclear”. Según Polidori, desde que una modificación en la ley medioambiental del país permite importar y almacenar material radiactivo gastado, esta opción, como tantas otras, se ha convertido inmediatamente en esperanza para las gentes que habitan este desgraciado lugar. Incluso ha habido manifestaciones para que alguno de los reactores de Chernóbil se reabra y ofrezca trabajo y energía a la región.
Sin embargo, según la organización ecologista Greenpeace, no hay evidencia de que ningún país esté almacenando material nuclear en Chernóbil o esté interesado siquiera en hacerlo. “Mira en la página 16”, insiste Polidori, “eso es un almacén para material nuclear. Es de los viejos. Hay otros nuevos”. Y hojeando el libro se aprecia un detalle irónico. En la sala de control del reactor número 3 se ven técnicos y ordenadores. En las pantallas de éstos aparece grabada una inscripción tranquilizadora: “Low radiation…”.

A través de las imágenes de Polidori se puede oler, tocar o respirar un mundo desaparecido, una ciudad destruida, el rastro de muchas vidas truncadas. Tomar las fotos fue sencillo, dice el autor. No hubo unas más complicadas que otras o lugares prohibidos para él: “Todas fueron fáciles de hacer, pero son difíciles de contemplar, de editar. Porque no hay ningún rastro de felicidad aquí, ni de vida, ni de esperanza”. Más de 100.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares en los 10 días siguientes al accidente. Pero durante las dos jornadas posteriores a la explosión de ese caldero nuclear siguieron en sus casas, con su actividad habitual, yendo al mercado o al colegio, antes de que el Kremlin ordenara su evacuación. Cuando fueron obligados a salir, ya era demasiado tarde para escapar a las secuelas de la radiación. Atrás dejaron lo cotidiano: la comida en las cocinas, los papeles sobre las mesas de trabajo, los juguetes en escuelas y guarderías… Es en estos últimos lugares donde Polidori se detiene con mayor interés en una buena parte del libro. Las otras secciones están dedicadas al reactor 3, aún en uso cuando Polidori visitó la zona (fue cerrado en 2002); a ese sarcófago de aspecto desastroso que desde hace años pierde su contenido a través de mil fisuras (por ellas entran y salen los pájaros; un proyecto internacional planea un nuevo escudo protector, que se colocará previsiblemente en 2007); a cientos de dachas solitarias esparcidas por los alrededores, y a la maquinaria y vehículos inservibles abandonados por los caminos.
En las fotos de Polidori aparecen pupitres polvorientos, cajones despanzurrados repletos de materiales educativos y piezas de juego, muebles desvencijados, libros amontonados, paredes desconchadas… Y muchos objetos con intrahistoria: el retrato de Lenin hecho añicos en el suelo, una muñeca desnuda y sin dueño, raquetas de tenis, la lana que se escapa de los colchones de las cunas, las lámparas caídas… La ciudad de Pripiat sufrió la explosión, la radiación y luego el saqueo. Objetos contaminados que se compran y venden.

“El mayor peligro está en la comida”, asegura el fotógrafo. Todo contaminado. Sobre todo el agua: la del río Pripiat, la de su afluente el Dnieper, la de los lagos… “La gente allí bebe mucho vodka, de ese con sabor a hospital”. Cuenta Polidori que durante su estancia se alojó en unas casetas de obra y cómo conoció a algunos de los centenares de ancianos que habitan la zona. “Sólo a ellos les permiten regresar. Porque en el cuerpo de los mayores, el cáncer tarda décadas en manifestarse, mientras que en los niños es muy rápido, en pocos años destroza”. Menores enfermos como esos de la exposición itinerante Niños de Chernóbil, con imágenes del bielorruso Vitaly Barzdyka, organizada por Greenpeace, que se puede ver en España. Las cifras e informes sobre enfermos y enfermedades en la zona son muchos. El mismo Polidori sufrió luego problemas gástricos e intestinales. Y algo más: “El médico alemán que me atendió me dijo que era propio de quienes regresan padecer dolores de cabeza, depresión… Yo lo sufrí. Es imposible que esto no te influya psicológicamente”. Polidori quedó muy afectado por Chernóbil: “Yo ahora ya no creo en Dios. Antes, sí; después de esto, no”. Según él, lo de Chernóbil se lo ha buscado el hombre: fue provocado por irresponsables, por ingenieros poco preparados que experimentaron y forzaron las máquinas, “pero Dios tampoco ha ayudado mucho”. Incluso todo podría ser, según dice, fruto de fuerzas satánicas. ¿Cómo si no explicar desastre de tal envergadura? Para Polidori, la frase de la pizarra define lo que de verdad es ese lugar. “No hay retorno. Nadie puede añadir más”. Y sobre la energía nuclear, ¿qué opina? “¿Es culpa de la energía o del hombre lo sucedido en Chernóbil?”, se pregunta a sí mismo. “¿Acaso tiene derecho una generación a arriesgar de esta manera la salud de tantas y tantas generaciones futuras?”.

Más información: www.chernobyl.info/en.

2 comments on “El efecto nuclear

  1. Hana dice:

    algun link donde encontrar el libro completo?? mil gracias!

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    1. Ya tiene sus años, mira a través de la web de la editorial

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