Fallo electrónico del motor


CARTA DE MARIE (2)

Querida Lola:

¿Te acuerdas de mi vieja teoría de que los objetos son sensibles? Lo investigábamos juntas antaño mientras jugábamos a los médicos de niñas… Hacíamos entonces sufrir a los muñecas, a los peluches, a los lagartos y hasta a las piedras. Todos padecían por igual. Y chillaban, ¡vaya si chillaban1 ¡Qué bárbaro resulta ahora visto desde este París tan ‘humanosarkozy’ donde ahora me encuentro! Pero, ya hablaremos de eso. Hoy estoy segura. Creo en la sensibilidad de los objetos. Tengo pruebas: mi coche siente, siente por mí, siente mi estado, siente el estado del mundo. Empatiza. Que estoy estresada, atacada de los nervios, desquiciada… Que empiezan a sobrevolar las bombas, llega el tsunami, hay un atentado, la política se enturbia, Camps no dimite, Zapatero habla o Esperanza Aguirre inaugura otro pantano… pues él va y enciende un chivato en el panel de mandos que indica: “Fallo electrónico del motor”.

¿Fallo electrónico del motor? ¿Pero qué significa eso? ¿Es que el motor no es un ser mecánico?, me pregunto. ¿Significa que se va a detener en plena marcha? ¿Que hay que salir corriendo porque se incendia? ¿Que debemos ponernos a cubierto? Buscaba yo desquiciada, muy al principio, una instrucción secreta de esas que suele usar todo manual de instrucciones. Y ni una encontraba que me sirviera para actuar, para hacer algo. “Debe ser grave”, me agobiaba yo… muy al principio. Porque, para cumplir con el estereotipo de mujer al volante (tú no, ya lo sé, pero yo soy más vieja), en los coches no sé ni donde hay que ir a buscar el gato para cambiar una rueda… Y no te digo la rueda.

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El perro partitura



Hay un perro que se mira a un espejo en la portada. Un perro negro convertido en partitura al otro lado, que se observa a sí mismo y se medita, perplejo y quieto. Un perro que escucha o dice o transmite frases como estas:

– “Siempre que me lavo el ombligo me da vértigo. Es como enjabonarse el origen. Me invade un mareo, una polifonía de tiempos…”.

– “Escucho y le ruego al ritmo que te traiga. Ven aquí con la velocidad de tu tiempo. Crece el sonido, acordes risueños…”

– “Mi primer recuerdo es mi madre y su voz de galleta remojada en leche.  Nunca vi su rostro, nací ciego”.

– “Todo cabe en un compás y los dos cabemos en mi cuerpo”.

El perro que comía silencio de la Editorial Páginas de Espuma (http://www.ppespuma.com/) es el primer libro, y bien lírico, de la violinista chilena Isabel Mellado. Se presentó en el Hotel Kafka de Madrid la semana pasada. Hubo música y comentarios. El eco del libro es su música. Y la personalidad de quien lo ha escrito. Ella misma lo cuenta en la web Conoceralautor