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Lola Huete Machado

Peter Beard, la vida es un juego salvaje


En Cassis, pueblo de la Costa Azul francesa; entre giros de la carretera que desciende en busca del mar Mediterráneo, el puerto deportivo, los turistas, las boutiques con mucho tejido claro y caro, y las callejuelas peatonales…, subes la escalera estrecha de una casa de vecinos cualquiera y te hallas en un pispás frente a Peter Beard (Nueva York, 1938). Está esperando, sentado en una silla en medio de un cuarto escueto y abarrotado de libros, fotos y objetos; vestido de negro impecable y aterciopelado, las piernas cruzadas con desenfado, un calcetín de cada color; las manos grandes y gastadas, manchadas de tinta y de la sangre de vacuno que encarga desalada para que cuaje sobre el papel… Imponente con 70 años. “Me conservo bien porque soy muy infantil, muy inmaduro; estoy muy enojado con todo. Eso ayuda”, dirá luego.

Luego. Porque antes, con sus ojos claros entornados, lanza una mirada escrutadora a la visitante (a la que ha pedido “charlar, sin grabadora”), le regala una de sus sonrisas engatusadoras y… decide abrirse, abrir la caja. Mejor, las cajas: la de la cercanía y sintonía con el otro, y la de sus recuerdos. Un botín ambas. “La vida es una avalancha”, dijo una vez. Y así es él. Arrollador. De esos seres que abren la boca y fluye el mundo líquido: borbotones de ideas, anécdotas, imágenes, ironías; opiniones contradictorias y políticamente incorrectas, la mayoría…

Así arrancaba el artículo sobre el famoso fotógrafo neoyorquino publicado por El País Semanal, el 6 de junio de 2008

Un impacto fue conocerle. Elegante, guapo, excéntrico, apasionado y creativo hasta la médula, en primavera de 2008 le fui a visitar en Cassis el pueblo francés de la Costa Azul donde tiene estudio y se retira a trabajar de vez en cuando. Su vida giraba entre Nueva York, Nairobi y Francia. Estaba preparando exposición, reelaborando todas aquellas fotografías en blanco y negro que tomó en los años sesenta y definen su trabajó, junto a su ayudante Gustavo Fermin y con la presencia siempre en la distancia de su esposa Nejma, que controla su logística, a Dios gracias, desde Nueva York, pues él es puro desastre. El hombre biónico, lo llama ella. “Porque tiene más energía que diez juntos”.

Porque cuando trabaja, Peter Beard es uno y sólo. No sabe de otros, ni de intereses ajenos, ni del mundo exterior… Por eso fue un honor que me diera su tiempo, su charla, su atención, sus cuidados… empeñado en que conociera Cassis, sus secretos, sus paisanos y paisajes, tan generoso… El pueblo entero a través de los ojos de Peter Beard, caminamos por sus calles, andando él con ese balanceo peculiar de su cuerpo producto de aquel día en que le arrolló un elefante. Un lujazo. (Y una suerte: es un hombre que acoge o expulsa. Radicalmente. Me siento privilegiada, sobre todo por el contacto que han mantenido después conmigo). Él trabaja y trabaja, elefantes, leones, cocodrilos, hombres o mujeres, y mucha moda… Para él todo es motivo de reflexión, cualquier detalle, objeto que encuentra es suceptible de ser convertido en arte. Eternamente provocador (“Yo no soy sentimental, odio el sentimentalismo; esa piedad occidental que tanto abunda, la de los que se dedican a hacer el bien para expiar la culpa del mundo desarrollado”, continúa Beard. “Do-gooders”, los llama. ¿El modelo? “Bono o Bob Geldorf”. Especialmente el último: un “inconsciente”. “Patético” es otro de sus adjetivos preferidos) su tema número número uno es África. Hasta allí viajó Beard por primera vez en 1955, a los 17 años. Le fascinó tanto, que este habitual de la alta sociedad neoyorquina acabó quedándose y siendo el fotógrafo de la vida salvaje. Publicó el libro The end of the game (el final del juego o el juego ha terminado en sus palabras) considerado una profecía sobre l evolución del mundo. Denunciaba los peligros de la superpoblación. Acabará con nosotros, decía. “¿Cambio climático? No, eso no existe. El clima somos nosotros”. Su obra fue reeditada por la editorial Taschen. Muchos de sus cuadernos están agotados. Su vida y obra se recogen en su web.

Beard es el fotógrafo del África salvaje y de los elefantes como metáfora social de nosotros mismos; el de los retratos a las modelos más cotizadas –“¿contradicción?, no; la belleza de la mujer es lo último que queda puro de la naturaleza”, afirma–. El juergista y noctámbulo empedernido que aún cierra el último los clubes de las grandes ciudades porque apenas duerme; sólo vive, observa, piensa, crea de manera contundente y permanente. El norteamericano guapo que iba para médico y acabó estudiando arte con Joseph Albers (de la Bauhaus). El de los amigos geniales, ricos y famosos:

– Andy Warhol: “Me pareció un freak cuando le conocí”.

– Francis Bacon: “Imprescindible. Me pintó mucho, me hizo cuatro trípticos. Uno de ellos está aquí, mira”, señala a la pared, “arrugado de tanto viaje desde Kenia”.

– Dalí: “Era el hombre-idea; nada de loco, como muchos creen. Le quise mucho. España le trató mal. Luego nos vamos a comer una crema catalana en su honor”.

Y así cita a Capote, los Rolling, la familia Kennedy… Aquellos con los que compartió gira, mucho tiempo y muchas vacaciones.

Detrás de este hombre de porte aristocrático, rubio de piel tostada, se esconde el chaval de 17 años que se fue a África un día de 1955, por vez primera, con el bisnieto de Charles Darwin (puro destino naturalista) y acabó comprándose una granja (Hog Ranch) en las colinas Ngong, en Kenia, pegada a la de Karen Dinesen von Blixen, autora de Out of Africa, que le impulsó a ir, mirar y ver de qué va esto, a qué huele, cómo se transforma, cómo el continente negro luce infinito y, sin embargo, se agota y desvanece bajo “el boom demográfico, el deterioro del hábitat, los males del colonialismo, la corrupción política, la industria de la ayuda internacional…”.

En definitiva, Peter Beard es el autor de ese libro triste, el ensayo-denuncia que le hizo famoso, The end of the game (publicado en 1963 y reeditado en 1965, 1977, 1998, y ahora, por la casa alemana Taschen, en 2008), en el que plantea nuestra destrucción como especie según avanza la del territorio. ¿Por qué? “El juego incluye a ambos, el cazador y el cazado; es el deporte y el trofeo. El juego está matando al juego. Hace sólo 50 años, el hombre tenía que protegerse de las bestias; hoy son éstas las que deber ser protegidas por el hombre”, escribió en el prólogo de 1965. “¿Cambio climático?”, se ríe. “No es el clima el que está mal. Nosotros somos el clima”. ¿Programas para proteger a los animales? “Pero si somos nosotros el peligro”. Depredadores. Eso éramos. Eso somos. “En vez de los jardineros del edén, las máquinas cortacésped”, dice, antes de recomendar la lectura del epílogo del libro: “Allí está todo dicho”.

Pensamiento y obra de Beard son la misma cosa: a veces, un collage cambiante, barroco e infinito; otras, un punto fijo del que se niega a salir, como esa escritura repetitiva, dadaísta, que inunda sus famosos y numerosos cuadernos de viaje (blogs de entonces), que comenzó a elaborar con 12 años como un modo de atrapar el entorno, las vacaciones, los amigos, la familia, los paisajes, los desperdicios o los insectos. Tan personales –cada página es una obra de arte–, en los que funde fotografía, antropología, historia, biología, naturaleza, arte… “Mira éste”, dice, y enseña el que elabora ahora mismo. “A veces, en los aviones, recorta las revistas, les quita hasta las grapas, todo lo atesora…, y el asiento queda hecho un caos, y yo, apurada, pienso: ¡debemos parecer tan excéntricos!”, dice desde Nueva York su esposa (y agente), la keniana-afgano-americana Nejma Khanum, con la que se casó en 1985 y con la que tiene una hija, Zara. Nejma le llama “el hombre biónico”: “Tiene más energía que diez juntos”.

“Estamos condenados”. Era y es la frase preferida de este aventurero; representante, a su pesar, de ese mundo rico, excesivo y diletante que habita entre la mansión solitaria sobre los acantilados en Long Island –“more perspective, more weather, more drama”, dice– y el Nueva York más cool; que un día viaja a África y queda fascinado con la fauna, la flora, el horizonte y el paisaje, los oriundos, la aglomeración de white hunters (cazadores blancos), los safaris, el Kilimanjaro, y acaba compartiendo tiempo y espacio del siglo XX con los occidentales congregados en manada en África, empujados por igual pasión, ganas, dolor, deseo de huida o, simplemente, por tener qué contar a los nietos. “Todos esos extranjeros que desean transformarse a sí mismos mientras afirman querer cambiar África”, escribe otro viajero empedernido, Paul Theroux, en el prólogo de la reedición de The end of the game. Y enumera: estrellas de rock, misioneros, traficantes, periodistas en busca de scoops, ONG, economistas, mercaderes de diamantes, ecoturistas, ejecutivos del petróleo, banqueros, políticos fantasiosos…

“Toda esa gente equivocada”, apuntó Beard. Y Theroux: “Cuanto más lejos se interna el blanco en África, más se escapa la vida de ella”. “Me estoy yendo de África”, anunció una vez el fotógrafo, decepcionado. Pero nunca se ha ido. Su esposa lo explica: “Peter era un romántico, un idealista al principio; esto ha cambiado con el tiempo. Su mensaje de hace 40 años era oscuro, dramático, y nadie le hizo caso, pero ha resultado acertado. Ahora es una moda entre las celebrities preocuparse por el medio ambiente”. Coincide Theroux: “The end of the game no es tanto un libro sobre la vida salvaje como sobre el engaño humano… Tan vigente hoy como cuando fue publicado. Profético”. “La gente cree que yo soy conservacionista”, dice Beard. “Y no. Lo que soy es un escéptico”.

Beard nunca quiso cambiar nada. Se dedicó a mirar y a trabajar en el parque Tsavo; a cazar y a captar con su cámara, como un obseso, la vida salvaje. Animales y hombres. No importaba cómo, dónde, cuándo, a qué hora de la noche o de la madrugada, o en qué escenario, selva, laguna, río, parque; en avioneta, a pie, a nado; un salvaje él mismo. Hay miles de fotos tes¬ti¬monio de ello. Y muchas más de elefantes.

Ellos son, en su obra gráfica, lo que la tribu de los nuba a Leni Riefenstahl o las guerras de principio del siglo XX a Robert Capa: su obsesión, su tarjeta de presentación, casi su razón de ser. Cuatro décadas después de retratarlos con profusión siguen siendo la base de su trabajo y su discurso. Y hasta de su propia condición física actual: una elefanta le embistió y atropelló en 1996 en la frontera entre Kenia y Tanzania, y de aquello, que estuvo a punto de costarle la vida, le quedan en el cuerpo siete clavos de titanio y 28 tornillos, que luego, al verle caminar, casi se visualizan dentro de él, en su modo de andar, en el movimiento de balanceo de su cuerpo. “Los hombres”, dice, “somos como los elefantes. Tan prolíficos, tantos, tan superpoblado el territorio, que somos capaces de acabar con él, de engullirlo y engullirnos”. Ahí aparecen en sus fotografías, solos o en manadas, comiéndose los árboles hasta hacerlos caer. O sus esqueletos monumentales con restos de madera en el estómago. ¿Sigue siendo Beard tan pesimista sobre el futuro como lo era en los sesenta? Respuesta: “Soy extremadamente realista. Nos pasará como en la película El planeta de los simios. Y ya lo dijo Orwell. Pronto no quedará nada”. Y matiza: “Quizá no desaparezcamos, pero viviremos como cucarachas”. (ver aquí completo).

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