Carretera y manta


CARTAS DE MARIE (6)

Querida Lola:

Conduciendo carretera A 3 adelante iba yo hoy junto a otras dos personas camino de la costa mediterránea. Mis compañeros de viaje han optado uno, por la música de los Beatles a través de los cascos, y otro, por la duermevela… Así que ahí andaba yo tan ensimismada, que he caído atrapada bajo un manto de nostalgia. Iban corriendo los metros de asfalto bajo las ruedas del coche como si de mi propia vida, jalonada de baches, rugosidades y líneas discontinuas o rectas, se tratara. Mi memoria desatada: recuerdos de cuando realicé este trayecto la última vez, la penúltima, la antepenúltima, con quién, hacía donde, con qué objetivo… Y hasta el contenido de alguna que otra conversación temática -cargada de ilusiones y risas, de decepción o llanto- ha aparecido con nitidez ante mis ojos. Era meter las marchas, pisar el embrague, etcétera, y brotaban los años como las encinas en esta tierra manchega que se desdobla tricolor en la lejanía: verde y marrón debajo; azul intenso, arriba. Un cielo cervantino cual cúpula inmensa. Un cielo de infancia. En ningún lugar del país hay tanto como aquí, juraría yo; a veces hasta se aprecia la curvatura del planeta mirando al horizonte. Qué hermosura Castilla entera. Como lo es también el vacío del paisaje… algo insólito si te acercas desde mundos más densos.

Dios, me he dicho en un punto kilométrico dado, ¿qué tendrán los viajes por tierra que te hacen meditar y sentir de esta manera? En los aéreos no pasa o yo, al menos, no lo siento. En la altura, a una le da por pensar global, a lo grande, en proyectos; miras hacia adelante. Pero en coche no, en coche es el trecho ya recorrido lo que cuenta. Viajes terrestres, máquinas automáticas del tiempo. ¿Será por las cuatro ruedas pegadas al suelo? ¿Sera por la imagen del ríodelavidaquefluye en que se convierte el paisaje? Y no. De repente lo supe. No es el viaje. Es el sonido del viaje lo que importa. La emisora de radio, en este caso. Y más concretamente, una de música melosa con nombre de beso que programa temas de hoy y de siempre, según repite una y otra vez. Oír según qué melodía es como encender el interruptor de un cine privado y curricular, un pase íntimo de escenas en corto con un solo protagonista. Un ronroneo interior; un impulso de textura mantequilla que te domina. Fue sonar el primero, Los sultanes del swing, de los Dire Straits, y mi manga pastelera de recuerdos rebobinó la cinta a la velocidad de la luz. No te digo nada cuando saltaron al Losing my religion de REM o a La chica de ayer de Nacha Pop. El frenesí: “Un día cualquiera no sabes qué hora es, / te acuestas a mi lado sin saber por qué. /Las calles mojadas te han visto crecer /y con tu corazón estás llorando otra vez. /Me asomo a la ventana, eres la chica de ayer /jugando con las flores en mi jardín…”.

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