search instagram arrow-down
Lola Huete Machado

Isabel Muñoz, cruce de caminos


Conocí a Isabel Muñoz gracias a Etiopía y a las tribus del valle del río Omo. Fue en 2004. Una visita a su estudio para un texto de El País Semanal, una charla breve, que se convirtió en larga, muy larga, inacabada y, hasta ahora, siempre abierta… Y ya. Nuestros mundos se cruzaron. La fotógrafa se trasladó hasta el suroeste del país en varias ocasiones para retratar a la tribus de la zona, los surma y los nyangaton, entre otros, indígenas de una región en cambio que están ya muy amenazados. De aquellos viajes nació una de sus obras más elaboradas, un muestrario de cuerpos y rostros de hombres, mujeres y niños que descubre el alma de un pueblo digno, anacrónico y guerrero. Lo contamos en El País Semanal pero no está en la web, hay que buscarlo en pdf en la página de la autora o en el archivo del periódico. Fue mi primer texto sobre Isabel. Luego vinieron otros. Y otros contenidos: ella ha movido desde entonces su objetivo desde lo puramente corporal y estético (aunque nunca lo ha abandonado, es su sello) a otro mucho más social y comprometido. Acabé, con los años y el mucho tiempo compartido, escribiendo su biografía en el libro de la serie Obras Maestras recién editado por La Fábrica.

Con eso lo digo todo.

Guerreros de África

Hay quien asegura que la fotógrafa Isabel Muñoz es un poco bruja. Que te mira un instante y te retrata. Que lo sabe ya todo de ti. Viendo estos hombres, mujeres y niños de la tribu surma, en el suroeste de Etiopía, es evidente que algún poder esconde: la habilidad de definir un mundo a través de sus individuos, a través de estos cuerpos desnudos, espigados, ambiguos, engalanados con motivos geométricos, orgullosos, armados y fieros que se balancean dulcemente sobre la cadera, que cierran los ojos o se tocan el pecho y la oreja con delicadeza, que sujetan con estilo el bastón, el Kaláshnikov, la túnica…

“Este trabajo era un sueño. Cuando la alemana Leni Riefenstahl publicó un libro sobre los nuba de Sudán, me dije: ‘Tengo que hacer algo así”, asegura Muñoz. Hecho queda (o casi, porque ya piensa en regresar). Y aquí es donde su pasión y su memoria se aceleran: “Los nuba, Sudán, hay guerra, estuve a punto de ir varias veces, pero no; y un día me hablaron de los surma, de la misma etnia que los nuba, pero etíopes, frontera con Sudán y el río Omo. En esa zona, y esto es lo que los ha preservado, había dos puentes que los unían con otra tribu, los mursi, interesantes, pero acostumbrados ya al turismo, a los blancos, a la coca-cola… El ejército voló los puentes y allí quedaron los surma, aislados. Para llegar, se necesitan tres días en todoterreno”.
Hasta ese lugar remoto de África se fue esta mujer nacida en Barcelona, menuda, de piel blanquísima, cabello negro y rizado, de rasgos finos y ojos vivos, con medio siglo de vida y movimiento continuo (no para quieta un instante): “A los 13 me compré mi primera Instamatic. Luego me casé, vine a residir a Madrid y parí a mis dos gemelos, a los 20; no tuve tiempo para carrera ni nada. Y cuando tenían ya cuatro años, me planté. Reflexioné sobre dedicarme a la foto o hacer ciencias exactas… [se ríe]. Menos mal que elegí la foto, lo otro habría sido horrible…”.
Un cuarto de siglo ya de actividad (“caótica”, según ella) que la ha convertido en prolífica autora de libros, exposiciones, reportajes… Ha hecho de todo. Y ese todo es, en realidad, siempre lo mismo: cuerpos. En mil posiciones, desde mil ángulos. Aunque así dicho no encaje con la realidad, porque ella lo que anda siempre es a la caza del espíritu. Una persecución desesperada que la empuja a viajar sin descanso (“Ya no sé ni dónde vivo, soy un poco gitana y ya no puede ser de otro modo”); un vaivén compulsivo para captar miradas, arrugas, pliegues, movimientos, gestos…: un afán por descubrir los secretos del ser, la razón última que nos hace iguales y únicos. Una obra elaborada gracias a su empeño, a un buen equipo, a miles de horas empleadas en idear, buscar personajes, convencerlos, retratar, obtener la pose, el gesto, la luz; revelar, ampliar y, luego, contar…
Sobre esto último no tiene la fotógrafa mayor problema. Le encanta hablar. Hilvana historias sin pausa. Usa una coletilla (“Para hacerte la historia corta”) antes de eternizarse en la narración, un modo sutil de mostrar que, para ella, todas las historias son largas, muy largas; que nunca, en realidad, tienen fin. Así, dices “surma” y nacen de su boca anécdotas, detalles de un lugar remoto. Dices “Cuenca” y se dibujan los surcos del campo castellano en sus fotos. Dices “Camboya” y aparecen niñas, burdeles, miseria… De estos tres temas se ocupa ahora Muñoz. Se entiende su devoción. Pero igual sucede con asuntos pasados: Irán (“Fui en busca de luchadores; siempre me las apaño para retratar universos machistas, será porque soy mujer y curiosa”), Turquía, natación, danza…
A la región etíope de Kafa, cuenta, se acercaron cinco personas, con el guía. Lo portaban todo: tienda, agua, comida. Lo que encontraron fue un paraíso de tribus, ríos, montañas, cuerpos: “Aparecían y te decías: ‘Qué tíos tan impresionantes”. Sin atavíos, apenas una tela escocesa al hombro o la cintura. “O: ‘Mira esa chica, qué maravilla’, me acercaba y era un hombre. Son de una ambigüedad tremenda”. Allí vio mujeres vírgenes, escarificadas, con el plato de arcilla en los labios (cuanto más grande, más dote, más belleza), y asistió a ceremonias de matrimonio: “El padre de ella antes regalaba ganado; ahora, un Kaláshnikov. Y ellos, polígamos y nómadas, se marchan con su fusil y sus amigos, que es como lo pasan estupendo. Están siempre juntos, maquillándose con tierra y tiza, arreglándose y poniéndose bellos, los unos para los otros”. Muñoz les pedía posar, les explicaba, les tomaba polaroids…: “Y ellos las colgaban en las lanzas, como hacían los indios con las cabelleras. Estaban sorprendidos”. Debió de ser aquello un tira y afloja; una lucha de mundos, mentes y objetivos, entre la obstinación que se adivina en una Muñoz metida en faena y la decidida libertad de la que hacen gala los surma.
El equipo se enfrentó a muchos miedos (“son violentos, claro; la vida, la muerte, el sexo, todo tiene otro sentido”) y sospechas (“nos libramos de atracos por la pura suerte que siempre me acompaña. Creo en ella para todo en la vida”); a balaceras nocturnas (“a veces beben mucho, y tú, en tu tienda, lo oyes y es que te mueres”), costumbres

(“los hombres comen carne cruda, leche y sangre”) e idiomas (“eran tres traducciones: del castellano al inglés, de éste al amárico, y vuelta”); al uso del dinero: “Es un puro lenguaje. No tienen nada de nada para comprar, pero han entendido que pueden cambiárselo a los contrabandistas de armas, dinero por Kaláshnikov, es lo único que tienen, lo que les da poder”.

Cada detalle vivido allí forma parte del resultado gráfico aquí. Tanto casi como la influencia de Cuenca, su obra previa, que lamenta ahora tener que terminar: “Me paseé por la provincia con mi tela a cuestas, para un encargo de la Diputación. Y sin los retratos de la gente de Cuenca, los de los surma no habrían sido igual, una cosa ha llevado a la otra”. Y muestra rostros ajados, castigados por el sol; decenas de historias emotivas de esa España tan central y olvidada. “Si fotografío tus manos, tus ojos, ellos hablan de ti… Me gusta ese misterio, la intemporalidad. Hay gente que te toca, te llega, y tú te empiezas a meter en su alma”, explica Muñoz, que vive ya pendiente de Camboya, otro trabajo en proceso, muy doloroso, que pronto exhibirá.
Las huellas de las idas y venidas de Isabel Muñoz por el mundo se aprecian en su estudio madrileño, un cuartel general que ha ido llenando de mesas y sofás, de objetos exóticos, ordenadores, tendederos de imágenes; un lugar que es como la caja fuerte de la historia de su vida. “Soy muy supersticiosa. Para mí, los objetos y los espacios están cargados de significado, de energía, de sentimiento. Por eso lo guardo todo. Salvo lo que me dé alguien que no me quiere, que va directo a la basura”. ¿Y cómo se sabe? “Se sabe”, dice. “Yo lo sé. Basta mirar a los ojos para saberlo”.

El mal, el bien, vida o muerte. Son constantes para Isabel Muñoz. “La muerte. Siempre vivo con ella”, afirma. Ahora está feliz porque acaba de convertirse en abuela. “Me queda un hijo nada más y sí, es mayor, tiene 30 años. Manuela se llama mi nieta”. El otro hijo, Julio, ese que dice que ya no “le queda”, murió a los 17 años… “Un taxista se saltó un stop, él iba en moto y…”. Un mazazo. Para Muñoz no hay amor como el de los hijos: “Nada. Es tan especial. Y cada día es más y más”. Pero nunca se amargó. Porque sabe que nada se acaba; cree en la energía: “Yo siento a mi hijo siempre conmigo”. Y se queja del materialismo occidental: “Sólo creemos en poder y dinero. Y eso no te da la felicidad. Además, nunca estás contento. Insatisfechos eternos, somos. Hay que tener cuidado con esa trampa”.

Los ojos de los surma son duros como rocas. Le duele a Muñoz que, a pesar de su esfuerzo, no pudiera “hacerse con ellos”: “Eso de tocarles, de intimar, pues no. No entienden nuestra afectividad”. Sin embargo, su coraza sufre fisuras. Y narra lo que define como “uno de los espectáculos más fascinantes” a los que ha asistido nunca: “Unos vecinos mataron a cinco surma para robar ganado. Entonces sucedió. Yo iba a tomar fotos de la lucha de las varas (donga), tremenda. En otras zonas se hace para turistas, pero no es igual. Y, claro, a los surma les daban igual mis fotos ese día; reunieron el ganado, estaban todos: guerreros, tipos más veloces que nuestro coche , pastores con su calabaza de sangre…”.
Extrae entonces Muñoz de los archivadores fotos gigantescas. Dos viajes realizó la artista a territorio surma. Y pasado el tiempo, aún enseña, como poseída, con orgullo, a todos esos seres altivos y hermosos. “Fíjate, cómo son, unos salvajes, que no son amigos de nadie, y los veías atender el parto de las vacas y bajar con el animalito recién nacido en brazos, que hasta les tapaban los ojos para que no les molestara la luz. Una maravilla. Y a media mañana era la lucha y logré que me dejaran acercarme. Bueno, fue… Estuve allí hasta que empezaron con tiros y ya no respetaban nada. Mascan una droga, tienen un orgasmo de sangre, enloquecen. Se matan unos a otros aun siendo de la misma tribu. El que gana es el héroe, y con héroes de otras justas salen tras los ladrones”.
Fueron horas y horas de vivencias. “Todo tan intenso que llegó un momento en que me olvidé que era blanca”, confiesa. Sucedió en realidad que Muñoz se hizo surma, los miró a los ojos y surgió la magia.

(Texto de octubre 2004; fotografías: © Isabel Muñoz)

2 comments on “Isabel Muñoz, cruce de caminos

  1. Raquel dice:

    …sin palabras, porque todo llega a la piel con esta maestria de Lola hilando palabras.
    Esa es Isabel: la que cuenta este blog genial. Traduce sentimientos -todos, pero siempre con una belleza abrumadora- desde su cámara.
    Y esta es Lola: traduce sobre papel y blog. Traduce las cosas que el mundo no se explica, traduce a quienes no tienen una ventana hacia la opinión pública, traduce injusticias, alegrías y dolores. Todo lo pone en certeros párrafos.
    Isabel y Lola juntas nos traen, en la voz y la piel de sus protagonistas anónimos, el mundo en el que nos hemos convertido.
    Gracias

    Me gusta

  2. Ángel dice:

    Así es Lola, lo imprevisto y fantástico sucede cuando estás en el camino…me encanta ir en un todo terreno durante días y días descubriendo lugares remotos, sorprendiéndome con lo que se encuentra en el camino, austándome, maravillándome…como esos tres mil km que recorrimos con Alán en Senegal (y que tú hubieras también disfrutado).
    Un abrazo para tí e Isabel, otra gran persona.

    Me gusta

Responder
Your email address will not be published. Required fields are marked *

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s