Volar sin motor


Un día de 2004 escribí un artículo que hablaba de la emoción de volar. Sin motor. Por puro deseo. Una experiencia que un grupo de apasionados del Aeroclub Nimbus practicaba cada día en Monflorite, en Huesca. El sueño que fue de la aviación desde principio del siglo XX. Aparatos ligeros, estilizados, bellísimos … que se alzaban, subían y se movían como en una coreografía por el cielo. Yo estuve un día allí con ellos. Me dejé llevar. Sentí la emoción. Y la fuerza del aire. Mi bautismo de altura. Dejarse llevar por el viento. Separar el movimiento de un motor, de la ayuda mecánica. Planear. Como un pájaro. Ese día entendí por qué aviones pesados y gigantescos consiguen levantar sus cuerpos de la tierra. Por qué levantamos el vuelo. Pura magia. Pero, de repente, quise compartirlo y el texto no aparecía por ningún lado. Las palabras se han esfumado sin dejar rastro. No consta en mi ordenador, en ningún papel oculto en alguna parte, no aparece en documentación, ni siquiera en las páginas del Club Nimbus, donde me consta que sí se guardaron durante meses.

No podía colgarlo en el blog para repasar los detalles. ¿Se había perdido para siempre? “¿Lo leíste? ¿Lo tienes?”, pregunté, “Ponlo aquí”. Y al poco, en mayo de 2011, apareció. Aquí está. Recuperado. Incluso ampliado con comentarios de los propios miembros del Club Nimbus.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La sombra de un aeropuerto comercial amenaza Monflorite(Huesca), la cuna de la aviación en España. Lo escribía en el artículo que sigue, publicado en El País Semanal en mayo de 2004 (inédito en la web). Y pasa que pasan los años, el aeropuerto se construyó, se terminó, se abrió… Y nunca o casi nunca se utilizó. Abierto sigue. Y no sirve para mucho. Lo contaba Luis Gómez el pasado 1 de mayo en Aeropuertos para todos.  A cambio, dos pistas trazadas, tan incompatibles como los dos conceptos mismos de vuelo, y la destrucción de una actividad deportiva centenaria. Además de disgustos. Y hasta escenas absurdas, como la vivida hace unos días. Ya que ahora conviven la pista deportiva y comercial, puede suceder como sucedió, que un velero deba  aterrizar de urgencia (¡esa térmica!) en pista que no suya. Y ahí entra en acción el protocolo: hay que avisar a los bomberos, vale; que acudan, vale; que tengan material adecuado, vale; que actúen, vale; que liberen la pista, vale… Vivir para ver, ¡lástima de escenas surrealista que se pierde Luis García Berlanga! 

Volvamos atrás. Corre la primavera. Hace buen día. Visitamos por primera vez el lugar. Y los pilotos del Club Nimbus nos invitan a nuestro bautismo de altura. ¿Has volado sin motor alguna vez? Enganchados quedamos para experiencias futuras. Pura fascinación.
¿Estás preparado? ¿Que se siente? Pues todo esto.  


Veleros de altura

Ricardo Montón Utrilla, instructor de vuelo sin motor del Aeroclub Nimbus, dice: “¿Hacemos algo?”. Bueno. Ya que nos encontramos a más de mil metros de altura en un biplaza Let L13 Blanik, un planeador checo de aluminio y tela que pesa 292 kilos y lleva más de 30 años en activo…, pues hagamos algo.

Dicho y hecho. El morro se inclina, cae en picado sobre los campos de Huesca, desciende en vertical sobre un encinar. A un lado quedan los tejados de un pueblo de nombre inolvidable, Bellestar del Flumen, el paisaje del prepirineo, la sierra de Guara; al fondo, el gran Pirineo; arriba, el espacio infinito; abajo… Mejor no pensarlo. “Cada vez que subo en aeroplano y miro hacia abajo me doy cuenta de que me he librado del suelo, tengo conciencia de un descubrimiento grande y nuevo. Pienso: ‘Ésa era la idea. Ahora lo comprendo todo”, escribió una enamorada de la navegación aérea, la danesa Isak Dinesen, en Lejos de África. El centenar de socios del Nimbus podría citar como propio este texto. Ellos, y los del aeroclub de Toledo, de Madrid, del Loreto, del Clavileño, del Igualada… Cada uno de los forofos del vuelo a vela en España.
Porque todo se comprende cuando se está arriba. Cuando el cable umbilical de la avioneta remolcadora se desprende con un ruido seco y el velero (como ellos los llaman) se queda huérfano; cuando el viento rompe el silencio y empieza a chillar al colarse por las costuras y el ventanuco de cabina… entonces la respiración se queda tan en suspenso como el aparato. “¿Ves el hilo de lana pegado con celo fuera de la cabina?”, pregunta Montón desde el asiento de atrás. Sí. “Indica si el avión va bien nivelado…”. ¡Estupendo! Un método casero e infalible que resiste el empuje de las nuevas tecnologías.
Aquí arriba, observando a los buitres volar curiosos alrededor del Blanik, se entiende bien la pasión de los miembros del Nimbus, el club con sede en el aeródromo de Monflorite-Alcalá, de donde hemos despegado hace unos minutos. Lo que se siente es una pura inyección de adrenalina. Sobre todo al caer en la cuenta de que el aparato asciende, gira, desciende y vuelve a subir a voluntad, sin ayuda mecánica, sin motor, ni hélice, ni nada… Sólo con el viento y el conocimiento del hombre… “El truco está en buscar las corrientes y aprovecharlas”, había dicho en tierra Carlos González, joven aspirante a piloto -se debe volar un número de horas determinado, 40 dobles manos lo llaman, es decir, con instructor, y 20 en solitario, antes del examen para conseguir la licencia-, mientras limpiaba una aeronave de cadáveres de mosquitos. “Un velero tiene los mismos papeles que un avión de Iberia, la misma burocracia”, cuenta alguien en la cantina del campo.

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