search instagram arrow-down
Lola Huete Machado

Volar sin motor


Un día de 2004 escribí un artículo que hablaba de la emoción de volar. Sin motor. Por puro deseo. Una experiencia que un grupo de apasionados del Aeroclub Nimbus practicaba cada día en Monflorite, en Huesca. El sueño que fue de la aviación desde principio del siglo XX. Aparatos ligeros, estilizados, bellísimos … que se alzaban, subían y se movían como en una coreografía por el cielo. Yo estuve un día allí con ellos. Me dejé llevar. Sentí la emoción. Y la fuerza del aire. Mi bautismo de altura. Dejarse llevar por el viento. Separar el movimiento de un motor, de la ayuda mecánica. Planear. Como un pájaro. Ese día entendí por qué aviones pesados y gigantescos consiguen levantar sus cuerpos de la tierra. Por qué levantamos el vuelo. Pura magia. Pero, de repente, quise compartirlo y el texto no aparecía por ningún lado. Las palabras se han esfumado sin dejar rastro. No consta en mi ordenador, en ningún papel oculto en alguna parte, no aparece en documentación, ni siquiera en las páginas del Club Nimbus, donde me consta que sí se guardaron durante meses.

No podía colgarlo en el blog para repasar los detalles. ¿Se había perdido para siempre? “¿Lo leíste? ¿Lo tienes?”, pregunté, “Ponlo aquí”. Y al poco, en mayo de 2011, apareció. Aquí está. Recuperado. Incluso ampliado con comentarios de los propios miembros del Club Nimbus.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La sombra de un aeropuerto comercial amenaza Monflorite(Huesca), la cuna de la aviación en España. Lo escribía en el artículo que sigue, publicado en El País Semanal en mayo de 2004 (inédito en la web). Y pasa que pasan los años, el aeropuerto se construyó, se terminó, se abrió… Y nunca o casi nunca se utilizó. Abierto sigue. Y no sirve para mucho. Lo contaba Luis Gómez el pasado 1 de mayo en Aeropuertos para todos.  A cambio, dos pistas trazadas, tan incompatibles como los dos conceptos mismos de vuelo, y la destrucción de una actividad deportiva centenaria. Además de disgustos. Y hasta escenas absurdas, como la vivida hace unos días. Ya que ahora conviven la pista deportiva y comercial, puede suceder como sucedió, que un velero deba  aterrizar de urgencia (¡esa térmica!) en pista que no suya. Y ahí entra en acción el protocolo: hay que avisar a los bomberos, vale; que acudan, vale; que tengan material adecuado, vale; que actúen, vale; que liberen la pista, vale… Vivir para ver, ¡lástima de escenas surrealista que se pierde Luis García Berlanga! 

Volvamos atrás. Corre la primavera. Hace buen día. Visitamos por primera vez el lugar. Y los pilotos del Club Nimbus nos invitan a nuestro bautismo de altura. ¿Has volado sin motor alguna vez? Enganchados quedamos para experiencias futuras. Pura fascinación.
¿Estás preparado? ¿Que se siente? Pues todo esto.  


Veleros de altura

Ricardo Montón Utrilla, instructor de vuelo sin motor del Aeroclub Nimbus, dice: “¿Hacemos algo?”. Bueno. Ya que nos encontramos a más de mil metros de altura en un biplaza Let L13 Blanik, un planeador checo de aluminio y tela que pesa 292 kilos y lleva más de 30 años en activo…, pues hagamos algo.

Dicho y hecho. El morro se inclina, cae en picado sobre los campos de Huesca, desciende en vertical sobre un encinar. A un lado quedan los tejados de un pueblo de nombre inolvidable, Bellestar del Flumen, el paisaje del prepirineo, la sierra de Guara; al fondo, el gran Pirineo; arriba, el espacio infinito; abajo… Mejor no pensarlo. “Cada vez que subo en aeroplano y miro hacia abajo me doy cuenta de que me he librado del suelo, tengo conciencia de un descubrimiento grande y nuevo. Pienso: ‘Ésa era la idea. Ahora lo comprendo todo”, escribió una enamorada de la navegación aérea, la danesa Isak Dinesen, en Lejos de África. El centenar de socios del Nimbus podría citar como propio este texto. Ellos, y los del aeroclub de Toledo, de Madrid, del Loreto, del Clavileño, del Igualada… Cada uno de los forofos del vuelo a vela en España.
Porque todo se comprende cuando se está arriba. Cuando el cable umbilical de la avioneta remolcadora se desprende con un ruido seco y el velero (como ellos los llaman) se queda huérfano; cuando el viento rompe el silencio y empieza a chillar al colarse por las costuras y el ventanuco de cabina… entonces la respiración se queda tan en suspenso como el aparato. “¿Ves el hilo de lana pegado con celo fuera de la cabina?”, pregunta Montón desde el asiento de atrás. Sí. “Indica si el avión va bien nivelado…”. ¡Estupendo! Un método casero e infalible que resiste el empuje de las nuevas tecnologías.
Aquí arriba, observando a los buitres volar curiosos alrededor del Blanik, se entiende bien la pasión de los miembros del Nimbus, el club con sede en el aeródromo de Monflorite-Alcalá, de donde hemos despegado hace unos minutos. Lo que se siente es una pura inyección de adrenalina. Sobre todo al caer en la cuenta de que el aparato asciende, gira, desciende y vuelve a subir a voluntad, sin ayuda mecánica, sin motor, ni hélice, ni nada… Sólo con el viento y el conocimiento del hombre… “El truco está en buscar las corrientes y aprovecharlas”, había dicho en tierra Carlos González, joven aspirante a piloto -se debe volar un número de horas determinado, 40 dobles manos lo llaman, es decir, con instructor, y 20 en solitario, antes del examen para conseguir la licencia-, mientras limpiaba una aeronave de cadáveres de mosquitos. “Un velero tiene los mismos papeles que un avión de Iberia, la misma burocracia”, cuenta alguien en la cantina del campo.


Es allí, en el bar, donde -piel curtida, gafas de sol obligadas, cervezas de asueto o despedida- se narran incidentes y anécdotas de cada día, se desvelan historiales y hazañas de siempre, se intenta aprehender la magia del vuelo, esa actividad tan antigua. El sueño de Ícaro que nunca ha dejado de ser soñado. El de Leonardo da Vinci. O, más cerca, el de ese pastor burgalés, Diego Marín, que en el XVIII se lanzó desde una peña con su artilugio de plumas pegadas a una estructura de hierro y madera y recorrió casi cuatrocientos metros… sin matarse.
¡Si hubieran podido siquiera imaginar la saga de planeadores Swallow, Blanik, Pirat, Ka-6, Kranich, DG…! Estos ingenios aerodinámicos, blancos y elegantes, ahora de fibra de carbono, suelen ser de producción alemana (o de países del Este), cuestan de segunda mano unos diez mil euros (nuevos, diez veces más), pueden medir 30 metros entre ala y ala, son capaces de ascender hasta 14.000 metros (récord de 1974 en EE UU), permiten cruzar grandes distancias o dar cortos paseos… Como hace hoy Julián Cuadra, que se ha acercado desde el campo de Santa Cilia, en Jaca, a 70 kilómetros, charla con unos y otros en Monflorite. Y vuelta a casa. Sin gota de combustible (salvo el de la remolcadora). Sólo con térmicas, con aire, sin prisa.
El trajín de Monflorite, a las afueras de Huesca, es grande estos días. Hay visita francesa. Desde la altura, desde el Blanik, se ven los remolques con los planeadores foráneos acercarse a los hangares. La Unión Europea y el Gobierno de Aragón apoyan un programa llamado Interreg que pretende impulsar la “permeabilización de fronteras”, crear lazos vecinales. En este caso, a través del vuelo a vela. Así, pilotos de ambos países se juntan y comparten experiencias. “Antes de esto no teníamos relación. Oíamos de las hazañas francesas casi como leyendas… pero nada más. Ahora recurrimos a ellos para labores de mantenimiento o cursos y volamos juntos”, dice el presidente del Nimbus, Luis Ferreira. Y da un ejemplo del efecto instantáneo de este “interés vecinal”: “Quince socios ya están aprendiendo francés…”.
Las que llegan ahora a Monflorite son 12 aviadoras de la zona de Saint Girons. Para los del Nimbus -entre los que hay médicos, ingenieros, carpinteros o electricistas, gente que se desplaza a Monflorite en cuanto puede desde Madrid, Bilbao o Barcelona-, esto es una novedad: “Aquí no tenemos mujeres piloto. Algunas prueban, pero no se enganchan…”. Hay una socia, Ana Horno. “Pero no vuela desde hace tiempo”. Y señalan a Christine Facon (“Es la campeona del mundo”), que luego atravesará la frontera franco-española por el valle de Bielsa (cinco horas en lo alto).
A pesar de lo grato de las visitas, el estado de ánimo de los del Nimbus no es el mejor. La sombra de la construcción de un aeropuerto comercial planea sobre Monflorite. Álvarez-Cascos, anterior ministro de Fomento, apareció en este aeródromo 11 días antes de las elecciones generales (14 de marzo) y colocó una de sus últimas primeras piedras. Pedro Toquero, cinco veces campeón de España, coloca su silla al sol, en la puerta del hangar, y exterioriza sus temores mientras otea el inmenso cielo, observa el ajetreo de aeronaves en la pista, el paisaje de carrascas, ese ir y venir constante de la avioneta remolcadora que hoy conduce su padre, de 67 años, también Pedro, también campeón nacional. Tres generaciones Toquero están hoy en Monflorite. El padre fundó el Nimbus en 1975. El nieto, Pablo, de dos años, se mueve feliz entre los planeadores aparcados en tierra. Ésta es su segunda casa.
Si este lugar se transforma en comercial, su esencia -esa larga historia escrita día a día durante 70 años, en cuadrantes de vuelo-, el aspecto de este campo abierto, hermoso, rural, con discretos y avejentados edificios coloniales y camino de cipreses, que fue antes del Ejército, de Aviación Civil, de Senasa (sociedad estatal de enseñanza aeronáutica con sede en Monflorite) y ahora pertenece a AENA, el vuelo a vela en Monflorite podría desaparecer. No se cansan de repetirlo. Los vehículos motorizados y los sin motorizar combinan mal en España, dicen. Y más cuando no hay conciencia sobre el valor de esta actividad.
“El vuelo sin motor es la fórmula uno de la aviación”, señala Toquero. Desde los años treinta del siglo XX, cuando en España volar era muy popular gracias a récords, a races, a grandes pilotos y mecánicos, los profesionales aprendían primero en aparatos sin motor… Y hoy, en la fabricación de veleros se ensayan materiales y tecnologías que luego se aplican al sector comercial. Ferreira añade otro factor: “El beneficio de un deporte que aunque pueda parecer solitario, no lo es; respetuoso con el medio ambiente y, sobre todo, muy seguro: de todos los aéreos es el que menos índice de accidentes tiene”. Y más: “Nunca moveremos el volumen de gente de una estación de esquí, pero ayudamos a crear nuevos focos de interés en una zona que ya de por si se está decantando hacia el turismo y el deporte de aventura”.
Pero, aunque los del Nimbus están convencidos de que un aeropuerto es innecesario ahora en Huesca (“Zaragoza, a media hora, dispone ya de uno, mientras Huesca sigue sin tener conexión por autovía con Lleida, por ejemplo”), no se oponen, claro. La adjudicación de las obras en Monflorite fue aprobada ya por AENA el pasado febrero. Ellos sólo piden que antes se fijen ciertas “normas de convivencia” entre aviones comerciales y deportivos, tal y como ocurre en otros países… Que su actividad sea respetada, que no se deje morir el embrión que hizo nacer a Monflorite.
“Llevo 200 horas de vuelo”, confiesa Nathalie Hurlin, de 18 años, mientras monta su aparato con detenimiento y entre pieza y pieza engulle un inmenso bocadillo. Vuela desde los 14; su padre es instructor; su avión, de última generación; su profesor y acompañante, René Delmas, vicepresidente de la Federación Francesa de Vuelo a Vela. Éste, encajado ya en la cabina del planeador, a punto de ascender, repasa, como manda el reglamento, el material: “El paracaídas, abrochado; un silbato, por si te pierdes; una manzana, para la sed; una manta de aluminio, para el frío, caso de aterrizaje fuera de campo; un envase de plástico, por ‘si hay que hacer pipí…”. En un lateral de su aeronave se lee: “Escuela de vuelo a vela del sindicato de electricistas y gasistas”. “En Francia imparten hasta cursos en los colegios…”, comenta Ferreira.
El Nimbus, igual que otros, hace campañas de divulgación de su actividad. Pero apenas dan resultado. Cuesta crear afición. En España hay 400 licencias de vuelo a vela, frente a 20.000 de Francia o 40.000 de Alemania (allí, en las laderas de Wasserkuppe fue donde se fraguó este deporte). “Y eso que España es quizá el mejor lugar para practicarlo. Cada año acuden a la zona centro cientos de pilotos alemanes para conseguir esos vuelos de mil kilómetros tan difíciles en otras latitudes”. “Muchos creen que esto es cosa de ricos, un deporte elitista”. dice el secretario del club, Pedro Diestre. “Y yo puedo explicar a cualquiera que no, que hasta esquiar puede salir más caro”. Ahí quedan los precios: inscripción al club, de 240 a 480 euros; cuotas mensuales, entre 3 y 12; alquiler del planeador por hora,15; remolcadora, 19; bautizo para curiosos, 40…
Volar. Nunca se hace en un aparato tan desprotegido, salvo ala delta o ultraligeros (no tan sujetos a las estrictas normas de Aviación Civil); nunca, en un mundo en el que el movimiento se asocia siempre a un motor, se suele volar sin ruido mecánico cerca. “La gente que vive en las ciudades vive triste y esclavizada porque en todos los movimientos sólo conoce una dimensión: sigue una línea, como si fuera conducida por una correa (…). Pero en el aire eres llevada a la completa libertad de las tres dimensiones: (…) el añorante corazón se lanza en los brazos del espacio”, dejó escrito Isak Dinesen. Tres dimensiones. El Blanik sobrevuela los árboles y desciende tan cerca de su copa que no es el aliento, sino el tiempo lo que parece congelarse. Hay efectos así, explicarán luego, como cuando el cuerpo se pega al asiento y sufres un “ge” (tirón de la gravedad)… Y arriba de nuevo. En la pista se distinguen ya los rostros de los que hace un rato eran sólo puntos minúsculos; ahí están Toquero, Diestre, Ignasi Borrego, Juan Pablo Alonso, Jesús Quintana, Ignasi Jové… Todos vuelan.
Viéndoles moverse, oyéndoles hablar, salta a la vista que están poseídos. Viven por y para el vuelo sin motor; pagan cuotas, compran planeadores en común, se juntan en cualquier rato (“Más de un matrimonio ha costado esto”, ironiza Roberto Borobio), miman sus aparatos, los pilotan y remolcan, instruyen a novatos, limpian, repostan, reparan, hablan de barrenas, loopings, térmicas, turbulencias, virajes, ondas, fuselajes o laderas. Se entusiasman ya con ese DG 1000 S que les están construyendo, el que será primer velero nuevo del club. Lo hacen todo ellos. En equipo.
“Viento en cola”, indica Montón por la radio, pidiendo pista. El Blanik toma tierra. Y con los pies ya en el suelo, es difícil no pensar que Monflorite lleva así una eternidad, rodeado de vientos y montañas, escupiendo y recuperando estos artilugios voladores que lanzan silbidos, como de llanto, cuando les obligan a aterrizar.

One comment on “Volar sin motor

  1. Nimbus dice:

    Resulta triste comprobar la certeza de los augurios de los pilotos y campeones de hace siete años. Tiempos en los que se entendía positivo sacrificar una actividad que ha paseado el nombre de nuestra ciudad por todo el mundo en beneficio de traer aviones abarrotados de esquiadores. 130.000 pasajeros al año, auguraban los promotores. Líneas regulares con Madrid, Barcelona, Tenerife, Sevilla, París o Londres, un nuevo polígono industrial aeronáutico (el papel lo aguanta todo). La realidad los ha dejado en 6.000. El último vuelo previsto para este año despegó el pasado mes de abril. 4.300.000 euros de déficit anual por gastos de funcionamiento. Hagan cuentas.

    La otra alternativa. Obras de adecuación en los edificios históricos para alojar hasta 140 alumnos pilotos de nacionalidad china. Otro fracaso, y los edificios inútiles y cerrados para su función inicial.

    Ahora los aviones de pasajeros ni están ni se les espera, se van los chinos, pero el aeropuerto ahí sigue, con un informe que reconoce los errores en su diseño que todos anunciamos. Lleno de obstáculos y peligroso para el vuelo sin motor. Paradógicamente nuestros políticos justifican su existencia, y los 4,3 millones de euros anuales para sus usuarios primigenios. Nos han convertido en un cromo, una moneda de cambio.

    Me gusta

Responder
Your email address will not be published. Required fields are marked *

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s