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Lola Huete Machado

Berlín desde el tren


Sobre Berlín he escrito mucho. Durante años. Por muchas razones. La más importante: es mi ciudad. Pongo el pie en cualquiera de sus esquinas y visualizo su historia como en una moviola: cómo era hace años; qué pasó aquí y allá; qué había, qué no; cómo ha cambiado. Tanto tiempo he pasado en ella. Ninguna otra en Europa está tan cargada de acontecimientos del siglo XX. Y por eso, por sí sola, es una categoría específica en este blog personal. Cuando este artículo se escribió, en 2004, para el suplemento El Viajero, habían pasado 15 años desde la caída del Muro de Berlín, el hecho que lo marcó todo (incluso mi propia vida y mi vinculación con la ciudad). Justo cuando la capital alemana (título que recuperó en el año 2000) empezaba a cerrar algunas de sus costuras de tantos años. Este es un viaje que destripa la ciudad de un lado a otro. Una guía de lugares y vivencias. Un recorrido a bordo de uno de los trenes exteriores (los Sbahn), en concreto la línea que cruza la ciudad de suroeste a este. Mucho de lo aquí descrito permanece tal cual: paisajes, edificios, sensaciones… Pero Berlín cambia muy, muy deprisa, como es natural. Y otras han sido arrastradas ya por la modernización, el turismo y el paso del tiempo. La ilustración es de Artnomono, el chileno Cristobal Schmal, uno de los muchos y buenos artistas instalados en la ciudad.

 

Berlín, fin de estación

Alguien grita: “Zuruckbleiben, bitte!”. No se inmute. Tampoco intente traducir literal. Es el conductor del S-bahn (una suerte de cercanías) de Berlín, que le pide, por favor, que se contenga y no ejecute esa acción que todo español que se precie tiene en sus genes: acelerar ante el semáforo en naranja o, en este caso, correr esos últimos metros a toda velocidad para atravesar las puertas del vagón cuando ya todo parecía perdido; adios tren y adios destino. Las mismas puertas que, justo ahora, se están cerrando en la línea S7, estación de inicio Wannsee, suroeste de Berlín. Es este un trayecto que cruza la ciudad y la despliega entera ante aquél que quiera contemplarla. La S7 se dirige a Ahrensfelde, pero no hace falta llegar tan lejos. Basta acercarse hasta Ostkreuz para respirar el Este en estado puro aún hoy año 15 de la desaparición del famoso muro que dividió el mundo.

El ritmo machacón del “aussteigen” (bajar) y “einsteigen” (subir) marca el camino… Si alguién grabase un día el conjunto de sonidos que atesora el Berlín actual, el de sus estaciones de trenes sería el estribillo en el catálogo de ruidos cotidianos. A saber: chirridos de tranvías avejentados en el Este; cláxones de las bicicletas llamando la atención a los peatones que ignoran el carril-bici; rumor de la carga y descarga de los mercadillos; estruendo de los motores de aviones que aterrizan en Tegel, Tempelhof o Schönefeld mientras llega el gran aeropuerto BBI (Berlin Brandenburg International), que, finalmente, se construirá en el último emplazamiento citado y estará listo, afirman, en 2010. Y no sólo esto. También susurran los árboles de Britzer Park, rugen los leones en el zoológico del Este (Tierpark), vocalizan los guías de turismo en los cientos y cientos de autobuses descapotables y turísticos, gritan los niños en los Spielplätze, esos paraísos del juego con tantas maravillas que su sola enumeración es dolorosa (por las comparaciones): tirolinas, inmensos toboganes de acero, puentes, arena y agua para amasar, animales y trenes para encaramarse… “Próxima estación Nikolassee”, se oye en el S7, como una canción. Los alemanes aman los trenes. Su vida, su literatura y su historia está ligada a ellos.

-¿Conoces ya Berlin?

– No

– Ufff, te vas a sorprender. En Berlín hay casas modernas de cien pisos de altura, con tejados que se deben atar al cielo para que no se escapen.

(Emil a bordo de un tren en dirección a Berlín, en el libro Emil y los detectives, de Erich Kästner, 1929).

Berlín fue en el siglo XIX ejemplo de planificación ferroviaria, con sus estaciones en forma de anillo (Potsdamer, Anhalter, Görlitzer, Frankfurter, Hamburger, Lehrter Bahnhof…), muchas de ellas hoy desaparecidas o convertidas en parques y museos; una tela de araña tejida antes de las guerras, destejida en bombardeos y vuelta a tejer ahora con forma “se seta”, según dice la DeustcheBahn. En esta nueva red que se construye hay túneles bajo el mismo centro de casi cuatro kilómetros que muchos berlineses ya se han apresurado a visitar.

En seis años planean tener lista eso que la ciudad nunca tuvo, una estación central, la Lehrter Haupbahnhof. Desde hace dos, bajó una cúpula inmensa que se ha ido levantando crital tras cristal, se detienen ya allí los cercanías, como hará el S7 en unos minutos. En esta excursión, quedó atrás Potsdam (en la S1), idílica y recuperada de un mal sueño. A media hora del centro de Berlín, la ex ciudad imperial y ahora capital del Estado de Brandenburgo se ha puesto de nuevo de moda (allí se construyó el primer tramo de ferrocarril en Alemania, en 1835). Muchas villas que antes se desmoronaban en pleno casco antiguo no muestran ya ni rastro de nostalgia del pasado reciente; reformadas, carísimas, han mutado en residencias de famosos, jóvenes profesionales que han descubierto las bondades del extraradio cargado de historia. Alrededor del palacio de Sansoucci, en los jardines, bosques y lagos han crecido cafés, restaurantes, hoteles.

El puente de los espías, Glienickebrücke, sigue allí, inmovil ante los turistas que se detienen a tomar esas mismas fotos que vieron tomar a otros en decenas de películas cuando el mundo se dividía sencillamente en comunistas malos y capitalistas buenos. Es el cine la mano que mece parte del ambiente cotidiano en Wannsee, el gran lago, la gran playa de Berlín, allí donde el río Havel se despedaza en gigantescos charcos. En Wannsee casi todo lo occidental sigue siendo estándar adinerado. De lo oriental, ya poco queda que no sea el armazón de villas y palacios. Y hasta eso se habría borrado del recuerdo colectivo sino fuera por las indicaciones de los guías en los barcos turísticos. Aquí habitó fulanito, dicen; allí, menganito.

El tirón de los viejos estudios de cine Babelsberg convertidos en parque temático y recuperados de la modorra en la que estaban sumidos vuelve a arrastrar la mitología del celuloide a sus orillas. “Allí ha alquilado tres villas el actor Tom Cruise para rodar Misión imposible III”, escupen los altavoces marítimos. O también: “Aquí se decidió el exterminio de los judíos…. Allí se reunieron aliados y rusos tras la II Guerra Mundial para repartirse los pedazos de Berlín bombardeado”. Y los viajeros visualizan entonces esas ruinas, quizá tal y cómo la describe Antony Beevor en su libro Berlín. La caída: 1945: “La destruccion del 95% del sistema de tranvías y el que aún hubiese una buena parte de los sistemas del U-Bahn y el S-Bahn anegada… hacían que visitar a los amigos que vivían en otras partes de la ciudad requisiese una fuerza física que pocos poseían. Casi todos sufrían una gran debilidad por el hambre y habían de dedicar la mayor parte de sus energías a buscar comida. Recibían el nombre de ‘hámsteres’, surgido durante la hambruna de 1918, mientras que los trenes se conocían como ‘expresos hámster”.

Un millón de personas viaja a diario a bordo de los cercanías, según datos de la empresa. Y en verano, este tramo del S-Bahn es especialmente concurrido, se llena de amantes de la vela y bañistas que acaban desperdigados y desnudos por los muchos lagos, que se bajan en Nikolassee, en Schlachtensee. En este fin de estación se ven ya escolares con mochilas camino de clase. Los colegios abren la segunda semana de agosto y comienzan poco a poco a meterse en faena en un sistema educativo en profundo proceso de reforma. Baste un detalle; a veces, un niño tiene clase de 8.30 a 10.30 y luego vaga por los parques con las llaves de la casa colgadas al cuello. “Escuelas de todo el día” es expresión de moda. Han comenzado a ponerse en marcha. La idea es implantar, en horarios, algo parecido a lo que hay en España de toda la vida, de 9 a 5. Justo lo que aquí muchos quieren desmontar.

Los paseantes prefieren detenerse en Grunewald, allí donde Berlín se hace bosque, donde abundan los perros con dueños, atletas que entrenan, jubilados que caminan, residencias diplomáticas…. Allí en medio parece que nada exterior existiera. Ni pasado. Ni presente. Nada de guerras anteriores o actuales. Nada de crisis en esta capital arruinada (con 50.000 millones de euros de deudas, 17% paro, 14% de ciudadanos extranjeros) que apuesta e invierte en cultura más que cualquier otra en Europa. Pero baje, ande unos metros, busque la vía número 17 de Grunewald y recuperará de golpe el sentido de la realidad. Y el horror. Pensará en el espantoso papel jugado por el ferrocarril durante el Tercer Reich.

En el andén 17 no circula ya ningún tren. Ya lo hicieron muchos entre 1941 y 1945, exactamente 186, cargados de berlineses que nunca regresaron. El monumento, de Hirsch, Lorch y Wandel, es tan simple como impresionante. Vías cortadas, llenas de piedras, la hierba creciendo, unas placas con fecha, número de viajeros y destino: de Berlín hacia los campos de deportación. Es todo. Al lado de la Puerta de Brandenburgo se levanta ahora mismo el gran monumento del Holocausto del arquitecto Peter Eisenman. Se inaugurará pronto y con seguridad será grandioso, con centro de documentación subterráneo incluído. Pero difícilmente más desasosegante que esta vía en la que sólo queda aire, un espacio vacío.

Westkreuz, Charlottenburg, Savigny Platz, territorio de bohemios con posibles, de comercio. Los bajos del S-bahn están repletos de tiendas de ropa, peluquerías de diseño, librería de arquitecto, cafés… Aquí residen esos que nunca se cambiarían a los barrios del Este aunque se quejen de que “este oeste” ya no es lo que era. En Kantstrasse son apetecibles las tiendas de muebles y diseño (Stilwerk) y en lo alto se observa, como un estandarte, la vela inmensa del llamado Kant-Dreieck, edificio de las tres esquinas, de Josef Paul Kleihues. Es él el arquitecto más importante del Berlín último, el que construía “con lógica y disciplina”. Acaba de morir a los 71 años en su casa berlinesa dejando atrás grandes construcciones, muchos proyectos y discusiones sobre la ciudad que ya no verá (el palacio prusiano, la Bauakademie de Schinkel) y mucha pena. Kleihues es uno de los culpables de que las palabras Berlín y arquitectura tengan una relación tan íntima.

Camino de Zoologischer Garten todo es ajetreo. Durante décadas funcionó como centro del Oeste. Sigue siendo punto de encuentro y de partida hacia las compras o visitas en el Kudamm, el mercado del 17 de Junio o el Zoo. El S7 cruza ahora un paisaje de agua y masas verdes, el Tiergarten. Al fondo, la Siegessaule en medio de la gran avenida del 17 de junio que este año se quedó sin Love Parade (el alcalde Klaus Wovereit ha prometido hacer lo posible para que la orgía del tecno se celebre el que viene) y se corta en la puerta de Brandenburgo ya limpia, liberada del trasiego de coches y de esas grandes lonas publicitarias que la mantuvieron oculta durante muchos meses.

Tiergarten, Bellevue, edificios gubernamentales, ministeriales o residencias de funcionarios con marca arquitectónica… Todos crecidos en Berlín al calor de la capitalidad en los inicios del milenio. Los arboles de muchas explanadas muertas ya han crecido. La ciudad se completa. En Tiergarten, en verano, se huele a barbacoa. Crecen tanto como las plantas. Una tradición. Miles de turcos y alemanes sacan sus sillas de camping. Así celebran bodas, aniversarios, nacimientos… “Nos vemos en el parque”. Cada uno aporta algo, comida mantas para el suelo y la juerga. A lo lejos se ve la cúpula de Norman Forster en el Reichstag, el gran símbolo.

Y ahora el S7 transcurre por la cancillería, allí donde Gerhard Schröder ahoga a buen seguro sus penas y temores, que son muchos en los últimos tiempos, dadas las sucesivas derrotas electorales en Sarre y Sajonia. Bajarse un instante en Lehrter Bahnhof es aún experiencia religiosa: allí quedan aún todos los elementos habituales en la ciudad en los últimos 15 años: grúas, vallas, obreros con casco. Arriba, todo cristal; debajo, el inmenso túnel que acogerá trenes de largo recorrido; detrás Moabit y Wedding; enfrente, el esplendor oficial y hasta esa playa artificial cerca del puente de Calatrava donde se han tostado este verano algunos nativos, donde la revista Zitty, organizaba sus fiestas y conciertos, donde hasta hubo campeonato de voleyplaya.

Si algo no tienen los berlineses, se lo inventan. La explanada de la Lehter aún es un espacio vacío. Viene desde la Potsdamer Platz y por ahí cruzaba el muro rompiendo ilusiones. No está completada. Su colega la Hamburger Bahnhof, al lado, cobija la colección Flick, la de la polémica… ¿es menos arte un cuadro conseguido en las guerras? ¿Deben las segundas o terceras generaciones pagar las culpas de las anteriores? ¿Debe Berlín aceptar una colección manchada de sangre? La prensa y la calle no ha parado. Discusión, discusión, discusión… Y esa colección con 2000 piezas de alto nivel se podrá contemplar en rotaciones.

Hubo más temas de fin de verano: cambios en la escritura alemana; la película El hundimiento, la sensación de la que todo el mundo habla (que si Bruno Ganz borda a Hitler, que si lo humaniza, que si los hijos envenenados de Goebbels… ); la demolición del Palacio de la Republica (portada del Zitty del 22 de julio: Dejadlo estar) que hasta el 9 de noviembre se usará como centro cultural; la reconstrucción del palacio prusiano. Más polémica: “¿Así que reconstruimos un monumento prusiano del que ya nada existe y derribamos un edificio aún en pie que es el más representativo de la ex RDA? Y luego están los presupuestos, los planes, las frases definitivas. El senador de cultura, Thomas Flierl, azote de los artistas, lo deja claro: “El nuevo Berlín no puede mantenerse de las ilusiones del viejo Berlin”. Y mientras, su colega Thilo Sarrazin, senador de finanzas, busca y busca una imagen de Berlin por el mundo que sirva para superar la crisis económica. Para rematar, el prestigioso semanal Die Zeit titulaba el 5 de agosto: generación sin futuro. La sombra agorera de la CDU nunca falta. Todo lo nuevo se cuece alrededor de Friedrichstrasse y Hackescher Markt. En los bajos antes abandonados hay bullicio de nuevas tiendas, restaurantes, peluquerías…

Las lonas de muchos edificios han desaparecido y las que quedan anuncian una compañía de vuelos baratísimos a medio mundo, los huecos se han llenado con enormes hoteles (en el hall del Radison se puede visitar una enorme pecera que es gran sensación) o casas de apartamentos alquilados a los precios más caros de la capital. Hay diseño, marca, idiomas por todos lados. Al lado de los Hackesche Höffe se han extendido los Rosenthaler Höffe y más allá los Hermann y los Sophie…

A los laterales de la Friedrichstrasse se cuadra ya el círculos de las distintas plazas. La Hausvogteiplatz se ha remozado entera. Casi todos los edificios están aún vacíos, lucen impecables; los carteles de las inmobiliarias, cuelgan como banderas. En Alexanderplatz suben los controladores. Hay que decir que en Berlín no hay barreras para subirse al metro, al S-bahn o al autobus. Uno entra libremente. Todo el mundo sabe que hay que llevar ticket. Pero un 5% de los pasajeros viaja “indebidamente autorizado”. Y les parece mucho. Imagine lo que sería el metro de Madrid si tanto comprar como picar el billete fuera voluntario… Así que por aquí usan elementos sorpresa: un ejército de hombres y mujeres con uniforme (unos 350 había en verano de 2003) o de paisano que aparecen en el momento menos indicado. “Me cambié de bolso y el carné se quedó allí…”, “Se lo comió el perro” “En realidad, yo siempre viajo en mi coche”. “El enemigo contra el que esta tropa se moviliza es gente de bien: la mamá con el niño, el hombre del traje con el teléfono móvil en la mano, el profesor, la dama que huele a botella entera de perfume, el trasnochador del teatro, el joven afterhours, el albañil madrugador, el mendigo eterno…” decía el encargado de este ejército en una entrevista en la pequeña e histórica revista Das Magazin.

Controles aparte, es en Jannowitzbrücke, Ostbahnhof y Warschauer Strasse donde aún se ve el Berlín Este que un día existió. Un horizonte de edificios deteriorados, tejados doblemente ennegrecidos en contraste con los ya renovados, inmensos bloques (platenbauten, se llaman) de pisos… Por los canales del Spree se apelotonan los barcos cargados de visitantes. Y de nuevo, los altavoces: “Allí, la East Side Galerie, el trozo más grande de muro conservado; ahí en frente se va a construir un centro comercial; aquí se ha abierto este verano una piscina, Badeschift, en medio del canal; ahí se ve la discográfica Universal…”. Toda esa zona que fue territorio de clubs de tecno (el Ostgut, el Casino…) comienza a desplazarse hacia lugares a los que la reconversión aún no ha llegado.

Las vías en Warschauer Strasse son una clase de historia en vivo. No hay color de óxido más negro en el horizonte. Los edificios de los alrededores se han convertido en elegantes oficinas que tienen su propios restaurantes con terraza al agua. El barrio de Friedrichshain atrae ya a mucha gente joven. Y comienza allí una avenida, la Stralauer Allee, que lleva , naturalmente, hasta Stralau, una pequeña península que antes fue puerto industrial y ahora es zona residencial. Hay muchas casas totalmente acristaladas. Te plantas en el dormitorio, miras y sólo se ve agua.

El S7 llega a Ostkreutz, un nudo de ferrocarril, que lleva a Lichtenberg. Alt Treptow y más y más hacia el Este. Otro mundo. Se oye de nuevo el palabro “Zuruckbleiben, bitte!”, casi un tratado de filosofía. Algo así como decir: “¡Ojo, no sea loco! ¡Quédese donde está! ¡Conténgase! ¡Piense bien lo que va a hacer! Esa voz metálica oída una y otra vez durante semanas o meses transporta al viajero no al lugar geográfico adonde se dirige sino a esos días de infancia del Un, dos, tres, el escondite inglés…. Y si gira la cabeza hacia el arcén desde su asiento interior privilegiado, verá cómo los que se quedaron atrás en el andén conocen bien el juego. Porque todos se quedan congelados al otro lado de la ventanilla. 

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