Mi tripa pende de un hilo


CARTAS DE MARIE (8)

Querida Lola:

Mi barriga se desmorona. Es un hecho. Confirmado. Por más de tres fuentes distintas. Mi tripa. La misma que se mantuvo inamovible y tozuda ante el paso de años y años de vida, miles de comilonas, fiestas, excesos y desparrames y dos embarazos con apenas separación y descanso. Ella, que era casi lo único de lo que podía presumir, embutida como estoy en un cuerpo de antaño, de esos que lucían las artistas rollizas de posguerra en las portadas de las revistas y que aún gustan, parece, a los señores más maduros, aquellos que aprecian la teta y el culo como bien común de la humanidad. La mujer fértil, la mujer ánfora es lo que yo era. Pero firme y lisa en ese solo punto cual tabla de plancha. Igual lo sigo siendo y no lo veo, es prejuicio, percepción y ceguera… Pero lo percibo: es flojera, falta de sustento. Y lo noto ahora más que nunca, que me retrotraigo del mundo exterior (a ratos) para no ver, no saber de tanto que sucede universalmente hablando. Siento que me he convertido en mujer deshecha, desdibujada, descompuesta o, mejor, reconstruida con pedazos de anatomía llegados en excursión de otras partes, no sé bien de donde. Pero ahí están, bien plantados, enraizados, imposibles de arrancar. Como las malas hierbas. Me miro en los espejos y no me encuentro a mí misma. Parezco otra. Irreconocible. ¿Estos vaqueros? ¿Me quedaban antes así estos pantalones? ¿Ese vestido? ¿Esa falda? ¿La blusa que no cierra? Pues no. Juraría que no. Juraría que antes todo entraba, casaba, cuadraba… Todo tenía un sentido, una razón de ser. Una talla tallada era mi abdomen. Y quien dice antes, dice hace una semana, escasos días, horas, minutos… Lo mío es de vértigo.

(Ilustración: Héctor Navarrete)


Que te crezcan los hijos a acelerones lo conocía. Viene en los manuales. Pero que te crezca el interior, el volumen corporal, la cintura, las lorzas de esa zona de mi anatomía, sin ser producto del producto natural de la fecundación… Eso es nuevo. Mi panza es mi tortura. Como las canas, las arrugas, los achaques, el dolor soterrado, la sensibilidad física extrema… Como si todo eso y gorduras y redondeces varias procedieran de muy dentro, una fuerza interior, cual alien hormonal que todo lo ocupa. Y surgen repentinamente; sobresalen un mal día empujados por algún movimiento interno, una suerte de gravedad en horizontal, creo yo, alimentados por nada, por el aire o la luz…

Seguir leyendo Mi tripa pende de un hilo