Historias de la Guerra Civil (1)


Ayer murió una mujer, Elisabeth Eidenbenz, a los 97 años. No era una mujer cualquiera: casi seiscientos niños, la mayoría hijos de republicanos españoles, nacieron en una maternidad de la localidad francesa de Elna entre 1939 y 1944. Ella, una joven maestra suiza, la fundó y creó allí un equipo, una isla de humanidad en medio de una Europa en guerra. La recuperación de este artículo publicado en El País Semanal el 9 de octubre de 2005, titulado La cuna del exilio, es mi pequeño homenaje a esta mujer que libro de la muerte a hijos de republicanos españoles en una circunstancias y un tiempo extremadamente difíciles. Ella nunca los consideró mérito suyo. Pero 52 ayuntamientos, varias asociaciones y universidades catalanas solicitaron para ella la Cruz de Sant Jordi (que recibió en 2006). Un año después el gobierno francés le concedió la Legión de Honor.

La cuna del exilio, 2005

Suena una voz enérgica al otro lado del teléfono, en Viena. “No fui yo. No fue mérito mío. Yo sólo fui una pieza más del engranaje”, se oye decir casi inmediatamente. “Todas, las enfermeras, las madres, los miembros de mi asociación y de otras… Todos lo hicimos posible en ese tiempo tan difícil, entre una guerra reciente en España y una segunda, aún más dura en Europa”. Habla con gusto Elisabeth Eidenbenz (92 años, suiza) del periodo entre 1939 y 1944, cuando ella, una joven maestra, comprometida, optimista, que trabajaba para la Asociación de Ayuda a los Niños en Guerra, sacó adelante un proyecto humanitario muy poco conocido: dirigió una maternidad en Elna, un pueblo del sureste de Francia. Buscaba y recogía a las embarazadas de los campos de internamiento habilitados por los franceses para el medio millón de republicanos obligados al exilio; esa masa humana que salió en forma desesperada de España entre el 27 de enero y el 12 de febrero de 1939 empujada por las tropas franquistas. Elisabeth las llevaba a parir a su casa, las cuidaba, les insuflaba energía, ganas. “Mi mayor satisfacción es que el lugar se convirtiera en una isla de paz en medio del infierno; en una bombona de oxígeno para tirar hacia adelante, para seguir viviendo”, dice. Y la imaginamos con el pelo blanquísimo y corto, las gafas sujetas con cordones, la piel sonrosada, los ojos bien vivos, tal y como se la ve en las fotos actuales. “Físicamente no me puedo quejar y, afortunadamente, mi cabeza sigue en orden”, se ríe.

Adela Aguado, Alberto Álvarez, Matilde Alcaire, Isabel Malagrassa, Lidia Alarcon, Ángel Vaquero, Francisco Cruzado, Conchita Rovira, Azucena Baquero, Faustino Bretos, Juan Mund, Teresa Abalia, Sonia Ugalde, Rosita Murillo, José Valero, Ricardo Ros, Isabel Cartana… Son algunos nombres de los 597 de la lista. “Cada alumbramiento era un acontecimiento para cada uno de nosotros”, dice Elisabeth.

Así, bebé tras bebé, durante cuatro años. Y todos –que hoy tienen entre 60 y 65– comparten algo, aunque quizá muchos aún no lo sepan: haber abierto por vez primera los ojos en las habitaciones acogedoras de la casa que Eidenbenz habilitó para recibirlos (grandes ventanales, vista a los Pirineos, jardín frondoso, balaustradas, escalinatas…) con la ayuda de comadronas suizas, de mujeres embarazadas, de recién paridas que se afanaban en las tareas de mantenimiento. Tienen en común el haber sobrevivido cuando –meses después de la guerra civil– la mortalidad de los recién nacidos en los campos franceses superaba el 90%; cuando sus padres, hacinados, hambrientos, derrotados física y moralmente, esperaban aún tiempos mejores, internados en condiciones precarias en Argelers, Ribesaltes, El Barcarés, St. Cebrià.

“Estábamos en un campo de concentración en la playa de Argelers, rodeados de alambrada y arena. Era febrero de 1939, hacía un frío horrible y soplaba una tramontana que no nos dejaba caminar y menos en la arena. Había que sujetarse unos a otros para mantenerse en pie…”, recuerda María García que parió en la maternidad a su hijo Felipe Saez el 24 de marzo de 1940 y se quedó allí ayudando durante dos años. “Me veía capaz de pasar hambre, sed, frío y todas las vejaciones que vinieran, pero que muriese mi bebé… Me encontraba en el séptimo mes de embarazo cuando se me acercó una señora suiza y me dijo que me iba a llevar a un lugar a tenerlo…”.

“En el campo había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se agotaba de tanto llorar, se dormía y ella lo protegía con su cuerpo. Las mantas estaban todas mojadas de aquellos días tan duros de febrero. Cuando salía el sol, la madre enterraba al bebé en la arena para que ésta le sirviera de abrigo. Pero al cabo de unos días el niño murió de hambre y frío. Yo estaba embarazada y sólo de pensar que mi hijo nacería en aquél infierno, me desesperaba… hasta que un día me encontré a la señorita Elisabeth; mejor dicho, ella me encontró a mí. Y me propuso ir a parir en una maternidad situada en Elna, en el Rosselló. El día que nació mi hijo en la sala de partos de la maternidad no pude reprimir las lágrimas. Todos pensaban que lloraba de emoción, sólo yo sabía que lo hacía por el niño enterrado en la arena de Argelers”, cuenta Mercé Doménech.

Estos testimonios están recogidos en el libro La maternitat d’Elna, bressol dels exiliats, de Assumpta Montellà i Carlos, publicado por la editorial Ara Llibres. En él se narra la historia de la maternidad, se desvela la personalidad de su directora, se recogen las vivencias de algunas de aquellas madres que nunca han olvidado y de sus hijos que saben por ellas de lo sucedido y han regresado al lugar de los hechos para atesorar detalles, para cerrar, quizá, un círculo, el de su vida, el de su memoria.

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