Tantas mujeres invisibles


Awa, Ekra, Rachel, Jackie, Catherine… son mujeres, inmigrantes y negras. Triple discriminación. Miles de subsaharianas recorren durante años el camino hacia Europa, huyendo de la pobreza o la guerra. ¿Cómo se ganan la vida y se defienden? ¿Quiénes son los traficantes con los que se endeudan? ¿Y por qué muchas, aun siendo refugiadas de la ONU, acaban atrapadas en los suburbios de Marruecos o en el sur de España, solas y prostituidas? Un informe de una organización de mujeres juristas denunciaba sus tragedias, como siempre, sin mucho eco. En El País Semanal decidimos seguir algunas de sus historias en 2009 yendo al lugar donde estaban retenidas sin poder avanzar ni hacia el Norte ni hacia el Sur. En varias ciudades de Marruecos y luego en Almería (España) fuimos testigos del horror y la injusticia en que viven. Y ahí siguen.

Las fotografías (por orden, de Famous, Awa con sus hijos, y exterior de Rabat) son de Alfredo Cáliz.

 

Marruecos, 2009.
Hay personas sabias que en pocas palabras son capaces de definir el mundo. Una de ellas es Ekra A. K., de 30 años, de Costa de Marfil. “¿Qué haces para poder vivir?”, le preguntamos en los seis metros cuadrados en los que habita en Rabat (Marruecos). Ella mira un segundo alrededor: a las paredes, donde cuelgan pósteres de sus ídolos, las hiperblancas Shakira y Avril Lavigne; a la bombilla lánguida y el ventanuco atrancado en lo alto; al colchón oculto con telas y los vestidos que penden del techo; a la tele y las cazuelas con verdura cocinada sobre la alfombra… Es todo. No cabe más en este espacio por el que paga 70 euros al mes. Ni una gota de aire. “Prostituirme”, afirma.

“Dos euros por hombre una vez; 20, la noche”, dice esta mujer redondita y agridulce cuyo camino (tal como ellos llaman al viaje) hacia Europa se inició el día en que toda su familia fue asesinada en una emboscada. “Aquí viven otros tres africanos, refugiados de Congo”, indica Ekra, que no tiene papeles, ni asistencia, ni posibilidad de movimiento. Aquí es un pasillo y dos cuchitriles más, donde un hombretón te agarra del brazo en cuanto apareces. “Ven, ven que te voy a enseñar”, le dice a la periodista arrastrándola al interior. Toda mujer sirve en este contexto sólo para una cosa. Pero la visitante es morena, y sin embargo, blanca. La cosa cambia. Y el hombre desiste. Volvemos con Ekra. ¿Se dedican muchas conocidas a lo mismo que tú? “No sé la vida de otras. Cada una hace lo que puede para sobrevivir, para avanzar y llegar a su destino”.

En ese destino (España) con el que sueña Ekra hay personas de naturaleza prodigiosa. Una de ellas es Happiness, veinteañera larga, nigeriana enérgica y dura, ágil de verbo, bromista, que ha dejado atrás familia e hijo, un país complicado y denso, y ha conseguido atravesar el Estrecho para llegar hasta Roquetas de Mar (Almería), allí donde el mar es anécdota, y el invernadero, rey. Trabaja y habita Happiness en uno de esos cortijos, antaño de labranza y retiro y hoy abandonados en los descampados o encajados entre los plásticos o los bloques de pisos del boom inmobiliario último ya desinflado. Edificaciones en ruinas, ocupadas por inmigrantes sin techo y ya casi siervos gracias a la crisis económica (lo indica la asociación hispanoafricana Acciones Comunitarias Almerienses, ACA); casas de una planta, con patio interior y cuartos varios con múltiples camas para poder simultanear el trabajo sexual. Allí conviven las chicas a las órdenes de la madame,a la que suelen pagar semanalmente 50 euros. Lo cuenta luego Evelyn A., de Nigeria, que lo sabe bien porque estuvo en ello y ahora, ya fuera y regularizada, afirma: “Nunca más podría, la sensación de suciedad de ti misma es tremenda”.

En el salón hay siempre una tele encendida y sillas en círculo para los que allí se reúnen, subsaharianos -se estiman 25.000 en el gueto de los sin papeles en la zona- sin otras relaciones sociales posibles, que van a ver la telenovela nigeriana vía parabólica, a beber barato, a bailar su música y a por sexo: 10 euros el polvo, 40 la noche entera. Ahora mismo varias mujeres permanecen sentadas a la espera, balanceándose embobadas ante la pantalla y apretando contra sus cuerpos envases de plástico de esos en que se comercializa lavavajillas. ¿Por qué os colocáis las botellas sobre la barriga? He ahí pregunta sin intención. “Tienen agua caliente. Para el frío. ¿Quieres?”, nos ofrecen una. La respuesta de Happiness es otra: “Para relajarte los espasmos después de mucho follar, ¿comprendes?”.

Dice un miembro de una ONG de la localidad de El Ejido, aquí pegado, que hay días con colas de clientes en las puertas de los cortijos, y que no, que no son sólo africanos, que hay mucho español (y sí, los veremos llegar luego en sus coches), mayor y no tanto. Y salvo alguna formación y asistencia médica garantizada (de lo que se ocupan, entre otros, Médicos del Mundo en la zona, con programas para personas en situación de prostitución; sólo eso sería ya un sueño para Ekra), no hay fórmula mágica efectiva “para sacarlas de ahí”, dicen en ACA. “Tienen presiones, deben mandar dinero a sus familias o pagar las deudas inmensas que han contraído en el camino”. La religiosas Oblatas de Almería, con cuatro siglos de experiencia en la materia (ellas, como las Adoratrices, saben de qué hablan), ofrecen pisos de acogida a algunas y les ayudan a romper el círculo.

Ekra y Happiness son dos ejemplos de una situación común poco conocida. A saber, violación sistemática de derechos humanos sólo por ser mujer. A uno y otro lado de la frontera. Explotación, trata, prostitución. En todo el camino. De ello habla un informe que se presentará en Madrid estos días, realizado entre 2005 y 2007, por un grupo de juristas, la organización Women’s Link Worldwide, formada por mujeres empeñadas en la lucha contra la discriminación por cuestión de género y en su defensa. “Tenemos información frecuente de las llegadas de subsaharianos en pateras a las costas españolas, de la forma en que saltan la valla de Ceuta y Melilla o de la respuesta de las autoridades y la población civil… Pero existe un gran vacío en las implicaciones que supone para una persona iniciar el proceso migratorio, especialmente para una mujer”, cuenta Viviana Waisman, la directora.

La idea nació cuando documentaban en 2005 en la frontera de Ceuta situaciones de violencia: “Nos llamó la atención que se hablara siempre de hombres. ¿Y dónde están ellas?, nos preguntamos. Y ellas estaban ahí mismo, en los bosques, ocultas. Incluso para hablarles había que pedirles la palabra a ellos. Al final pudimos acercarnos, comunicarnos; más con las francófonas que con las anglófonas; las nigerianas son complicadas, muy vulnerables…”. Visibilizar lo invisible fue el objetivo. Allí había embarazadas, heridas, explotadas, devastadas (ver www.womenslinkworldwide.org). Mucho que contar. Muchas historias. Todas grandes.

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