La isla de los esclavos


El cantante senegalés Youssou N’Dour explora el legado musical africano, las raíces de la esclavitud en Return to Goree, película de Pierre Yves Borgeaud, rodada en 2007. En ella, entre otros muchos, aparece Joseph Ndiaye, el guía de la casa de los esclavos en la isla, una referencia permanente en el lugar, que murió poco después.

¿Qué simboliza Gorée en África? Aquí lo contamos. 

Los gritos de la isla de Gorée

Gorée se encuentra frente a Dakar, capital de Senegal. Los europeos la disputaron como enclave militar y puerto comercial de seres humanos con destino a sus colonias americanas. Durante cuatro siglos, millones de cautivos cruzaron el Atlántico desde estas costas de África occidental hasta que en 1807 los británicos prohibieron su transporte. Patrimonio de la humanidad desde 1978, Gorée es hoy lugar turístico. Un transbordador va y viene hasta allí sin descanso, esa cadencia con que antaño llegaban los barcos negreros.

El único ruido mecánico al llegar a Gorée es el del motor del ferry. No hay coches en la isla, sólo el golpear rítmico de las olas; muchos gritos, risas y palabras en francés y en wolof circulando por el aire; los reclamos cantarines de las vendedoras; las notas del chapoteo continuo de unos y el chapuzón repentino de otros bañistas; los pasos apresurados sobre el espigón de aquellos que buscan alcanzar el transbordador de vuelta a Dakar, este barco que es como la plaza pública: allí donde todo confluye, donde el millar de isleños se busca y siempre se encuentra.

Hace un instante, en cubierta, el sonido lo ha puesto la voz de Anta Guèye, de 11 años, que luce el mismo apellido que un personaje célebre del país, Laminé Guèye, uno de los primeros alcaldes y abogados negros africanos allá por los inicios del siglo XX, cuando Senegal era francés y empezaba a pelear por algo de espacio e independencia. Anta lo sabe; lo estudió en historia. Sabe también lo que simboliza Gorée. Y lo que ella quiere ser el día de mañana. Lo dice bien alto: “Presidenta de la República”.

Le sigue un coro de carcajadas; borbotones de dicha que brotan de las bocas y los grandes ojos de sus compañeros. A la clase de quinto le toca hoy la tradicional excursión de fin de curso: de Dakar a Gorée. De la caótica y joven capital de Senegal (fundada en 1857) al apacible rincón turístico, con siglos de historia, famoso por haber sido, desde que pusieron el pie aquí los portugueses en 1444, puesto militar y rico almacén de esclavos. Ese “lugar sin retorno” donde, cuentan, los cautivos veían por última vez la línea de su tierra natal.

Era Gorée uno de los puertos de carga en la costa del África occidental -otros muy activos fueron Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, y James Fort, en la del Gambia-, de la que, se calcula, salieron presas millones de personas en barcos gobernados por los John Hawkins, Francis Drake o John Newton de la época, convertidos luego en leyenda por el cine marinero y pirata. Todos, personajes de historia suculenta. Newton, por ejemplo, hizo fortuna en el golfo de Guinea y transmutó luego en abolicionista entregado: pidió incluso perdón en un libro por los actos cometidos en su etapa de mercader sin escrúpulos.

Un negocio europeo lucrativo el de negrero. No sólo para los navegantes. Lo ejercieron muchos, de muchas nacionalidades y empleos, durante cuatro siglos: reyes, políticos y misioneros; particulares y compañías; gente de éxito y buena reputación que se enriqueció con la trata. Una práctica a la que se entregaban ya los propios africanos desde hacía siglos y que los europeos convirtieron en empresa saneada y rentable, una de las actividades económicas más organizadas y sistematizadas de la época preindustrial, según dice el historiador Herbert Klein en su libro The atlantic trade slave: requería licencias, registros, preparación y avituallamiento de barcos, implicación de tripulaciones y agentes en tierra para la captura y la venta, y hasta de médicos para inspeccionar la salud de la mercancía… Hubo papas, como Nicolás V, que dieron el visto bueno y Estados que supervisaban el negocio. En España fue monopolio: la Corona cobraba el llamado derecho de asiento por la introducción del producto en sus colonias. El de esclavos lo abonaron genoveses, portugueses, holandeses, franceses, británicos… La South Sea Company, por ejemplo, en el siglo XVIII, se comprometía a enviar a América 144.000 negros en 30 años, a razón de 4.800 por año. Así está documentado. Seguir leyendo La isla de los esclavos