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Lola Huete Machado

El mundo (no) es tan pequeño


He aquí un making of bien celebrado. De la mano mágica de David López Espada recuperamos este recorrido de varios periodistas, durante varios meses, para conocer la vida de varios niños, ayudados por varios expertos. ¿El resultado? Desde luego… variado. Basta leer el texto que sigue y ver este vídeo, para comprender quienes son los protagonistas de esta historia: ellos, todos los que hicieron posible esta increíble travesía.

Un viaje de la mano de UNICEF  para completar un proyecto ambicioso: mostrar el estado de la Nación Infantil, a través de 20 niños, de 20 países, en el 20 aniversario de la Convención de los Derechos del Niño. Cómo viven los menores de este mundo. Cinco periodistas de El País Semanal (Sergio Fanjul, Rafael Ruiz, Pablo Guimón, Quino Petit y yo) y cuatro fotógrafos (Isabel Muñoz, David López Espada, Roberto Ranero y Toni Catalá) dimos vueltas por cuatro continentes. El tema fue luego portada de un monográfico: Nuestro pequeño mundo, el 15 de noviembre de 2009.

Y más tarde creció y se hizo grandísima exposición con las imágenes de Isabel Muñoz.  Infancia (así se titula) ya ha pasado por Barcelona, Madrid y Valencia. Escribí el texto que sigue para el catálogo de esta muestra (editado por Lunwerg y primorosamente diseñado por Roberto Turégano). Lo usé para una reunión interna de UNICEF. Estas palabras pretendían ser resumen y mostrar agradecimiento: a los niños participantes (y sus familias) y al personal de UNICEF que hizo lo imposible para que todo cuadrara en cualquier momento y lugar, y los niños lo disfrutaran. Nosotros, los periodistas, sólo somos mensajeros del trabajo que otros realizan. Ponemos en palabras (a veces hermosas, otra no tanto) lo que vemos. Lo que vimos en esta ocasión fue a un grupo de personas embarcadas en un trabajo imprescindible, fundamental. Gracias a todos ellos, el mundo ya (no) es tan pequeño.

Superhéroes de hoy y del mañana

Del centenar de niños y niñas que hemos conocido en nuestro viaje, una de las que más nos impresionaron fue Vanesa Encinas, de 17 años, morena, guapa, introvertida. Ella nos habló, directa y llanamente, de la pobreza donde reside, en el cinturón de Buenos Aires, devastado por la crisis y los problemas económicos y políticos de su país, Argentina. Contó sobre el consumo de drogas en las esquinas de su barrio; de la violencia entre los suyos, los pibes del Sur; de lo habitual de los embarazos adolescentes entre sus compañeras de escuela; de los bailes en los boliches que ella no frecuenta y el tipo de novio con el que sí podría un día soñar.

Describió –y lo vimos, porque nos llevó hasta su chabola a través de un laberinto de alambradas y barro– la falta de electricidad, comida, cama y espacio en su villa, así las llaman, en la que convive, en una sola estancia, con padres y seis hermanos. Nos informó, y confirmamos, que es buena estudiante, sabe del estado del mundo y de literatura; trabaja apenas sin cobrar en una biblioteca para poder leer, porque no le alcanza para libros. Y le gustaría ir a la universidad. Nos dijo: “Nunca podré ir, lo sé”. –“Y si pudieras cambiar algo en tu vida, ¿qué sería?”, le preguntamos.

–“Cambiaría el sitio donde vivo, salir de aquí, para que los míos no tuvieran que pasar más por esto”.

Vanesa cree que no tiene futuro. O mejor, que el que tiene está condicionado por su lugar de nacimiento. Pero no se conforma. Su conciencia del mundo y de sí, de su situación, nos dejó noqueados. Y no sería la única vez en este viaje. El 15 de noviembre de 2009 se publicó un monográfico de El País Semanal titulado Nuestro pequeño mundo. Era ésa la primera parte (la segunda y tercera son la exposición titulada Infancia y este mismo catálogo) de un proyecto ambicioso nacido en la redacción de mano de su responsable, Goyo Rodríguez, y asumido con entusiasmo y entrega por Unicef.

La idea era hacer un corte transversal en el planeta, elegir 20 países, 20 universos de 20 menores, ilustrar 20 de sus derechos de los recogidos en esa convención que acaba de cumplir 20 años y vincula a sus Estados miembros. Una reconocida fotógrafa, Isabel Muñoz, acostumbrada a viajar sin necesidad de tomar aire, y cinco periodistas éramos los encargados de llevarla a cabo. Diecinueve ONG colaboradoras sobre el terreno y 70 personas de las oficinas de Unicef se implicaron tanto que sin ellos nada de esto hubiera sido posible. Y nos pusimos manos a la obra.

Quino Petit se subió al primer avión el 27 de abril de 2009, camino de Karlsruhe (Alemania), para encontrarse con Ronny Gerhart, de 15 años, en un centro de tratamiento de menores problemáticos y marcharse luego a Moldavia, el país más pobre de Europa, a caer rendido ante la fortaleza física y mental de Victoria Bodean, una niña de 10 años con parálisis cerebral que consigue estudiar con regularidad todos los cursos en su escuela. Y Quino mismo cerró el proyecto, en octubre de 2009, entrevistando en Madrid al último fotografiado. Era Miguel Ardanuy, de 18 años, que le habló de sus proyectos e ideas políticas en una España crítica.

Entre esos seis meses transcurridos se encajaron los demás trayectos. El mío fue una verdadera travesía. Casi un mes, de tirón, anduvimos por el continente americano, desde Nueva Jersey, en Estados Unidos, hasta Buenos Aires, en Argentina, pasando por Punta Gorda, en Belice; Bogotá, en Colombia, y Distrito Federal, en México. Sobra describir el impacto emocional sólo en gentes, situaciones, paisajes… y aeropuertos. De la riqueza y el orden del Norte pasamos a la precariedad y sus efectos colaterales en el Sur, donde quedamos maravillados con el alto grado de solidaridad e implicación sociopolítica de los jóvenes latinoamericanos, su voluntad férrea por salir adelante, luchando juntos, a diario, a pie de calle.

El recorrido de Rafael Ruiz fue a través de cinco países de un continente inmenso, el africano, muy castigado por las guerras, la pobreza, el olvido y los estereotipos occidentales a la hora de abordar su vida cotidiana. África sólo existe para los dramas. Como si sólo reinara la muerte y no una explosión de vida, como en realidad sucede entre sus casi mil millones de población. África era un territorio nuevo para él, una tierra de fuerza poderosa y cielos increíbles, repleto de niños de ojos enormes, inquisitivos, limpios, hipnóticos; de abuelas sostén y madres canguro. Y de allí regresó impactado por su belleza, por la dignidad y orgullo de sus habitantes.

El periplo de Pablo Guimón transcurrió en la India y Líbano. Sus niños eran huérfanos y refugiados que esperan una salida, una respuesta a su situación, algún futuro, estando como están sin hogar, país o nacionalidad. Y el de Sergio C. Fanjul, que se desplazó hasta Filipinas, Nepal y Japón, le empujó poco menos que a darse de bruces con el espanto del abuso sexual de menores y el contraste entre la pobreza y la abundancia a golpe de trayecto breve en avión. “Pasamos de la espalda del mundo a un mundo de excesos”, escribió.

Durante seis meses tomamos notas y fotografías, pero también grabamos vídeos. Muchos. Todo el tiempo. Alguien del equipo, uno de los cinco periodistas de El País Semanal o de los cuatro fotógrafos (además de Isabel, David López Espada, Roberto Ranero o Tony Catalá) que se turnaban por continentes, iba siempre cámara en mano. Con ella rodamos el making of del viaje y entrevistamos a los chavales. Y ésta era, al final, la parte que más les gustaba (aunque de todas disfrutaron de lo lindo, nuestra presencia era siempre una novedad en su rutina): les mostrabas el resultado y se veían a sí mismos, su imagen, hablando de sus problemas y sueños. Siempre se asombraban.

En muchas ocasiones les planteamos la pregunta: “Si fueras un superhéroe, ¿qué poder te gustaría tener?”.

Algunas respuestas fueron:

–“Volar para conocer el mundo”.

–“Hacerme invisible para observar a los demás”.

–“Poseer la fuerza para cambiar el mundo”.

–“Cualquier poder que me permitiera mejorar la situación de mi familia”.

–“Todos, para tener las mismas oportunidades que cualquiera”.

Las 20 historias incluidas en Nuestro pequeño mundo representan a los millones de menores que hoy habitan en este planeta desigual. Ésa era la idea. Pero con Isabel Muñoz cualquier plan se queda en nada en cuanto se calza la cámara y tiene delante su objetivo. Ante eso, cualquier programa establecido se desvanece. Afortunadamente llevábamos agenda precisa elaborada por los equipos de UNICEF. De no ser así, aún estaríamos en Belice buscando la foto submarina; en Níger, moviendo vacas hacia un punto determinado del río; en la India, buscando un elefante cooperador; en Japón, luchando contra los hados nipones claramente en contra, o en ese cruce de caminos que es el aeropuerto de Miami a la espera de cualquier conexión.

A Isabel le interesa el lenguaje de los cuerpos… Y en los más pequeños encuentra ese todo que ella siempre anda buscando: los rostros, hermosos; la mirada, limpia; la pose, elegante; la felicidad o el drama personal, allí mismo, presente, para ser retratado, como ella hace, sin sensacionalismo. Por eso, de 20 niños inicialmente previstos pasamos, y ya lo vimos venir desde el primer día, a un centenar.

Elegir para escribir luego entre las historias de unos u otros ha sido, sin duda, la tarea más dolorosa de este proyecto. Todos los que conocimos son protagonistas: niños, niñas y adolescentes que serán los hombres y mujeres del futuro; personas que a pesar de sufrir una situación personal dramática, violenta o de discriminación social son capaces de superarlo sin caer en la desesperación o la desidia.

Veamos:

Sebastián, el mayor de los hermanos Alonso, víctimas de la guerra entre guerrilla y paramilitares, huidos de su casa y refugiados junto a su madre en los arrabales de Ciudad Bolívar (Colombia), culto, consciente, paupérrimo, empeñado en que el sistema y la violencia cotidiana no engulla a su familia.

Los ocho hijos de Hellen, de 27 años, una mujer que quería ser médico y acabó raptada en Uganda. O, allí mismo, Agnes y Patrick, niños soldado reincorporados a sus casas después de haber soportado lo insoportable.

Hannah Nilsson, sueca, que estudia arquitectura y no entiende, ni quiere, de estereotipos sexuales ni géneros.

Rozi, que vive en un orfanato de la India y desea ser bailarina.

Nouhou, que vive en la calle, en Niamey (Níger), sin nada.

Jake Salvador, en Filipinas, que ha sufrido explotación sexual. Y sonríe.

– El japonés Yohei, privilegiado, preparado, que irá a estudiar física o economía en Harvard.

Qualid, de Marruecos, que a pesar de no tener medios sueña con estudiar arquitectura.

Marie Gueye, de Senegal, bebé de pocos meses y menos peso, salvada por el método Canguro.

José, Jason y Yannick, que comparten juegos, partidos, preocupación ecológica, cursos y colegio en las calles residenciales de Summit (Nueva Jersey).

Evan Cal, indígena maya, que está siendo educado en su lengua y preparado para seguir los pasos de su padre como líder de su comunidad, San José, en Belice.

Tamara Jazmín Chávez, que estudia y enseña a otros lo que sabe en materia de educación sexual, solución de conflictos. Es constructora de paz en México.

Maine, enfermo de sida y a cargo de su abuela, su única familia, su hilo conductor con la vida en Lesoto.

Suat Demirkol, en Turquía, abandonado por su padre, con cuatro hermanos y una madre enferma.

Sita, que tiene 11 años y trabaja como asistenta doméstica en Nepal.

Ariel Passamani, líder estudiantil, que se prepara ya para ser político en Argentina…

Hemos compartido con todos ellos su tiempo más valioso, su vida cotidiana. Un regalo. Y gracias a cada uno de los que han participado en este proyecto (incluidos familiares, acompañantes, trabajadores de ONG) somos ahora más sabios: siempre supimos (creíamos saber) que el mundo era plural y uno a la vez; que sus habitantes menos agraciados en esta lotería poseen una entereza y una dignidad inconmensurables. Pero ahora estamos al menos cien veces más seguros. Una por niño o niña conocido. Lo sabemos por Evan, Ariel, Braian, Lucía, Tamara, José, Nouhou, Oualid, Luis…

Lo hemos visto en sus casas y sus escuelas, con sus profesores, padres y amigos; en el modo en que viven y se plantean la existencia; en la manera en que sobrellevan la enfermedad, el abandono, la falta de oportunidades y de educación, la guerra… Lo hemos visto en su modo de reflexionar desde la necesidad, la pobreza e incluso la opulencia. En cómo intentan solucionar sus problemas y luchan por lo que desean. Sin dramatizar. Los niños no se sienten víctimas. Eso es algo que aprenden de mayores. Ellos sólo pelean por la vida. A veces, en las entrevistas también les pedimos que dieran consejos para otros chicos y chicas de otros países.

Y entre sus recomendaciones, dos repetidas fueron éstas:

– “Estudiar más”.

– “Ser mejor persona”.

Y sí, muchos de estos niños tendrán el mejor puente posible, aquel que les permita cruzar y avanzar gracias a la tarea política y social efectiva, al empuje democrático en sus propios países, la mejor fórmula. Otros tendrán trazado un camino gracias al empeño de las organizaciones que, bajo el paraguas de Unicef, trabajan sobre el terreno para asegurar el cumplimiento en cualquier rincón del planeta de aquello que les corresponde y recoge la Convención de los Derechos del Niño.

Pero el territorio es tan vasto, tan frágil, interesado y pantanoso, que, y también lo hemos visto, muchos menores están ya en la cuerda floja, próximos al precipicio o a una caída de la que difícilmente podrán levantarse: la violencia será para muchos la única vía. Lo saben bien ya en las bandas, mafias, maras, paramilitares, guerrillas… Un buen caldo de cultivo.

Hace ya algunos meses que todo terminó. Y todo sigue presente ante nuestros ojos: nombres, rostros, anécdotas, situaciones, paisajes, colores, olores, sabores, el calor y el frío, los modos de vida, las costumbres, los vestidos, las casas, la luz tan distinta de un lugar a otro… Tenemos archivadas tantas notas sobre la vida de las personas que hemos conocido que servirían para publicar varios tratados.

Hemos grabado tantas horas de vídeos con entrevistas que se podrían montar varias películas. Isabel Muñoz guarda tantas imágenes que servirían para varias exposiciones. Pero aun cuando pudieran ser o sean muchas, en realidad basta detenerse ante uno solo de estos niños para ver reflejado el estado de esa nación infantil. Para comprender. Cualquier cosa que se haga para mostrar este tesoro que nos han ofrecido (su tiempo, sus palabras, sus vidas, su propia imagen) será siempre poco.

Las cartas llegadas a la redacción de El País Semanal tras la publicación de Nuestro pequeño mundo fueron numerosas. La mayoría, de halagos. Algunas, de críticas: por habernos quedado cortos. Pero recuerdo una especialmente. Comentaba un lector su disgusto por el modo en que se había hecho posar a los niños para las fotografías, sacándolos de su contexto, endulzando su situación. Para él era innecesario y superficial, embellecía la realidad en que vivían y nos ocultaba su miseria y su drama.

Para todos nosotros, sin embargo, siempre estuvo clara la aproximación contraria: cualquiera, viva donde viva, como quiera que viva y con lo que quiera que tenga, tiene derecho a ser tratado y fotografiado con la dignidad, el estilo y la elegancia debidos. Como hacen ellos mismos, los más desfavorecidos, cuando se dejan retratar por sus fotógrafos de estudio o de calle. Ésa fue la intención de Isabel Muñoz en un trabajo que es de autor y lleva claramente su mirada exigente y de calidad.

Y nadie mejor lo ha explicado estos días que otro fotoperiodista, José Manuel Navia, en su comentario sobre la imagen premiada en la última edición del World Press Photo (de Pietro Masturzo, EL PAÍS, 13 de febrero de 2010) en el que cita una frase del maestro dela fotografía Raymond Depardon: “Siempre hay un mercado para la crónica de los palacios y para el drama de los suburbios, pero no lo hay para la crónica de los suburbios”.

La vida de Vanesa Encinas y del centenar de superhéroes de este mundo que hemos conocido durante estos seis meses y traemos aquí en imágenes y palabras merece una gran crónica palaciega. La mejor. Con el mismo cuidado en la presentación y la escritura, en el tiempo y el detalle que si hubiéramos visitado a los más altos dignatarios o a la realeza de este mundo.

8 comments on “El mundo (no) es tan pequeño

  1. Raquel dice:

    El mundo solo puede cambiar gracias al compromiso de medios como El País Semanal, de periodistas y fotógrafos como todos los que están en el vídeo de David, de personas que a través de UNICEF y de otras organizaciones dedican su vida a los niños, y de niños y familias dispuestos a retratar su vida ante el mundo.
    Es un compromiso que solo puede ejercerse a través del corazón y la responsabilidad humana.
    Mucho corazón en el vídeo, en las fotos, en los textos…

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    1. Y sin tí nada habría sido posible….. Eso se te olvida citarlo.

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  2. Ángel dice:

    ¡Bravo!
    Y la falta que hacen estas “sacudidas de conciencia” periodísticas…
    Un abrazo para tí Lola (y también para Raquel asoma por estos comentarios).

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  3. Marta dice:

    Encomiable!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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  4. Guillermo dice:

    Felicidades a Lola, y a David, y a Isabel, y a Sergio, y a Rafa, y a Pablo, y a Quino y a David, y a Roberto y a Toni y a todos y todas las compañeras de Unicef y de El País por regalarnos uno de los mejores reportajes que ha publicado El País Semanal en los últimos años.

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  5. Oscar dice:

    Mientras leía el artículo me venía a la mente el recuerdo del libro “Me acuerdo… El exilio de la infancia”, de Boris Cyrulnik, uno de los fundadores de la etología humana y estudioso de la resiliencia (en su acepción de “capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación”).

    Más información:
    * http://www.tendencias21.net/libros/Me-acuerdo_a113.html
    * http://manuelgross.bligoo.com/content/view/742838/El-pensamiento-de-Boris-Cyrulnik-sobre-Resiliencia.html

    Apuesto a que los que hicisteis los reportajes no sois “los mismos” que erais antes de hacerlos.

    Nota: Lola, incluye los títulos de crédito de las canciones que aparecen en el vídeo.

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    1. Oscar, lo sé, tengo que incluírlos. Pero el autor del vídeo se resiste a mis demandas… voy a insistir.

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  6. triniTi dice:

    Después de esta lectura ,me acuesto con el más absoluto convencimiento de que en muchas ocasiones , siendo privilegiados .”Nos quejamos de vicio”.

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