Penemanía


Marchoso o no, largo o corto, siempre orgulloso y trabajador, siempre en el punto de mira, la valoración de este órgano como símbolo de la masculinidad se ha puesto en cuestión en las últimas décadas. Un documental, Mr.Big, recorría hace no mucho su historia con cariño e ironía. Lo conté en este artículo publicado en El País Semanal, en 2005. Esta es la versión extensa del publicado originalmente.

Los altibajos del pene

El pene es una broma evolutiva, un regalo envenenado, un individuo independiente que cuelga entre las piernas. Lo decía el sexólogo Manuel Lucas no hace mucho. Y añadía: “Los humanos somos prácticamente los únicos mamíferos a los que la naturaleza ha dotado de un aparato sexual con mecanismo eréctil casi totalmente vascular; sin ningún tipo de apoyo, ni óseo, ni cartilaginoso”. Y ese colgajo desamparado -fundamental en la reproducción, en las relaciones sexuales, y motivo de atención física y artística desde la época de las cavernas- representa mucho para el hombre (suelen decir ellas) y para la mujer (según ellos). Y parece que ahora más que nunca. A pesar de algunos tropiezos vividos durante las últimas décadas. Eso es lo que explica un documental de producción francesa que estos días emite Canal + , titulado Mr. Big. Todo sobre el pene (en francés, Grandeur et decadence du pénis), en el que se intenta quitar hierro a sus altibajos, desmitificar su papel y describir con ironía sus penalidades, su fragilidad, su significado sexual y social en tiempos de cambio y revolución sexual. “¿De veras han muerto los machos?”, se preguntan. “¿Tan ridículo resulta ya el hombre? ¿Realmente inútil?”. El asunto, polémico, despierta tantas pasiones y respuestas como el miembro mismo.

Pruebe a dejar caer a la hora de la comida algunas cuestiones para ellos del estilo:

“Para ti, de cero a diez, ¿qué importancia desempeña el pene en tus relaciones sexuales?”.

“¿Su comportamiento influye en tu autoestima?”.

“¿Crees que el tamaño importa?”

O para ellas (las mismas, pero con variaciones del tipo):

“¿Qué importancia tiene el pene de tu pareja en vuestras relaciones?”.

“¿Crees que influye en su autoestima?”.

“¿El tamaño te importa?”

Y la conversación se animará de golpe.

Provocará respuestas como las que siguen (esta es una encuesta improvisada vía e-mail entre hombres y mujeres de la redacción y alrededores, de 25 a 60 años):

“El protagonismo del pene es ahora mayor desde que la mujer ha tomado las riendas, la iniciativa. Igual que los prefieren musculosos, los quieren bien dotados. Es a ellas a las que les importa el tamaño”.

“Es cosa de disfrutar dos; pero, sin pene, yo nunca llegaría al 10”.

“Es evidente que no todo es penetración en esta vida, pero si el pene no se excita, no hay relación sexual… Si no hay eyaculación, digamos que la relación sexual no sería satisfactoria para el hombre…, y el que diga lo contrario, miente. Así que la importancia del pene está entre el 9 y el 10. No hay otra”.

“A mi pene le doy un 10 sin dudarlo. Aunque está claro que sin él pueden hacerse muchas otras cosas. (Pregúntenle si no al ingenioso Bill Clinton. Después de jugar con los puritos y mentir a la nación americana, le preguntaron si para él el sexo oral es sexo. Respuesta de Clinton: ‘Depende de lo que el verbo ser signifique)”.

“Dejando a un lado el micropene, todo pene susceptible de producir placer es válido. En Japón son grandes expertos en la cama, porque, dicen, saben manejarlo. Al final, eso es lo que importa”.

“Para la mayoría de los hombres, su pene es su fortaleza, su hombría. Y creo que están equivocados. ¿El tamaño importa? Sí y no. Porque no es lo mismo follar que hacer el amor. En el sexo sí puede que me importe el tamaño; pero en cuestiones de amor, con los sentimientos consigues el mayor placer. Claro que si encima tu pareja está bien dotada, mejor que mejor”.

“¿Importancia en mis relaciones? Pues un 8. No le doy más porque los juegos sexuales que no implican al pene también me encantan; pero la penetración, cuando está bien hecha -porque todavía hay mucho embestidor (de embestidas) suelto por el mundo-, es superplacentera”.

“Le doy un notable alto, 8,5. Me imagino que sí que influye en su autoestima; él, al menos, se pone muy contento. El tamaño no importa, sólo si es tan pequeño que no da la talla. En cualquier caso, carezco de datos para comparar en los últimos, al menos, 15 años”.

“El tamaño sí importa, pero en el sentido contrario al mito: disfruto más con la penetración de un pene normal, o incluso tirando a pequeño, que con uno muy grande. Uno muy grande es molesto. Y uno tirando a pequeño, bien manejado, es estupendo”.

“Tiene una importancia relativa, que comparte con mi vagina y mi clítoris en igual medida y con nuestras zonas erógenas. ¿Un número? Podría darle un 4. Le saca ventaja a su lengua, pero no tanta”.

“En realidad, el pene hoy día es más visible para todo el mundo de lo que lo ha sido durante siglos”, señala Michael Sims en su interesante libro El ombligo de Adán, sobre la historia natural y cultural del cuerpo humano. Quizá por eso provocan tanto morbo noticias recientes como la del nigeriano acusado de violación, y luego absuelto, al que se le midió el pene para probar si los desgarros sufridos eran cosa del tamaño; la del caníbal alemán condenado a perpetua por matar y zamparse el miembro de su víctima; la del primer hombre sometido a un trasplante de pene (en China) que pidió que se lo quitaran (¡a saber con quién habrá retozado!, pensaba), o todo aquello relacionado con la atracción irremediable de los cuerpos (pongamos el exitoso Festival Erótico de Barcelona, por ejemplo, en el que hasta dan premios al pene más bonito del año). “En la cultura del milenio, el falo campa por las películas pornográficas y por los anuncios de Viagra, por los expedientes de acusación contra los presidentes de Estados Unidos y por las revanchas de las esposas…”, sigue Sims, recorriendo nuestra fisiología como si de un viaje transoceánico se tratara.

Y eso también, un viaje por las relaciones sexuales con protagonista estelar, es el documental Mr. Big. En él se mezclan entrevistas con escritores, periodistas, sexólogos, sociólogas y artistas (Philippe Starck) con escenas de películas (Austin Powers, American psycho o Boogie nights, supuestamente basada en la historia de Mr. Cock, la primera estrella del porno, John Holmes, con sus 34 centímetros, 44 años de vida y muerte de sida), anuncios y obras teatrales como Las marionetas del pene o Marquis, sobre la vida del marqués de Sade, donde el hombre aparece sometido a los caprichos de su pene parlante -“puedo hacerte perder la cabeza”, le dice éste, amenazante, a su dueño-. También hay músicas y músicos como David Bowie o Iggy Pop (el exhibicionista por excelencia), y gente anónima, homo, hetero o transexual, que opina sobre el pene propio y ajeno, el real y el deseado; sobre relaciones físicas y afectivas, necesidades y gustos cotidianos. “¿Si el pene fuera un instrumento?”, les preguntan en Mr. Big. Ellos y ellas contestan: “Sería un martillo”, “Una espátula de madera para remover la salsa”, “Una pala”, “Una lima”, “Una navaja suiza”, “Una espada de doble filo, porque mi vagina es muy pequeña…”.

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Buenos días (1)


Para compensar y rememorar la historia triste de Oden,  he aquí la de otro perro bien distinto retratado a través de la mirada y la mano animada de Elliot Dear, uno de los magos de BlinkProducciones. Con el sonido de ‘Bubble’, de Jon Hopkins y King Creosote