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Lola Huete Machado

Una chica de ayer


CARTAS DE MARIE (11)

Querida Lola:
No puede ser astenia primaveral lo que me mata porque estamos en verano puro, así que intuyo que es el E. Coli del desánimo planetario que nos invade. Me levanto de la cama hundida, como si el fin del mundo llamara a la puerta; tomo café y no me anima ni me excita ni me activa (un timo); leo los periódicos y me hundo (hoy he descubierto que el mercado del CO2 cae y me he venido abajo yo con él); veo la televisión y me agota esa tertulia huera (si no sé ni de qué o quién hablan); salgo a la calle e ídem: dicen, decimos, sabemos que hay paro y falta el dinero… pero ayer mismo en Madrid los restaurantes (bien caros) petaban, las bolsas de compra revoloteaban como nube de mariposas en las manos de los clientes en masa. Así que escucho discursos de cambio de unos y otros y sonrío. Ya no creo ni en lo que veo. Hay que salir de aquí; voy a instalarme, te anuncio ya, en otro planeta cual principito/a, a la espera de flores parlanchinas, sombreros con forma de elefante y tierra más prometida… pero aún cómoda, eso sí, pues yo soy una chica de ayer como bien sabes por mí y por mis cartas… Para poder verme, tendrás que viajar hasta allí (estará situado más bien hacia el norte, sobre el cielo de Islandia), previa purga de contaminantes de este mundo egoísta y pijo, insolidario y cutre que llamamos sin pudor Primer Mundo, donde cada uno barre para sí y sus asuntos. ¿Recuerdas lo que decía el abuelo?: “Dale poder a un manco y acabará repartiendo hostias a dos manos”. Pues eso, basta mirar alrededor. Y leer. Así que, al principio seremos excluyentes. Cacheo a la entrada, y el/la que no esté limpio, nada. Mi grupo y yo, preservados. Reservado el derecho de admisión… Los demás, de vuelta a la jodida Tierra.  A ahogarse todos en el fango. He dicho.
Ay, qué calor.
De repente, carrito en mano derritiéndome por el supermercado, me he asustado mucho de mí misma.
Qué ataque terrorista/nacionalista estaba sufriendo mi raciocinio.
Pero no duró, gracias a Dios o a quien sea.
Porque fue detenerme en la sección Charcutería y olvidarlo todo al escuchar (como buena oyente profesional que soy) a un señor hablarle a otro de su ciudad (algún lugar de La Mancha cuyo nombre ignoro).
No tiene 15M tan intenso como la tuya, le decía, pero ya tuvo su buen Mayo del 68. Aja, murmuraba el otro, pidiendo jamón serrano a la dependienta.
Indignados de X=1; Indignados de Y=0.
Interesante velada anticipé yo. Ingenua.
“Y aquello, ya ves, se quedó como recreación burguesa de un mundo; pero con ese agua se construyó este que ahora parece que hemos descubierto de golpe lleno de lodo, ¿no crees?”.
Toma ya, cuarto kilo de chorizo ibérico en lonchas pedía el otro en ese instante de confesión sociológica. Y explicó el charlatán: “Qué ceguera. Durante décadas hemos dejado campar a sus anchas a los poderosos y los ricos, todos esos que se miran el ombligo y sólo reivindican lo suyo y a los demás que les den… Echar la culpa a los políticos, por ejemplo, fíjate, es una moda última. ¿Hace calor o mal tiempo? La culpa es de Zapatero. ¿Se hunde un barco en el Estrecho? Seguro que lo ha apañado Rubalcaba. ¿Estalla una bomba en Afganistán y mata soldados españoles? La culpa no es de ellos por trabajar en el departamento de asuntos guerreros, no señor, la culpa es de Chacón. Pues no, la culpa es de todos”.
Claro. Medio queso manchego, berenjenas de Almagro, aceitunas….
Yo detrás… esperando turno. Y otros. Peso del cuerpo sobre una pierna, peso del cuerpo sobre la otra. Poco erguida ya a esas alturas del acto político. Resisto, cual soldado del amor, oigo a Sade en mi interior, grandísima, que ha vuelto a cantar y está de gira mundial.
“Y nosotros todos mientras ¿qué hacíamos? Dime Ramón, ¿qué hemos hecho para marcar a los políticos?”. Alzaba mucho la voz al estilo español. Eso. Miraba a la audiencia, creyéndose centro. Cola ya de diez personas. Una señora de ojos saltones se abrazaba al envase de gazpacho.
“Los políticos son enviados especiales a un lugar llamado Parlamento. Desde que se inventó la Democracia. Y desde la central, es decir, cada ciudadano desde sus casas, debe exigirle cuentas. Bien claras… ¿Lo ha hecho alguien? Contados. La responsabilidad colectiva de los ciudadanos como poder de presión aquí no ha existido nunca. Por comodidad. Si fuéramos analfabetos tendríamos perdón por omisión de funciones. Pero así, en un país bien formado, no. Siento decirte. Hay que pensar como comunidad. Estoy indignado”.
“Y yo y yo”, musitaba el otro intentando desligarse de esa mayonesa, girándose él y su carro hacia el sector pescado.
Las notas de la Internacional, canturreaba yo ya a esas alturas, unidas al repaso de la lista de la compra: la lata de tomate, las anchoas del cantábrico, la mortadela boloñesa, el bote de garbanzos… Agrupémonos todos… Y recordé: esto es como ponerse a hacer la revolución y dejar que el alquiler de tu casa lo pague tu madre. Dato soltado tal cual el otro día al aire en la radio en entrevista muy formal a otro señor muy líder y muy indignado que lo dijo y se quedó tan pancho… ¡Señor mío, un monumento a su progenitora es lo que usted debe ponerse a levantar sin dilación…!
El señor del carro vacío, delgado, canoso, hilaba discurso: “Ese afán por hacer tabla rasa con el Sistema, no señor, que antes muchos te lo dieron todo, aunque se equivocaran”…
“Mientras nosotros engordábamos cual gorrinos…”, rematé yo para mí.
– ¿El siguiente…?
Al fin iba a callar el hombre-discurso. “Ah, sí, yo”.
– ¿Tiene usted número?, le preguntó la charcutera en tres palabras.
Negó él con una.
– “Pues cójalo usted de la máquina, y póngase a la cola, que los demás también existen, señor mío”.
Silencio en escena. Toma uno. Claqueta. Nadie se mueve. El gazpacho se solidifica. La leche se corta. Él mira, calla, suspira… y retrocede. Se adapta.
Fin de la  escena.
Luego, en casa, mientras el sol caía en picado decidido a acabar con todo ser vivo sobre la tierra (de Madrid, más en concreto), me he tumbado en la hamaca de mi jardín burgués para oír sólo silencio y recrear momento tan cinematográfico… Pero el chatarrero ha pasado en ese instante por la calle pidiendo trastos viejos con su megáfono. Que sí, que en mi zona aún perduran estas cosas, no te sorprendas. “Yo misma”, he pensado, “soy desechable”. Todos lo somos. Un objeto de otro tiempo. Así que me he levantado lenta (por el reuma), he subido al camión y he partido en plan quincallero tras mi planeta. Reciclado será, sí, pero renovado y distinto. ¿O crees que lo he soñado?
Tuya siempre, Marie.

2 comments on “Una chica de ayer

  1. analía dice:

    me ha encantado el relato, leido desde esta misma estepa del infierno veraniego que no da tregua

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  2. Raquel dice:

    Feliz viaje al Planeta, Marie
    Aquí quedna los de la charcutería y los que hacen la revolución dejando que el alquiler lo pague su madre…

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