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Lola Huete Machado

Cachemira, un paraíso cercado


Cachemira. Ay, una de las zonas más hermosas del mundo, un lugar encantado. Miras su paisaje y el primer reflejo es cerrar los ojos para asegurarte de que no andas soñando. Las faldas del Himalaya, aire puro, valles indescriptibles, paisajes de ensueño amados por los rajas, el agua repleta de nenúfares y los hoteles barco del lago Dal que construyeron los británicos colonialistas… Ahí quedaron. Cachemira, puro exotismo. Y región estratégica. Pero este paraiso está cerrado, prisionero, cuesta ir. Por las disputas entre India y Pakistán, por los excesos del Ejército indio (muchísimos y poco contados) y el terrorismo interesado (idem) la han hecho insegura. Sigue abierto teóricamente el proceso de paz, la situación mejora a temporadas, pero a río revuelto… Su gente sueña, me consta, con recuperar sus negocios, atender a los viajeros, vivir en calma… Tal cual sucedió hasta principios de los noventa. El texto que sigue se publicó (en parte) en El País Semanal en septiembre de 2005 dentro de una serie de verano sobre hoteles de ensueño. Cachemira fue parte de un larguísssssimo viaje por India Y Pakistán que realicé justo antes de que se cerrara la zona (y la región del Ladakh luego) al turismo.

El lago de mil colores

Te dicen: “Cachemira”. Y todo aparece delante de tus ojos: agua y agua; bosques habitados; mil verdes en mil valles; una luz siempre tamizada; la mole espectacular de las cumbres del Himalaya, las carreteras endiabladas repletas de convoyes militares que ascienden hasta casi los 5.000 metros hacia la región del Ladakh, una de las más altas, remotas y despobladas de la Tierra, el Tíbet indio, la ciudad de Leh; el Indo, ese río mítico…

Es éste un mundo extremo, de dimensiones extraordinarias: el Estado de Yamu y Cachemira, la región más noroccidental de India, que ha sido hindú, mogol, parte de Afganistán, del imperio sij; que es una de las más hermosas, si no la más; una de las más conflictivas, si no la más. “Sobrepasa en belleza todo lo que mi ardiente imaginación había previsto”, escribió el filósofo francés François Bernier en 1665. “Si hay un paraíso en la Tierra, está aquí”, dicen que exclamó el emperador mogol Jehangir en ese mismo siglo. Y así, todos los que la han visitado alguna vez.

Pronuncias “Cachemira” y ahí están –de la austera Derby Shire a la lujosa Gul Noor que aparece en estas fotografías– las casi mil barcazas-hotel (houseboats) de herencia británica, ancladas en el lago Dal, en Srinagar, la capital de verano del Estado, que nacieron en el siglo XIX por una indicación del marajá. “Británicos, bienvenidos a mis tierras, pero no podréis edificar en ellas”, vino a decir. Los aludidos, cuyo imperio marcó el destino de India y Pakistán en general hasta su independencia en 1947, y el de Cachemira en particular hasta el mismo día de hoy, cumplieron sus deseos. Levantaron sus viviendas sin usar un solo palmo de suelo: construyeron casas de madera como grandes barcos y los anclaron en el lago Dal y también en el Nagin y, luego, hasta en las aguas del río Jhelum, que atraviesa juguetón la ciudad.

Como resultado de aquella iniciativa, los hoteles flotantes son hoy símbolo del lugar, y el Dal, que en realidad son tres lagos separados por diques, ganó peso, se afianzó como corazón de Srinagar. Por él, las shikaras, una especie de góndolas austeras y estilizadas, se deslizan sigilosas, dibujando una procesión eterna de puestos ambulantes. Hombres, mujeres, niños en cuclillas que reman y reman –manos encallecidas, piel cuarteada– transportando leña, alimentos, flores o utensilios para sus humildes casas escondidas entre los recovecos y las zonas pantanosas del lago. Hombres, mujeres, niños que regresan a ofrecer flores, frutas, té, miel, alfombras, joyas o artesanía a las parejas de turistas felices que se acomodan, enamorados o no, en otra barca vecina, preparada para el paseo, con dosel policromado, definitivamente romántica. Tras todo se va inevitablemente la vista en este lugar de Cachemira: los campos de nenúfares allí, los jardines flotantes repletos de color acá; las islas en el centro del lago donde los indios se reúnen para el pic-nic; la ropa ajada tendida en las barandas; la mirada profunda de sus gentes; el cielo, el lago y las montañas fundidos en el mismo azul rotundo.

“En el Dal no hay visitante que no se relaje del estrés del Sur”, dice Mansú, el remero adolescente de ojos de tigre, orgulloso de su shikara, a la que ha bautizado Lucky 7. “¿Venís de India?”, pregunta Mansú. Y preguntan eso exactamente también muchos lugareños (nueve millones de habitantes en todo el Estado, 35 habitantes por kilómetro cuadrado), en las tiendas, en los restaurantes, aunque es en India donde nos encontremos. Hasta que caes en la cuenta de que muchos aquí siempre tiraron más hacia Pakistán, el país vecino. Porque Yamu y Cachemira es de mayoría musulmana (el 80%, mientras en todo el país se invierte la proporción: 14% de musulmanes y 80% de hindúes). Y porque en la división territorial del Imperio Británico, en 1947, hubieran preferido caer del lado paquistaní o, al menos, tener la oportunidad de expresarse en referéndum, cosa que no sucedió. Doce millones de desplazamientos (de hindúes y sijs hacia un lado de la línea; de musulmanes hacia el otro) se produjeron durante aquel tiempo de cambio fundamental. Más de un millón y medio murieron.

Y es ahí donde se ha cocido lenta y largamente un conflicto que ha cubierto de sangre esta tierra paradisíaca, avivado con la discriminación y la demostración de fuerza constante por parte del Gobierno central, con el guerrear interesado entre ambos países, con el juguete siempre presente de la amenaza nuclear. “Cachemira no es un problema para los Gobiernos de India y Pakistán, sino la solución permanente para todos sus conflictos internos y, además, con un éxito espectacular. Cachemira es el conejo que se sacan de la chistera siempre que les conviene”, apunta una de las escritoras más famosas del país, la activista por la paz Arundathi Roy. O como se lee en el informe del Observatorio de Derechos Humanos de la zona de 2004: “El derecho a vivir con dignidad y el derecho a la autodeterminación, ambos están suprimidos en Yamu y Cachemira”. Y eso que hoy la cifra de muertos (casi 80.000, la mayoría civiles, en tres lustros de violencia militar y terrorismo) ya no aumenta tan deprisa. Tres guerras indo-paquistaníes se han disputado en este territorio. A punto estuvo de celebrarse la cuarta en 2002.

Dicen que hay cachemires terroristas, infiltrados a través de la llamada Línea de Control (que separa ambos territorios, implantada por la ONU en 1949) pagados por Pakistán. Dicen que los hay fundamentalistas, separatistas, independentistas… “Pero la gran mayoría de cachemires sólo quiere la paz”, sigue Roy. Algo bastante alejado, parece, del objetivo de los terroristas y también del de los nacionalistas hindúes. Y a veces, hasta del de algunos políticos de altura. “Los musulmanes no están dispuestos a vivir en paz en ningún lugar”, afirmó en 2002 en un congreso de su partido, el conservador Bharatiya Janata, el entonces mismísimo primer ministro de India, A. B. Vajpayee. En India viven 160 millones de musulmanes.

Recientemente, tras las elecciones de 2004, que ganó el Partido del Congreso, se profundizó en un proceso de paz que ha traído de nuevo la esperanza a la zona. Permite ya que circulen autobuses entre sus fronteras, que se reúnan familias separadas desde hace medio siglo, que hablen entre sí líderes políticos y separatistas. Y que el ciudadano Irshad Wani, dueño de una casa de huéspedes en Srinagar, en el bulevar cercano al lago Dal, la Wani Guest House, se plantee reabrirla, tras permanecer cerrada los últimos años. Aquel lugar en el que tantas cosas nos sucedieron durante el viaje…

Cierro los ojos y aún la oigo: “Vete a la otra carpa, mira a ver cómo es mi marido, luego vienes y me lo cuentas”.

Allí me quedé, con el corazón impactado, mirando al grupo de musulmanas, felices, parlanchinas, engalanadas de color y oro, universitarias, acomodadas… Era un ruego hecho en un momento crucial. Una joven india se lo pide el día en que contrae matrimonio, previamente arreglado por sus padres, a una europea. Y ésa era yo, casualmente invitada al acontecimiento nupcial. La única occidental. La única a la que se le permite husmear entre varones y hembras, que celebran por separado, como es tradición, una ceremonia de enlace doble, pues se casan dos mujeres al mismo tiempo, Jama y Shaheen Ara Wani, las hermanas de Irshad. La fiesta se celebra en la misma Wani Guest House, el negocio y la residencia familiar.

Aquellas del verano de 1989 eran, y nadie lo sabía, las últimas jornadas en que los turistas internacionales íbamos a pulular tranquilamente por los valles de Pahalgam o Gulmarg, repletos de lagos y bosques, de templos hindúes, de fuentes llenas de peces sagrados; a recorrer asombrados, lentamente, la impresionante carretera entre Srinagar y Leh; a deambular por las calles de la capital, a llenar los autobuses, a atascar el aeropuerto y las tiendas para comprar papel maché o para encargar trajes de algodón purísimo a medida; a alquilar entusiasmados las houseboats. Éstas, construidas en madera, repletas de detalles victorianos, de filigranas, rezuman exotismo en su decoración, en las telas, las especias, el oro y la plata de las cuberterías. Esas barcazas con salones, dormitorios y porches son el lugar ideal para perderse; donde dormir y comer y amar y mirar al agua fundirse con la silueta de las montañas; donde ser atendido con primor: los empleados vestidos con ropajes lujosos del tiempo del Raj; donde tumbarse en las hamacas y observar el ir y venir de las criaturas del lago. “Si vas con familia, alójate en una houseboat de la orilla; si estás de viaje de novios, mejor alójate en el interior”, decían las guías. Todo aquello se iba a perder. Varias bombas habían estallado esos días en el centro de Srinagar, en los alrededores de la mezquita de Bulbul Shah, nos informó Irshad. Habría muchas más. El ejército indio, omnipresente ya en las montañas, en la frontera, iba a crecer, y quedarse ya para siempre en cada esquina de las aldeas, los pueblos, las ciudades.

Para alcanzar Srinagar tuvimos que atravesar por tierra ese territorio de transición que es Yamu, entre las planicies indias y las montañas del Himalaya, muchas horas en tren primero y luego en autobús infernal desde la capital del país, Delhi. En un diario de viaje lo encuentro escrito: “En Yamu está diluviando, tiempo de monzón. Nunca en mi vida he visto un cielo más oscuro”. Los sadus y los tullidos se protegen como pueden pegados a las paredes de la estación. Entre las líneas de agua se ven cruzar a toda velocidad no los cuerpos, sino la estela de los colores de los vestidos. “A destacar”, siguen las notas, “la velocidad increíble del viaje. Una forma de conducir que te pone los pelos de punta, unos precipicios que te hacen temer seriamente por tu vida y la de todos los pasajeros de este autobús, supercoach. Un pasaje hacia la muerte cierta al precio de 70 rupias (560 pesetas)”.

Un recorrido interminable por carreteras que se autodestruyen al cruzarlas, que se desmoronan sobre sí mismas (bastante común por el Himalaya), castigadas por las condiciones climatológicas, por la mala calidad de los materiales, por el intenso tráfico. Los daños son permanentemente arreglados por las manos de hombres y mujeres, que se mueven silenciosos, en masa. Una imagen coral común en India: ellos, semidesnudos, negrísimos, pegados a máquinas que escupen asfalto aún más oscuro; ellas, con saris brillantes, que arreglan aquí y allá los desperfectos, se organizan en cadenas, una le pasa el pesado canasto cargado de piedra a la otra y ésta a la tercera, para soportar así el mismo (o mayor) trabajo físico que los varones.

Por las cunetas de esta vía, las autoridades de tráfico han montado una exposición continua de mojones con inscripciones, avisos que quizá sirvan para remover la conciencia del conductor: “Piensa en tu familia”, “Tus hijos te lo agradecerán”, “Cualquier vida merece ser vivida”… Lo que sea que haga reflexionar a los fitipaldis sobre ese vicio tan extendido por encontrarse pronto en la fase de reencarnación (tal como recoge la religión hindú).

Otra imagen común: viajeros que podrían presumir de ser escaladores expertos, que suben y bajan en marcha del autobús, se acomodan en el techo y el cobrador les expende el billete en las alturas y se queda así con el importe, un plus del sueldo; pasajeros hacinados compartiendo espacio con animales, fardos, comida, en un vehículo generalmente en los estertores de su existencia, al que se le pide demasiado, que no tira, que se duele, que abandona a mitad del camino, se para y punto. Y todos abajo. El tiempo y la vida en India no tienen mayor importancia.

Experiencias nuevas de un primer contacto con el subcontinente. Lo recordamos riendo mientras la Lucky 7 se desliza por el lago, antes de partir hacia el Ladakh, el Tíbet indio; antes de la boda doble en la casa de Irshad. En el centro del Dal reina un silencio envolvente, rotundo, roto sólo por la charla de Mansú. Que casi no sabe escribir, dice. Que lleva desde niño con la barca, que no le va mal, que nos invita a su casa, en las ciénagas, allí donde no llega nadie que no sepa llegar. La otra cara del lago. Y nos enseña su cabaña pobrísima, pero con huerta y flores, donde espera su madre, apenas cuarenta años que parecen setenta, quien nos invita a chapati y té y observa con detenimiento unas postales que le regalamos. Nunca antes había visto tal cosa. Nunca baja a la ciudad. Pocas veces ha visto turistas. Y desde entonces tendría menos posibilidades de verlos. Sin visitantes no hay dinero. Malos tiempos para el negocio de Mansú.

De los 600.000 hindúes (que suelen ser viajeros empedernidos) y 150.000 visitantes extranjeros que llegaban anualmente a la zona en aquellos días, a apenas unos pocos miles que se acercan hoy, según el organismo oficial de turismo de Yamu y Cachemira. “Ahora sólo llegan indios”, dice Irshad, desde Francia, donde reside desde que cerró su hotel. “El turista extranjero es importante, rentable”, señala. Apenas llegan extranjeros que no sean periodistas para cubrir siempre la mala noticia. Dice Irshad: “Voy a llamar a mi familia para preguntar cómo está todo en Srinagar”. Luego informa: “Esta semana también ha habido bombas, pero va mejor”. Si India ha progresado en los últimos lustros, Cachemira sigue ahí inmutable al desarrollo, a la espera, anclada en su dramática situación como lo están los barcos del Dal.

En la casa de los Wani se hace limpieza, se pintan las habitaciones de colores, se colocan cortinas y valiosas alfombras en el suelo, una preciosa carpa en el jardín… Los cocineros comienzan a preparar las salsas, machacan ajos, cebolla y especias con grandes morteros. Preparan la comida, arroz y cordero que se come con las manos, para los ya reunidos. Las mujeres y los hombres se mezclan poco en sus actividades, ellas nunca salen al jardín, nunca charlan con ellos de política. Los musulmanes de India han asumido como propios muchos ritos hindúes. “Es la familia del hombre la que busca esposa, repasan las candidatas hasta que encuentran alguna de interés y contactan con sus parientes. Luego intercambian regalos, fotos, quizá se ven alguna vez… Ella paga dote. Sólo las familias ortodoxas obligan a aceptar a la chica contra su voluntad”, explica Anis Ramzam, prima de los Wani.

Anis va escribiendo en mi cuaderno los nombres de algunos pasos y detalles del evento: mehendiraat, acicalar con henna y aceites a la novia; nikkah, la ceremonia de matrimonio propiamente dicha; rouf, bailes tradicionales; wanwun, canciones que entonan una y otra vez las mujeres; barat, el novio llega a la casa de la esposa… Luego, la recién casada se marchará para siempre de su casa natal para residir en la de la familia del marido.

Pero antes de todo eso, ascenso al Ladakh. Porque Srinagar es, era, el mejor camino para acercarse hasta Leh, la capital de la región, cuatrocientos kilómetros más allá, casi se diría que en altura. Un viaje al techo del mundo en taxi, autobús, en burro, a pie; atravesando collados espeluznantes, como el Zoji-lá, a 3.529 metros; deteniéndose en mercados, como el de Sonamarg, punto de encuentro de tibetanos, lamas, turistas que empiezan o terminan su trekking; donde se alquilan caballos, donde se vende leña, arroz o almizcle; esperando a que el ejército dé paso al taxi, pues en la pista sólo cabe un vehículo.

Las dimensiones de los valles, de las laderas de las montañas, crecen con la altura y la cercanía hasta llegar a Kargil, ciudad dura, de comercio y tensiones, pegadita a la línea de tregua paquistaní. “Lamayuru es un pueblo totalmente tibetano a 4.000 metros de altura. Tiene un monasterio con decoración en las paredes de monstruos, budas y ruedas de la vida, donde guardan muchos libros sagrados”, se lee en mi cuaderno. “Hay que entrar descalzos en el templo, un fuerte olor a aceite lo inunda todo, las letrinas exteriores son apenas un muro en medio de la nada que oculta un agujero en la tierra, y los niños llevan como sistema antipís otro agujero en los pantalones a la altura del culo”. Todos aquí ríen. Mayores y chicos. Budistas felices. De su religión abundan los símbolos: ruedas de oración, banderas que rezan y rezan con el batir intenso del viento, hermosos monasterios medievales… Asciendes y asciendes: “La subida al Konki-lá, a 4.905 metros, es tremenda. Llegamos todos medio asfixiados, por el esfuerzo y por las vistas”.

Un señor mayor (imposible saber su edad) nos alquila sus burros para el equipaje y nos sirve de guía una parte del trecho. “Ladaki doctor” lo llaman allá donde encontramos seres humanos. Dice una y otra vez “vuelvo enseguida” y desaparece horas. Se detiene en viviendas que ni siquiera intuimos y receta aquí y allá hierbas que guarda en bolsitas, ajeno a nuestra prisa (no sabe lo que es eso) y nuestras necesidades (seguimos siendo occidentales rollizos). Pero necesitamos y buscamos ya proteínas y agua porque hemos calculado mal las cantidades. Vemos pastar a los pequeños corderos, pedimos de comer, los señalamos, y ellos, budistas, mayores y chicos, ríen y ríen, giran una y otra vez los rodillos de oración y sólo nos ofrecen té y huevos. Hasta que alguien explica que allí arriba todos son vegetarianos. “Los animales no se comen”, se reían. Y los sobres de la marca Tang, esos polvos para mezclar con agua y simular zumo de naranja, acabaron siendo el único método (psicológico más bien) de apagar la sed, mientras sudábamos para cruzar el valle del Indo, marrón, terroso, tal cual está descrito en los libros sagrados, y alcanzamos Spitok y luego Leh. Allí también había disturbios. Toque de queda por la noche. Había que regresar a Srinagar. A punto para la boda.

Jama Wani estaba tranquila, pero Shaheen, la menor de las hermanas, vomitaba por los nervios desde hacía días. Cargada de oro, lloró amargamente el día de su boda. Se terminaba su infancia. Ella fue la que me pidió que fuera a espiar las características de aquel al que había quedado ligada. “Mis padres saben mejor que yo quién me conviene”, decía. Respiré, fui a la carpa de los hombres y hable con uno y con el otro. Ambos ingenieros. “Es perfecto”, le comenté. ¿Qué otra cosa podía decir? Respiró aliviada. Hoy, dice Irshad, sigue casada, reside fuera y espera, como tantos otros, que Cachemira recupere la paz.

Más información sobre los destinos publicados en la serie de verano citada en los libros de hoteles de la editorial Taschen.

Fotografías: vía turismo India. Aquí, las imágenes impresionantes del libro. 

Sobre contaminación de aguas, ver treehugger. 

One comment on “Cachemira, un paraíso cercado

  1. triniTi dice:

    Es increíble , como en medio de tanta discordia , el ser humano termina habituándose y lucha por ser feliz . Un relato que merece la pena ser leído sin dejar que tu estado de animo te impida perderte ni un solo detalle ( esa es mi percepción en estos momentos) . ¿ O tal vez una excusa para releerlo en mas ocasiones…

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