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Lola Huete Machado

Narraciones viajeras maravillosas


Programas estilo Callejeros Viajeros, o cualquier documental de viajes que se precie, le debe mucho, muchísimo a un norteamericano llamado Burton Holmes, que no sólo se recorrió el mundo en un tiempo en que éste no se cruzaba en un día, sino que al grito de “¿Te cuento mi viaje?” consiguió transmitir su pasión viajera a audiencias numerosas que acudían (dado su entusiasmo) a escuchar sus peripecias y a contemplar las imágenes que él montaba con el mismo primor con que las tomaba. Hoy día salir de casa está al alcance de todos, pero en aquel tiempo… Entonces era la imaginación la que primero se (re)movía gracias a la experiencia de otros con más suerte o más aventureros. A Holmes le dedicamos en El País Semanal un artículo en 2006 que titulamos “El primer viajero global”. Fue el más grande de su tiempo. Entre los siglos XIX y XX recorrió seis veces el mundo, fotografió y filmó sus gentes y paisajes con el afán de mostrarlo en espectáculos de imágenes y narraciones maravillosas.

“A mi manera he poseído el mundo”

Lo dijo cinco años antes de morir el fotógrafo norteamericano Burton Holmes (1870-1958), hijo de banquero, nieto de colonos de Chicago importadores de vino francés, apasionados viajeros. Él lo creía. Y resultó cierto. Durante un tiempo fue dueño del globo.

Lo recorrió de arriba abajo en seis ocasiones, atravesó el Atlántico en treinta, el Pacífico en veinte. Descubrió sus rincones más exóticos, gentes y paisajes recónditos; lo fotografió exhaustiva y magistralmente sin afán antropológico o científico, sólo con el de mostrar y fascinar; lo filmó de mil maneras sin que aún quepa explicación posible a obra tan prolífica en una época en que los desplazamientos y la técnica costaban mucho. Rodó 150 kilómetros de película y tomó unas 30.000 fotografías. Este hombre de por sí exótico –barba puntiaguda, delgado, impecablemente vestido, de porte británico, sibarita– se desplazaba en verano y regresaba a su país en invierno, una y otra vez, con sus pesadas maletas cargadas de imágenes, vía marítima, la única que aún existía hasta que la aviación le permitió perspectivas de “altura”, a las que, por supuesto, se apuntó enseguida.

Año tras año, Burton Holmes acumulaba lo que él definía como su “tesoro”, su mejor “activo financiero”: “Las imágenes mentales de mis viajes que he ido acumulando como un avaro feliz”. Montaba, entonces, todo aquel material de película en blanco y negro obtenido en sus travesías y lo convertía en un mundo nuevo, le daba color gracias a la habilidad de dos pintoras de miniaturas (tal y como se hacía en Japón, país que le fascinó y con el que se estrenó en su periplo en 1892) que usaban, “un pincel de armiño de una sola cerda”. Lo cuenta Genoa Cadwell, archivera, una de las personas que más ha hecho por la conservación de su legado que durante dos décadas anduvo perdido y ahora es The Burton Holmes Historical Collection.

Después de la fotografía se ocupaba de la palabra. Minutaba el tiempo empleado, vigilaba el ritmo, la entonación, la declamación, la manera de casar imágenes y narración. Se creía un actor y lo convertía todo en un verdadero espectáculo que se anunciaba en hermosos flyers de época. “The Burton Holmes Lectures. Tenth year season. 1902-03. From Gibraltar to North Cape”, se lee en uno de ellos. Llamaba Travelogues a estas exhibiciones que le hicieron famoso (hasta tiene hoy día una estrella en el paseo de la fama de Hollywood), una mezcla entre travel y dialogues, un concepto nuevo para huir de las tradicionales y aburridas conferencias.

Sin embargo, no fue él el inventor de las charlas de viajes. Tampoco de los pases de diapositivas. Fue su contemporáneo John L. Stoddart. Hubo un tiempo en que compitieron, pero al final este último le cedió el testigo en 1897 y le regaló su público, que era mucho. Y Holmes elevó sus shows a categoría de arte gracias a su especial mirada, a su labia y a la tecnología incipiente que su eterno ayudante, Oscar Bennett Depue, siempre utilizaba (de hecho se convertiría luego en un pionero del cine, por sus innovaciones técnicas).

No es difícil imaginar a Burton Holmes preparar sus textos concienzudamente, ensayarlos, para poder así crear lo que quería crear: conseguir en los demás la ilusión de estar viajando. Hacerles ver aquello que sus ojos habían contemplado: desde las bulliciosas calles del Berlín fin de siglo a los juegos de los niños en la isla de Java; de la erupción del Vesubio a los torneos de sumo en Kioto; de mujeres marroquíes cubiertas de pies a cabeza en Fez a la serenidad de las familias nómadas de Laponia; de la vista de la puerta de Jaffa, en Jerusalén, a los rostros de los obreros españoles que trabajaban en el Canal de Panamá; de la visita a una tribu de pigmeos en Filipinas al retrato de León Tolstói o de una representación en el Bolshoi; de la soledad de una vendedora de pollos en Bangkok al jolgorio de los encierros de Pamplona o el drama de los soldados durante la Primera Guerra Mundial. “Dadme un sitio diferente cada día”, pedía. Ese era su sueño: tener más y más tiempo, poder volar, ir más rápido para llegar más lejos, y oler, saborear, degustar, rozar, contemplar, admirar lo exótico, lo desconocido, lo inesperado.

El mundo entre finales del siglo XIX y la mitad del XX quedó inmortalizado gracias a él. La suya es una visión del mundo inigualable (por su calidad y por el momento histórico, entre el desarrollo de los medios de transporte y de comunicación, de la tecnología, del cine…) que el propio Holmes ya fue publicando en libros desde 1900 y que ahora el editor alemán Benedikt Taschen presenta en un volumen exquisito (‘Travelogues. Burton Holmes. Crónicas del mayor viajero de su tiempo (1892-1952)’).

“He hecho todo lo posible para conseguir que mis oyentes viesen las cosas que me han emocionado en mis más de sesenta años de viajes”, dijo un día Holmes. Y lo consiguió. Ese y no otro era el secreto de su éxito: la pasión por contar su propia pasión. Ocho mil veces enseñó sus “tesoros” a la gente en giras interminables, en escenarios a rebosar, el Carnegie Hall, el Orchestra Hall de Chicago o el Queen’s Hall de Londres, desde que realizara sus primeros viajes a Europa (1886 y 1890) con su abuela, la gran culpable de todo. A ella, a Ann Burton, también la retrató con su primera Kodak: se la ve en este libro sentada en una góndola en Venecia, en 1890, impasible y victoriana. “Ella me enseñó a aprender de mis experiencias, a aceptar otras culturas”. Burton Holmes descubrió el mundo a otros y demostró que la satisfacción de lo que se conoce es un tipo de bien que nunca se deprecia. “Es mejor ver algo una vez que comentarlo cien veces”, dice un adagio japonés que él repetía mucho. “Pero contar algo es mejor que no hacerlo en absoluto”, añadía.

One comment on “Narraciones viajeras maravillosas

  1. cris dice:

    gran historia, no la conocía y me ha encantado!!

    Me gusta

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