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Lola Huete Machado

Texturas


Están por todas partes, pero apenas lo notamos. Yo las he apreciado hoy en dos ocasiones. La primera, en un centro comercial. La segunda, al repasar las fotos del Neues Museum de Berlín que abrió sus puertas rehecho por la mano mágica del arquitecto británico David Chipperfield hace ya casi dos años. En el primer sitio toqué el césped artificial, las alfombras de polipropileno, los laminados de suelo imitando madera, los muebles de cocina que ya se olvidaron de los árboles hace tiempo y ahora se fabrican de PVC, las baldosas de suelo que lo ignoran todo ya de la piedra y la arena. Y mis dedos no se reconocieron en ellas. El tacto de las fibras naturales ha desaparecido de la vida cotidiana.

Me gustó una toalla. “De algodón”, me dije convencida. La sección comercializa productos de India. La ruta de la seda. La del algodón. Sí, parece y debería ser. Lo toqué una y otra vez. Buscaba esas texturas de los tejidos que recorres con la punta de los dedos en los mercados de Asia o África o América Latina. O recorrías. Porque se extinguen, apenas se encuentran o están ya muy contaminados. Yo era experta: el roce del lino, el algodón, la lana, el cáñamo, la seda… Un placer. Ahora nunca se sabe. La industria china se ha hecho hasta con el mercado de las antiguedades. “Imitaciones perfectas de casi todo”, me confesaba un día uno de los comerciantes del Flohmarkt de la Avenida 17 de Junio, en Berlín. Busco la etiqueta de la toalla deseada: nada de nada, ni gota de fibra natural. Todo artificio. Simulación perfecta. Todo ya es sólo eso: derivados del plástico, productos plastificados, sintéticos, vinílicos… que confunden uno de nuestros sentidos más gratos: el tacto. Y hasta invaden y aturullan el del olfato. El olor de un comercio ya dice mucho. Se detecta a kilómetros (yo al menos). Cada día abren más megastores chinos y muy chinos (que me perdonen, la mayoría de producción sin control y con ingredientes secretos no permitidos en la Unión Europea). Pones un pie dentro y se diría que los ftalatos (por citar un componente de los muchos) te engullen, entran en tí. El olor de cabeza (el mío) es automático. Un día observé a las dependientas de uno cercano, inmenso. Tenían aspecto enfermizo. Debemos de estar contaminados de pies a cabeza; las sustancias plásticas fluyendo por nuestras venas… El reino sintético.

Cuando regresé al Neues Museum pensaba justo lo contrario. La naturaleza de los materiales. Pensaba en la riqueza de sus múltiples texturas, en como se ha reconstruido sin destruir. Rocé al pasar las paredes, las columnas, las maderas, los mosaicos, el mármol, el acero, la piedra…. Conjugados como en una coreografía. Esta fotografía muestra la sala de la cúpula Sur: la piedra, el ladrillo, la luz desde lo alto sobre la obra clásica… Todo el edificio es un placer para los sentidos. Todos. Dentro cobija varias colecciones, la egipcia, la de Prehistoria, parte de la de antigüedades clásicas y grandes joyas (Nefertiti, la más famosa). Pero la mayor, sin duda, es el espacio en sí mismo. De hecho, a veces se come la colección de un bocado. Nadie parece atender demasiado a las vitrinas teniendo delante ese festín de materiales, morteros, tintes vivos…; de frisos, estucos, pinturas, cristaleras, cúpulas… ¿Bastará este paseo virtual para creerme? Nunca. Mejor, verlo, olerlo, tocarlo, sentirlo.

One comment on “Texturas

  1. triniTi dice:

    Pues si , mejor . La cuestión es : ¿ el placer del tacto , se nos escapa de las manos?

    Me gusta

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