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Lola Huete Machado

El Muro sobre Berlín


Potsdamer Platz.

Hace ahora justo cincuenta años (13 de agosto de 1961) se ideó y levantó un muro para dividir una ciudad en dos. Dos mundos, dos sistemas enfrentados e irreconciliables, dos futuros a partir de ese instante. La marca de aquella pared brutal aún no se ha borrado en Berlín, persiste como marca en el suelo, como desajuste urbanístico, como herida del pasado, como tirón turístico (millones de fans tiene la capital alemana y creciendo). Hasta en su cielo, se diría. El Muro sobre Berlín. Una losa aún en la historia y el distinto desarrollo de uno y otro lado. Basta alejarse unos pocos kilómetros de Berlín para comprobarlo. Alemania del Este, salvo algunas excepciones, se ha vaciado poco a poco de jóvenes, se ha secado como un pozo sin perspectivas; se ha convertido en territorio de adultos frustrados y en paro, de jubilados y neonazis. Un filón para los partidos de extrema derecha.

Se acaba de inaugurar en la avenida Unter den Linden, 40, de Berlín, ‘La otra mirada’ (hasta el 3 de octubre), la exposición a la que pertenecen estas imágenes del Muro. Una verdadera joya. Porque están tomadas no desde el Oeste, como es habitual, sino desde el Este, desde el otro lado, desde la perspectiva de aquellos que lo construyeron.  Se trata de 1.500 fotografías captadas por los soldados de la antaño República Democrática Alemana, en una labor de inventario realizado en los años sesenta, y encontradas casualmente en un archivo militar. El conjunto documenta el proceso de construcción, desde los primeros momentos en que empezó a levantarse la pared divisoria, su desarrollo y evolución (hay que recordar que en realidad, el aspecto que hemos conocido del Muro no se consolidó hasta los años setenta, en muchas zonas sólo había instaladas alambradas y otros elementos disuasorios con vigilancia): se aprecian restos de cemento, vallas, alambradas, herramientas, maquinaria…; la parafernalia completa del proceso de obras (una típica Baustelle, como se llama en alemán) hasta ser reforzado luego, convertido en infranqueable, con estructura doble y fortificada; hasta su remate… Y desde ese otro lado se aprecia también el estado en que aún se encontraba Berlín Oeste tras la guerra: edificios que son como sombras moribundas, destrozados por las balas de los últimos bombardeos aliados. Un escenario cuasi apocalíptico y una situación política triste. La otra mirada, de Annett Gröschner y Arwed Messmer -un proyecto también editado en libro por Hatje Cantz este mes de agosto- tiene tras de sí un trabajo inmenso de catalogación y revisión. Y es un testimonio valiosísimo para conocer cómo se sucedieron los acontecimientos desde aquel verano de 1961. Después de aquello, durante 28 años (y más allá) la vida nunca ya fue la misma en la ciudad.


Strelitzer Strasse

Potsdamer Bahnhof / Stresemannstraße

El Muro de Berlín existe sobre todo en el recuerdo de todos aquellos que lo vivieron. De un lado u otro. Familias separadas durante dos décadas, sueños truncados, represión, intentos de escapar, ansía de libertad de todo o sólo de movimiento, demasiados muertos… “Algunos tienen aún mucho muro dentro”, me decía en entrevista hace poco el alcalde de Berlín, Klaus Wowereit. Yo viví la caída del Muro en 1989. Su efecto en las calles del Berlín capitalista, el lado Oeste, que era el mío; habitaba una antigua fábrica de sombreros judía ocupada, mientras todo esto sucedía delante de mis ojos asombrados. Berlín Oeste era una isla capitalista dentro de un mundo comunista, un lugar privilegiado, repleto de estudiantes tranquilos; un mundo feliz donde por no haber no había ni delincuencia: ¿cómo poder escapar de allí si todo estaba cerrado por tierra, mar y aire? Se daban prebendas a los que allí habitaban rodeados de un muro: quedabas exento de hacer el servicio militar, tenías financiación eterna para estudiar…

Y el otro lado sólo se podía visitar con visado de turista, sello riguroso a la entrada y salida, cambio obligatorio de dinero, vigilancia, rutas concretas a seguir… Todo era un tanto gris y espartano, triste en su escenografía a pesar de que el régimen comunista intentaba maquear el centro de Berlín oriental con su torre de la televisión, sus bloques de viviendas enormes, sus grandes avenidas… Entré en ese lado oriental, ceniciento y agobiante, la primera vez en 1987. Volví a hacerlo en 1989. De la primera recuerdo una escapada. Nos saltamos el recorrido habitual, nos subimos sin más a un autobús de línea y luego a un tranvía. Viajamos bien lejos del centro, vimos los barrios del extrarradio con bloques inmensos; las casas con jardines abandonados; las fachadas avejentadas con las huellas aún de los bombardeos; los coches Trabant aparcados solitarios, un lujo tenerlos. En 1989 la visita fue distinta: estación de Friedrichstrasse, a pie; cruzando cuando la frontera ya estaba abierta pero los guardias aún permanecían en sus puestos. Hieráticos. Serios. Miraban a la masa asombrados, grandes ojos, manos desocupadas. Ni un sello más que estampar en los visados. Yo los miraba e imaginaba lo que debían estar pensando. Adiós trabajo y seguridad. ¿Qué pasaría con ellos? No digo que muchos no se alegraran o lo desearan. Digo que los cambios crean incertidumbre y con ella crece el miedo. Y el miedo es peligroso. Nadie las tenía todas consigo en los primeros días. Pero la algarabía en el metro y las calles principales de Berlín Este era increíble. Recorrías la avenida Unter den Linden despacio, mirando a todas partes, también hacia el suelo, como pisando un territorio convertido de repente en sagrado: eran adoquines libres, decían (y lo dijeron hasta que luego. poco a poco, con la frustración, creció la Ostalgie). Una marca de cigarrillos instaló su panel de publicidad gigantesco en la Alexanderplatz. “Test de West”, decía. Pero yo preferí probar el Est (el Este) y me mudé a vivir a Prenzlauer Berg, calle Oderberger, Kastanienallee hacia arriba con el tranvía… el mismo que había tomado en mi escapada de 1987. Mi vida allí, con mis nuevos conocidos del Este, fue de cine, una pura película. Lo contaré otro día.

4 comments on “El Muro sobre Berlín

  1. Paula2 dice:

    Me parece una lección de historia pero también de vida. El muro partió mucho más que una ciudad. Tuvo incluso, como seguro conoces , su colonia de conejos, porque entre uno y otro muro había un mundo. De tierra y barro, de sueños de libertad y de profunda, enorme , infinita tristeza.
    La misma que me produce el muro que segrega Israel.
    Que es un consturón enorme, una herida a la humanidad, como aquel, como cualquier muro.
    Un saludo

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    1. Sí recuerdo lo de los conejos. Animales, por cierto, muy populares en las casas alemanas como animales de compañía. En el Este, entonces, mucha gente los tenía. Ahora menos, Berlín es cada vez más urbana. Un beso.

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  2. Kiko dice:

    Mucho típico tópico. Debería de informarse y hablar de las provocaciones que llevaron a la construcción del muro. Curioso que haya elegido un barrio del este para residir.

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  3. Rey dice:

    Correccion necesaria a este articulo; Berlin es un filón para los partidos de extrema y punto.

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