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Lola Huete Machado

Medianeras


Agosto está siendo gentil con los urbanitas. No hace demasiado calor. El sol aprieta pero no quema. Se puede andar por las calles algunos días, a cualquier hora incluso. Como hoy (por ayer). Salí a comprobarlo en plena canícula: tres de la tarde, calzada con un sombrero de paja y gafas oscuras. De incógnito. Por los fans, of course. Y resultó agradable. No he muerto abrasada. El viento daba soplos de gusto, así que me lancé en su brazos y salí a patear las calles por si hubiera algún rincón o curiosidad aún por descubrir… Revisión y puesta al día circular del estado de los alrededores, ese era el plan. Pero, este mapa es bien escueto: empieza y termina en sí mismo, ay.

La zona de Madrid donde está situado el periódico El País (y otros) es una de las más amorfas de la capital. Por no decir fea. Y rara. Y surrealista. Aquí prima el coctail de épocas; conviven en cadena de sandwiches edificios de todo periodo especulativo español que se precie, y de toda condición: mal rematados, medianamente rematados, resultones y muy aparentes. Sin armonía. De los años cincuenta o sesenta queda alguna fábrica desconchada, aunque se han esfumado muchas (como la de armas de Santa Bárbara, por ejemplo) de un día para otro. Había antaño oficinas mencionables, de fachada con ladrillo y cristal cuarteado en las ventanas, digna alguna de aparecer en el Docomomo Ibérico (esa labor impresionante que realiza la fundación homónima desde hace años para intentar catalogar la arquitectura del movimiento moderno en toda la península: empezó con industria, siguió con viviendas y ya va por el reciente segundo volumen sobre equipamientos), pero la mayoría las han derribado para hacer lofts. Tal cual, lo digo yo. Y lo anuncia aún la publicidad en una valla desvencijada. Y he ahí otro abuso vergonzoso del significado de las palabras. Los lofts son/surgen en edificios fabriles, en naves industriales, talleres, viejas oficinas de las afueras de una ciudad, que al crecer ésta, se rehabilitan y convierten en viviendas; no se construyen o levantan de nuevas imitando lo viejo, como aquí se pretende (y se hace). Otra taza descafeinada más de nuestra versión de la cultura contemporánea; el triunfo de la simulación. Que hartazgo.

Así, lo más llamativo de “nuestro paisaje” urbano es eso que los fotógrafos Stefan Becker y Christine Steiner definen con el concepto alemán Dazwischen (algo así como “entre medias”), medianerías, lindes, intersticios, esas estructuras, saltos, golpes de vista o espanto que se crean entre edificios, pared contra pared, puerta con puerta, antiguo con moderno, ladrillo con piedra, hierbajos con alambradas, mesones de toda la vida junto a cafeterías con aspiraciones… Un ahogo. Alguna línea hay que casa, combina, resulta y…. la vista fluye cual río semiseco. Pero hay otros, los más, que son espacios estrangulados sin rematar, que dan la impresión de tránsito a trompicones y obra eterna, de pieza mal hecha y descuidada, viejuna antes de nacer siquiera; elementos ignorantes del detalle, la calidad y el primor en su factura; composiciones que conviven en imposible convivencia al grito de “Yo construyo mi casa como me sale de los… ¿Y tú qué tienes que decir, eh?”. Veo mucho de eso por aquí.

El feismo. ¿No es metáfora de España misma o es el sol que me ciega? El escritor Manuel Rivas llamó una vez a este fenómeno urbanístico (o fachadístico) “Violencia catastral”. Así lo contaba Jose Manuel Atencia en un artículo sobre el primer congreso sobre el tema que se organizó un día en Galicia. Existe tal efecto superlativo en todo el mundo. Y la precariedad y la pobreza tendrían mucho que añadir a este mi paseo. Pero, no nos engañemos, reflexionaba yo, ya muy tocada por el efecto invernadero, también está la cuestión del gusto. El bueno. Me cruzo con un señor que construye ahí su garaje ahora mismo con sus propias manos y me observa raro. Él dirá, claro, que sobre gustos, no hay nada escrito y que él se decora la choza como le sale del… Ay, no, yo, con esa mirada y en este tostadero, no. No pienso discutir (porque debatir aquí nadie debate) al estilo español del yoyoyo. Otra vez no. Prefiero correr, y corro, a refugiarme en los brazos del aire acondicionado. Que ahí sí que no hay color. Ni calor.

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