La fidelidad de Bisbal


David Bisbal es siempre noticia. Por cuestiones musicales, desde que apareció por ese programa pelotazo que fue Operación Triunfo en su primera edición (un espacio que se fue desinflando poco a poco y en la octava edición Telecinco lo eliminó). Y por cuestiones sentimentales, también desde entonces. Primero por su romance con Chenoa,  otra triunfito, con la que permaneció hasta que conoció a Elena Tablada. Y luego con ésta, con quien ha tenido una niña hace unos meses llamada Ella (“Sabes que eres las princesa de mis sueños encantados”, le dice en una canción). Ambos han ocupado una y otra vez páginas (y las ocupan) de las revistas del corazón. Cargados de felicidad. Y últimamente de tristeza. Una separación reciente inesperada y confirmada.

Bisbal es un superventas. Y el sacerdote Chema Caballero en su terreno, también. Durante dos décadas ha sido misionero, de la orden de los javerianos, en Sierra Leona, luchando por la rehabilitación de muchos niños soldado que hasta 2002 combatieron en una de las guerras más terribles de África. Hoy, instalado en España, lo sigue haciendo y se le puede ayudar a través de la ong DYES. En 2007 estos dos nombres y pesos pesados se cruzaron. El cantante quería conocer Madina, el lugar de la selva donde está instalada la misión javeriana. Quería promocionar con ese viaje una de sus canciones, Soldados de papel. Pero deseó ir más allá y no quedarse sólo en poner el nombre y basta, como suelen hacer la mayoría de los famosos.

Fuimos invitados el fotógrafo Alfredo Cáliz (de él es esta foto) y yo, como redacción de El País Semanal, a unirnos al viaje en enero de 2007 (junto a miembros de Entreculturas y la Coalición Española para acabar con la utilización de niños/as soldado). Lo acompañaba su pareja ya entonces, Elena, y la persona que le hacía las veces de agente y guardaespaldas. El viaje obligaba a discreción absoluta sobre ella. Y ninguna foto. Aún así conectamos y  tomamos muchas que yo guardo con cariño. Hablamos de lo divino y de lo humano, de las incomodidades de la fama y las relaciones, de la situación del mundo… Compartimos las veinticuatro horas de cinco días agotadores entre el calor imposible, el polvo rojo de los caminos, la pobreza extrema y las incomodidades de la misión, un lujo donde sólo había luz durante una hora. Las charlas se extendieron en largas sobremesas, pero Caballero no nos dejó flaquear y nos llevó por tierra, mar y aire (es un decir,  los caminos son puros socavones en el suelo nacidos con las riadas durante el monzón) para que conociéramos aquel rincón del mundo y a sus gentes.

Les observé mucho a los dos. Estaban muy enamorados. Juntos hacían un buen equipo. Ella le pulió en gran parte el aspecto (hay que decir que Bisbal fue regalando toda la ropa que llevaba). Él le puso los pies en la tierra y la acercó a un territorio desconocido, digamos menos acomodado de lo que estaba acostumbrada. Ambos hicieron buenas migas con los chavales de Madina. Elena cogía a los niños pequeños llenos de tierra, moscas y mocos y los estrujaba como si fueran suyos. Una procesión de pequeños los perseguía allá por donde se movían en ese escenario increíble, verde, inmenso, hermoso y durísimo, que es Madina. Bisbal se reunió con muchos ex niños soldados, algunos de ellos raperos que han encontrado en la música una razón de ser. Aquel instante fue especial. Cargado de una energía poderosa tal como está escrito en el texto. No creo que él haya dado a pelo un concierto igual nunca. Los raperos lo pasaron en grande. Ojalá que pudiera encontrar en alguna parte la música de Sasko, del que hablo en el texto; te llegaba al alma oírle cantar. Hasta Caballero se emocionaba.

Además de todo tuvimos el privilegio de asistir al primer encuentro de Bisbal con el África subsahariana. Que también fue el mío. Le impresionó a él tanto o más que a mí. Bisbal es muy franco, cercano, directo, así que sólo de las frases que soltó acerca de todo lo que le llamaba la atención se podía haber escrito un libro. Y es un hombre cargado de magia (la escena del pez en le reportaje, lo demuestra: sucedió tal cual, y yo quedé con la boca abierta), con un don especial que le acerca a la gente de inmediato. Aún así el contraste entre el mundo occidental rico/famoso/cómodo/estresado y África se hacía gigantesco a veces. Normal. Muchos lectores no se tomaron a bien algunos detalles escritos sobre ellos en el reportaje: pero ser pijo o rico o popular y/o parecerlo no elimina la posibilidad de ser una gran persona. Todos tenemos y sufrimos nuestras contradicciones. Chema Caballero, me consta, tenía muchas dudas sobre la visita. A la misión iba y va mucha gente a ayudar habitualmente. La del cantante parecía no tener mucho sentido más allá del promocional. Y las siguió teniendo cuando nos marchamos, preguntándose (tal como aparece en el texto) si el interés de Bisbal no sería flor de un día. Pero no lo fue: Bisbal fue y es fiel a su compromiso, sigue implicado en Madina, sigue teniendo contacto con Caballero, está pendiente de los niños soldados y ha vuelto a la selva (otra vez junto a Elena), solo, sin prensa, ni publicidad… por puro deseo (en el facebook de Dyes hay fotos de esta visita). Lamento su separación. Por cierto, Alfredo Cáliz y yo también regresamos a Madina: para contar esa otra parte periodística que tanto nos impresionó durante aquella travesía con David Bisbal y Elena Tablada, la vida de esos Hombres de Dios y de la tierra, los misioneros que consagran su vida a trabajar en lugares tan remotos. Esto que sigue es parte, sólo parte, de lo que dio de sí nuestro viaje común en 2007.

Concierto africano con Bisbal

Se oye un saludo en krio, un cóctel de inglés, palabras autóctonas y lo que haga falta, nacido de época colonial.

–Au di body?

–Di body’s fine, man.

Quien pregunta es David Bisbal (Almería, 1979), superventas latino; apenas unos días por territorio de Sierra Leona y ya lo domina. Quien responde, un chaval de 17 años, de rostro oscuro y tierno, ojos inmensos e indumentaria rapera, Sahr Torquee; de nombre artístico, Sasko. Chocan sus manos. Los dos son cantantes. Pero en y de mundos muy distintos. Uno –con tres millones de discos vendidos– conoce bien la fama, las operaciones triunfotelevisivas, los premios, los conciertos multitudinarios y la suerte de haber editado ya varios trabajos (Premonición, el último, Universal). El otro sólo tiene una decena de temas grabados en un CD que se vende en los tenderetes de Freetown, pero le podría dar lecciones de miseria extrema o detallarle cómo suenan, saben y huelen la sangre, las noches en la selva, las balas de los Kaláshnikov, el hambre cotidiana, las miradas de miedo de los que van a morir o de los que sobreviven matando. Podría contarle durante días y días. Pero a Sasko, que fue niño soldado, le basta con dos segundos y el título de una de sus canciones: No more pain. Dice: “No more pain, no more sorrow, no more hate… (No más dolor, no más desconsuelo, no más odio…)”. Canta Sasko su rap africano y todos enmudecen. También Bisbal. Y el misionero Chema Caballero.

Hoy es el último día de un viaje por Sierra Leona. Cinco millones de habitantes, apenas el tamaño del dedo meñique sobre el mapa del continente; penúltimo puesto en el Índice de Desarrollo Humano, por delante de Níger. Y una guerra tan cercana (acabó en 2002; 50.000 muertos; millones de desplazados) que sus efectos se aprecian aún en la ruina de sus paisajes y edificios, en los miembros mutilados de miles de ciudadanos, en la mirada perdida de adolescentes ex soldados, como Abu, Junior, Alpha, Alimamy, que bailan ahora entusiasmados. “No more killing (No más asesinatos)”, sigue el tema de Sasko. Y habla de África, de diamantes, de violencia, del deseo de paz, del filón que es la pobreza para algunos. “La música es esto, son mensajes. Y es una medicina. Para uno mismo y para el público. A veces sales a cantar hecho polvo y al terminar el concierto estás curao”, cuenta Bisbal – gorra calada, pantalón vaquero, más delgado–.

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