Mmmme lo pienso


Los chicos/as de mmmm… llevaron un día de excursión a un grupo de ancianos a un festival de pop rock (Festimad); pusieron otro a la gente a andar con antifaz por la calle, chocándose contra peatones, coches y bolardos; organizaron un encuentro de besos, con cien cariñosas parejas repartidas por la ciudad; invitaron a un concierto con una orquesta repartida a pedazos; aparcaron un coche de ladrillo en un aparcamiento y hasta colgaron jamones en una exposición cual obra artística y de vanguardia… Escenas cotidianas: eliminamos los sentidos, descomponemos algo tradicional, llevamos los gestos privados a la esfera pública, descontextualizamos edades, espacios y tiempos. Mmmm…. buena palabra. Mmmme sorprendo, dudo, me lo pienso… Hace unos meses, los españoles Emilio Alarcón, Alberto Alarcón, Ciro Márquez  y Eva Salmerón, que llevan desde 1998 con sus propuestas, idearon los Meeting Bowls, otra de sus instalaciones socioartísticas… Siempre usan el espacio público para provocar la reflexión sobre el modo en que nos comportamos o vivimos, cómo nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos. Estos cubos interactivos, colocados en la neoyorquina Times Square, calle 46 esquina con Broadway (llevan desde el 16 de agosto y abren de ocho de la mañana a la medianoche) seguirán allí durante el invierno. Tal ha sido su éxito que la instalación ha sido prorrogada hasta que el clima neoyorquino de tregua. “Creados por el grupo español mmmm…, los Meeting Bowls son bancos sociales para encontrarse y conocerse, para quedar y relacionarse, lugares para el debate, bancos que humanizan la ciudad”, dicen. Ah, bien, exactamente igual que esos otros bancos de los que tanto oímos a diario. “Tres turistas alemanes que vuelven todos los días a los Meeting Bowls para ligar, un cura de Texas de viaje en Nueva York que está encantado dentro, cual confesionario… Muchas son las historias que han aparecido en los medios de comunicación acerca de los Meeting Bowls, entre ellas el comentario de David Letterman en su Late Show“, me dicen en su mail. Hacer amigos, conectar gente… y hasta descansar las piernas un rato (que mira que esta ciudad agota) mientras le preguntas a otro qué tal el día o la vida entera. Como en las redes sociales, vaya, pero en directo y sin gasto energético. Yo, sin embargo, de todas sus propuestas me quedo con la del señor que nadaba en un contenedor lleno de agua en medio de una calle, ante el pasmo del viandante, que observaba como el tipo salía a continuación de su piscina particular, se ponía chancletas y toalla sobre el cuerpo y seguía camino por la avenida como si tal. O aquella en que regalaron huevos a la salida de un festival de cine y… era irremediable: la iniciativa derivó en una guerra a huevazo limpio entre los asistentes. O esa otra, en la que encierran a la gente en un ascensor y graban las interacciones. Tanta cercanía, tan poco espacio: los rostros y cuerpos bien cerca. Uff, momentazo no apto para peliculeros y claustrofóbicos. Pasa por www.mmmm.tv y verás. 

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Rebobinando (4) Running Up That Hill


He abierto el ordenador esta mañana y lo he visto. Un nombre: Kate Bush. Y durante un segundo he vuelto atrás en el tiempo. Todo lo que publicaba Kate Bush era obligado para mí. Desde aquel mítico y dramático Wuthering Heights, en el que danzaba entre la niebla y le pedía a su amado que regresara (basado en Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë): “Heathcliff, soy yo Cathy, vuelve a casa, tengo tanto frío…”. Cada vez que su voz se cruzaba en mi camino en algún sitio sentía un nosequé, un escalofrío. Otros también quedaron congelados por la impresión, pero por otras razones distintas: ¡Cantar algo así en un momento en el que lo que se llevaba era como mínimo el punk-rock…, y con un buen padrino! Mucha crítica. Y mucho valor tenía la chica en entrarnos por el lado romántico-lírico, tan devaluado en un tiempo, con esas flores, ese bosque, esas carreritas y esa niebla. Pero su dramática historia de amor tuvo tanto éxito (y tantas versiones e interpretaciones, aquí, la de neozelandesa Haley Westenra que ha hecho vídeo y todo) que marco un antes y un después en su carrera. Con esa voz y ese estilo especial marcado por una formación clásica, por su modo de presentar las canciones (entre sofisticado y exagerado, pero siempre personalísimo), tan especial que por eso fue lanzada al estrellato de la mano de David Gilmour, de Pink Floyd. Luego no sé qué fue de ella, hasta que me he topado con su página web, http://www.katebush.com/home,  donde la cantante vende directamente al público tanto su música como objetos con su sello seleccionados de su tienda londinense. En noviembre saca su nuevo trabajo. Y eso es lo que me llamó la atención: su título bien sugerente: 50 words for snow. Cincuenta palabras para decir nieve. Admirable. Porque yo no podría ni encontrar cinco. Este es el vídeo oficial de Running Up That Hill, la canción fue el primer single del álbum Hounds of Love, de 1985. Un éxito. Otro más en este sección tras REM, Sidney O’Connor y Bruce Cockburn.

Troy Davis que estás en el Cielo…


Sentada delante de la tele espero un milagro en esta madrugada del 22 de septiembre. Uno que se produzca en la prisión de Jackson, en Georgia, y salve a Troy Davis de la muerte por inyección letal, de otro asesinato legal más. Uno que implique clemencia, crecida durante dos décadas al calor de los deseos de miles de personas de todo el mundo, aquellos que están contra cualquier pena de muerte en general e intentan actuar para que desaparezca de la faz de la Tierra, y aquellos otros que, sin estarlo al ciento por ciento, han clamado desde siempre por la liberación de este hombre de 42 años, que lleva la mitad de su vida prisionero y fue condenado en un juicio considerado injusto, tan repleto de irregularidades que organizaciones como Amnistía Internacional no han parado de denunciarlo año tras año… ¿Murió un policía en 1989? Sí. Y se debe hacer justicia, por supuesto. ¿Estaba allí Troy? Sí. Pero contra él nunca hubo suficientes pruebas. Quizá el día del crimen simplemente estaba en el momento in-justo en el lugar in-adecuado. Y todo estaba en su contra: su color (negro), su origen (humilde), los compañeros de juego ese día (confidentes de la policía, indigentes, y otros que le acusaron de entrada y sólo años después se desdijeron y confesaron presiones de la policía), la ciudad donde habitaba (Savannah, muy militar, muy policial, muy blanca), el Estado (Georgia, ídem). Un hombre va a ser ejecutado. Y su familia, sus abogados, las ONG, esperan como yo en estos últimos minutos que llegue una llamada, que el Tribunal Supremo se lo piense, rectifique, de un plazo, algo que permita detener este desacierto.

Delante de la tele pienso en cómo estará Troy, en qué posición, en qué espacio físico, con qué aspecto, pensamientos y sentimientos. Y veo ante mí como si lo tuviera delante el cuerpo escuálido de Martina Correia, la hermana de Troy, que ha hecho de la pelea por salvar la vida a su hermano pequeño una lucha personal, draconiana, hasta el punto de afectar a su salud, a sus relaciones personales… a todo. Vivió momentos, tantos y tan desesperados (es la cuarta vez que Troy está en el corredor de la muerte, esperando) que ya no puede enumerarlos. Con ella y con la madre de Troy, Virginia, pasamos dos días en Savannah, Georgia, a finales del año pasado, tal como contamos en El País, hoy. Estábamos sentadas en el sofá de su casa, Sofía Moro y yo, escuchando su historia, mirando los álbumes familiares, de esos que todo el mundo guarda, fotos de niños, de jóvenes, de la graduación (en la foto), de reuniones en el Día de Acción de Gracias… Troy era la esperanza de la casa. Una casa pobre y negra, de cinco hermanos… Y sin que pudiéramos creerlo, Virginia nos pasó el teléfono. “Troy al habla”, oímos. Contó de su situación, del mundo blanquinegro en Georgia, de policías y ladrones, de su vida rutinaria en prisión, de cómo nada más tiene que decir a los que no creen en su inocencia salvo que él es inocente. Y sobre todo, comentó lo mucho que agradecía que estuviéramos allí, la ayuda de la gente en todo el mundo y la ayuda de Dios, que eso era lo que a él le sostenía cada día. Soñaba con ser un hombre libre en 2011, nos dijo. Pero a lo largo de estos meses se vio que eso nunca sería. No había opción de otro juicio. Ni de libertad. La madre de Troy se dio por vencida. Murió en abril sin estar enferma, de pura pena. Como si lo viera venir. No quería asistir a esto que ahora vivimos. Martina se encuentra muy deteriorada; se aprecia en las retransmisiones de DemocracyNow (¡qué cobertura, la de Amy Goodman!). Ayer no hubo milagro: su hermano murió ejecutado. Aquí está contado el momento exacto desde los ojos de alguien que estuvo dentro. Y yo, que no rezo nunca, siento la necesidad de recitar aquí una oración por nuestra propia alma: “Troy Davis, que probablemente ahora estás en tu cielo… Te matamos a tí para enseñar que no debemos matar porque es malo. Algo así como pedir a gritos silencio en la sala pero a costa de una vida humana; la tuya en este instante, pero quizá mañana sea otra o, incluso, la mía”. Amén.

Otro juez, Greg Mathis, de Michigan, hace su valoración sobre la ejecución de Troy Davis. Y aquí, la imprescindible crónica fotográfica durante la espera de la ejecución realizada por el fotoperiodista Scott Langley, coordinador de Amnistía Internacional USA; en esta foto, se ve a Martina Correia a las 23.08 hora local, momento exacto en que se ejecutó a su hermano. Ella aún no lo sabía. 

Retrato del poder


"Ja, ja, ja, me he comido al canario"

Fiestas superlativas


CARTAS DE MARIE (13)

Querida Lola:

He vuelto a casa (a esta casa), al fin, y recupero gustosa mi correspondencia contigo. Tengo toneladas de cosas que contarte, pero antes de narrarte mi travesía por el ancho mundo, me detengo en una experiencia más cercana y local que acabo de vivir casi hoy mismo, entre fuegos artificiales horadando el cielo y animales perseguidos por una multitud enloquecida. Me llamó nuestra amiga M. por teléfono: tenía que ir a verla, decía, coincidiendo con las fiestas patronales de su localidad. Bien. Se lo debía. Fui.

autor anónimo. Por favor, envíame tu nombre.Las celebraciones grupales, ya se sabe, retratan a una sociedad. Si estás, como he estado, en India y asistes, como he asistido, a las oraciones y danzas del pueblo ante un Dios con forma de elefante o de pene, tienes tú ya ahí mucho material para la meditación. Sin duda. Si el pene te pone, religiosamente hablando, es tu problema (o tu solución). Mi mirada es amplia, laica y universal, así que para mí todo es respetable. O casi. Porque si se trata de clavar lanzas a un toro, tirar una cabra desde un campanario o ahorcar galgos cuando se acaba la temporada (escenas que se dan mucho aquí y hasta ejecutadas con hurras), entonces mi risa tiende a la congelación. Bueno, no exageres, me reprocharás seguro, las fiestas existen y punto: son tradición y expresión de nuestro tiempo, producto de nuestra cultura. Vale. No soy entusiasta, te confieso, pero tampoco como ese lector que escribía en El Turistario de tu periódico (en un comentario sobre fiestas raras, raras): “Este verano, mientras muchos sólo piensan en fiestas, muchos otros somos conscientes que se acaba el mundo en 2012”. Ah, bueno, si es así, entonces ni me molesto en poner un pie en el suelo y menos en defender al género animal, bastante tengo con salvarme yo…

Pero aún con fin del mundo cerca (que no me extrañaría) afirmo que el calendario de festejos populares en este país tuyo es un exceso, perdona que te diga. Y su duración también. Diez días (de media) para el disfrute colectivo podría parecer de entrada cosa buena. Y si están bien montadas y llenas de contenido, más. Pero si se reducen a la borrachera comunitaria hasta reventar y la programación taurina completa y continua en honor a noseque santo, diría que entonces es… lamentable. Si una fiesta se usa como excusa para atraer turismo, para darle un lavado de cara a calles y edificios… o, al menos, para servir de karma colectivo (esa catarsis necesaria que pregona el sociólogo Maffesoli) en pos de paz y cohesión social… bien está. Pero no, no siempre es el caso. Hay tal desparrame, que tras decenas de juergas a mis espaldas, esta visita breve me dio que pensar. Te cuento.  Seguir leyendo Fiestas superlativas

Cita bailona en París


Un paso aquí, otro allá; media vuelta, giro adelante, giro atrás… Unos cuantos movimientos y muchas ganas. Basta eso para participar en esta cita bailona colectiva (dance mob, un grupo de personas que instantáneamente queda en un lugar y hora determinados para bailar algo concreto con una música previamente seleccionada): Ah, y un billete a París (si ya estás ahí, mejor que mejor). Dicho esto, empieza a ensayar ahora mismito hasta cogerle el truco y el gusto a esta coreografía resultona, siguiendo el ritmo del Wordy Rappinghood de Tom Tom Club (remix de Uffie y DJ Mehdi) y las instrucciones precisas de Blanca Li. Y luego vuela a ejecutarla colectivamente en la Fête de la Danse organizada por la coreógrafa española  en el Grand Palais, el próximo viernes 23 de septiembre (a las 19.00). Practica en familia, con tus amigos, los vecinos, los colegas, tus profesores, los polis municipales de la esquina… Lo que sea, siempre en grupo. Los participantes entrarán gratis, los paraguas obligados se darán a la entrada, y la emoción… debe ir incorporada de fábrica. Te puedes inscribir por mail en dancemob@blancali.com

Y si quieres ver el resultado de lo que vale el esfuerzo colectivo, mira el monumental flash dance mob del festival de Eurovisión de 2010. Momento emoción global, yo diría que garantizada.

Esa ‘rica’ sopa de aleta de tiburón


¿Quieres saber cómo se prepara una deliciosa sopa de aleta de tiburón? Aquí el afamado y borde chef escocés Gordon Ramsay te lo enseña. Basta contemplar este vídeo de 15 minutos en el que cuenta (puesto que él es multiformato) su aparente ‘primera vez’ con la sopa en cuestión y aprenderás para siempre jamás la receta. Si no entiendes inglés, no importa. Las imágenes bastan (en Costa Rica le rociaron con gasolina y todo, tal fue su celo cocinero), ¡las recordarás todas cuando estés chupando con gusto la cuchara! Ah, y no te apures, el ingrediente principal se vende en todo el mundo (aún allí donde es ilegal), en cualquier esquina o restaurante asiático cercano a casa. Simplemente, tú pide, y se te dará. ¿Quizá también en alguno de los (ya 11) restaurantes londinenses de Ramsay? Habrá que ir a comprobarlo, aunque si se entera de esto lo mismo me tira una silla en la cara al poner un pie dentro. En cualquier caso, para elaboración complementaria y otros ‘toques personales’ basta ojear Treehugger o Planetgreen ou Oceana, o ver el documental Sharkwater, por ejemplo; hay mucho dato y mucho lugar donde informarse sobre esta ‘delicatessen’ tan apreciada (y de propiedades cuasimísticas para algunos) que se consigue con esfuerzo, no crean, tiburón a tiburón, hasta conseguir acabar ya con el 90% del terrible depredador en los mares de este mundo. Un alivio. ¡Así Spielberg tendrá que buscarse otro bichito, pero esta vez de ciencia ficción, para meternos miedo!

Día Internacional del Abrazo


Por varios motivos de peso, declaro por/para mi misma el día de hoy, Día Internacional del Abrazo. Una jornada entera por delante para achuchar y dejarse achuchar por conocidos y extraños, mujeres y hombres, niños y ancianos, gente de todo género, origen y condición… Nada de esos gestos siesos, besos diplomáticos o apretones lánguidos de manos tan habituales. No. Hoy se trata de acercarse al contrario, agarrarse y apretarse bien apretado al cuerpo de otros/as como signo de amistad y afecto y… deseo de cambio. ¿Qué sucedería? Ah, lo ignoro. ¿Nos iría todo a todos un poco mejor? Quizá. Seguramente. Esto quiso saber nuestra ya conocida Michelle Chmielewski, la misma que un día nos enseñó a hablar francés con una simple palabra (putain, putain). Siendo mujer de acción como es ella, un buen día frío de este año, antes de caer en las garras de la melancolía, se puso manos a la obra y salió al exterior cargada con su arma secreta. Su intuición le decía que ese era el método, la solución definitiva para convertir a Francia en perfecta y acabar con esas caras de perro (“serial killers”, los llama) que se encuentra en el metro parisiense cada día. Un método antiviolencia en un gesto. Así que se ofreció a ser abrazada por todo aquel que se cruzara en su camino por las calles de París. Y esto fue lo que le sucedió entonces a Michelle, la norteamericana amante de las pequeñas cosas, convertida en estrella emergente gracias al modo, tan personal, de contar sus impresiones (muchas y sentidas) sobre Francia y los franceses. ¡Qué gustazo! Hugs, hugs… abrazos en Red desde aquí, para dárselo a otro y a otra y a otros… (ah, pero abstenerse de palmaditas en la espalda, please, uff… qué hipócritas ellas, las odio).

Caídos el 11/9/01


Un instante apenas. El quiebro del espacio y el tiempo. La gran decisión (la última) de sus vidas. La desesperación, el horror, el impacto. Caídos sin querer de una nueva guerra. Un ataque directo al corazón. Nueva York hace diez años ahora. Miles de vidas y tantos efectos colaterales… Tantos recuerdos. Como los de la escritora Amalie Flynn que vivía junto a la torres y ha creado un blog para aventarlos durante un año en verso. El día uno escribe: “I was there on 9/11 On 9/11 I was there”. El día 360: “Because that was the question,/ In the days that followed, as I/ Walked around that city, seeing/ The signs posted everywhere,/ With pictures of smiling faces,/ Of the people lost, lost in the rubble,/ Covered by metal and dust and other/ Bodies, the question of whether or not/ They were still alive·. 

O las imágenes icónicas del fotógrafo de AP Richard Drew (9:41:15 de la mañana del 11 de septiembre de 2001) y David Surowiecki. Patrimonio ya y metáfora siempre de este mundo.

Presas de la vida


El dato se coló en una conversación un día cualquiera. Y resultaba tan sorprendente que se quedó ahí adherido como el estribillo de una canción: de las 73.558 personas recluidas en 2009 en los 87 centros penitenciarios españoles, el 92% eran varones. El resto, un 8%, mujeres. ¿Por qué eran tan pocas? Y las que estaban presas, ¿por qué delitos estaban pagando? ¿En qué condiciones vivían su pena las mujeres en prisión? Había que averiguarlo, así que nos fuimos a la cárcel a preguntar, a Instituciones Penitenciarias. Charlamos con 17 reclusas de las tres cárceles de mujeres (Brieva, en Ávila; Alcalá de Henares, en Madrid, y Alcalá de Guadaira, en Sevilla) que nos hablaron de su situación, su vida antes y después de su ingreso, de sus errores, sus deseos de cambiar y de volver a empezar. De lo que le quita y le da la cárcel a una persona privada de libertad. Para mí mirarlas, mirar su rostro, fue como contemplar un mapa de ruta, visualizar un recorrido bien señalizado: pobreza, violencia, desamor, lagunas educativas, maltrato, familias desestructuradas, abuso sexual, falta de oportunidades, rechazo, drogas… “Somos presas de la vida”, dijo una de ellas. Y todas nos enseñaron cómo un error, amigos equivocados, un quiebro inesperado, la ignorancia y el azar pueden torcer una vida y la de todos los tuyos. Las reclusas que aparecieron fotografiadas por Sofía Moro en el artículo publicado por El País Semanal el 19 de abril de 2009 vivían esta situación y opinaban así de su condición y destino:

Michele. Rumana, de entonces 30 años, condenada a 13 años por falsificación y estafa. Llevaba encerrada tres y medio. No recibía visitas. “Cada uno debe pagar lo suyo. Pero no tanto. Tanta condena la primera vez no tiene sentido. Es más destrucción que reinserción”.

Elisabeth. Madrileña, de 29 años entonces, tres años y medio por robo con violencia. Entró en abril de 2008. Aislada en primer grado. “Mi hermana murió abrasada, abrazada a un hombre. Quise ver por qué, fui a su mundo a buscar culpables y probé”.

Ana. Malagueña, de cuarenta y tantos, siete de condena por droga. Tiene ocho hijos (la mayor, de 26), dos en servicios sociales. Espera ya el tercer grado. “La cárcel me ha quitado tiempo con mis hijos. A ellos les digo que no se fíen, no se metan en líos”.

Raquel. Valenciana, de 34 años. Condenada a cinco años por robo, llevaba desde 2005 en prisión. Contaba cómo en breve saldría en libertad. “Aquí es fácil deprimirse, y hasta matarse; yo lo intenté, por frustración, por amor, por esta vida. Me agredí a mí misma”.

Valle. Sevillana, de 59 años. Cumplió ya una condena y ahora pena por otra de siete por tráfico de drogas. “Mi marido está alcoholizado, no trabaja, tengo nueve hijos y 20 nietos, algunos a mi cargo… y no tenía para comer, la verdad”.

Nara. Brasileña, de 41 años. Condenada a nueve años por delito contra la salud pública, llevaba cumplidos casi tres.”Un amigo me propuso el viaje. ¿No será trata de mujeres?”, le pregunté. No quise saber más. Yo necesitaba dinero, mi hija tenía dos años y aún me pregunto cómo pude hacerlo y dejarla allí sola”

Mónica. Rumana, de 21 años entonces. Condenada a 13 años por trata de mujeres. Trabaja en la panadería del centro. “La cárcel te cambia, soy más sensata. Antes veía la vida rosada. Ahora veo lo que es no tener, lo que importa la familia”.

Silvia. Cubana, de 33 años, una hija y embarazada; tres años y medio por falsificación. Seis años tardó en salir su juicio. “Esa espera de años… un sinvivir. Rehaces tu vida y un día… te llaman. Yo vine voluntaria a la cárcel. Quizá eso cuenta”.

Concepción. Madrileña, de 39 años, ocho años interna. Conseguirá pronto la condicional al superar su drogodependencia. “Yo no consumía, hasta que me deprimí cuando mi marido murió. Quedé sola con tres hijos, yo no podía, aunque quería”.

Tabita. De Malaisia. 29 años, tres hijos; uno, aquí. Encontraron droga en su maleta y fue condenada a siete años en 2007. “Me engañaron, me prometieron trabajo al llegar y… mis hijos están allí y yo aquí, que sólo me visita el pastor padrino de mi niño”.

Rocío. Es de Nerja (Málaga), tiente 30 años y cuatro hijos, el pequeño convive con ella en la prisión. Ocho años de condena por drogas. “Tengo comunicaciones con mi marido, sí, una vez al mes. Él, creo que se va satisfecho, pero yo nunca acabo de disfrutarlo del todo, porque oigo los ruidos, la funcionaria con las llaves por el pasillo, y sé que estoy aquí”.

Margarita. Madrileña, de 36 años, tres hijos. Condena de 14 años por robo con violencia y detención ilegal. Lleva nueve en prisión. A mí me empujó la droga a delinquir. Por mi dosis mañanera estoy aquí. Ahora estoy saliendo con mucha voluntad.

Hoda. Francesa, de 26 años, familia de clase media de origen marroquí, madre de una niña que vive con ella. Cumple seis años por tráfico de droga. “En un momento cometí una locura. Y no quiero extradición a Francia; quiero cumplir aquí, salir limpia, que este tiempo malo quede atrás y allí empezar de cero con mi hija”.

Inmaculada. Nacida en Cádiz hace 24 años. Dos condenas por robo con intimidación la mantienen en prisión por ocho años y seis meses. Saldrá pronto del primer grado. “Llevo en centro de menores desde los 15 años, de esos que ahora de esos que ahora salen en la tele con escándalo. Yo he vivido todo eso. Y salí peor de lo que entré. Con más rebeldía. Me tenían zombi a medicinas”.

Prisioneras

Centro Penitenciario de Brieva (Ávila). “María, llena eres de desgracia”. Así define su suerte Margarita Molina, madrileña de 36 años, 14 de condena por robo con violencia y detención ilegal, y por “un error común” (no volver de un permiso), que ya lleva más de nueve cumplidos “a pelo”, lo que quiere decir uno tras otro sin restar na. “Desde jovencita me conozco Carabanchel, Soto, Alcalá…”, informa en plan turístico ella, que es gitana sólida y reincidente; de entorno pobre y desestructurado; sin estudios, pero de verbo ágil, de las de venta ambulante y energía sinfín… pero a ratos toda consumida por la droga. “Que antes un gramo de heroína costaba las seis mil pesetas…”, dice, raya muy negra en el ojo, pelo teñido, manos ajadas. Cuesta imaginarla atracando un banco, aquí sentada ahora, en la biblioteca de la penitenciaría abulense, esperando a otras cuatro internas para charlar de su condición presa.

Margarita es una de las 17 internas que aparecen citadas en este texto; una de las 5.950 reclusas en España; una de las 950 que habitan en prisiones de mujeres -existen cuatro: ésta de Ávila, en Brieva; las de Alcalá de Guadaira (Sevilla) y Alcalá de Henares (Madrid). La cuarta, el CP de Mujeres de Barcelona, en Cataluña, única comunidad con competencias cedidas-. El resto vive en 49 módulos de los 87 centros penitenciarios totales. Según Instituciones Penitenciarias (II PP) están hoy recluidos, entre preventivos y penados, 67.608 hombres y 5.950 mujeres en España. Es decir, 92%, ellos; 8%, ellas. La desproporción es asombrosa. Siglos atrás hubo quien la atribuyó a cuestiones biológicas, a regresiones a estadios evolutivos anteriores, a masculinización y anomalías; había quien visualizaba patrones antropométricos. La explicación consolidada hoy es otra, más social, más educativa. Lo intuye Margarita: “¿Por qué hay más presos? La agresividad del hombre está más a la vista. El hombre tiene que usar la fuerza para conseguir las cosas; las mujeres tenemos más estrategias, nuestro cuerpo si hace falta”. En el tipo de crimen cometido también hay distingos. El 80% de ellas están encerradas por delitos contra la salud pública y socioeconómicos. Son 274 las encarcelas por homicidio y lesiones; los hombres, 4.985.

La inmensa galería central de Brieva es un golpe de luz en tonos cremas… Las celdas, a los lados y en lo alto. Módulos por colores. Las presas etarras que salen del gimnasio. Alguien en la cocina que escribe los menús en el tablón (“Siete sin cerdo para las musulmanas, 18 vegetarianos…), los talleres a toda marcha (de paraguas, de costura; el de aluminio, que cierra porque se lo lleva la crisis…). Directa de aislamiento surge Elisabeth Gutiérrez, de 29 años, madrileña de Manoteras, presa por agresión, desarraigada, de ademanes tajantes, con ganas de hablar reprimidas de semanas… Ha llegado hace nada de Madrid I, en Alcalá, donde se encerró en el chabolo y agredió a una funcionaria: “Se había ahorcado una compañera de celda y yo la encontré tiesa. No podía soportarlo, me quería ir y no me mudaban”. Aparece Inmaculada Sánchez, de 24 años, gaditana, con currículo de maltrato y mucho centro de menores andaluz desde los 15: “Salí peor que entré, con más rebeldía. Te chapan en un cuarto y siendo una cría… qué menos que haya terapias… Pues ni enfermería; sólo palizas se oían. En la escuela, ni sumar ni restar; si querías, ibas; si no, no. Y yo, familia como si no, sólo abuela y tía. Mis padres pasaron de mí y al morir (mi abuela) fue el fin”. Así sigue, apasionada, jovencísima, maquillada. “Muy desesperada estuve. Espero ya el segundo grado. Nunca he tenido permisos”. Enganchada, apenas sin visitas, extravertida, con una hija y ese tono agresivo de réplica siempre en la voz que indica una herida fiera bien dentro. (ver reportaje completo)

Filosof-ismos


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El mundo se define bien así, filosóficamente hablando, con el lenguaje de signos creado por Genis Carreras, un catalán muy grande desde mi punto de vista y muy seriecito de aspecto, que trabaja en Londres y dice/diseña las cosas así de directas y claras. Es más, sobre él mismo apenas da tres pinceladas: que ama el minimalismo, que cocina bien y que sabe insultar en doce idiomas (Scheisse Genis, ich kann nur in vier!).

Cien años en cien segundos


Se lanzó anteayer mismo. 100 years/style/East London. Cien años de danza y moda, desde septiembre de 1911 a septiembre de 2011, contados en cien segundos para la apertura del que se anuncia como el mayor urban shopping centre en Europa, el Westfield Stratford City que abre sus puertas el próximo 13 de septiembre con todas las franquicias que se puedan imaginar. Lo que nos interesa aquí, es esta publicidad creada por la agencia británica The Viral Factory para la ocasión, una pieza extraordinaria en homenaje a la capacidad de cambio, al ambiente artístico y estiloso del East London. La música, esa fusión de épocas en plan minimalista, es de Tristin Norvell, nominado al Oscar.