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Lola Huete Machado

Presas de la vida


El dato se coló en una conversación un día cualquiera. Y resultaba tan sorprendente que se quedó ahí adherido como el estribillo de una canción: de las 73.558 personas recluidas en 2009 en los 87 centros penitenciarios españoles, el 92% eran varones. El resto, un 8%, mujeres. ¿Por qué eran tan pocas? Y las que estaban presas, ¿por qué delitos estaban pagando? ¿En qué condiciones vivían su pena las mujeres en prisión? Había que averiguarlo, así que nos fuimos a la cárcel a preguntar, a Instituciones Penitenciarias. Charlamos con 17 reclusas de las tres cárceles de mujeres (Brieva, en Ávila; Alcalá de Henares, en Madrid, y Alcalá de Guadaira, en Sevilla) que nos hablaron de su situación, su vida antes y después de su ingreso, de sus errores, sus deseos de cambiar y de volver a empezar. De lo que le quita y le da la cárcel a una persona privada de libertad. Para mí mirarlas, mirar su rostro, fue como contemplar un mapa de ruta, visualizar un recorrido bien señalizado: pobreza, violencia, desamor, lagunas educativas, maltrato, familias desestructuradas, abuso sexual, falta de oportunidades, rechazo, drogas… “Somos presas de la vida”, dijo una de ellas. Y todas nos enseñaron cómo un error, amigos equivocados, un quiebro inesperado, la ignorancia y el azar pueden torcer una vida y la de todos los tuyos. Las reclusas que aparecieron fotografiadas por Sofía Moro en el artículo publicado por El País Semanal el 19 de abril de 2009 vivían esta situación y opinaban así de su condición y destino:

Michele. Rumana, de entonces 30 años, condenada a 13 años por falsificación y estafa. Llevaba encerrada tres y medio. No recibía visitas. “Cada uno debe pagar lo suyo. Pero no tanto. Tanta condena la primera vez no tiene sentido. Es más destrucción que reinserción”.

Elisabeth. Madrileña, de 29 años entonces, tres años y medio por robo con violencia. Entró en abril de 2008. Aislada en primer grado. “Mi hermana murió abrasada, abrazada a un hombre. Quise ver por qué, fui a su mundo a buscar culpables y probé”.

Ana. Malagueña, de cuarenta y tantos, siete de condena por droga. Tiene ocho hijos (la mayor, de 26), dos en servicios sociales. Espera ya el tercer grado. “La cárcel me ha quitado tiempo con mis hijos. A ellos les digo que no se fíen, no se metan en líos”.

Raquel. Valenciana, de 34 años. Condenada a cinco años por robo, llevaba desde 2005 en prisión. Contaba cómo en breve saldría en libertad. “Aquí es fácil deprimirse, y hasta matarse; yo lo intenté, por frustración, por amor, por esta vida. Me agredí a mí misma”.

Valle. Sevillana, de 59 años. Cumplió ya una condena y ahora pena por otra de siete por tráfico de drogas. “Mi marido está alcoholizado, no trabaja, tengo nueve hijos y 20 nietos, algunos a mi cargo… y no tenía para comer, la verdad”.

Nara. Brasileña, de 41 años. Condenada a nueve años por delito contra la salud pública, llevaba cumplidos casi tres.”Un amigo me propuso el viaje. ¿No será trata de mujeres?”, le pregunté. No quise saber más. Yo necesitaba dinero, mi hija tenía dos años y aún me pregunto cómo pude hacerlo y dejarla allí sola”

Mónica. Rumana, de 21 años entonces. Condenada a 13 años por trata de mujeres. Trabaja en la panadería del centro. “La cárcel te cambia, soy más sensata. Antes veía la vida rosada. Ahora veo lo que es no tener, lo que importa la familia”.

Silvia. Cubana, de 33 años, una hija y embarazada; tres años y medio por falsificación. Seis años tardó en salir su juicio. “Esa espera de años… un sinvivir. Rehaces tu vida y un día… te llaman. Yo vine voluntaria a la cárcel. Quizá eso cuenta”.

Concepción. Madrileña, de 39 años, ocho años interna. Conseguirá pronto la condicional al superar su drogodependencia. “Yo no consumía, hasta que me deprimí cuando mi marido murió. Quedé sola con tres hijos, yo no podía, aunque quería”.

Tabita. De Malaisia. 29 años, tres hijos; uno, aquí. Encontraron droga en su maleta y fue condenada a siete años en 2007. “Me engañaron, me prometieron trabajo al llegar y… mis hijos están allí y yo aquí, que sólo me visita el pastor padrino de mi niño”.

Rocío. Es de Nerja (Málaga), tiente 30 años y cuatro hijos, el pequeño convive con ella en la prisión. Ocho años de condena por drogas. “Tengo comunicaciones con mi marido, sí, una vez al mes. Él, creo que se va satisfecho, pero yo nunca acabo de disfrutarlo del todo, porque oigo los ruidos, la funcionaria con las llaves por el pasillo, y sé que estoy aquí”.

Margarita. Madrileña, de 36 años, tres hijos. Condena de 14 años por robo con violencia y detención ilegal. Lleva nueve en prisión. A mí me empujó la droga a delinquir. Por mi dosis mañanera estoy aquí. Ahora estoy saliendo con mucha voluntad.

Hoda. Francesa, de 26 años, familia de clase media de origen marroquí, madre de una niña que vive con ella. Cumple seis años por tráfico de droga. “En un momento cometí una locura. Y no quiero extradición a Francia; quiero cumplir aquí, salir limpia, que este tiempo malo quede atrás y allí empezar de cero con mi hija”.

Inmaculada. Nacida en Cádiz hace 24 años. Dos condenas por robo con intimidación la mantienen en prisión por ocho años y seis meses. Saldrá pronto del primer grado. “Llevo en centro de menores desde los 15 años, de esos que ahora de esos que ahora salen en la tele con escándalo. Yo he vivido todo eso. Y salí peor de lo que entré. Con más rebeldía. Me tenían zombi a medicinas”.

Prisioneras

Centro Penitenciario de Brieva (Ávila). “María, llena eres de desgracia”. Así define su suerte Margarita Molina, madrileña de 36 años, 14 de condena por robo con violencia y detención ilegal, y por “un error común” (no volver de un permiso), que ya lleva más de nueve cumplidos “a pelo”, lo que quiere decir uno tras otro sin restar na. “Desde jovencita me conozco Carabanchel, Soto, Alcalá…”, informa en plan turístico ella, que es gitana sólida y reincidente; de entorno pobre y desestructurado; sin estudios, pero de verbo ágil, de las de venta ambulante y energía sinfín… pero a ratos toda consumida por la droga. “Que antes un gramo de heroína costaba las seis mil pesetas…”, dice, raya muy negra en el ojo, pelo teñido, manos ajadas. Cuesta imaginarla atracando un banco, aquí sentada ahora, en la biblioteca de la penitenciaría abulense, esperando a otras cuatro internas para charlar de su condición presa.

Margarita es una de las 17 internas que aparecen citadas en este texto; una de las 5.950 reclusas en España; una de las 950 que habitan en prisiones de mujeres -existen cuatro: ésta de Ávila, en Brieva; las de Alcalá de Guadaira (Sevilla) y Alcalá de Henares (Madrid). La cuarta, el CP de Mujeres de Barcelona, en Cataluña, única comunidad con competencias cedidas-. El resto vive en 49 módulos de los 87 centros penitenciarios totales. Según Instituciones Penitenciarias (II PP) están hoy recluidos, entre preventivos y penados, 67.608 hombres y 5.950 mujeres en España. Es decir, 92%, ellos; 8%, ellas. La desproporción es asombrosa. Siglos atrás hubo quien la atribuyó a cuestiones biológicas, a regresiones a estadios evolutivos anteriores, a masculinización y anomalías; había quien visualizaba patrones antropométricos. La explicación consolidada hoy es otra, más social, más educativa. Lo intuye Margarita: “¿Por qué hay más presos? La agresividad del hombre está más a la vista. El hombre tiene que usar la fuerza para conseguir las cosas; las mujeres tenemos más estrategias, nuestro cuerpo si hace falta”. En el tipo de crimen cometido también hay distingos. El 80% de ellas están encerradas por delitos contra la salud pública y socioeconómicos. Son 274 las encarcelas por homicidio y lesiones; los hombres, 4.985.

La inmensa galería central de Brieva es un golpe de luz en tonos cremas… Las celdas, a los lados y en lo alto. Módulos por colores. Las presas etarras que salen del gimnasio. Alguien en la cocina que escribe los menús en el tablón (“Siete sin cerdo para las musulmanas, 18 vegetarianos…), los talleres a toda marcha (de paraguas, de costura; el de aluminio, que cierra porque se lo lleva la crisis…). Directa de aislamiento surge Elisabeth Gutiérrez, de 29 años, madrileña de Manoteras, presa por agresión, desarraigada, de ademanes tajantes, con ganas de hablar reprimidas de semanas… Ha llegado hace nada de Madrid I, en Alcalá, donde se encerró en el chabolo y agredió a una funcionaria: “Se había ahorcado una compañera de celda y yo la encontré tiesa. No podía soportarlo, me quería ir y no me mudaban”. Aparece Inmaculada Sánchez, de 24 años, gaditana, con currículo de maltrato y mucho centro de menores andaluz desde los 15: “Salí peor que entré, con más rebeldía. Te chapan en un cuarto y siendo una cría… qué menos que haya terapias… Pues ni enfermería; sólo palizas se oían. En la escuela, ni sumar ni restar; si querías, ibas; si no, no. Y yo, familia como si no, sólo abuela y tía. Mis padres pasaron de mí y al morir (mi abuela) fue el fin”. Así sigue, apasionada, jovencísima, maquillada. “Muy desesperada estuve. Espero ya el segundo grado. Nunca he tenido permisos”. Enganchada, apenas sin visitas, extravertida, con una hija y ese tono agresivo de réplica siempre en la voz que indica una herida fiera bien dentro. (ver reportaje completo)

2 comments on “Presas de la vida

  1. triniTI dice:

    ¿¿ Ya , no se puede hacer comentarios de forma anónima , o en privado ?

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    1. sí, si yo no los apruebo, no salen públicamente.

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