Fiestas superlativas


CARTAS DE MARIE (13)

Querida Lola:

He vuelto a casa (a esta casa), al fin, y recupero gustosa mi correspondencia contigo. Tengo toneladas de cosas que contarte, pero antes de narrarte mi travesía por el ancho mundo, me detengo en una experiencia más cercana y local que acabo de vivir casi hoy mismo, entre fuegos artificiales horadando el cielo y animales perseguidos por una multitud enloquecida. Me llamó nuestra amiga M. por teléfono: tenía que ir a verla, decía, coincidiendo con las fiestas patronales de su localidad. Bien. Se lo debía. Fui.

autor anónimo. Por favor, envíame tu nombre.Las celebraciones grupales, ya se sabe, retratan a una sociedad. Si estás, como he estado, en India y asistes, como he asistido, a las oraciones y danzas del pueblo ante un Dios con forma de elefante o de pene, tienes tú ya ahí mucho material para la meditación. Sin duda. Si el pene te pone, religiosamente hablando, es tu problema (o tu solución). Mi mirada es amplia, laica y universal, así que para mí todo es respetable. O casi. Porque si se trata de clavar lanzas a un toro, tirar una cabra desde un campanario o ahorcar galgos cuando se acaba la temporada (escenas que se dan mucho aquí y hasta ejecutadas con hurras), entonces mi risa tiende a la congelación. Bueno, no exageres, me reprocharás seguro, las fiestas existen y punto: son tradición y expresión de nuestro tiempo, producto de nuestra cultura. Vale. No soy entusiasta, te confieso, pero tampoco como ese lector que escribía en El Turistario de tu periódico (en un comentario sobre fiestas raras, raras): “Este verano, mientras muchos sólo piensan en fiestas, muchos otros somos conscientes que se acaba el mundo en 2012”. Ah, bueno, si es así, entonces ni me molesto en poner un pie en el suelo y menos en defender al género animal, bastante tengo con salvarme yo…

Pero aún con fin del mundo cerca (que no me extrañaría) afirmo que el calendario de festejos populares en este país tuyo es un exceso, perdona que te diga. Y su duración también. Diez días (de media) para el disfrute colectivo podría parecer de entrada cosa buena. Y si están bien montadas y llenas de contenido, más. Pero si se reducen a la borrachera comunitaria hasta reventar y la programación taurina completa y continua en honor a noseque santo, diría que entonces es… lamentable. Si una fiesta se usa como excusa para atraer turismo, para darle un lavado de cara a calles y edificios… o, al menos, para servir de karma colectivo (esa catarsis necesaria que pregona el sociólogo Maffesoli) en pos de paz y cohesión social… bien está. Pero no, no siempre es el caso. Hay tal desparrame, que tras decenas de juergas a mis espaldas, esta visita breve me dio que pensar. Te cuento.  Seguir leyendo Fiestas superlativas