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Lola Huete Machado

Lecturas (2) “Tenés que ayudarme”


“Yo escribía muy poco. Algunos poemas. Algunos cuentos. Era muy perezoso para escribir. Más tarde aprendí una cosa, que siempre les comento a los jóvenes que me hacen preguntas sobre la escritura: en mi opinión, los más difícil del oficio de escritor es el esfuerzo que hay que hacer para poner las manos en la masa; para pasarse el tiempo garabateando palabras. La gran alegría viene con la inspiración, la idea, las ganas de escribir un texto sobro esto o aquello. Pero, después, el acto de escribir exige una cantidad enorme de tiempo, es fastidioso; a veces hay un pequeño destello, una pequeña alegría, pero la mayor parte del tiempo implica pasar horas intentando decir de la manera más precisa, más clara, sin que sea un cliché, “la marquesa salió a las cinco”. ¡De eso se trata! Hacer que un personaje entre en una pieza y se siente a la mesa: puede llevar días expresar eso con precisión. Y puede resultar un tedio mortal… Lo que imagino nunca se parece a lo que termino poniendo sobre el papel. ¡Nunca! Katherine Mansfield lo dice muy bien en su diario. Habla exactamente de eso. Cuenta cómo tiene una idea absolutamente formidable para un cuento y se pone a escribirlo. Después lo termina, está bien hecho, pero no es formidable, es algo muerto, no tiene el brillo que esperaba. Me cansaba muy rápido de escribir. Creía que bastaba con poner la idea sobre la página para tener un texto valioso.

'Aufmacher', de la francesa Sabrina Tibourtine, en http://www.eine-der-guten.de/

Retomo mi relación con Marta Lynch. Hablábamos mucho de literatura. Yo leía mucho; ella también. Ella era un gran personaje romántico con aquella necesidad suya de seducir y sentirse enamorada. Seguía el consejo de Gauguin, que les decía a las mujeres: “Enamórense”.

– ¿Ejercía alguna seducción sobre ti?

– Ah, sí, ¡claro!

– En esa época tenías…

– Entre trece y diecisiete años.

– Y eras sensible a ese poder de seducción…

– Enormemente. Uno no podía escaparse. Las mujeres que conocí y que tuvieron importancia para mí, las que me sedujeron a lo largo de mi adolescencia, eran todas mayores que yo (…) tenían sobre mi un poder de seducción muy grande. Por ejemplo, Silvina Ocampo, que era en realidad muy fea, pero tenía unas piernas magníficas y se sentaba de tal manera que uno pudiera admirarlas… Cuando me invitaba a su casa, se sentaba siempre cerca de una lámpara muy baja para que el rostro quedara entre sombras y mostraba sus bellas piernas. Tenía una voz extremadamente profunda y terminaba por hechizarte. Con Marta, la técnica era la misma… Sabía que tenía unos ojos muy hermosos y cabellos magníficos. Me miraba con sus grandes ojos abiertos, llenos de destellos, y hacía mover el pelo sobre los hombros, muy lentamente… Era como una ola que bajaba en cámara lenta y yo me quedaba pasmado con el espectáculo. Otra mujer, Estela Canto, que era una de las que Borges estuvo enamorado, era muy miope y, de joven, había sido muy bella. (Ha publicado la cartas de amor que le escribió Borges). Ella te seducía tomándote de la mano y acariciándotela suavemente… Hago un paréntesis (…) El gesto no era tan evidente como para que se lo pudiera calificar de acoso sexual… Y bien, Estela Canto hacía exactamente lo mismo. Preguntaba: “¿No me pasarías la sal, por favor?”. Entonces, le pasabas la sal y ella te agarraba la mano, la deslizaba tocándote apenas. ¡Era muy erótico!

Bueno, volvamos a Marta Lynch. De vez en cuando, ella me hacía cómplice de sus affaires. Le encantaba tener amantes. Le era necesaria esa vida secreta, aunque fuese un secreto que conocía todo el mundo. Uno de esos domingos, estábamos sentados a la mesa y me mostró su nuevo libro, titulado La señora Ordóñez, una buena novela. En la tapa había una cabeza de muñeca, muy bonita. Le dije que me gustaba mucho la tapa y me puse a buscar el nombre del maquetista. Era un tal Hans Linke y, muy ingenuamente, delante de todo el mundo, dije: “¡Ah, miren!: Linke es un apellido curioso. En alemán quiere decir “izquierdo”. Ahora bien, existía toda una historia sobre el amorío que ella había tenido con un tal Héctor Izquierdo, que trabajaba como maquetista para la editorial que publicaba el libro. Evidentemente, se trataba de la misma persona… Alrededor de la mesa, todo el mundo bajó la cabeza y Marta me miró, me tomó de la mano y me dijo. “Querido, no sabes la idiotez que has hecho”. (…) La historia de Marta Lynch terminó de manera trágica. Publicaba libros que se convertían en bestsellers. Después, esos libros empezaron a venderse no tan bien. Sentía que ya tenía cierta edad, aunque  en realidad no tenía más de unos cincuenta años. No atraía a los hombres como antes. Entonces, se metió en política (…) Así, sufrió al mismo tiempo la decepción política, la idea de sentirse vieja y poco querida, la mala venta de sus libros… En aquel momento, hacia 1978, yo vivía en Inglaterra y ella me escribió una carta desesperada que empezaba diciendo: “Alberto, ¡tenés que ayudarme, tenés que ayudarme, tenés que ayudarme! Tenés que hacer traducir mis libros al inglés. ¡Es necesario que me conozcan fuera de nuestro país!”. No pude hacer nada. Con todo ese cúmulo de angustias, un día pidió un taxi. El chófer se quedó esperando y ella no volvía. Fue a buscarla y la encontró muerta: se había metido un tiro en la cabeza”.

‘Alberto Manguel. Conversaciones con un amigo’. Editorial La Compañía/Páginas de Espuma, 2011. Charlas del escritor y traductor argentino con el editor francés Claude Rouquet. Un entretenido repaso a una época y una vida en todas sus étapas y contenidos: de la niñez, la familia, los amigos y amantes a los viajes, la religión, la política, las personas y la literatura que le marcaron. Hermoso. Valioso.

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