Compartiendo marido


Princesa de África se titulaba la película dirigida por Juan Laguna y animada con los dibujos de Raul Sánchez Muñoz (aquí su cuaderno de viaje). Era la historia de una mujer inmensa, bailarina de altura, Sonia Sampayo, que luego la hizo libro en la editorial Planeta.  Su vida, pasados los años, ha cambiado mucho. Pero esa es otra cuestión, que ella misma contará cuando quiera. Su experiencia y los detalles de su vida en ese momento, 2009, los contamos en un artículo en El País Semanal. Lo escribí en primera persona. Tantas dudas, tanta fuerza, tanto amor y tanta entrega sólo se podían entender de esta manera.

Yo, mi marido y sus otras mujeres

La madrileña Sonia Sampayo se convirtió en 1997 en la tercera esposa del senegalés Pap Ndiaye. Su historia se ha hecho película: ‘Princesa de África’. ¿Cómo una española llega a aceptar la poligamia? Ella misma lo cuenta.

“Un día se lo solté a mi madre: ‘Tengo novio, es negro, tiene dos esposas y me voy a casar con él’. Preferí contárselo de golpe. Yo, nacida en Madrid en 1973, no había cumplido los 23, no tenía padre y siempre había sido hija modelo. Ella me conocía; sabía que no era una cabeza loca, así que pensó: ‘Es el calentón del enamoramiento’. O quizá era por ayudarle, por los papeles… Pero no. Me casé a conciencia. Enseguida se lo presenté. Al principio no podía quererle, pero ahora le adora. ¡Es que conoces a Pap y te engancha! Los senegaleses son así. Con ese lenguaje de paz que poseen. Corría 1997. Fuimos al registro civil y ya. Soy bailarina de africano y oriental; doy clases en la escuela de Gloria Alba y en otras, y recuerdo que ese día de boda no hubo ni fiesta porque tenía actuación en Badajoz. Al volver, le llamé, porque era como: ‘¿Y qué hago ahora?, ¿adónde voy? Ya somos un matrimonio…’. Luego me casaron por el rito musulmán. Van los hombres, yo ni me enteré.

Mi marido, Pap Ndiaye, va a cumplir 43 años; es griot, la casta de los artistas y músicos, los trovadores, los jóvenes eternos; él es una persona ni de aquí ni de allá; un espíritu libre con un fortísimo lazo familiar. No habla bien español, a pesar de llevar tanto aquí; está por trabajo y, emocionalmente, por mí. Culpa mía. Nunca le obligué. Hasta en eso soy poco madre. No, no tenemos hijos. No quiero. Si quisiera, él sería feliz. Él se ve cubierto en lo paternal. Tiene seis con sus dos mujeres senegalesas, Kiné y Fama. La primera es de mi edad; Fama, más joven. Pap suele ir a Senegal una o dos veces al año. Pasa meses. Yo le acompaño. Me encanta Senegal, y Louga, su ciudad. La primera ocasión, ya casados, fue en 1999. Resultó muy duro para mí. Coincidió con el bautizo del primer hijo de Fama. Ella lo pasó fatal con mi boda; fue un mes después de la suya. Entre eso, el parto complicado y que yo llegaba… Pero yo me sentía aún peor. Me quedé ocho semanas. Ni bailar pude.

Porque si voy y bailo, como hago siempre ahora, lo demás se anula; para mí bailar es una necesidad física, me salva de la locura. Pap no se daba cuenta de nada. Ni se planteó que tuviera que ayudarme a adaptarme. Nada. Hizo su vida, y punto. Ellos son así… Ya me he acostumbrado. Y él ha aprendido. Hoy, si me ve cabizbaja, se acerca a socorrerme. Pero entonces no. Uf, no había nadie en quien confiar. A mi madre no la hacía partícipe… ¿para qué darle detalles? Hubo un momento en que tomé la decisión de no contar nada. La gente te juzga muy rápido. Me decían: ‘Loca, ¿dónde te metes?’. Amigos, familia… Una superprotección que no deseaba. En general, en nuestra cultura nos dejamos influir por los prejuicios. Si no estás casado, con hijos y coche, no triunfas. Yo veo más opciones.

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