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Lola Huete Machado

Rehabilitaciones (1) Treinta años más de vida


CARTAS DE MARIE (18)

Querida Lola:

Hace tanto que no (te) escribo que creo que ya no sé hacerlo. Hace tanto, que he perdido la costumbre de juntar las letras y atender a su significado. Sigo sin poder moverme mucho tras el accidente, así que estoy condenada a observar el mundo pasar ante mí; a ver la televisión con asombro (de tan mala); a contemplar a los otros y sus problemas como desde muy arriba; a mirar por la ventana del hospital y desmenuzar el paso de las horas y los días a través de los hilos de nubes que la cruzan.

Hace tanto que no escribo, que todo lo que te podría contar se amontona en los dedos al pulsar la teclas. Pones POLÍTICA y brota un barullo de voces, de quejas, de espanto, indignación, disgusto último tormentoso y muy gris… Pones ECONOMÍA y corren ríos de dinero esfumado en manos de usureros; el euro en forma de ser menospreciado aparece abatido, agobiado de miedo…. Y si escribes Europa, este nuestro mundo revestido de derechos sociales de muchas décadas se me aparece con rostros de líderes que me resultan ya ajenos, como extranjeros llegados de repente a mi pequeña tierra. Así de aislada me siento. Sarkozy es mi preferido, lo sabes. Y ese baile a dos con Merkel, me encandila. La lucha de poder entre los poderosos. Dime, ¿es verdad que Sarko amenaza con hacer realidad el pago de las transacciones financieras? ¿Es posible que Francia dé la campanada de algo que al fin huela a revolución? Ay, sueño a ratos. Pero no me dura.

Tatsuro Kiuchi, vía Yeaiknow

No me consigo concentrar en nada. Y sé que si pudiera escribir FAMILIA o AMIGOS o seres queridos todos aparecerían como colocados con chinchetas en los mapas, dispersos: unos aquí, otros allá… En ese panel geográfico extenso que es el mundo, me veo haciendo recorridos de un lado a otro, con flechitas, como en esas escenas viajeras de las películas del cine antaño. Me veo yendo a visitarlos a todos: unos en EE UU, asistiendo a sus propias penurias, que no son pocas y se hacen universales; los otros, de viaje por El Cairo, oteando el horizonte de un cambio que está por ver y por venir, muy caliente veo yo ese rinconcito del mundo, la chispa de Israel siempre a mano; aquel pariente, regresando de India cargado de telas y espantado de superpoblación; aquel otro, de crucero de luna de miel por el Mediterráneo; tú en una España, que se desmorona por tierra, mar y aire…

Y yo aquí, encerrada, viendo sucumbir mi cuerpo ante el dolor cotidiano. Añorando la salud más que a nada. Y no me resigno, no creas. Hago recuperación, sí; de la cadera, del brazo, de la mano, de la espalda… No hay hueso sano en mi. En el accidente, no quiero pensar. Ni razones, ni causas, ni culpables. Estaba escrito. Revivirlo me angustia, como me angustia imaginar la posibilidad de estar muerta, de no existir más… En ese mapa de recorridos que te digo que dibujo mentalmente también aparece mi propia inexistencia. Todo el mundo, todos los mundos conocidos, los ambientes, los países, las ciudades, los barrios, los restaurantes, los comercios, el metro, todo eso conocido ¿será distinto sin mí? Todo eso, ¿seguirá funcionando exactamente igual o se notara en algo, en algún detalle insignificante mi ausencia? ¿Se apreciará de algún modo en el balance del mundo que yo ya no existo? Ay, ¿qué deja detrás de sí un ser humano? Recuerdo que mi hijo mayor un día lloraba y lloraba, con ocho o nueve años, con angustia. Decía que no entendía la muerte. ¿Por qué hacer nada si vamos a morir? ¿De qué sirve vivir? A voz en grito. En la noche oscura. Lo recuerdo bien. Y añadió: “Yo no quiero morir, yo tengo que hacer algo importante para poder vivir siempre”. No sé si yo he hecho algo importante alguna vez en mi vida. ¿Queda algo de nosotros en nuestros actos cotidianos? No lo sé.

En mis actos de estos últimos meses no será. Porque sólo contemplo las nubes cruzar, una a una, por la ventana. Bueno, solo eso no. También leo y te pasaré relación. Y hoy he visto, por ejemplo, un vídeo de Jane Fonda, estupendísima ella, en el que habla del maravilloso regalo que nos han hecho a los de nuestra generación (si es que habitas en país desarrollado, claro): tres décadas más de permanencia en este mundo que nuestros abuelos. ¡Como para quejarse encima, me dirás! Lo cuenta ella muy bien en las tradicionales charlas de TED, que son siempre de gran interés. La longevidad en nuestra vida desarrollada, divino tesoro. ¿Cómo plantearse ese tiempo extra? Algunos buenos consejos que merece la pena ver y aplicar ya. Y me aplico.

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