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Lola Huete Machado

Viajar o el deseo de ser otro


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Aparentemente de Kivanc Gulhan, via Behance

Acabo de regresar de dar la vuelta al mundo. Ida y vuelta, en verdad, casi cuarenta mil kilómetros. Y no les voy a contar (aún) para qué. Al regresar del último tramo, 14 horas sin pausa de vuelo, pensaba en cómo, cuando estás tan fuera, tu universo particular, en un pueblo, en una ciudad cualquiera de un territorio cualquiera, parece tan antiguo que esa sensación de pérdida te espanta un tanto. De repente, lo cotidiano se escapa tanto de ti que crees ser otro; las noticias de tu tierra se vuelven difusas, como ecos de un pasado que ya no acabas de controlar. De hecho, ya no lo harás nunca, porque hay instantes de ese tiempo lleno de detalles que ya no experimentarás. Los familiares y amigos se van quedando con rostro desdibujado, aunque su existencia cuente, claro. Pero tus y sus problemas se diluyen. Como los colores y los olores que se evaporan sustituidos por otros. Tu lugar de trabajo empequeñece. Las tareas pendientes pasan a ser minucia…. La silueta del mapa mundi personal, aquello que llamas tu vida o tu país, se difumina en una suerte de niebla distante… ¿Donde queda mi tierra si no es este el lugar donde habito?

El viaje es hermano carnal de la literatura o del cine. Debe serlo. Y es droga. Porque engancha. Y porque es trasladarte y sentirte un ser nuevo, habitante automático de y en la vida de los otros; tu las protagonizas todas, las sientes, te marcan y las marcas; vives en un cruce de caminos que influirá luego en tu tiempo futuro, aunque aun lo ignores. Una señora te para en una calle de Roma: “¿Sabe usted donde…?”. “Lo siento no soy de aquí”. “!Ah, perdone, creía..!”. Llegas a Dubai y sudas; a Australia y tu tiempo se hace húmedo y jocoso; aterrizas en India y vuelves atrás y adelante la vista sobre la historia. Vas a Brasil y admiras su fuerza; en Colombia, la belleza; en EE UU, la seguridad de sí y sus dimensiones; en Marruecos, la osadía; en Egipto, su río y su cultura y su callejones, y su museo ahora abandonado y hundido…

Vives al momento el momento de otros.

Y luego partes sin más, con un desasosiego indescriptible dentro.

Los viajes marcan, porque el cuerpo y la mente se escapan de un lugar y se sitúan en otro. Nos permiten hacernos la ilusión de habitar muchas vidas en una… ¿No te has visto a a ti mismo/a cual morador de esa casa nueva que visitas, o como cliente habitual de ese hermoso café lleno de clientes interesantes, o volviendo una y otra vez a aquel museo que te entusiasma, o a ese mercado, esa playa, esa montaña o esa granja cercana al lago? Yo podría quedarme aquí, te dices por dentro… Y, a veces, hasta tienes tentación de comprar objetos que te aten; de apuntarte a actividades o engancharte a personas que te obliguen a permanecer un poco más de tiempo (mental o no). Un poco más.

Nostalgia infinita te invade al partir de un sitio a otro. A sabiendas de que ya nunca, probablemente nunca, volverás a él. Porque no hay tiempo de regresar a tanto lugar hermoso. Y da lo mismo que viajes mucho o poco. Esa sensación se pega a tí como un manto: miras de nuevo, por ultima vez por la ventana, alargas las tertulias con los nuevos amigos, te resistes a hacer las maletas y rehacer el camino al aeropuerto… Las personas que se cruzan en tu camino te abren nuevas puertas. Miras a través y los ves. Te dibujan nuevos mundos, todos en éste, todos en ti. Y lamentas no poder usarlos. Son los viajes al final reflejo fiel de los mojones en tu biografía. Todos nos conocemos más a nosotros mismo en y durante ellos; y también a los otros.

Cuando das la vuelta al mundo completa o por partes, tu existencia se ralentiza. Eres tu en el lugar donde siempre resides; y eres otro distinto, aquel que protagoniza nuevos encuentros, contempla nuevos paisajes, padece calores, fríos, sudores y cansancios diversos… El viaje, inevitablemente, te aleja de los tuyos mientras tú te vuelves ser múltiple en la travesía. “Hoy llueve…”, les escribes en tus cartas o mails o sms  a tus seres queridos. O bien, hoy nieva, hace tanto calor, no puedo con este frío, estoy bien y os añoro, los negocios marchan, tuvimos reuniones, te echo de menos, no hago mas que trabajar… Y nada de esto es del todo verdad ni mentira. Son frases hechas para despistar el sueño o el deseo de escapar hacia otro destino y otro y otro… Frases para no decirlo alto y claro: “Me muero a ratos por ser tu y si lo fuera suspiraría por ser quien soy”. Viaje tras viaje. Sin remedio.

2 comments on “Viajar o el deseo de ser otro

  1. Jorge Console dice:

    Hermosas palabras Lola. Bella prosa, mejores reflexiones.

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  2. Yoli dice:

    Querida Lola, soy Yoli, seguro que te acuerdas de mi, esa que te solucionaba esas pequeñas cosas sin importancia en el lugar que habita tu trabajo. Me alegro de leerte, escribes tan bien … Me ha encantado tu frase: “Me muero a ratos por ser tu y si lo fuera suspiraría por quien soy …” Gracias por esas palabras tan cargadas de fuerza.

    Un abrazo y un beso también.

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