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Lola Huete Machado

Mi familia siria


El barrio de Bab Amro en Homs. Vía Internacional El País. Foto: AFP

Un día en Madrid, cuando íbamos a sacar el visado en la embajada siria, Rafik, un ciudadano de este país residente en España desde hacía mucho nos pidió si podíamos entregar unas cartas a sus parientes que vivían en un pueblo cercano a Alepo llamado Seqelbiye. Hace mucho de aquello. Fuimos, estuvimos, convivimos durante unas semanas con una familia inmensa (¿qué será de ellos?), árabes cristianos, árabes musulmanes, daba igual; todos mezclados. Allí aprendí que las etiquetas son compartimentos cerrados discriminatorios e injustos, pues nunca corresponden con la realidad; que ésta siempre es más rica, más amplia, más abierta de lo que imaginamos. A veces mejor, a veces peor de lo que creemos. Una familia cualquiera era aquella. Muy unida. Fue la mía, la nuestra. Todos convivían, en el mismo pueblo, mismo barrio o casa. Del gobierno no hablaban. La foto del dictador colgaba por doquier. El ojo que todo lo ve lo decía todo. Mi imagen de Siria continuó así, apegada a la de ese puñado de personas amables y hospitalarias, a las que luego nunca volvimos a ver, que cocinaban para nosotros cada día en una vivienda de un pariente nuevo (todos querían invitarnos, nos veíamos engordar por momentos); que nos preparaban lentejas (las recuerdo bien porque en los patios, como en la España de antaño, se sentaban todos, hombres y mujeres y separaban las buenas de las malas; retiraban las piedras… mientras se charlaba al sol, entre flores, olores, animales…) y una sopa de yogur tan ácida y sabrosa que yo no sabía como rechazarla e intentaba comerla hasta que me producía arcadas… y no había más remedio que confesar, entre risas, la verdad: que aquel gusto no era el mío.

Una familia de miembros incontables con los que compartimos días y noches; dormíamos en colchones en las azoteas, mirando las estrellas inmensas en el cielo mientras unos contaban sueños de Europa, otros de realidades sobre el terreno. Recuerdo a Gaith, a él especialmente, uno de los hijos mayores, un hombre especial, estudiaba arte, era profesor y soñaba con visitar todos los museos europeos y americanos y se sabía todas las obras de todos los autores, mientras pintaba las suyas…. Le recuerdo porque nos acompaño durante días por todo el país, visitando monumentos, lugares culturales y arqueológicos: en Homs, en Hama, en la impresionante Alepo, en Maloula, en los museos y la universidad de Damasco, en la Palmira desértica de cuarenta grados a la sombra con sus baño de barro, en el Crack de los Caballeros que era imposible encontrar yendo sólo, pues no existía ni una sola indicación que no fuera en su idioma… Esos sitios que han marcado la historia del mundo de la mano de un guía perfecto, mientras las bombas, resonaban más allá, en Líbano casi siempre al caer la tarde. Olía a cultura por todas partes y a sol y a comida, y hasta a Mediterráneo puro se diría, tan a gusto nos encontrábamos. Nos costó tanto marchar.

Y contemplo desde hace ya muchos días el goteo de información y fotografías con tantas ruinas, más de siete mil muertos, cientos de rostros desesperados, el asedio del Ejército y su brutalidad, la Cruz Roja que no puede ni asistir a heridos, agua de lluvia que sirve de alimento... Lo veo sin querer verlo. Porque no reconozco este lugar donde la gente sufre y sufre sin pausa (como me sucedió en los Balcanes en su momento, que yo casi acababa de cruzarlos, cuando todo se incendió un día y nadie podía creerlo; o en Cachemira en India, que se cerró tras nosotros un toque de queda continuo ya luego durante dos décadas, sumida en una guerra ignorada y brutal).

Yo estuve allí en Siria durante un tiempo, me digo por lo bajo. ¿Lo recuerdas? Estos de la imagen son los hijos de los hijos de aquellos que un día nos cruzamos, conocimos y apreciamos. Como podían ser los hijos de los hijos nuestros en un mundo que no tiene pudor, una maquinaría imparable movida por el interés y los negocios (de armas, de petroleo, de recursos…). No reconozco esta desesperación y esta ruina (¿qué ha sido de los colores y los cantos en la intrincada medina de Alepo, del sonido de las norias de agua, del murmullo de los museos…?) provocada por una dinastía de dictadores (los Bachar el Asad de turno) y soportada por muchas manos de otros a la sombra más allá de sus fronteras… que no reconocen nunca la injusticia, ni que el tiempo de abandonar del poder, de partir, está maduro, que quizá habrían podido evitar y evitarse la mayor vergüenza: morir matando hombres, mujeres y niños en masa. Aunque quizá para eso se entrenaron antes, concienzudamente, cuando reprimían a sus ciudadanos poco a poco, minuto a minuto, día a día.

One comment on “Mi familia siria

  1. triniTi dice:

    Una botita y desoladora historia. Que demuestra una vez más el precio de no poder…

    Me gusta

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