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Lola Huete Machado

Cuando la fiesta es la vida


Escuela de vida y de calor se tituló la versión cortada, publicada en El País Semanal el pasado día 15 de julio. Lo que sigue es la versión completa, que lamentablemente, no entró por ser demasiado extensa (mi culpa).

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Londres. Junio 2012. Todos necesitamos ayuda. Lo afirma Alain de Botton, sentado en su oficina en Londres, ante una estantería verde mar que habla mucho de él y sus intereses. Tiene allí los libros justos agrupados por pasado, presente y futuro: lo hecho, lo que está en marcha, lo que vendrá. Sobre viajes, arquitectura, religión, literatura… Sus temas recurrentes, los que le han convertido en bestseller, en estrella de la filosofía nueva, consoladora, pegada a la tierra y a nuestro tiempo. Botton lo mismo escribe de cómo Proust puede cambiar tu vida que de edificios felices. En libros y columnas o documentales que produce en su empresa de nombre ilustrativo, Seneca Productions. Su reivindicación de los clásicos es uno de sus sellos.

Hay aquí un diván para la siesta, la meditación o la derrota (quien sabe) y objetos personales: la maqueta de un avión que le regalaron tras pasar una semana en el aeropuerto de Heathrow para uno de sus libros; fotos de sus dos hijos; y dos cuadros de un roble, no uno cualquiera, sino el que un pintor usa como modelo único de toda su obra. Una historia que De Botton incluyó en Miserias y esplendores del trabajo , en el que habla de las personas que hay tras lo que consumimos: quien fabrica y cómo las galletas que comemos, quien se encarga de los tendidos eléctricos del país… Un libro que cerraba con frase para la historia: “Dejemos que la muerte nos pille mientras hacemos algo por la vida”.

Y él lo hace. En 2008, De Botton (Zurich, 1969), ateo confeso, hijo de judíos laicos “para quienes creer en Dios tenía el mismo valor que creer en Santa Claus”, dice) abrió escuela, una empresa social al estilo de su anterior fundación Living Architecture. The School of Life la bautizó. Y nada de lo que aborda este hombre con pinta de niño bueno y look austero es indiferente desde que sorprendió con aquel Del amor, a sus 23 años. Los ventanales miran a un jardín verde hierba muy british, que destaca entre el blanco de las paredes y la palidez de su piel y ojos claros. “Todos necesitamos ayuda”, repite, antes de apuntar que The School of Life nació por pura provocación, en respuesta a la mala fama de ese nicho editorial llamado ‘de autoayuda’. “Muchos son los que creen que sólo los estúpidos pueden leer tales obras, que sólo los estúpidos necesitan ayuda”, dice.

De Botton convocó a un grupo de intelectuales de amplio espectro y alta calidad para demostrar que no, que todos sin excepción necesitamos consejo, consuelo y dirección. Así nació el centro, para rehabilitar un género maltratado. Y para demostrarlo han parido una colección de seis libros, puro festín de optimismo, una suerte de canto coral a la vida, publicados ya en Gran Bretaña, y que ahora Ediciones B trae a España. “Todos son verdaderamente realistas, ninguno te cuenta sueños imposibles”, asegura.
Hora de ir a la escuela.

Llueve sobre Londres. Llueve sobre las cristaleras de The School of Life, en Bloomsbury -un barrio de reminiscencias literarias y espíritus a lo Virginia Woolf vagando por sus calles-, hasta formar cierto vaho misterioso interior, con las gotas escurriéndose por el cristal. Llueve, pero no importa cuán mustio o gris sea el exterior. Es lo interior lo esencial. En cuanto cruzas la puerta verde oliva (otra vez el verde), desaparece toda sensación de abatimiento. Todo lo que hay dentro, libros, objetos… es optimista y caldeado, tiene enfoque de superación y crecimiento personal.

Los seis volúmenes lucen en la vitrina, manuales pequeños y sobrios. Hablan de reflexionar sobre el modo en que vivimos y nos relacionamos. De conocernos, siguiendo la máxima de Sócrates: “Una vida sin examen no merece la pena ser vívida”. De aprender a “autoasistirnos” para que nuestra existencia no devenga tormento. En esta escuela asumen como línea de salida que la fiesta es la vida. Pensemos: ¿Qué tiempo o época de nuestra historia no ha sido caos, cambio, desasosiego, crisis…?

Los anuncios en los tablones nos dan pistas: cursos, fines de semana colectivos, y hasta sermones al estilo eclesiástico sobre los valores con los que vivimos (o no) que se dan lo sábados en un teatro digno de visita: el Conway Hall, sede de la South Place Ethical Society, donde organizan charlas tipo ¿Son los juegos olímpicos buenos para la humanidad? Un ambiente que remite a las sociedades civiles y antiabolicionistas del XIX.

Algunos recortes de prensa muestran la acogida a la escuela y retratan a la sociedad británica misma. “No sex, please, we are british (nada de sexo, por favor, somos británicos)”, titula un periódico. “Se trata de ganar terreno a la existencia plena, gustosa, que anda un tanto perdida y sin el contexto debido entre tanta economía del desastre y dramas guerreros…”, dirá uno de los autores, John-Paul Flintoff.

“Desde que nacemos hasta que morimos necesitamos que los demás nos busquen, demuestren interés por entender quienes somos y nos ayuden a sentirnos seguros…”, escribe la psicoterapeuta Philippa Perry, otra autora. Sentido común. En realidad, la autoayuda es inherente a nuestra cultura, es parte del mundo clásico, predica De Botton. Por eso, todo aquí está lleno de referencias a Sócrates, Platón, Séneca o Virgilio. “Esta escuela sería perfectamente normal en Atenas”, dice. Es la idea: juntarse en plaza pública a debatir. A encontrar consuelo y guía.

Que llueve, ya escampará.

Primer ejemplo. Que tienes obsesión por el sexo… Atracción y deseo. A equilibrarlo ayuda el mismo Botton en Cómo pensar más en el sexo, su libro en esta colección. “Esta obra es muy rentable”, bromea, “muchos se avergüenzan de que los vean comprarlo solo y adquieren varios”.

Segundo. Que dilapido mi tiempo en Internet y en redes sociales…, te voy a enseñar no a existir en el mundo digital, sino a prosperar con él. A saber usarlo y rechazarlo. “No importan los dispositivos usados, sino para qué los usamos”, escribe Tom Chatfield en Cómo prosperar en la era digital’. Opina que los conceptos “de excelencia, análisis critico y chispa creativa no quedarán arrumbados tan fácilmente” con Internet. Y pone de ejemplo de buen uso de las redes al caso de la ejecución del afroamericano Troy Davis en Georgia (EE UU) en septiembre pasado. “Se leían y seguían en Twitter las reflexiones del mundo como un solo ser”. La cultura de compartir ha crecido y crecerá. Por tanto, también pueden hacerlo los buenos valores.

Tercero. El periodista y escritor Flintoff, 44 años, alto, delgado, aires a lo Hugh Grant, es de conversación apasionada sobre cualquier tema y tiempo. “Se dice habitualmente que la Historia la construyeron grandes hombres y así se estudia, pero no, la hacen millones de personas al unísono”, comenta. Cual muro de Berlin. La intrahistoria, que diría Unamuno. Tenemos un papel que jugar cada uno, juguémoslo en vez de lamentarnos. De eso va su libro, de Cómo cambiar el mundo. Flintoff recomienda las citas a ciegas que organizan en la escuela para comer en restaurantes. “El menú indica el tema de conversación que hay que mantener en la mesa. Es muy divertido. Tienen gran éxito”, dice, sentado en el aula de la escuela, un sótano decorado con dibujos en rotulador negro.

“Esto no es un centro para ricos”, asegura. “Se trata precisamente de lo contrario, de cómo se pueden hacer muchas cosas sin dinero o mas allá de él”. Sabe de qué habla. No en vano un artículo suyo sobre la pobreza en Londres es un clásico del periodismo como arma de acción. Influyó en la política del Gobierno. “Fue mi aportación para la vida”, sonríe. Y considera The School of Life un puro circulo de amigos. Igual que Botton, quien rechaza toda similitud con los clubes cerrados, tan del gusto anglosajón. “Este es un lugar abierto, el sitio adonde ir si uno necesita ayuda”.

Cuarto ejemplo. Hablemos de dinero. ¿Tiene usted problemas con él? Responda. Y luego piense, ¿los tiene de verdad o son mas bien preocupaciones sobre él? Es distinto. Lo primero es externo. No depende de usted. Lo segundo, preocuparse o no, sí. Es interno. Y se puede controlar. Lo explica el australiano John Armstrong en Cómo preocuparse menos por el dinero. En él responde además a preguntas tipo “¿Es posible ganar dinero al satisfacer las necesidades mas altas de la humanidad?”. Pues sí, responde, desmitificando la idea de que la riqueza se acumula sólo por explotación. “El beneficio no es el enemigo”.

Quinto. Asuntos laborales. Turno del pensador Roman Krznaric en Cómo encontrar un trabajo satisfactorio que gusta de la charla y merece, como los demás autores, un artículo extenso sobre su persona y múltiples actividades. “No hay mayor tortura que trabajar en algo inútil y sin sentido”, decía Dostojevski. “Admiramos las carreras de otros, pero ¿que hacemos para mejorar la nuestra?, ¿Nos arriesgamos a cambiar, tenemos la profesión adecuada…?”. El habla de cómo cambiar bien de profesión. “En lugar de planificar exhaustivamente antes de pasar a la acción, actuar primero y reflexionar después”. Ejemplos: Mary Wollstonecraft, pionera del feminismo, en 1787 dejo su empleo como institutriz para ser escritora, cuando casi ninguna mujer era autora profesional. “No temer al cambio”, propone este experto que ha tenido mil oficios y se vuelca ahora en el estudio de la empatía como llave del cambio social. O inventar un trabajo propio (como la señora que da clases de español en Asia desde Latinoamérica a través de Skype) u optar por una vida más simple. “Decía Picasso que el arte es la eliminación de lo innecesario”.

Y sexto ejemplo. Philippa Perry considera su participación en la maratón de Londres un hito en su carrera contra sí misma… “Yo era incapaz de trotar de aquí a la esquina”, asegura esta mujer de gran envergadura, 54 años, que viste chaleco de lana verde, pantalones amarillos, y gafas coloridas, tan enormes, que imponen. Ahora que la ciudad luce olímpica, ella narra orgullosa su hazaña. Un gran reto. Sobre todo mental. En su libro, titulado Cómo estar mentalmente equilibrado, lo menciona a menudo.
Perry ha hecho gran labor sintetizando su sabiduría y la de la psicología en formato mini. Tanto, que uno acaba rendido ante la descripción de nuestra mente y practicando todos los ejercicios sugeridos. “A efectos de conducta los trastornos de la personalidad se agrupan en dos: los que se han perdido en el caos y cuyas vidas discurren de crisis en crisis, y los que han entrado en una rutina y actúan según una serie de reacciones limitadas, preestablecidas y rígidas”. Su libro trata de cómo no perderse. “Si reformamos nuestra mente seremos capaces de reformar nuestro modo de vivir…”. Nuestra alma es un carro tirado por dos caballos, que decía Platón.
La introspección es de gran valor para alcanzar la serenidad. “Gracias a ella podemos y averiguar qué cosas nos producen estrés del bueno y cómo, cuando éste supera ciertos limites, se convierte en dañino”. Y sobre todo, insiste ella en algo que todos los autores de esta escuela repiten: para crecer hay que romper la linea de confort a cada rato. No dejar que la pereza nos convierta en seres muertos antes de tiempo. “Si no perseveras en probar tus límites, tu zona de confort se encogerá y encogerá”. Hasta la disolución.

De superar esa línea sabe mucho Alain de Botton. Tanto éxito tiene The School of Life que piensa en abrir franquicias, una red global de escuelas de la vida. “Al fin y al cabo, hoy día no hay tantas alternativas de consuelo… O eres profundamente religioso o estas embebido por el consumismo”, dice. Lo demás es vacío. “La gente que cree en Dios es mas feliz”, concluye. “No estoy en contra de las religiones, tengo muchos amigos creyentes; pero me interesa lo que hay tras ellas”, afirma. Su propuesta, otro libro provocador: Religión para ateos.

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