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Lola Huete Machado

Memoria de la resistencia francesa


Tereska Torrès, resistencia francesa. Así se tituló la necrológica que escribí en septiembre pasado en el diario EL PAÍS sobre la muerte de esta escritora y realizadora que luchó en la II Guerra Mundial junto a De Gaulle y publicó un libro, que se convirtió en superventas, narrando su experiencia en el conflicto. La visité en su casa de París el año pasado al hilo de la publicación de su libro Mujeres de uniforme, en la editorial Demipage, para un reportaje en El País Semanal, Erotismo en el Ejército de Liberación. Fue todo un placer y una experiencia. Siento su pérdida. Aquí va el texto completo.

“Ver su nombre en la lista de la sección Carnet du jour de Le Figaro , allí donde se anuncian muertes, recordatorios y otros asuntos casi siempre de ida pero sin vuelta, causa tristeza y desasosiego. Tristeza porque Tereska Torrès (París, 1920), escritora francesa, no abrirá nunca más la puerta del atelier número 13 del llamado Le Jardin Fleurie, ese estudio de herencia familiar (su padre fue el escultor Marek Szwarc), donde residieron un día artistas como Gauguin o Modigliani. Un lugar rescatado de la Exposición Universal de 1878 que era, como ella misma, huella de un tiempo ya diluido. Tereska, fallecida el pasado día 20 de septiembre, fue evacuada a Londres durante la ocupación alemana de su país durante la II Guerra Mundial, fue miembro, con apenas 18 años, del Ejército de Liberación francés y resistió junto a De Gaulle y otras 400 voluntarias bajo las bombas fascistas en la capital británica.
Contó su experiencia en ese ejército de asistencia femenino en una novela que le dio fama, Women’s barracks (Mujeres de uniforme), y gran disgusto. Se convirtió en superventas en EE UU a su pesar, al ingresar en la categoría de “literatura feminista y erótica” (alabada por unos, repudiada por ser “perniciosa para la moral” por otros).

Hablaba de su experiencia en los cuarteles de Hill Street, de cómo esa etapa representó su paso a la edad adulta, de espías y amantes y de relaciones lésbicas entre algunas de sus compañeras. Al estadounidense medio y reprimido de posguerra le encantó este último detalle. Cuatro millones de ejemplares vendió. Tereska repudió la novela casi hasta el final de su vida. Casi. Porque luego entendió que todo había sido beneficio; su éxito le permitió escribir otros 14 libros de temática distinta (los judíos falashas, la Polonia de posguerra, la conversión de sus padres, judíos, al catolicismo…) y dedicarse hasta a tareas audiovisuales (como el documental Los ilegales). El año pasado, la pequeña pero jugosa editorial española Demipage la editó, actualizada, en castellano. Y por tal motivo fuimos a entrevistarla para El País Semanal .
Contemplarla la primera vL1010663ez en el dintel de la puerta del citado estudio fue como amerizar en un París secreto: trazos de arquitectura nórdica en la fachada; mucha madera, muchas obras de arte y fotografías en las paredes y demasiada escalera para una mujer de 92 años, menuda en lo físico y poderosa en el gesto, que nos hizo entrar con determinación, sentarnos en el sofá y escuchar los avatares de su vida intensa. Sin escape. Tenía mal genio. Un relato contado muchas veces, pero que ella aún disfrutaba, pues lo recordaba y narraba con maestría: un siglo de espasmos y guerras y cambios y personajes variopintos pasando ante nuestros ojos a través de ese calidoscopio que suelen ser las personas de edad.

Desasosiego porque ahora con su muerte se esfuma una valiosa fuente de memoria.

Pero ella, aún agilísima, resistente, no solo miraba atrás sino que proyectaba actividades futuras y pensaba que iba a vivir 20 años más, al menos. Mostraba los álbumes de fotos y recordaba cada nombre y detalle de sus amigas de guerra (“esta está aquí, esta otra allá…”), de sus padres; de sus dos maridos (el primero, George Torrès, caído en combate, recién casados, enamorados; una gran pérdida hasta que se unió luego con el corresponsal Meyer Levin, que murió en 1980), de sus tres hijos (Dominique, Mikael, Gabriel: una realizadora de televisión, un poeta, un fotógrafo)… “Todos también artistas”, decía orgullosa. No había perdido afectos ni cabeza, sabía del estado del mundo actual. Lo criticaba.

Y como sucede en muchas personas, las manos de Tereska eran su firma. Arrugadas y transparentes como su rostro, las movía sin parar, orientaban. Y hablaban de la viveza aún del cuerpo en esa etapa ya en que los años pasan factura y los huesos y la artrosis se acercan a tu casa y tu cama y hasta se sientan contigo en el sofá para recordarte que debes pagar por el largo tiempo recorrido. Y Tereska Torrès había experimentado mucho y sido feliz. Lo sabía. Estaba agradecida por ello”.

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