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Lola Huete Machado

Las vidas que vivimos (1)


Las vidas que vivimos (1)

Petra tiene casi sesenta años y cada sábado baja al mercado cabizbaja y silenciosa. Nos habíamos cruzado así, mudas, muchas veces. Pero la última vez que la vi, me habló por vez primera. Fue junto al puesto de sandías. Y lo hizo a borbotones para decirme que todo, últimamente, remite a caminos de vuelta, a retornos, a vías hacia atrás y que esto podría ser natural, bien normal, si no fuera porque tal moda invita a los más jóvenes a mirar al pasado cuando es hacia adelante adonde deberían enfocar sus ojos. Lo ya vivido se lleva; todo lo vintage se recupera y se vende; se canta La chica de ayer (ella se la sabe, asegura) y otras músicas de antaño; se programan documentales sobre casas, oficinas, bancos, empresas abandonadas llenas de muebles, objetos, cuadros, papeles repletos de nostalgia que remiten a lo que su generación y la de sus padres o abuelos construyó un día… Recordar, recordar, recordar.  A ella la mata la melancolía. Y eso está bien para su edad, pero no para otras. Eso decía.

Es cómo si volver atrás fuera una opción para escapar del presente, para no pensar, obviarlo, atenuar todo lo que está sucediendo, que, aseguraba ella, al fin y al cabo es prácticamente lo que han vivido siempre “nuestros ancestros”: crisis, inseguridad, necesidades, retos, problemas políticos de época, guerras… “Eso suele ser una vida. Pero ya se nos ha olvidado hasta a los mayores. Y no hemos sabido transmitir a nuestros hijos que esto no es sólo un supermercado llenos de televisiones de plasma, agencias de viajes de ensueño o tardes tumbados al sol”. Petra lo comentaba mientras sopesaba las sandías en uno de esos puestos ambulantes de fruta que recorren los pueblos de media España en un quita y pon incansable.

Casi 35 grados debía hacer ya ese mediodía de un julio insoportable. Pero ella no hablaba del estado del clima. Yo la miraba mientras los tenderos cantaban con ánimo los productos, entre puestos de ropa sintética y trapos, mucho plástico, mucho baratillo entre el que hurgar en busca de sorpresas… Una mujer del siglo pasado, con algunos kilos de más, hijos veinteañeros sin trabajo, marido muerto en la prehistoria (eso afirmaba, riendo). Y me contó que le duelen terriblemente las piernas desde que no tiene trabajo. Que el vértigo le anidó en ellas y nunca desde entonces, hace más de tres años, lo ha podido espantar. Sólo eso tiene, decía, el cuerpo arrastras, y nada de expectativas, ni planes; nada que pueda mitigar su angustia. Sonreía al recordar que fue secretaria. “De las buenas”. Pero estuvo en el lugar equivocado en el momento más inoportuno. De todas las y los sacrificables cuando llegó el recorte empresarial, la más fácil resultó ser ella. Sin apoyo ni amortiguación en la caída.
“Mirar al pasado”, repetía, mientras se sacaba del bolsillo del vestido ancho las monedas. “¿Tendré que hacerlo yo también y reconstruirme? ¿Revolver en todo lo que he sido, sacar los objetos de casa, venderlos para alimentarnos?”, me preguntaba. La tendera le pesó una sandia de cuatro kilos y le cobró tres sin mediar palabra. No había nadie más en el puesto. “Ya no viene apenas gente, y eso que el mercado estaba en ampliación, con planes para hacerlo más moderno en cuanto la gente ocupara todas las promociones de casas nuevas en la entrada del pueblo”. Como nichos de cementerios, le parecían a Petra que habían quedado. Tumbas de ilusión.

Un pueblo industrial y moribundo. “Nadie compra ni vende. Así no será posible mover esto ni un milímetro”. Ni en los grandes centros comerciales corre un duro, matiza la vendedora. Y Petra: “¿Lo has visto? Están saturados de prendas y paseantes, parecen museos multimarca, las mujeres se prueban la ropa sin pausa… y nunca se la llevan. Sólo sueñan”.
Es verdad que antaño era un exceso, asegura. “¿Por qué comprábamos tanto?”, le pregunté yo.
“No sé, pero tenemos las casas repletas de objetos. Miles de piezas que no son imprescindibles para la supervivencia”. Qué lo es o no depende de la visión personal, claro está. Con asuntos de consumo sucede como con el dolor, hay que tener en cuenta el umbral de cada uno. Nos reímos. “Sí, hubo ansia también, ansia por querer poseerlo todo. Quizá porque en la época de nuestros padres escaseaban las cosas más básicas y no te digo los lujos; acuérdate de la ropa de los años setenta y ochenta, no podía ser más fea y más precaria; nos pusimos todos a adquirir esto y lo otro como locos…Queríamos parecer otros”.
Petra aseguraba saber ahora a ciencia cierta que no es ahí donde están la felicidad o el futuro, ni siquiera la dignidad debida. “Creímos ser al tener mucho. Y yo ahora creo que sólo soy persona si los demás disfrutan también de lo necesario para una vida digna. Ese es y debería ser el objetivo más preciado: que uno pueda envejecer tranquilo sabiendo que será cuidado por la comunidad, del modo en que sea, a través de su pensión, de los medios de la familia, de la ayuda del Estado… lo que quiera que sea y que cada uno invente o pueda inventar. Para eso se tiene una patria y se elige un domicilio fiscal o un lugar donde habitar. Un país debe garantizar la existencia de sus ciudadanos, ¿para qué si no existen los Estados?”.
Muda quedé mientras ella pagaba la fruta.
“Estará estupenda”, dijo guardando la sandía con dificultad en una bolsa de tela, enorme. Y se marchó arrastrando sus chanclas doloridas por la acera a por patatas a otro puesto. Se giró: “Allí están más baratas. Incluso estoy pensando plantarlas… Quiero decir, regresar al pueblo de mis padres y cultivarlas… como antaño. Ya que todo remite al pasado, volvamos al campo y sembremos. Al menos, ver algo crecer crea cierta esperanza”.
Fue la ultima vez que la vi.
Ayer, que volví al mercado, la eché de menos.
Nunca ya regresará. Eso es lo único irremediable. Y cierto.

One comment on “Las vidas que vivimos (1)

  1. Alicia dice:

    Muy bueno. Gracias, Lola

    Me gusta

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