search instagram arrow-down
Lola Huete Machado

Las vidas que vivimos (2)


Arriba, abajo

La señora de abajo, Frau Müller, ha subido hecha una hidra y tocado el timbre insistentemente porque tiene, dice, una gotera en el techo del baño. “Y se hace cada vez más y más grande. Tengo miedo de que un día se caiga la mancha sobre mi”, comenta. “Que me aplaste”. La señora Müller está claramente enfadada. Mueve mucho las manos gastadas intentando abarcar el tamaño de la marca de agua, así, así, así… Debe tener mas de cincuenta años, viste un jersey agujereado, luce muchas arrugas, piel empobrecida.

Yo, en pijama, en la puerta, me limpio las legañas… “¿Bajo a verla?”, me ofrezco, sin acabar de entender el tempo elegido por el agua del baño para aparecer justo ahora que no hay grifo alguno abierto. “Y así aviso a la Hausverwaltung para que vengan a arreglarla de inmediato”.

Pero ella se niega. No, no, no quiere. Se cuadra, cerrándome el paso en el rellano, ante mi gesto dispuesta a descender. No deja hablar. Gesticula sin pausa. Y se va sin más escalera abajo mientras yo, despeinada, impresentable, tiritando, la observo. Son las seis de la mañana de un invierno berlinés. Un niño lloriquea en alguna de las casas vecinas. Se oye una radio con música melódica alemana estilo meineLiebe, meineLiebe… Huele a café. Fuera reina una niebla pegajosa; apenas un rayo de la tradicional luz grisacea del norte asoma ya.

  • “Parece una mujer infeliz”, había dicho de ella mi hijo adolescente un día de verano cuando nos la cruzamos por el patio repleto de bicicletas, contenedores de basuras y plantas. Entonces hablaba sola. Entonces iba vestida de colores. Muchos colores en todas partes. Cuerpo y cara. Esa fue la primera vez que la miré. Pero no la vi, en realidad.

Vuelvo a la cama. Pero Frau Müller ya se ha vuelto presencia. La he visto (y no sólo mirado) e incorporado a mí. La siento allí debajo. La oigo casi respirar.

Me asomo por la ventana de la cocina hacia el patio. Inclinándome un poco abarco el interior de su casa. Apenas un trozo de habitación entre cortinas ennegrecidas. Todo está desordenado, objetos amontonados en una montaña que tapa parte del cristal, plantas moribundas, macetas vacías…

Nueve años llevo yendo y viniendo en esta casa y nunca antes me había fijado. Nueve.

Le pregunto luego a Frau Kriener, una persona mayor y fundamental en el edificio. Lo sabe todo aquí. Son amigas. Dice que está enferma. Tiene para alimentarse pero es pobre. Esa otra pobreza. Dice que a veces es agresiva. ¿Puede ser peligrosa? Bueno… No hay que hacerle mucho caso. Se encierra días y días en la casa. A nadie le importa. “A veces tiene algún amigo, pero nada, creo que ahora bebe más”. No se le conoce familia en la casa. ¿A qué se dedica, qué hace? Nada. Nada.

Desde ese día la siento allí debajo. La oigo casi respirar.

Imagino como escucha, mide, rastrea, construye a través de nuestros pasos y ruidos lo que hacemos, hacia dónde nos movemos, cómo nos queremos, discutimos, cuánto nos amamos en nuestra habitación sobre la suya… La imagino sentada en un sillón mirando hacia el techo. Quizá la molestemos. Pero quizá, también, se quede allí cada día a la espera. Deseando oír nuestros pasos en los escalones, que se abra la puerta de nuestro apartamento, que entremos, deshagamos las maletas, pongamos la música, abramos las ventanas, comentemos sobre Berlín (¡ay, que gusto otra vez aquí, otra vez en casa…!), que estemos simplemente arriba para sentirse acompañada abajo.

Pero no venimos mucho.

Frau Müller vive hace tiempo en la casa. Quizá treinta años. Si los planes de modernización (modernisierung, renovierung) de edificios que inundan Berlín van adelante, quizá ella no pueda pagar cuando la inmobiliaria pase factura. Y entonces deberá mudarse hacia el extrarradio, una más en esa bolsa que se está creando alrededor de la metrópoli de moda. Así la inmobiliaria podrá alquilar su casa a turistas y ganar diez veces más.

“Es una mujer sola”, me dijo Frau Kriener. Sola y miembro de un grupo numeroso, pues así viven gran parte de los habitantes de esta ciudad, la primera de Europa en hogares de una persona. Muchos por elección (solteros), otros por obligación (en general, mayores). A estos últimos, si te fijas, se les ve merodear por las calles, los parques, las tiendas, entretejidos entre los grupos de gente cool, jasp, guapos, activos, felices, familias de turistas o incluso de inmigrantes bien abrigados por los suyos que pueblan esta ciudad multiactiva… Especialmente mujeres que se han quedado rezagadas, perdidas con los cambios vertiginosos de los últimos tiempos. Solas en este Berlín camaleónico que tuvo y tiene aún dos lados de varios muros: este/oeste, posguerra, poscomunismo, turista/autóctono, pobre/rico, arriba/abajo

Tras la experiencia del nazismo, la guerra, tras la posguerra, Berlín se ocupaba con dedicación de todos aquellos que habían sufrido la dureza de su historia. Era ciudad herida en sí misma, por tanto, atenta y compasiva con sus habitantes. Austera, nada ostentosa. Eso era parte de su encanto. Nunca será una ciudad cualquiera, no. Pero empieza a venderse ya al mejor postor y a mostrar solo una cara (la rica) y a rechazar todo aquello que no vaya al ritmo del ataque de mordenisierung que la domina.

One comment on “Las vidas que vivimos (2)

  1. soniamackay dice:

    Lola, precioso relato, y una pena no solo por Berlin, por Madrid, Barcelona… y muchas ciudades que dicen ser “modernas”

    Me gusta

Responder
Your email address will not be published. Required fields are marked *

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s