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La reina de las piscinas


publicada en 1945 en 'Yank, the Army Weekly'

Esther Williams, esa señora californiana que fue campeona de natación primero y bomba acuática de Hollywood después, cumple hoy, 8 de agosto de 2011, sus 90 años. Y ahí sigue, dicen, bañándose desnuda cada mañana de cada día en su piscina de Beverly Hills. Religiosamente. Mujer o pez. Nunca se supo. Pero ella, preciosa heroína, un poco tarzana y cursi a veces por exigencias del guión, convirtió todo escenario acuático en los años cincuenta en una pura alfombra roja antes siquiera de que ésta tomara vuelo en la ceremonia de los Oscar. La estrella de la MGM iba siempre bien peinada, bien vestida, bien maqueada, con su eterna sonrisa puesta, encantadora… Perfecta fuera y dentro del agua. Modelo de atleta y de mujer decente y hermosa de su tiempo, las piscinas y las playas se convirtieron de su mano y su estilo deportivo en pasarela de tutús, diademas de brillantes, pañuelos al cuello y al viento, y trajes de baño a veces más (o menos) ajustados y brillantes de lo esperado. Ahí estaba el juego. Y la moda. Por no hablar de los movimientos, la coreografía, las músicas, la sincronización… Un verdadero trabajo en equipo era cada producción. La natación sincronizada de hoy le debe mucho, tiene en ella el alma (de hecho fue madrina). Y ya fuera subida a un patinete y ejecutando giros y quiebros con su equipo de marineritos/as detrás (ojo a los modelos que lucen, ver vídeo debajo) o con su cuerpo serrano subiendo y bajando, bordando las acrobacias en el agua… la Williams lo valía. Dejaba con la boca abierta. Merecía convertirse en lo que fue: la sirena de América, la sirena del millón de dólares. Así, tal cual, tituló su autobiografía al final de los noventa, donde contó secretos de los grandes estudios (rodó 20 películas entre 1942-52, luego el boom del musical acuático declinó) y habló de sí, de su vida (se casó cuatro veces), su marca de ropa, sus amigos, sus depresiones y otros asuntos privados tan de sube y baja como sus inmersiones cinematográficas. Icono y referencia, en algunos de los vídeos repartidos a lo largo y ancho de Youtube, por ejemplo, se la ve actuando, en todo su esplendor; otros, ya con edad avanzada, dando clases de aerobic acuático a alumnos de toda edad y condición (ahora tiene ya muchos problemas de movilidad), en decenas de homenajes con músicas de época o no y hasta coloreadas. Esther Williams hipnotizaba. Como lo hacían esas espectaculares puestas en escena que recuerdo bien porque en la programación televisiva de las tardes de sábado franquista se repusieron mucho: yo (y todos), extasiada ante la pantalla. No era posible tanta lentejuela y tanta agua; tanto y tan apetecible: baile, fondos acuáticos (o eso creíamos), barcos, olas, vestidos brillantes adheridos a cuerpos cuasidesnudos, paisajes exóticos, canciones que se hacían líquidas… Sentías hasta la brisa del mar y el movimiento al deslizarse el patín o las gotas de agua sobre la piel, juraría… Así quedó, al menos, grabado en mi memoria. Williams triunfó a lo grande. Y convirtió su afición, su deporte, su vida, en un género y un clásico. Ojalá que la mujer-pez disfrute aún y bien de muchos días en remojo.

Vídeos. Uno de los más hermosos homenajes es el creado por Gesine22000 con la canción Breathe del increible Matthew Herbert (al que conocí en Berlín cuando colaboraba allí con la coreógrafa Blanca Li, quien bien mirado tiene algún detalle Williams en sus coreografías, ya volveremos sobre esto). 

El otro es el puro delirio del filme Easy to love.

Otro Goldberg


Hay un grito de júbilo final que más que festejar el éxito parece decir “al fin, al fin, al fin hemos terminado”. Por el tiempo empleado, horas y horas de ensayo y error. Complicado que todo cuadre al milímetro. Un fallo y vuelta a empezar. He aquí otra máquina mágica.  Dedicada a la fotografía misma. Realizado esta vez, a mayor gloria del maestro, el caricaturista e ingeniero Rube Goldberg, por los canadienses David Dvir y Kevin Luc en su propio estudio, una nave inmensa que se transformó por completo y a lo grande para la ocasión. ¿Cómo tomas tú tus fotografías? Ellos lo hacen de este modo.

Paisajismo


A veces, como hoy, los días se quedan quietos como piedras. A veces debes permanecer quieto donde quiera que estés. A veces es necesario detenerse y mirar la vida a través de los ojos de otros, porque la propia se aletarga, no da aparentemente para mucho más. Uno se puede imaginar que tiene otro cuerpo, vive otras situaciones, visita otros lugares, cambia de escenario y de paisajes. ¿No sería fantástico poder elegir y mutar así de aspecto y de lugar?

Trim lo ha conseguido gracias a su pelo y a la mano de un tipo de Wisconsin llamado PeteyBoy. Ideal para insatisfechos quizá. También para presumidos, puedes estar horas ante el espejo, eficaz para modificar la apariencia un instante.

Más duradero, costoso y movido y real ha sido el trabajo del realizador australiano Rick Mereki y Tim White (encargado del sonido) embarcados junto al actor Andrew Lees durante 44 días, 11 países, 18 vuelos… Hasta un volcán en explosión vivieron con sus dos cámaras a cuestas… “Move, eat, learn”, lo llama. Movimiento, comida, aprendizaje. Tres vídeos. Tres conceptos. Una manera de mostrar las riquezas del mundo sin dar ni un paso. Comida, viaje y nuevas experiencias con música de Kelsey James.

Símbolos


¿Podría calzarme así para pasear teatralmente por Mérida?
¿Podré salir así por Madrid a recibir religiosamente al Papa en su próxima visita?
¿Podríamos dejar a los que crean que creen en paz?
¿No sería divino?

La modelo Anna de Rijk fotografiada por Txema Yeste en There Somewhere para Harper’s Bazaar 2011.

Migraciones


“Su equipo ha sido MIGRADO. Tiene que avisar al número X indicando la referencia MIGRACIÓN y el nombre de su equipo (ver pegatina en el frontal) para hacerle las configuraciones adecuadas”.  Esta frase aparece pegada en las pantallas de los ordenadores del lugar por el que paso. Las miro y miro, a continuación, en el periódico las noticias del día, de la semana… Las leo y pienso en el doble significado de las palabras (para el Norte y el Sur; para ricos y pobres…), en esos muertos migrados para siempre, asfixiados en un barco camino de hermosas islas del Mediterráneo, como Lampedusa y similares. 

El mensaje para ellos colocado en pegatinas en las puertas de sus casas de Senegal, de Malí, de Somalia o Libia, por ejemplo… quedaría escrito de este modo:  “Su cuerpo ha sido MIGRADO. Tiene que avisar al número X indicando la referencia MIGRACIÓN y el nombre de su cuerpo (ver pegatina en el frontal: indique Abdulaye, Ali, Mamadou, Ahmed…) para hacerle las configuraciones adecuadas”. ¿Lo imaginan? En mi cuento, estas palabras mágicas resetean la máquina. Y vuelven a la vida.

Fotografía de Alberto Monteiro, de alt.blog.

Texturas


Están por todas partes, pero apenas lo notamos. Yo las he apreciado hoy en dos ocasiones. La primera, en un centro comercial. La segunda, al repasar las fotos del Neues Museum de Berlín que abrió sus puertas rehecho por la mano mágica del arquitecto británico David Chipperfield hace ya casi dos años. En el primer sitio toqué el césped artificial, las alfombras de polipropileno, los laminados de suelo imitando madera, los muebles de cocina que ya se olvidaron de los árboles hace tiempo y ahora se fabrican de PVC, las baldosas de suelo que lo ignoran todo ya de la piedra y la arena. Y mis dedos no se reconocieron en ellas. El tacto de las fibras naturales ha desaparecido de la vida cotidiana.

Me gustó una toalla. “De algodón”, me dije convencida. La sección comercializa productos de India. La ruta de la seda. La del algodón. Sí, parece y debería ser. Lo toqué una y otra vez. Buscaba esas texturas de los tejidos que recorres con la punta de los dedos en los mercados de Asia o África o América Latina. O recorrías. Porque se extinguen, apenas se encuentran o están ya muy contaminados. Yo era experta: el roce del lino, el algodón, la lana, el cáñamo, la seda… Un placer. Ahora nunca se sabe. La industria china se ha hecho hasta con el mercado de las antiguedades. “Imitaciones perfectas de casi todo”, me confesaba un día uno de los comerciantes del Flohmarkt de la Avenida 17 de Junio, en Berlín. Busco la etiqueta de la toalla deseada: nada de nada, ni gota de fibra natural. Todo artificio. Simulación perfecta. Todo ya es sólo eso: derivados del plástico, productos plastificados, sintéticos, vinílicos… que confunden uno de nuestros sentidos más gratos: el tacto. Y hasta invaden y aturullan el del olfato. El olor de un comercio ya dice mucho. Se detecta a kilómetros (yo al menos). Cada día abren más megastores chinos y muy chinos (que me perdonen, la mayoría de producción sin control y con ingredientes secretos no permitidos en la Unión Europea). Pones un pie dentro y se diría que los ftalatos (por citar un componente de los muchos) te engullen, entran en tí. El olor de cabeza (el mío) es automático. Un día observé a las dependientas de uno cercano, inmenso. Tenían aspecto enfermizo. Debemos de estar contaminados de pies a cabeza; las sustancias plásticas fluyendo por nuestras venas… El reino sintético.

Cuando regresé al Neues Museum pensaba justo lo contrario. La naturaleza de los materiales. Pensaba en la riqueza de sus múltiples texturas, en como se ha reconstruido sin destruir. Rocé al pasar las paredes, las columnas, las maderas, los mosaicos, el mármol, el acero, la piedra…. Conjugados como en una coreografía. Esta fotografía muestra la sala de la cúpula Sur: la piedra, el ladrillo, la luz desde lo alto sobre la obra clásica… Todo el edificio es un placer para los sentidos. Todos. Dentro cobija varias colecciones, la egipcia, la de Prehistoria, parte de la de antigüedades clásicas y grandes joyas (Nefertiti, la más famosa). Pero la mayor, sin duda, es el espacio en sí mismo. De hecho, a veces se come la colección de un bocado. Nadie parece atender demasiado a las vitrinas teniendo delante ese festín de materiales, morteros, tintes vivos…; de frisos, estucos, pinturas, cristaleras, cúpulas… ¿Bastará este paseo virtual para creerme? Nunca. Mejor, verlo, olerlo, tocarlo, sentirlo.

Reflexiones


Hoy no reflexiono. No puedo. Está nublado, con calima extrema y el mar bien turbio. Estados Unidos se hunde. Y con él todos nosotros (que ya tocábamos fondo). Así que no me da el cuerpo para nada que no sea esquivar una a una las flechas poco amorosas de la depresión. Soy una diana perfecta, buena presa. Sólo veo juego sucio fuera, juego sucio dentro. A río revuelto…. Pero no. Hoy no reflexiono. No puedo. Lo voy a dejar para más tarde y para otros más dispuestos. Yo transporto hasta aquí este material, como pescado fresco en lonja, y me repliego. Me voy a poner rápido a cubierto del fuego cruzado y del mundo. Me tumbaré en la hamaca, me colocaré el sombrero de paja sobre el rostro para contemplar así la hermosa variación de la luz exterior a través del entramado; me dejaré invadir por el sopor y dormiré la mona crítica economicofinanciera sin haber probado ni gota… Estados Unidos, ¡Ay, el Imperio! He aquí dos variaciones, realizadas con ganas y humor (basadas en los mapas que publica la sección de cartografía de la Universidad de Alabama) sobre el estado de sus Estados. El mapa de las cosas estupendas  de las que puede presumir cada uno. Y el mapa de la vergüenza. ¿Cómo serían uno y otro si se tratara de España? Mejor me aletargo.

30 días de vacaciones y 1 de descanso


Estiramientos

Me voy a ir estirando un poco, preparándome ya para atravesar la tierra media estival. Para mí las vacaciones empiezan hoy. Adiós niños, adiós marido amante (ocupado durante un mes en asuntos mucho más espirituales), adiós obligaciones caseras… Por no venir no vendrá ni la señora de la limpieza a molestar: ha dicho adiós asegurando, bien fina, que ella con este calor no friega ni rápido ni como hay que fregar, porque la siesta obliga, lo cual me parece, según se mire, justo pero incompatible con mi objetivo: el control de la pelusa hogareña habitual… En fin, al fin podré trabajar de lo lindo con el ordenador sin interrupción y sin que me lo manguen mis criaturas; quedarme dormida sobre un libro (*) indefinidamente; desvelarme hasta la madrugada con las series de la Fox (sí, esa cadena). Al fin podré no comer nada o mucho, pero cuando, donde y lo que me plazca; salir de compras o no sin más explicaciones (las rebajas con la crisis dan mucho que pensar: están todos que lo tiran… y yo me pregunto: ‘Si todo se liquida ahora a cinco o diez euros, ¿cuanto no ganan de más en temporada?’ ); quedar en las terrazas a cenar o lo que caiga con amigas/os que no veo hace cien años porque tanto roce sobra; disfrutar de una ciudad cuasidesierta, sin coches, sin atascos, sin estrés…. Por Dios, pero ¿por qué se va la gente en masa de vacaciones en agosto para hacinarse de nuevo en algún lugar playero insoportable y, por tanto, caro, insostenible y fantasmal fuera de temporada? No importa. Sigan ustedes, sigan, que, mientras, otros y yo nos apropiamos de la ciudad, de los cines y teatros, las mesas a elegir en los restaurantes y hasta el lugar de siempre en la piscina (si es que te da la jornada, que va a ser que no).

Yo ya hoy empiezo temporada. De agosto 2011 a julio 2012. Y tengo planes. Siempre nuevos: 1. adelgazar diez kilos y salvar el mundo. 2. adelgazar cinco kilos y salvar a los más cercanos. 3. adelgazar sólo dos pero algo y salvarme a mí misma. Me conformo con conseguir esto último. Hoy el instalador de las persianas (de 30 años como mucho; un viejo conocido) que ha venido a casa me ha confesado que pesa 101 kilogramos “para ser exactos”. Y cuando se ha colado por el hueco de la ventana pequeña del baño he tenido un pálpito. “Se va a quedar encajado” me he dicho. Y he construido veloz la escenografía: habrá que tirar de sus brazos con fuerza desde el infinito y más allá, para nada, o hacerle bajar de ahí con cuerda y rapelando, o pedir socorro al vecindario, o llamar a la ambulancia cuando lo peor haya sucedido…  “Adiós, tejado mío“. Pero no, él ha sido profesional y ágil. Ha salido igual que ha entrado, con el mono de operario impoluto. Tal visión, sin embargo, ha bastado para contemplarme a mí misma en un futuro no lejano…. Así que me voy de estiramientos ya mismo. Y doy paso así a este día primero de mi Nueva Era.

(*) Recomiendo dos. Uno de un mundo lamentablemente muy real y otro, también, pero viajero, con mucho recorrido y detalle pare el disfrute y la imaginación: El estado de los derechos humanos en el mundo de Amnistía Internacional, que te deja literalmente sin habla, y Hacia la cuna del mundo (Ediciones KRK), una obra inédita en España de Guido Gozzano, un italiano de final del siglo XIX que anduvo permanentemente enfermo. Esta es una narración fascinante de su último viaje por Asia antes de morir de tuberculosis. Fue publicada originalmente en 1917, mientras Europa se consumía por la primera guerra del siglo XX.

Fotografía: desconozco autor (lástima, es estupenda). Vía enrapture