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En el festival de cortos


El pasado 15 de noviembre tuve el honor de escribir el guión y dirigir la gala de clausura de un festival de cortos (Alcine 43, en el Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares) que sigo muy de cerca desde la adolescencia (y entonces significó mucho para mí, me enseñó muchos mundos).  En la tarea me acompañó mi colega Natalia Marcos, experta en redes y bloguera del Quinta Temporada. Y decidimos invitar a un buen puñado de verdaderas personalidades para la entrega de los casi treinta premios. El montaje y escenografía fue tarea de Armando Benito; Suso 33 nos dibujó su mundo en directo; Sergio Rojas Korazón Crudo lo rapeó con la pasión que le caracteriza y Dj Kaution le colocó a todo la música adecuada mientras por el escenario deambulaban a sus anchas la actriz Leticia Dolera, el periodista Jesús Ruiz Mantilla, la realizadora Chus Gutiérrez, la actriz Ana Rujas, el bloguero y hombre orquesta David Navarro, la periodista y portera de día Luz Sánchez Mellado, el cómico Ignatius Farray…. Todos dando buenas noticias.  Me divertí como nunca. Y le agradezco al director del festival, Luis M. González, el detalle de acordarse de mí.

Le doy las gracias también al autor de este vídeo, Pedro Enrique, con las fotos de Pilar Navío, porque… yo no vi nada de nada. Lo viví entre bambalinas y atacada. Debo confesarlo ya: en la prueba general de las siete de la tarde nada funcionó, nada salió como debía… Pero luego, a las ocho, en el momento justo, gran parte se recolocó y fluyó… Y fue mágico.

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El Premio Comunidad de Madrid de Alcine2013 fue para “Pulse” de Álvaro Giménez Sarmiento. “Sé villana. La Sevilla del diablo” y “Rogalik”, primer premio en el Certamen Nacional y en el Europeo, respectivamente. Cuatro cintas resultaron galardonadas doblemente: “Sé villana…”‘, “Pulse”, “Canis” y “Theboywhoneverwent ice skating”.  

 

Tocados y… ¿hundidos?


Flotando en el aire de Viena


Gracias a Werner Boote, muchos habitantes de Viena han tenido un inicio de año bien distinto: flotando en el aire al ritmo de la música lo empezaron. Gracias a él y a su película: ese retrato de Viena, sus rincones y gentes, con mucho aire y mucha música, que se emitió durante la pausa del tradicional Concierto de Año Nuevo interpretado por la Filarmónica de y desde tal ciudad. Y esto es sorprendente, teniendo en cuenta que a este realizador le va más el lirismo digamos crítico. Basta decir que filmó el documental Plastic Planet, impactante para mí y para todo el que lo ve. Aún no ha sido estrenado en España para desgracias de los consumidores todos. Una vez visto, tu relación con ese material llamado plástico no volverá a ser ya nunca más la misma. En El País Semanal hicimos un reportaje al respecto: Plastificados. que daba mucho que pensar. Boote afirma que la idea de la gente flotando en el aire y movidos por el espíritu de la música la tuvo por culpa del pintor René Magritte que imaginó el mundo de este modo en su cuadro titulado Golconde. Ojalá fuera cierto.

El discurso final


Carretera y… tabla


A todos los locos de los viajes y los deportes les pasará. Apetecible. Esta es la palabra mínima. O quizá sea nostalgia: “como para no echar de menos cualquier tiempo aventurero”, se dirán. Tiempo y carretera por delante… Un sueño. Y una oportunidad. Estas siete chicas cogieron sus tablas, una furgoneta roja, 15 días, 4300 kilómetros… El director Juan Rayos grabó e invirtió meses de trabajo posterior para editar lo vivido…  Y aquí esta: convertido en una película de cuatro capítulos, que se estrenará en noviembre. Documenta la travesía por España, retrata a las protagonistas y derrocha pasión por la modalidad en tabla, el longboard.

Se acaba de presentar el primer capítulo (debajo). Jacky, Valeria, Carlota y Gador reciben en Madrid a Maitane, que viene del País Vasco, a Marisa, de Miami y a Amanda, de Massachusetts. Juntas emprenden el viaje recorriendo 600 kilómetros hasta el Parque Natural del Cabo de Gata en Almería: “Parajes únicos de origen volcánico, un mar azul que rompe contra el tortuoso perfil del litoral levantino, el sol implacable de agosto y las carreteras secundarias que conducen a las pequeñas calas y pueblos de la costa mediterránea”. Cómo entre el asfalto de Madrid mismo, vaya.

Compartiendo marido


Princesa de África se titulaba la película dirigida por Juan Laguna y animada con los dibujos de Raul Sánchez Muñoz (aquí su cuaderno de viaje). Era la historia de una mujer inmensa, bailarina de altura, Sonia Sampayo, que luego la hizo libro en la editorial Planeta.  Su vida, pasados los años, ha cambiado mucho. Pero esa es otra cuestión, que ella misma contará cuando quiera. Su experiencia y los detalles de su vida en ese momento, 2009, los contamos en un artículo en El País Semanal. Lo escribí en primera persona. Tantas dudas, tanta fuerza, tanto amor y tanta entrega sólo se podían entender de esta manera.

Yo, mi marido y sus otras mujeres

La madrileña Sonia Sampayo se convirtió en 1997 en la tercera esposa del senegalés Pap Ndiaye. Su historia se ha hecho película: ‘Princesa de África’. ¿Cómo una española llega a aceptar la poligamia? Ella misma lo cuenta.

“Un día se lo solté a mi madre: ‘Tengo novio, es negro, tiene dos esposas y me voy a casar con él’. Preferí contárselo de golpe. Yo, nacida en Madrid en 1973, no había cumplido los 23, no tenía padre y siempre había sido hija modelo. Ella me conocía; sabía que no era una cabeza loca, así que pensó: ‘Es el calentón del enamoramiento’. O quizá era por ayudarle, por los papeles… Pero no. Me casé a conciencia. Enseguida se lo presenté. Al principio no podía quererle, pero ahora le adora. ¡Es que conoces a Pap y te engancha! Los senegaleses son así. Con ese lenguaje de paz que poseen. Corría 1997. Fuimos al registro civil y ya. Soy bailarina de africano y oriental; doy clases en la escuela de Gloria Alba y en otras, y recuerdo que ese día de boda no hubo ni fiesta porque tenía actuación en Badajoz. Al volver, le llamé, porque era como: ‘¿Y qué hago ahora?, ¿adónde voy? Ya somos un matrimonio…’. Luego me casaron por el rito musulmán. Van los hombres, yo ni me enteré.

Mi marido, Pap Ndiaye, va a cumplir 43 años; es griot, la casta de los artistas y músicos, los trovadores, los jóvenes eternos; él es una persona ni de aquí ni de allá; un espíritu libre con un fortísimo lazo familiar. No habla bien español, a pesar de llevar tanto aquí; está por trabajo y, emocionalmente, por mí. Culpa mía. Nunca le obligué. Hasta en eso soy poco madre. No, no tenemos hijos. No quiero. Si quisiera, él sería feliz. Él se ve cubierto en lo paternal. Tiene seis con sus dos mujeres senegalesas, Kiné y Fama. La primera es de mi edad; Fama, más joven. Pap suele ir a Senegal una o dos veces al año. Pasa meses. Yo le acompaño. Me encanta Senegal, y Louga, su ciudad. La primera ocasión, ya casados, fue en 1999. Resultó muy duro para mí. Coincidió con el bautizo del primer hijo de Fama. Ella lo pasó fatal con mi boda; fue un mes después de la suya. Entre eso, el parto complicado y que yo llegaba… Pero yo me sentía aún peor. Me quedé ocho semanas. Ni bailar pude.

Porque si voy y bailo, como hago siempre ahora, lo demás se anula; para mí bailar es una necesidad física, me salva de la locura. Pap no se daba cuenta de nada. Ni se planteó que tuviera que ayudarme a adaptarme. Nada. Hizo su vida, y punto. Ellos son así… Ya me he acostumbrado. Y él ha aprendido. Hoy, si me ve cabizbaja, se acerca a socorrerme. Pero entonces no. Uf, no había nadie en quien confiar. A mi madre no la hacía partícipe… ¿para qué darle detalles? Hubo un momento en que tomé la decisión de no contar nada. La gente te juzga muy rápido. Me decían: ‘Loca, ¿dónde te metes?’. Amigos, familia… Una superprotección que no deseaba. En general, en nuestra cultura nos dejamos influir por los prejuicios. Si no estás casado, con hijos y coche, no triunfas. Yo veo más opciones.

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Cómics, vacas y milonga


“No es fácil predecir qué le puede suceder a un tipo como yo…. Era un día oscuro y aburrido, la radio transmitía una música triste y noticias a continuación sobre el próximo corte de luz o sobre la crisis del petróleo…”.  ‘La vida es un cómic, baby’. Así empieza y así se titula esta historia de un detective, un dibujante desaparecido, Berlín en el futuro, Berlín después de la guerra, una plaga que produce amnesia…. Basta la frase elegida por el director, el dibujante Héctor Navarrete (A Amelio Ortiz / Navarrete Production), para entender este vídeo que recorre una década (1991-2001): “Los humanos son seres extremadamente complicados”.

‘La milonga de las vacas’. Y este otro es un ejemplo maravilloso de su trabajo como ilustrador, de sus dibujos animados (¿por qué se ha abandonado esa definición? ¿por qué se considera infantil?): La milonga de las vacas. Un extracto de la película ‘Die Tränen meiner Mutter (Las lágrimas de mi madre)’, dirigida en 2008 por Alejandro Cárdenas Amelio. De él y de este largometraje volveremos a hablar un día de estos.

…y Kubrick mutó en Napoleón


El famoso director de cine neoyorquino leyó cientos de libros, acumuló documentos desde 1967, se asesoró… le interesaba Napoleón, el hombre, el soldado, el emperador; su poder y su caída. Quiso hacerle película. Y de las grandes. Pero no encontró productor para proyecto tan inmenso. Durante años Stanley Kubrick guardó en su archivo ese material, como huellas de una pasión nunca dominada ni olvidada. Diez años después de su muerte, todo salía al fin a la luz. Un material recuperado ahora en diez volúmenes por la Editorial Taschen (incluye el guión último preparado por el director) y titulado ‘Stanley Kubrick’s Napoleon: the greatest movie never made’. Imagen: ‘Napoleón en Fontainebleau’ (1846), de Paul Delaroche. En El País Semanal publicamos un artículo al respecto en noviembre de 2009. Aquí está en su versión primera.

La obsesión de Kubrick

“Es imposible amar y ser prudente”. La frase de Francis Bacon, filósofo del siglo XVII, aparece subrayada por Stanley Kubrick, director de cine del más puro XX, en uno de esos cuadernos de notas que usaba con profusión mientras soñaba con llevar a la pantalla a Napoleón, personaje decisivo del XIX. Y Bacon debe tener razón. Tanto amó Kubrick a Napoleón que se obsesionó con hacerlo suyo y trasladarlo a su territorio. “Qué gran novela mi vida”, dijo una vez de sí el que fuera emperador francés. Según Kubrick, de haber existido el cine entonces, lo dicho sería más bien: “Qué gran película mi vida”. Kubrick no paró en años de planificar el filme con la minuciosidad con que Napoleón debía preparar cada una de sus batallas, que fueron muchas, gloriosas y dramáticas, privadas y públicas, en su medio siglo de vida, de 1769 a 1821. Un agitado y corto espacio temporal que le dio mucho de sí: pasó de conquistar Europa (“Napoleón sopló sobre Prusia y Prusia dejó de existir”, escribía Heine; “Siempre él, en totas partes, él”, opinaba Víctor Hugo) a morir vencido, solo y desterrado a la isla de Santa Helena… “¿Qué es la guerra? Un oficio de bárbaros, donde todo el quid está en ser más fuerte que el adversario en un punto determinado”, concluía el genio militar.

Fortaleza. Tenacidad. De eso sabía también el director norteamericano que se zambullía hasta el fondo en todo lo que tocaba. Kubrick supo alejarse del fragor social de Hollywood, se instaló en exilio voluntario en el Reino Unido (“Tengo esposa, tres hijos, tres perros y siete gatos. No soy Frank Kafka sentado en soledad y sufriendo”), luchó con originalidad por su independencia y libertad creativa, y se salió (casi) siempre con la suya haciendo 13 de las películas más personales de la historia del cine al grito de: “Si no estás enamorado del asunto, déjalo… Ya hay demasiadas películas mediocres”. O mejor: “Desde el inicio hasta el final de una película, mis únicos límites son aquellos que me imponen la cantidad de dinero de que dispongo para gastar y la cantidad de sueño que necesito. Algo te importa o no te importa, y sencillamente no sé dónde marcar la frontera entre esos dos puntos”.

Y fue, primero, el dinero el que le falló en Napoleon, cuando el presupuesto estimado para sus mínimo tres horas de película comenzó a rozar el cielo millonario de las superproducciones de la época, y cuando la productora MGM se desentendió del proyecto en septiembre de 1969. Y segundo, la inoportunidad, cuando se les adelantó en 1971 y fracasó otro filme sobre el asunto, Waterloo. Atrás quedaban, perdidos, los esfuerzos de documentación y producción de muchas personas. Hasta los viajes empleados en localizar y encontrar países (como Rumania) dispuestos a ceder su Ejército durante días para un rodaje de tales dimensiones. “10.000 soldados con sus caballerías aquí, 40.000 de infantería allá”, se lee en otra de esas notas manuscritas que Kubrick dejaba por todos sitios.

Parecía hasta ahora que todo eso era esfuerzo malgastado. Que Napoleon era otra película non nata. Pero no. Al cumplirse una década de la muerte de Kubrick en 1999, sale a la luz una obra elaborada por la norteamericana Alison Castle que lleva por título Stanley Kubrick’s ‘Napoleon’: the greatest movie never made [la mayor película nunca realizada]. “Cuando comencé mi investigación para los Archivos de Kubrick en 2002 [libro publicado también por Taschen en 2005], me quedé estupefacta ante la ingente cantidad de material sobre Napoleón que permanecía en la residencia de Kubrick; en volumen sobrepasaba al que había sido conservado de muchas de sus películas concluidas”. El libro, en formato facsímil y cofre del tesoro, incluye parte del material que Kubrick preparó para armar su obra. “He intentado hacerle justicia, presentar y terminar el que era su sueño”, dice.

Así, en diez libritos, se encuentran, entre otros, el guión último del director, de 1969 (aunque con él nunca existió el concepto de “último”); la libreta de producción; la descripción de las escenas desde su etapa como general a los 26 años hasta su muerte, pasando por su periodo de cónsul, emperador, jefe de un ejército invencible, el divorcio de Josefina, la derrota y la invasión de Francia. Hay cartas a los actores deseados (Audrey Hepburn sería Josefina), fichas con acontecimientos identificados día a día; un banco de datos con 17.000 imágenes de personajes; fotos y dibujos de los modelos de uniformes de los distintos ejércitos, armas y vehículos, los escenarios en los que Napoleón estuvo algún buen o mal día… Una empresa de factura napoleónica, sin duda. Un genio auscultado por otro genio. Valga una imagen: Kubrick en su mansión, de noche, leyendo libros sobre el corso, viendo películas sobre su vida, almacenando datos, pariendo ideas, estrategias, nuevas técnicas de rodaje y de iluminación… Modos de abordar el proyecto. ¿No hacía algo así también Napoleón? Seguir leyendo …y Kubrick mutó en Napoleón