Archivo de la categoría: Literatura

Un sueño desde el suburbio


Ikea, Apple y el libro


 

Dicen que parodia a Apple pero, ¿no se parece un poco/bastante la nueva campaña viral de Ikea con esta otra (ver debajo) de leerestademoda en Youtube de 2010 de la que os hablamos en este blog hace siglos en la entrada titulada El libro y sus imitadores…? En la página de estos últimos ya corren, naturalmente, los comentarios… 

 

Las vidas que vivimos (3)


Desde que desapareció Petra, la vida ya no ha vuelto a ser la misma. Sigue adelante, sí. Pero distinta. Hay como un agujero, un silencio, un aire que pasa y nos detiene a todos en medio de una conversación. Hay una ausencia presente. Quien tenga muertos queridos y cercanos sabrá a qué me refiero si digo que algunos muertos permanecen muy vivos por mucho tiempo… A veces, siempre. Que algunos muertos son eternos.

Las otras hablan entre sí de sus cosas. Yo las escucho en silencio mientras ordeno los libros en el pequeño mostrador que me he inventado con telas de colores. Mientras coloco bien delante un viejo ejemplar de Alice Munro muy subrayado, que encontré en castellano en uno de los mercadillos de Berlín, las oigo comentar cosas cotidianas, insignificantes. Y siento como el frío del recuerdo y la falta del otro se acopla primero en mis pensamientos y luego se cuela en mi cuerpo, en mis huesos, aunque sea aún verano. Siento la muerte cerca. Todos la sentimos, pero preferimos no verla. Es como una tristeza subterránea, un ahogo en un momento dado, entre palabra y palabra… Miras la escena, el paisaje, el jardín, a los tuyos y todo parece ser así para siempre…. pero tu sabes que es un espejismo. Lo sientes. Estás segura: está rondando. La muerte. Pero enseguida regresa lo cotidiano, los tenderos gritan o cantan sus reclamos.

Es día de mercado. Todos echamos de menos a Petra.

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Mohamed Chuckri


Un descubrimiento: el marroquí Mohamed Chuckri. Devoré entero su El pan a secas acunada por la suave lluvia de la mañana. Terminé de madrugada. O quizá él me engulló a mí, porque fui incapaz de dejarlo desde la página uno. Miento. Fue desde la solapa misma, al enterarme de su historia: pobre de solemnidad, aprendió a escribir y leer después de cumplir los veinte años. Su trilogía autobiográfica es un retrato magnífico de un tiempo y del paso hacia la edad adulta lleno de referencias sexuales y miseria y violencia y… Lo contaré en detalle en el blog África no es un país cuando termine la segunda hornada Tiempo de errores.

Todos en la editorial Cabaret Voltaire.

Las vidas que vivimos (2)


Arriba, abajo

La señora de abajo, Frau Müller, ha subido hecha una hidra y tocado el timbre insistentemente porque tiene, dice, una gotera en el techo del baño. “Y se hace cada vez más y más grande. Tengo miedo de que un día se caiga la mancha sobre mi”, comenta. “Que me aplaste”. La señora Müller está claramente enfadada. Mueve mucho las manos gastadas intentando abarcar el tamaño de la marca de agua, así, así, así… Debe tener mas de cincuenta años, viste un jersey agujereado, luce muchas arrugas, piel empobrecida.

Yo, en pijama, en la puerta, me limpio las legañas… “¿Bajo a verla?”, me ofrezco, sin acabar de entender el tempo elegido por el agua del baño para aparecer justo ahora que no hay grifo alguno abierto. “Y así aviso a la Hausverwaltung para que vengan a arreglarla de inmediato”.

Pero ella se niega. No, no, no quiere. Se cuadra, cerrándome el paso en el rellano, ante mi gesto dispuesta a descender. No deja hablar. Gesticula sin pausa. Y se va sin más escalera abajo mientras yo, despeinada, impresentable, tiritando, la observo. Son las seis de la mañana de un invierno berlinés. Un niño lloriquea en alguna de las casas vecinas. Se oye una radio con música melódica alemana estilo meineLiebe, meineLiebe… Huele a café. Fuera reina una niebla pegajosa; apenas un rayo de la tradicional luz grisacea del norte asoma ya.

  • “Parece una mujer infeliz”, había dicho de ella mi hijo adolescente un día de verano cuando nos la cruzamos por el patio repleto de bicicletas, contenedores de basuras y plantas. Entonces hablaba sola. Entonces iba vestida de colores. Muchos colores en todas partes. Cuerpo y cara. Esa fue la primera vez que la miré. Pero no la vi, en realidad.

Vuelvo a la cama. Pero Frau Müller ya se ha vuelto presencia. La he visto (y no sólo mirado) e incorporado a mí. La siento allí debajo. La oigo casi respirar.

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Memoria de la resistencia francesa


Tereska Torrès, resistencia francesa. Así se tituló la necrológica que escribí en septiembre pasado en el diario EL PAÍS sobre la muerte de esta escritora y realizadora que luchó en la II Guerra Mundial junto a De Gaulle y publicó un libro, que se convirtió en superventas, narrando su experiencia en el conflicto. La visité en su casa de París el año pasado al hilo de la publicación de su libro Mujeres de uniforme, en la editorial Demipage, para un reportaje en El País Semanal, Erotismo en el Ejército de Liberación. Fue todo un placer y una experiencia. Siento su pérdida. Aquí va el texto completo.

“Ver su nombre en la lista de la sección Carnet du jour de Le Figaro , allí donde se anuncian muertes, recordatorios y otros asuntos casi siempre de ida pero sin vuelta, causa tristeza y desasosiego. Tristeza porque Tereska Torrès (París, 1920), escritora francesa, no abrirá nunca más la puerta del atelier número 13 del llamado Le Jardin Fleurie, ese estudio de herencia familiar (su padre fue el escultor Marek Szwarc), donde residieron un día artistas como Gauguin o Modigliani. Un lugar rescatado de la Exposición Universal de 1878 que era, como ella misma, huella de un tiempo ya diluido. Tereska, fallecida el pasado día 20 de septiembre, fue evacuada a Londres durante la ocupación alemana de su país durante la II Guerra Mundial, fue miembro, con apenas 18 años, del Ejército de Liberación francés y resistió junto a De Gaulle y otras 400 voluntarias bajo las bombas fascistas en la capital británica.
Contó su experiencia en ese ejército de asistencia femenino en una novela que le dio fama, Women’s barracks (Mujeres de uniforme), y gran disgusto. Se convirtió en superventas en EE UU a su pesar, al ingresar en la categoría de “literatura feminista y erótica” (alabada por unos, repudiada por ser “perniciosa para la moral” por otros). Seguir leyendo Memoria de la resistencia francesa

Con Kate Morton en Paddington


Publiqué este texto en El País Semanal en febrero de este año, después de compartir unos días con la escritora en Brisbane (Australia), su lugar de residencia, un lugar nuevo e inesperado para mí. Era mi segundo encuentro con ella y mi primer viaje a las antíp0das, experiencia que me permitió descubrir la verdadera dimensión del mundo (tal como Morton me había avisado). Además, Kate Morton confirmó lo ya sabido y resulto ser una profesional de primera. También en el modo y tiempo dedicado a quien se ocupaba de ella a pesar de que en ese momento andaba atacada de los nervios: le quedaban muy pocos días para entregar su nueva novela, The secret keeper, la misma que se publica esta semana en inglés en Simon&Schuster.  Sirva mi texto de agradecimiento y recuerdo de aquellos días con esta mujer bestseller. Y he aquí la información sobre su nueva obra contada por ella misma en vídeo y el primer capítulo de la obra, titulado Laurel.

Con la fotógrafa Gillian Van Niekerk en plena faena.

Tras el secreto de Kate Morton

Gracias al boca a boca, esta australiana de 35 años, casada y madre de dos hijos, ha vendido a un público heterogéneo de todo el mundo ocho millones de ejemplares de sus novelas victorianas; 800.000 en España. ‘El País Semanal’ viaja hasta su casa para desvelar el secreto de su éxito y hablar de su tercera obra, ‘Las horas distantes’.

La escritora superventas había avisado: “Cuando vuelas hasta Australia es cuando adquieres conciencia de la dimensión del mundo, de su inmensidad”. Y tiene razón. La flechita en la pantalla del avión que marca la ruta va dejando atrás Europa, la península Arábiga, el subcontinente indio, se dirige a Singapur… Y desde allí aún queda una jornada laboral completa hasta aterrizar en la ciudad de Brisbane (dos millones de habitantes, en Queensland, nordeste del país, la tercera mayor de Australia), lugar de residencia de Kate Morton, la autora que ha conquistado el mundo desde Oceanía.
Solo de su segunda novela, El jardín olvidado, ha vendido más de medio millón de ejemplares en España (y otros 250.000 con la primera, La casa de Riverton). Casi ocho millones en total, en 38 países. La tercera, Las horas distantes, se publica ahora aquí en la editorial Suma de Letras. Y en ella, otra vez sus obsesiones son explícitas: “La estrecha relación entre el ayer y el hoy, y también Inglaterra, con sus sagas familiares, sus casas antiguas, sus libros centenarios, con ese sentido de continuidad histórica…”, explicará luego. Ese es el motor de sus narraciones: un pasado que se resiste a morir y acaba cimentando (o diluyendo) el presente.
Kate Morton (Berri, 1976) traza vidas como esas líneas en los mapas de navegación; sus personajes, habitantes de un mundo y un tiempo concreto, van y vienen, aterrizan y despegan de él cargados de peripecias que se enlazan y entrecruzan; dibuja el rastro de los que estuvieron y ya no están, pero crearon un tejido que condiciona el de sus sucesores, el nuestro. Los avatares de tres hermanas marcadas por los sucesos en esas horas distantes de la Segunda Guerra Mundial es lo que nos trae ahora.

Tan lejanas, se diría, como Australia misma, que a ojos mediterráneos parece inalcanzable. Entenderla quizá sea acercarse un poco más a Kate Morton. Hay que abrazar gran parte del globo durante un día completo y adelantar el reloj y la cabeza nueve horas cuando se pone el pie en esta mancomunidad, su país, gobernada por dos mujeres, que es como una isla gigantesca en las antípodas (con una superficie cercana a la de EE UU, pero con 14 veces menos población, 22 millones, tan vacío que da vértigo); el segundo del mundo tras Noruega en el índice de desarrollo humano 2011. Puros nórdicos del Sur. América, Europa y Asia, fundidos en este verano austral. ¿Tienen problema de identidad los australianos? Morton dirá luego, sonriendo con su boca inmensa, que sí. “Tenemos una forma de vida muy norteamericana, pero la cultura con la que nos formamos y que nos atrae es europea y la influencia asiática es cada vez mayor”. Un melting pot que no acaba de reconocerse en sus orígenes aborígenes milenarios, que fue enorme territorio carcelario para los británicos desde el siglo XVIII, se independizó en 1901 y aún mantiene a la reina británica, Isabel II, como propia.

Curioso lugar al que el estereotipo actual ha dotado de minas, desiertos, eucaliptos, koalas, canguros, tiburones y playas repletas de surferos cachas sin fin. Asuntos varios y con tirón que sí son tal, pero que suelen aparecer poco o nada en la obra de Morton. Su ambiente literario es otro, mucho más de interioridades dramáticas y exteriores románticos; de decoración victoriana y acantilados amenazantes; de castillos ruinosos con paredes que rezuman historias y seres atormentados que languidecen cargando fardos de secretos familiares.
Más de viejo continente que de este en apariencia joven y próspero, en el que la crisis económica actual apenas es rumor en la costa y donde la arquitectura se levanta a imagen y semejanza del cóctel de gente que pasea por sus calles. Brisbane es puro ejemplo: el centro de la city es un mall continuo, todo producto es chino, hay gimnasios por doquier y playas urbanas en la ribera del río homónimo, que se desbordó justo ahora hace un año con resultados desastrosos aún no olvidados. “Mi literatura bebe de fuentes góticas, de aquello que mamé en mis lecturas juveniles, que solían ser de las hermanas Brontë, Dickens, Daphne du Maurier, Poe o Lucy Clifford, por poner ejemplos de la literatura victoriana que estudié”. De educación británica, lo que la convirtió en lectora impenitente es, sin embargo, popular y siempre el mismo: “Sin duda, Enid Blyton”.

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Cháchara desde mi jardín


CARTAS DE MARIE (19)

Querida Lola,
Lo sabía, acabaría pasando, pasaría el verano. Esa certeza estacional que marca la vida. Tan cierto como que tus vecinos se iban a separar. Lo sabía, porque no pegan; él es calmado y ella parece mas tipo ‘esta calle es mía’; no casaban, que era milagroso que estuvieran juntos tanto tiempo… Pero, ¿quien soy yo para hablar de nadie si cada uno tiene lo suyo? La separación es situación natural hoy día, o quizá es que la gente se compromete a la ligera; no tienen hijos, dices, mejor, menos problemas, que es bien cansino todo lo que viene luego de discusiones y desacuerdos cual melodía cotidiana y estridente que todo lo enturbia… ¿Y dónde estará mi hijo en este instante? Tengo que mirar el teléfono, otra vez lo he olvidado en el coche, quizá ha llamado, y, ay, debo ir esta semana a pasar la ITV del vehículo antes de marchar de vacaciones, me quedan dos semanas para completar las que me corresponden.
Qué ganas de mar, de lectura pausada, nada de ordenador ni de noticias de este mundo convulso, historias de aquellos que se superaron en tiempos peores a los nuestros, que no olvidemos, son casi todos. Nunca nadie vivió tanto tiempo de paz y prosperidad, así que seamos justos, algo tendrá el mercado, ¿o ha sido cosa sólo de la socialdemocracia? Eso me preguntaron ayer y no tengo respuesta que no sea: “Todo suma, nada resta”. Y sobre tomar, ah, las pastillas también tengo que comprarlas en la farmacia, que ahora con la crisis igual en el pueblo cierran alguna. Fusionarse o morir. Reinventarse o desaparecer. Y tengo que dar de comer al gato, el pobre quiere las latas de comida que están mas sabrosas, ya esta aqui otra vez persiguiéndome por el jardín; un árbol se ha puesto amarillo de repente, el tulipero de Virginia, de un dia para otro, como si le hubiera dado un sofoco de esos que empiezan a darme a mí también. O igual es que se ha mareado, no sé si sería aventurado decir que una planta lo está, sufre vértigos, sobresaltos, apuro cuando alguien la mira o habla de ella o la olvida; si le gusta que la toques, le hables…
No sé si lo vegetal es un estado más sensible que el animal, quizá si más que el de muchos humanos, no sé, pero empachadas sí las he visto, cuando de repente reciben mucha agua y no pueden más y se ponen mustias en sí mismas y quiza es justo eso lo que nos sucede como sociedad, que nos hemos hastiado de nosotros mismos y de nuestros sistema de vida tan injusto para la mayoría del mundo: la suerte la determina solo el lugar donde naces, como ese artículo que escribiste un día, Parir es un acto político, como lo es leer, amar y hasta callar, la mayoría actuamos políticamente callando, consintiendo y ahora hay gran debate sobre los asaltos a supermercados, que apoya el alcalde de Marinaleda, esa estrella mediática del verano, ese hombre de ocurrencia infinita, Juan Manuel Sánchez Gordillo, que emula, siendo imaginativos, al Michael Moore del Sur. Un día cualquiera de ese estío el titular estaba bien pillado “No nos gusta, pero no nos queda mas remedio”, como dijo Rajoy…
… Y me duele hoy la espalda más que otros días, tengo que buscarme ya el libro del yoga, y andaban circulando por ahí escritos de Esther Vivas, la socióloga que me comentaste y citaste en el artículo del Foro Social Mundial en Dakar el año pasado, esa hormiguita anticapitalista. Bien, debo leerla, como tantos libros almacenados, pienso que quizá ya no me alcance el tiempo para tanto, ahora he recuperado uno, Viaje por las Riberas del Éufrates, de Gertrude L. Bell, la última viajera romántica, te lo envio para que escribas sobre él, allí se leen muchas cosas sobre ciudades como tu Alepo querido, que era joya, y hay muchos paisajes, relaciones y frases hermosas que casan contigo. Esta podría salir de tu boca: “Una se vuelve loca a la vista de un buen mapa”.

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Pero ahora tengo que dejarte y regresar a mis tareas, a la cocina sin ir más lejos, pues anduve esta mañana elaborando una receta religiosapastelera que me pasó una amiga bien querida; de afectos en afectos debe ir pasando el dulce en busca de suerte y salud y prosperidad para quien lo elabore…. Voy a dividir la masa madre en mil trozos y los voy a repartir por todas partes para que todo mejore, para que todo mejore en el mundo entero. No está en la receta tal posibilidad escrita, pero seguro que la esencia permanece; seguro que el espíritu que habita positivo en ella respeta mi decisión y no pierde efecto esta cadena dulcísima… Así que ahora mismo me olvido de mi habitual cháchara en mi jardín (de ella, de la cháchara infructuosa, habla ese hombre encantador que es John Paul Flintoff en su libro Cómo cambiar el mundo) y te envío un pedazo de beso en este otoño nuevo.
Tuya siempre, Marie

Cuando la fiesta es la vida


Escuela de vida y de calor se tituló la versión cortada, publicada en El País Semanal el pasado día 15 de julio. Lo que sigue es la versión completa, que lamentablemente, no entró por ser demasiado extensa (mi culpa).

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Londres. Junio 2012. Todos necesitamos ayuda. Lo afirma Alain de Botton, sentado en su oficina en Londres, ante una estantería verde mar que habla mucho de él y sus intereses. Tiene allí los libros justos agrupados por pasado, presente y futuro: lo hecho, lo que está en marcha, lo que vendrá. Sobre viajes, arquitectura, religión, literatura… Sus temas recurrentes, los que le han convertido en bestseller, en estrella de la filosofía nueva, consoladora, pegada a la tierra y a nuestro tiempo. Botton lo mismo escribe de cómo Proust puede cambiar tu vida que de edificios felices. En libros y columnas o documentales que produce en su empresa de nombre ilustrativo, Seneca Productions. Su reivindicación de los clásicos es uno de sus sellos.

Hay aquí un diván para la siesta, la meditación o la derrota (quien sabe) y objetos personales: la maqueta de un avión que le regalaron tras pasar una semana en el aeropuerto de Heathrow para uno de sus libros; fotos de sus dos hijos; y dos cuadros de un roble, no uno cualquiera, sino el que un pintor usa como modelo único de toda su obra. Una historia que De Botton incluyó en Miserias y esplendores del trabajo , en el que habla de las personas que hay tras lo que consumimos: quien fabrica y cómo las galletas que comemos, quien se encarga de los tendidos eléctricos del país… Un libro que cerraba con frase para la historia: “Dejemos que la muerte nos pille mientras hacemos algo por la vida”.

Y él lo hace. En 2008, De Botton (Zurich, 1969), ateo confeso, hijo de judíos laicos “para quienes creer en Dios tenía el mismo valor que creer en Santa Claus”, dice) abrió escuela, una empresa social al estilo de su anterior fundación Living Architecture. The School of Life la bautizó. Y nada de lo que aborda este hombre con pinta de niño bueno y look austero es indiferente desde que sorprendió con aquel Del amor, a sus 23 años. Los ventanales miran a un jardín verde hierba muy british, que destaca entre el blanco de las paredes y la palidez de su piel y ojos claros. “Todos necesitamos ayuda”, repite, antes de apuntar que The School of Life nació por pura provocación, en respuesta a la mala fama de ese nicho editorial llamado ‘de autoayuda’. “Muchos son los que creen que sólo los estúpidos pueden leer tales obras, que sólo los estúpidos necesitan ayuda”, dice.

De Botton convocó a un grupo de intelectuales de amplio espectro y alta calidad para demostrar que no, que todos sin excepción necesitamos consejo, consuelo y dirección. Así nació el centro, para rehabilitar un género maltratado. Y para demostrarlo han parido una colección de seis libros, puro festín de optimismo, una suerte de canto coral a la vida, publicados ya en Gran Bretaña, y que ahora Ediciones B trae a España. “Todos son verdaderamente realistas, ninguno te cuenta sueños imposibles”, asegura.
Hora de ir a la escuela.

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Recortando… y pronosticando


¿Os acordáis de Santiago Niño Becerra? Le entrevisté en verano de 2010 y muchas cosas de las que contó ese día me parecieron espantosas. Conviene releerlas ahora. Decía la entradilla: “Economista polémico por sus teorías radicales sobre la crisis y el mundo que viene, menos humanista, más tecnócrata. Se acabó el ir a más: habrá recortes, en recursos y en derechos”.

Y la intro a la entrevista: “Santiago Niño Becerra (Barcelona, 1951) elige su despacho del Instituto Químico de Sarrià, para realizar esta entrevista. Y reconforta detenerse en el hall climatizado a respirar del sofoco de Barcelona…; a observar lo clásico del edificio, al alumnado y a los docentes que vienen y van por este centro jesuita y elitista (universidad privada Ramon Llull) que ya cumplió el siglo. Ahí están las camisetas y otros souvenirs en una vitrina para el recuerdo. Los venden. Otro producto de consumo más, –también lo educativo,– de los muchos que genera este mundo desarrollado asolado por una “crisis sistémica”, estertor previo al fin del sistema capitalista, según dice este catedrático de Estructura Económica. Una pausa antes de sumergirnos en ese futuro terrible que, vaticino, nos va a pronosticar este hombre prolífico y polémico por sus análisis siempre radicales y neocon (para él parece no existir lo social ni otro poder que no sea el económico) que ha ido volcando en artículos en la web (lacartadelabolsa.com) y en el libro El crack de 2010, otro más de las decenas sobre la crisis económica que se ven en las librerías, aunque el suyo (Los Libros del Lince) ya va por la 15ª edición.

Niño Becerra afirma que la debacle económica que está sucediendo y estamos viviendo nada tiene de pasajera, ni se va a resolver en un pispás. No. El castillo de naipes se cae. “A medio plazo lo único que hay que hacer es sobrevivir. Hemos estado viajando en un crucero fabuloso y ahora, de golpe, es un bote de remos”. Y se ha esfumado ya ese “ir a más” en el que nos movíamos hace poco para despeñarnos por el “ir a menos”. Para siempre. “Creo que estamos aún en un momento de concienciación. La gente espera un milagro, necesita creer que es posible”. Pero no. “Vamos hacia una época en términos humanos horrible, no es una época que a mí me guste. La persona como tal valdrá poco… tenderemos más hacia un colectivismo, algo más budista”. ¿Y eso es negativo? “Bueno, pensar en colectivo no es tan estupendo… quiere decir que si disponemos de una sola dosis de antibiótico, por ejemplo, y usted es un genio, el antibiótico será para usted”. ¿Ah, sí? ¿Quién decidirá eso? “Alguien lo hará, por el bien de la comunidad”. Uff, ni un respiro, en este embudo último en que vivimos.

“La democracia solo es posible cuando se vive en la abundancia””, decía.

“Nadie va a tomar el palacio de invierno. Ya no hay revoluciones”“, pronosticaba.

“La gente aún espera el milagro, quiere creer que aún existe””, vaticinó.

Y esto es lo de menos. Lo de más es que este declive implica otro peligro –el gran peligro en realidad–: la merma afectará al actual sistema político. “La democracia”, asegura, “solo se puede dar en la abundancia”. Y no se inmuta. Lo que se avecina, según él, tiene el color sombrío del recorte de derechos, libertades, igualdad… Muy criticado por sus tesis, que algunos definen de “profecías apocalípticas y repetitivas”, Niño Becerra es vecino desde hace 30 años de la localidad costera de Vilassar de Mar; está casado, con un hijo. Es hombre de físico menudo, media melena lacia y barba gris a lo pombo. Un señor que parece poco dado a pensar en glamour alguno, que viste camisa azul y suspira de vez en cuando, impaciente, porque no se entienda lo que quiere decir (y dice mucho; no para) o porque no comprenda tu afición a circunvalar la charla e ir hacia otros territorios.

(…)

¿Y ahora peligran hasta las pensiones…? A Michael Portino, subsecretario de Hacienda con John Mayor, en 1992, le preguntaron si la gente cobraría pensión y él dijo que toda persona que entonces tuviera menos de 40 años no cobraría. Esto va a ser así. Fíjese en un dato curioso, en 1997 en España hacían falta ocho años para acceder a una pensión, no a la máxima sino a una. Ahora se habla de 20 años… Y nadie ha dicho ni pío. Estamos en una posición, todos en general y cada uno en particular, de salvar la situación, pura supervivencia.

Al mirarle mientras cuenta parece un personaje de otro siglo, encajado en un despacho austero: una mesa, una ventana, un ordenador, una botella de agua en la mano y sus tesis en la cabeza. “Si usted me pregunta cuál es la mayor burrada que ha hecho la humanidad ha sido desperdiciar los recursos. Pero el desperdicio ha llevado al crecimiento”. No admite una fisura de optimismo en su discurso liberal siempre; provocador a ratos, muy dado al impacto. Ejemplos: “¿Movimientos de población? Bueno, Europa entre 1865 y 1910 expulsó a 50 millones de personas. Sí, pero es que entonces había donde ir, EE UU, y eran bienvenidos, había que crecer y eran necesarios… Ahora ya no”. ¿Masas de empobrecidos por todo el mundo? ¿Y quietos? Difícil de imaginar.Pero hasta para eso tiene respuesta: se legalizará la marihuana como se hizo con el alcohol en los años treinta del siglo XX. Niño Becerra se rige por una verdad: “La economía siempre es la protagonista. No lo es la política… Eso es una falacia. Cuando el señor Eisenhower dijo: ‘Lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos y viceversa’, pues era verdad. Si el director de la Shell llama a Obama por teléfono, este se pone; pero si el que telefonea es Sarkozy, no es tan seguro ya que coja el aparato”.

Vayamos hacia delante. Haga un retrato robot de lo que será 2020. Habrá cambio de modelo. El pos Segunda Guerra Mundial se basó en ir constantemente a más a través del consumo, público, privado, empresarial… El problema de ir a más es que llega un punto en que se agota. Uno no puede poner 60 teles en casa, aunque cuesten un euro. Y consume y desperdicia muchos recursos. Hoy, por ejemplo, se sabe que queda uranio para 65 años.

Aquí puedes leer la entrevista completa aparecida en El País Semanal el 12 de septiembre de 2010, con el título “A medio plazo lo único que hay que hacer es sobrevivir”. Buen provecho.

Rehabilitaciones (1) Treinta años más de vida


CARTAS DE MARIE (18)

Querida Lola:

Hace tanto que no (te) escribo que creo que ya no sé hacerlo. Hace tanto, que he perdido la costumbre de juntar las letras y atender a su significado. Sigo sin poder moverme mucho tras el accidente, así que estoy condenada a observar el mundo pasar ante mí; a ver la televisión con asombro (de tan mala); a contemplar a los otros y sus problemas como desde muy arriba; a mirar por la ventana del hospital y desmenuzar el paso de las horas y los días a través de los hilos de nubes que la cruzan.

Hace tanto que no escribo, que todo lo que te podría contar se amontona en los dedos al pulsar la teclas. Pones POLÍTICA y brota un barullo de voces, de quejas, de espanto, indignación, disgusto último tormentoso y muy gris… Pones ECONOMÍA y corren ríos de dinero esfumado en manos de usureros; el euro en forma de ser menospreciado aparece abatido, agobiado de miedo…. Y si escribes Europa, este nuestro mundo revestido de derechos sociales de muchas décadas se me aparece con rostros de líderes que me resultan ya ajenos, como extranjeros llegados de repente a mi pequeña tierra. Así de aislada me siento. Sarkozy es mi preferido, lo sabes. Y ese baile a dos con Merkel, me encandila. La lucha de poder entre los poderosos. Dime, ¿es verdad que Sarko amenaza con hacer realidad el pago de las transacciones financieras? ¿Es posible que Francia dé la campanada de algo que al fin huela a revolución? Ay, sueño a ratos. Pero no me dura.

Tatsuro Kiuchi, vía Yeaiknow

No me consigo concentrar en nada. Y sé que si pudiera escribir FAMILIA o AMIGOS o seres queridos todos aparecerían como colocados con chinchetas en los mapas, dispersos: unos aquí, otros allá… En ese panel geográfico extenso que es el mundo, me veo haciendo recorridos de un lado a otro, con flechitas, como en esas escenas viajeras de las películas del cine antaño. Me veo yendo a visitarlos a todos: unos en EE UU, asistiendo a sus propias penurias, que no son pocas y se hacen universales; los otros, de viaje por El Cairo, oteando el horizonte de un cambio que está por ver y por venir, muy caliente veo yo ese rinconcito del mundo, la chispa de Israel siempre a mano; aquel pariente, regresando de India cargado de telas y espantado de superpoblación; aquel otro, de crucero de luna de miel por el Mediterráneo; tú en una España, que se desmorona por tierra, mar y aire…

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Un dolor de muelas y un atraco


CARTAS DE MARIE (17)

Querida Lola:

Sólo los he sufrido tres veces en mi vida. Y siempre en festivo. ¡Pero qué tres veces! No existe, dicen los que lo han sufrido, nada más terrible que un dolor de muelas. Y horrible es, sí señor, lo confirmo y lo firmo. Es como si te hicieran un torniquete interior; como si un cable de alta tensión anduviera dando descargas jocoso por tu cuerpo entero; hasta escalofríos he sentido ayer, hoy, ya va para tres días infinitos. Mi muela, una o varias, no sé, da gritos de socorro, mostrando que algo no marcha, pues no otra cosa es el dolor sino un aviso de disfunción. Sobre mi mesa, casualmente, un libro recién nacido y titulado Historia cultural del dolor, sobresale del reto. “Mira, qué casualidad”, me digo. Y lo hojeo para buscar consuelo, pero abandono enseguida. Mejor, no dramatizar esta experiencia maravillosa que ando viviendo. Ahí entre sus páginas lo explica, hay que ser positivos.

Día de Todos los Santos es hoy. Cuánto me acuerdo de ellos, te juro. De los antepasados de la dentista que me hizo un empaste ineficiente; de la madre naturaleza que me ataca; de mi propia constitución física tan sensible… Una colega me recomienda una franquicia de clínicas dentales aquí cerca. “Vete”, dice, “siempre están abiertas”. Y voy. De urgencias. A que me den algo mágico que me alivie, pues ya tengo la sensación de que voy a perder el sentido; la infección se va a adueñar poco a poco de mi oído, de mi garganta, va a colonizar el cerebro… Y me muero. Te juro que hay ratos que creo que estos son mis últimos momentos.

Total, que fui. Muy amables eran, sí señor. Me metieron entre paciente y paciente, todos muy callados y resignados en la sala de espera; tuve la sensación de colarme en un vagón que no me correspondía. Muy eficaces era el equipo. Enfermera o similar me sometió primero a encuesta profunda, como si fuera a concursar en oposición allí mismo. Nombre, apellidos, teléfono, enfermedades, alergias, últimos polvos le faltó añadir. Eso pensé, pero ella dijo: “¿Algún problema último?” ¿Problema? ¡Ay, o me había confundido de consulta y estaba con la terapeuta o qué clínica dental tan cool ésta! “¿Por donde empiezo, señorita? Son tantos…”. Ella sonríe. Y me manda a hacer radiografía. Me encierra en una sala con una máquina envolvente y allí quedó grabada la foto de mi mandíbula y boca, toda ella. Lo sé, porque luego, una vez tumbada, una pantalla retransmitía mis bucointerioridades, cual telediario. Horror. Tan imperfecta es mi anatomía, que hasta la muela se sintió dolida, ante el ridículo, y dio tal descarga de protesta que me dejó para los restos. Seguir leyendo Un dolor de muelas y un atraco

Pisadas en la nieve


CARTAS DE MARIE (16)

Querida Lola:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ha desembarcado el otoño con buenas noticias, algunos terrores en tu tierra se acaban. Te felicito. Aún hay demasiadas guerras y violencia que va y viene… en todo el mundo. Pero restar en la lista es para celebrarlo. Habrá que seguir peleando. No olvidar. Hacer balance cada poco. Balance, eso se hace mucho en este tiempo. Al asomar los primeros fríos, todos nosotros, nuestro forro interior, se nos vuelve un poco del revés; metemos la cabeza hacia dentro, como si una fuerza nos obligara al aletargamiento y/o la reflexión. ¡A repasar tu vida toca…! ¡Ay, se acerca el invierno! Otro. Otra vez la temperatura se adueñará del cuerpo y nos llenará de escalofríos: gorros, abrigos, pisadas en la nieve… La parafernalia del ambiente acercándose al cero. En el Norte, en París o Berlín me encanta. Lo disfruto mientras otros sufren de lo lindo. Cuando llega esta época, siempre recuerdo los días fríos de mi infancia: aceras desiertas, visillos de ganchillo que se descorren para observar el exterior ya, poco a poco, gélido; las hojas de los árboles saltando en volandas por las calles, hojas despistadas y viejas… Que son nuevas y distintas año tras año… Mi abuelo decía mirando hacia lo alto, hacia la copa de los árboles: “Ya han cumplido, han vivido, han triunfado”.

Y al recordarlo han volado hasta mi memoria unas palabras de Ralph Waldo Emerson. Un día se preguntó eso mismo que afirmaba el abuelo: ¿Qué es haber triunfado? Las he buscado con ahínco en la biblioteca. Me costó un rato, porque todas las estancias de mi casa son como una librería de viejo… puro caos. Para descubrir una novela hay que pasar antes por diez ensayos, un volumen de historia, otro de cuentos, algunos relatos de viajes… Buscar y buscar. Me apasiona, verdaderamente. Y me hace perder horas y horas, instantes de mi existencia limitada en las que debería estar dedicada a otros asuntos más urgentes. Siempre voy retrasada por eso: me entretengo con párrafos, personajes, aventuras, huellas dejadas por otros… Pero te lo digo sin rubor: yo soy feliz con eso… Consumiría mi vida entera leyendo historias ajenas en vez de construir la mía. O hasta mis siete vidas…  Y lo encontré, al fin, a Emerson, y refresqué lo que dice y ahora te envío:

¿Qué es haber triunfado?
“Reír mucho y a menudo;
merecer el respeto de la gente inteligente
y el afecto de los niños;
ganarte la aprobación de los críticos honestos
y soportar la traición de los falsos amigos;
apreciar la belleza;
encontrar lo mejor en los otros,
darte a los demás;
dejar el mundo un poco mejor de lo que lo has encontrado:
sea con un niño sano, con un jardín o con una mejora social;
haber jugado y reído con entusiasmo
y haber cantado con pasión;
saber que alguna vida ha respirado mejor
porque tú has vivido;
eso es haber triunfado”.

¿Crees que alguno de nosotros lo habrá conseguido?

Tuya siempre, Marie.

Autoindignarse


CARTAS DE MARIE (15)

Querida Lola:

Cuando hoy salgas a la calle, piensa que estás pidiendo el cambio a otros… cuando éste debería empezar por ti. Piensa si quieres modificar tu modelo de vida, en verdad y hasta qué punto. Piensa que si tienes esta existencia, desarrollado y rica (a pesar de la crisis es rica: decir lo contrario es mentir) es porque a otros se les niega la posibilidad de crecer a apenas unos pocos kilómetros de aquí. Y cambiar eso con justicia implica renunciar a cosas que igual no has anotado en tu agenda, ni planeas anotar.

Ilustración de Bill Mayer, de http://www.billmayer.com

Piensa que está muy bien, al fin, reaccionar y echar la culpa a otros de lo mal que andan la política, la economía y tantas cosas, pero haz también autocrítica. Nada de esto habría pasado sin tu colaboración. Piensa en tus acciones u omisiones; en lo que significa cada uno de tus movimientos cotidianos. Nada es gratuito. Todo es global. Piensa que tienes tu casa o la de tus padres, tu coche, tu iPad, tu ropa, tus caprichos, usos y costumbres… mientras hay ciudadanos esclavizados para que tú disfrutes de productos baratos (mira lo que llevas encima y empieza a analizar). Piensa que te subes a tu coche molón y demandas y consumes un petróleo manchado con la penuria de otros en el Delta del Níger (un tanto por ciento de cada litro de allí procede); que bebes en una botella de plástico y dejarás basura a tus hijos durante mil años; que enchufas tu móvil y sus componentes se han robado de minas africanas y asiáticas con condiciones infrahumanas; que disfrutas comiéndote una hamburguesa o un atún, sembrado o pescado ilegalmente, que obligan al desplazamiento y la ruina a otros; que vistes ropa nada limpia; que la mayoría de multinacionales, creativas, tan modernas y apetecibles que te venden productos o tecnología novedosa, no cumplen la legislación de derechos humanos allí donde consiguen las materias primas; que aceptas condiciones laborales precarias y creas un precedente que afectará a tus contemporáneos; y que tú misma despreciabas hace nada, por desgreñados y pesados, a muchos de los que ahora van contigo a la calle y llevan años en esto de al indignación.

En fin… ¡tampoco se trata de amargarse por todo, me dirás, bastante tengo ya con lo mío mientras se acerca esa tercera revolución que está por llegar, según nos cuenta Jeremy Rifkin en su nuevo libro! Y sí, tienes razón. También hay que disfrutar la vida, relax, tranquilidad…

Pero hay dos varas de medir, te digo (te dije ya en otra carta). Y tú estás bien cómoda en la primera, aspirando a prosperar como el que más, o pidiendo para ti derechos, mientras los de otros, en realidad, te resbalan: los muertos de hambre, los explotados y esclavos, los niños, las mujeres desfavorecidas, los ancianos… Esos como lema molan, pero, ¡ay deben ir bien vestidos, ser guapos y cachas, estar a la última, no quejarse demasiado que la pobreza no tiene glamour! Y que no me toquen un euro de lo mío, que por muy progre que sea… una cosa es protestar y otra el bolsillo. Sólo tienes que poner la oreja para oírlo en boca de gente que te sorprendería, muy modernos y cool, te lo aseguro. El virus yo-yo, así lo llama una vecina, está muy extendido.

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Lecturas (2) “Tenés que ayudarme”


“Yo escribía muy poco. Algunos poemas. Algunos cuentos. Era muy perezoso para escribir. Más tarde aprendí una cosa, que siempre les comento a los jóvenes que me hacen preguntas sobre la escritura: en mi opinión, los más difícil del oficio de escritor es el esfuerzo que hay que hacer para poner las manos en la masa; para pasarse el tiempo garabateando palabras. La gran alegría viene con la inspiración, la idea, las ganas de escribir un texto sobro esto o aquello. Pero, después, el acto de escribir exige una cantidad enorme de tiempo, es fastidioso; a veces hay un pequeño destello, una pequeña alegría, pero la mayor parte del tiempo implica pasar horas intentando decir de la manera más precisa, más clara, sin que sea un cliché, “la marquesa salió a las cinco”. ¡De eso se trata! Hacer que un personaje entre en una pieza y se siente a la mesa: puede llevar días expresar eso con precisión. Y puede resultar un tedio mortal… Lo que imagino nunca se parece a lo que termino poniendo sobre el papel. ¡Nunca! Katherine Mansfield lo dice muy bien en su diario. Habla exactamente de eso. Cuenta cómo tiene una idea absolutamente formidable para un cuento y se pone a escribirlo. Después lo termina, está bien hecho, pero no es formidable, es algo muerto, no tiene el brillo que esperaba. Me cansaba muy rápido de escribir. Creía que bastaba con poner la idea sobre la página para tener un texto valioso.

'Aufmacher', de la francesa Sabrina Tibourtine, en http://www.eine-der-guten.de/

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