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Hombres de Dios y de la Tierra


Una misión en la zona más pobre. Ese era el subtítulo del reportaje. Y el título: ‘Hombres de Dios’.

La misión citada, la de los religiosos javerianos. La zona paupérrima, Madina, zona de selva en Sierra Leona pegada como un chicle a Guinea. Allí tenían casa y mucho trabajo desde hacía muchos años. El fotógrafo Alfredo Cáliz y yo les habíamos visitado ya antes, acompañando al cantante David Bisbal y su hoy esposa Elena Tablada, admiradores de la obra realizada por estos religiosos, con el español Chema Caballero a la cabeza, con los niños soldado de Sierra Leona (ya comentaré esa visita en otro momento: Bisbal se volcó en el viaje y se dejó la piel en un concierto privado y a pelo para ellos, uno de los más sentidos de su vida). Algunos de ellos, como Alfa, Medo, Bakarr, rehabilitados, colaboran hoy en las tareas de la misión.

Lo que vimos allí entonces nos impactó. Por eso quisimos regresar. Para retomar la historia de las vidas de Chema, Bruno Menici, Franco Manganello… y contar lo grandioso de su tarea de décadas. Para contemplar de nuevo la belleza brutal (y al tiempo, la dureza) de un lugar con una vegetación riquísima donde no hay luz eléctrica, ni agua corriente, donde el médico más cercano se encuentra a cinco horas en coche (también añadiré un texto inédito sobre el único hospital de la zona, gestionado por el hospital catalán San Juan de Dios). Queríamos narrar su trabajo cotidiano (la mayoría de escuelas de la zona han sido promovidas y organizadas o apoyadas por ellos), silencioso, poco sujeto a publicidades a pesar de que ellos no cuentan con recursos propios y sólo se sostienen con donaciones. Ese lado de la Iglesia, que es el que en verdad debería llevar la mayúscula, que nada tiene que ver con los lujos vaticanos. Quisimos regresar para admirar los colores de las ropas de las mujeres, los distintos tonos de la piel, el olor de la selva apretada y sofocante en escenarios que parecían sacados de las películas de Tarzán, el impacto visual que produce esa tierra roja como la sangre con una historia tan violenta. Así que nos instalamos en la misión. Y convivimos con ellos durantes varios días.

Luego lo contamos en escenas como esta:

Terminada la misa, Madina (dos calles cruzadas (una principal al estilo Oeste americano), un mercado cubierto y el resto desperdigado a su alrededor) se despereza poco a poco. Se va haciendo la luz completa; se aclaran los tonos del verde y se afinan los contornos de los cotton trees, de las palmeras cocoteras y las de vino de palma; se consolidan la humedad y el calor; se despliegan los tenderetes y abre el surtidor de gasolina que casi nunca tiene, pero que antes llegaba en botellas y ahora traen en cisterna… Y se ve a las mujeres como manchas de color aquí y allá, que barren los porches o preparan comida en los calderos sobre la tierra, mientras cientos de niños surgen de las cabañas de barro y paja de elefante vestidos con los uniformes de colores, cual fichas de un juego: azul y rosa, colegio católico; verde, wesleyano; marrón, musulmán; blanco, público…

Sierra Leona es un país que guerrea hoy y se pacifica, como si nada, mañana. Con una energía que tumba. Y unas diferencias monumentales entre campo y ciudad. Lo que es pobreza digna en el primero, es hacinamiento, chabolismo y miseria extrema en la capital, Freetown, cuya población ha crecido de unos pocos cientos de miles de habitantes al millón y medio, en una década. Todos los detalles de ese mundo se pueden seguir en el estupendo blog de la ong Dyes, que escribía desde allí y escribe ahora desde España Chema Caballero.

“Lo sorprendente es que, igual que empezaron a matarse, terminaron”, nos contaban él y Bruno en el comedor de la misión, que despues de ser ampliado ya no existe tal cual lo recordamos. El país se ha calmado mucho, ha elegido otra vía distinta a la violencia. En 2002 acabó la guerra civil. Ese año se celebraron elecciones. El Tribunal de la Haya condenó en 2007 a algunos de los responsables de una sangría como se han visto pocas, entre ellos al presidente de Liberia, Charles Taylor. Los diamantes atrajeron la muerte. Costaron sangre, sudor y lágrimas. Se ha avanzado mucho. Pero los rescoldos, la miseria (el país oscila en los últimos puestos de la triste categoría: más pobre del mundo) permanecen. El artículo que nació de aquella visita decía:

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Vanessa del Rio, el porno hecho carne


‘Cincuenta años de conducta algo ligera’.O mejor, Cincuenta años de ligera promiscuidad, así quiso titular Vanessa del Río la recopilación de su vida y obra. Nadie como ella, la diosa latina del porno en los años setenta, se entregó con tanto ardor a su tarea: rodar cine porno con ganas. Aquí está el artículo donde lo contábamos el 2 de diciembre de 2007, esta versión online es un volcado precario y no recoge el impacto que tuvo en Internet en su día porque el editor de El País se modificó y se perdieron (en muchos artículos) todos los comentarios y “me gusta” del original. 

Para los amantes del porno, la boca y el culo de Vanessa del Rio son de referencia. Especialmente la boca. Y su entrega en el momento de decir “acción”. Así empezaba el texto. Sumó 246.630 votos al poco de su publicación (quizá se pudieran recuperar en Google). Un récord nada extraño. Todo lo que implica sexo es lo que tiene.

Su nombre y el adjetivo porno lo consiguieron bien rápido. El tema daba juego:  Nadie rodó tan apasionada escenas de coitos, felaciones y masturbaciones, juntos o revueltos. Nadie ha disfrutado tanto ante una cámara, dejándose penetrar, morder, chupar, lametear, manosear; chupando, mordiendo, lameteando, manoseando ella con un ardor que sólo el verdadero deseo del cuerpo del otro o, en su caso, de los otros, despierta. Fueron 120 filmes en 12 años de carrera, de 1974 a 1986. Se atrevía con todo. Y todos. Aquí está el reportaje en pdf


Surgió el reportaje al hilo de la edición de un libro en la casa alemana Taschen. Se trataba de un Art Edition limitado a 200 copias numeradas y firmadas por la actriz, de magnífico diseño, con litografía de Robert Crumb incluida, a un precio de mil euros. Y otra versión de 1500 ejemplares y coste más reducido. En la obra se aprecia de principio a fin el gusto por el género de Benedikt Taschen, fundador de esta editorial que empezó siendo pequeña y de tebeos y ahora es muy grande. En su oferta incluye siempre títulos sobre sexo, con miradas más o menos tórridas, para todos los gustos y niveles. Los ejemplares de Vanessa, sobra decirlo, volaron como golosianas. Y mucho tenía que ver también el vídeo adjunto, que incluía algunas de las películas más famosas de la época. Aquello no podía dejar a nadie indiferente. Impresionante todo él.

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Las ‘Tentaciones’ de los noventa


Han caído en mis manos viejos números de El País de las Tentaciones, el suplemento de los viernes de El País durante años. Muchos números sólo existen en papel. Ni siquiera se escaneaban o se guardaban en documentación. Son como piezas de un museo. El espejo y el reflejo de una época, que dado el color de la actual parece dichosa. Prometedora. No sólo por los contenidos o su diseño, entonces tan nuevo, sino por la ilusión y le esperanza que desprende cada número. El País de las Tentaciones fue un producto de una época rica.

La periodista Ana Alfageme escribió el año pasado un artículo en El País para rememorar el nacimiento y crecimiento de esta criatura de la que ella formó parte algo después, cuando ya estaba algo crecida.

En octubre de 1993 empezamos un grupo muy pequeño de periodistas con la tarea de montar un suplemento nuevo, fresco, joven. Nadie, salvo el jefe, Alex Martínez Roig, entonces treintañero, parecía tener claro qué diablos era eso. Y él no estuvo mucho allí, porque enseguida lo hicieron responsable de El País Semanal y nos abandonó en busca de otros territorios. “Venía de la sección de Deportes y se enfrentó a dos partos paralelos: el de su hijo Pablo y el de aquella cabecera que incubó durante dos meses junto a Fernando Gutiérrez, un diseñador de origen español y formación británica que le dio a la revista un tono radical con clasicismo tipográfico. “Teníamos la sensación de que siendo un periódico joven nos habíamos quedado mayores”, dice Martínez Roig, ahora director de contenidos de Canal +, “nos planteamos escribir sobre todo lo que nos gustaba: cine, música, publicidad, televisión, con una mirada mucho más gamberra. Tentaciones era una cabecera que se movía por la portada. Siempre bajo la mirada, arriba, a la izquierda, del padre, EL PAÍS, que garantizaba el rigor y la calidad”, cuenta Ana Alfageme en la pieza citada.

Así, nos fuimos juntando todo el equipo Tentaciones, pieza a pieza, como en un puzzle de un paisaje complicado y montañoso.

Goyo Rodríguez, apenas un chaval, que procedía de El Sol recién cerrado y tenía muchas ideas y muchas ganas de comerse el mundo; Tomás Barbulo, un señor hiper serio y muy curtido, que idem… Mikel López Iturriaga, también jovencísimo, famoso bloguero comidista futuro y antaño encargado de lo musical, que procedía del Máster de El País/UAM; Alfonso Rivera que controlaba de cine y otros asuntos; Marta Nieto, que se incorporó desde la sección de Televisión… etcétera, etcétera. Y luego Vicente Jiménez, hoy altísimo cargo del periódico, como responsable, quien le puso muchas ganas, horas y risas a la tarea de crear nuevos contenidos y engordar al recién nacido. Él es el que se lleva el tartazo (abajo) en la conmemoración del número cien. Y eso ya da idea del ambiente.

La portada de Victoria Abril (arriba) y el número uno entero fue un horror. El alma y la mano del diseño eran uno y trino: Fernando Gutiérrez, un genio, un hombre tranquilo, un pesado que traía todo lo cool del mundo británico (donde vivía) en su cabeza. Y a su cabeza nadie tenía acceso. Poco acostumbrado a los cierres, nada sabía de plazos. Y aquello fue el fin del mundo para nosotros y los compañeros del cierre y la imprenta (y el inicio a la fama para él). Consumimos horas del día y de la noche como sorbetes espumosos, salimos, entramos, comimos, bebimos, miramos, remiramos, volvimos a salir y entrar, esperamos y esperamos… para permitir al artista acabar su obra. Y con el tiempo, la remató perfecta.

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El coraje de Natascha Kampusch


Pasó encerrada en un zulo de Viena ocho años, desde los diez a los dieciocho. En manos de un hombre con una vida normal, residente en un barrio normal; un loco que quiso hacer de ella la mujer de su vida, perfecta y sumisa, construida a su antojo. “Ya no tienes familia. soy todo para ti. me perteneces. yo te he creado”, le decía su secuestrador. Estuvimos con Natascha en Viena en diciembre pasado, hablamos largamente, visitamos la casa donde fue encerrada, el barrio, la zona donde creció de niña… El fotógrafo Albert Jodar retrató con maestría ese mundo frío, ordenado, aparente y aterrador. Tan normal y desasosegante todo que cortaba la respiración.. La vida después de la mazmorra titulamos este reportaje que empezaba así:

“Antes de acudir a la cita con Natascha Kampusch, de 22 años, su asesor nos pide que la llamemos Frau Kampusch (señora Kampusch). Porque ella está cansada de que banalicen su nombre; que se abuse de ese “Natascha” tan familiar y sonoro, como si ella fuera aún el juguete que en verdad fue en manos de Wolfgang Priklopil (1962), el hombre que la secuestró el 2 de marzo de 1998, cuando tenía 10 años, y la mantuvo presa hasta el 23 de agosto de 2006. Ese día, siendo ya mayor de edad, ella reunió la fuerza suficiente para escapar del influjo de aquel al que debía llamar “maestro”, al que debía obedecer y servir; un “paranoico de rostro delicado” que la maltrató y la hizo protagonista de una película que solo existía en el “mundo enfermo de su mente”.
Ese día, abrió la verja de la casa donde estaba encerrada, anduvo los 30 metros que hay (los contamos luego uno a uno) hasta la esquina, y corrió pidiendo ayuda. “¡No me pises el césped!”, le gritó una vecina desde una ventana antes de llamar a la policía. Los agentes no daban crédito. Al descubierto quedaba su ineficiencia de años. Y él, el secuestrador, al volar su presa, se quedó perdido: se suicidó arrojándose al tren…”.

El ‘caso Kampusch’ es eso, “el caso Kampusch”; solo tiene una versión, una víctima, una protagonista: ella. No podía haber mejor argumento para un libro. El drama de su vida. Una mala jugada del destino. La historia llena de enigmas y soliloquios de una mujer encerrada en una mazmorra. Digna de un clásico.  Natascha Kampusch publicó hace ya meses sus memorias con la ayuda de dos periodistas austriacas. El libro se ha publicado en otros países (en 30 lenguas). Un bestseller, un libro que quema entre las manos, de esos que uno no puede dejar. Y ahora, en español, lo edita Aguilar. 3.096 días, lo ha titulado, los mismos que duró su cautiverio. “No se puede conseguir amor a la fuerza”, nos dirá dentro de un rato Natascha Kampusch sentada en un ático del monumental centro de Viena. “Nunca”. Ella, más que otros, lo sabe a ciencia cierta”. (…).

Vino a presentarlo a España, recorrió televisiones, radios… Y al marchar se pasó a saludarnos por el periódico. Siempre acompañada por su asesor y su psicólogo. Se tomó un café. Estaba relajada y feliz. Y nos contó cómo en España se sentía libre. Pocos la reconocían por la calle. Podía andar tranquila. Nadie la molestaba. Encerrada hace años estuvo en manos de un loco, encerrada sigue ahora por el peso de la fama. Vivir con la losa del pasado. Y con la presión sensacionalista del presente. Ella hasta ahora consigue salir airosa. Natascha Kampusch es extremadamente niña de aspecto y de gestos. Extremadamente sensible. Extremadamente inteligente. Admirable.

Fotografías: arriba, de Albert Jodar, fue la portada de El País Semanal. Debajo, Albert en plena acción.

La generación leopardo


Ella, Ory Okolloh, habla de historias grandes que podrían parecer minúsculas. Cuenta, y muy bien, cómo con el destino, el lugar donde naces condenado de antemano, y el modo y las condiciones en las que habitas desde que abres los ojos, se puede construir un buen guión, completamente sorprendente y nuevo. Nada planificado de antemano. Libre. Historia de luchadoras/es. La generación leopardo en África.

http://ted.com/talks/view/id/330