Archivo de la categoría: Personajes

Las vidas que vivimos (3)


Desde que desapareció Petra, la vida ya no ha vuelto a ser la misma. Sigue adelante, sí. Pero distinta. Hay como un agujero, un silencio, un aire que pasa y nos detiene a todos en medio de una conversación. Hay una ausencia presente. Quien tenga muertos queridos y cercanos sabrá a qué me refiero si digo que algunos muertos permanecen muy vivos por mucho tiempo… A veces, siempre. Que algunos muertos son eternos.

Las otras hablan entre sí de sus cosas. Yo las escucho en silencio mientras ordeno los libros en el pequeño mostrador que me he inventado con telas de colores. Mientras coloco bien delante un viejo ejemplar de Alice Munro muy subrayado, que encontré en castellano en uno de los mercadillos de Berlín, las oigo comentar cosas cotidianas, insignificantes. Y siento como el frío del recuerdo y la falta del otro se acopla primero en mis pensamientos y luego se cuela en mi cuerpo, en mis huesos, aunque sea aún verano. Siento la muerte cerca. Todos la sentimos, pero preferimos no verla. Es como una tristeza subterránea, un ahogo en un momento dado, entre palabra y palabra… Miras la escena, el paisaje, el jardín, a los tuyos y todo parece ser así para siempre…. pero tu sabes que es un espejismo. Lo sientes. Estás segura: está rondando. La muerte. Pero enseguida regresa lo cotidiano, los tenderos gritan o cantan sus reclamos.

Es día de mercado. Todos echamos de menos a Petra.

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Las vidas que vivimos (2)


Arriba, abajo

La señora de abajo, Frau Müller, ha subido hecha una hidra y tocado el timbre insistentemente porque tiene, dice, una gotera en el techo del baño. “Y se hace cada vez más y más grande. Tengo miedo de que un día se caiga la mancha sobre mi”, comenta. “Que me aplaste”. La señora Müller está claramente enfadada. Mueve mucho las manos gastadas intentando abarcar el tamaño de la marca de agua, así, así, así… Debe tener mas de cincuenta años, viste un jersey agujereado, luce muchas arrugas, piel empobrecida.

Yo, en pijama, en la puerta, me limpio las legañas… “¿Bajo a verla?”, me ofrezco, sin acabar de entender el tempo elegido por el agua del baño para aparecer justo ahora que no hay grifo alguno abierto. “Y así aviso a la Hausverwaltung para que vengan a arreglarla de inmediato”.

Pero ella se niega. No, no, no quiere. Se cuadra, cerrándome el paso en el rellano, ante mi gesto dispuesta a descender. No deja hablar. Gesticula sin pausa. Y se va sin más escalera abajo mientras yo, despeinada, impresentable, tiritando, la observo. Son las seis de la mañana de un invierno berlinés. Un niño lloriquea en alguna de las casas vecinas. Se oye una radio con música melódica alemana estilo meineLiebe, meineLiebe… Huele a café. Fuera reina una niebla pegajosa; apenas un rayo de la tradicional luz grisacea del norte asoma ya.

  • “Parece una mujer infeliz”, había dicho de ella mi hijo adolescente un día de verano cuando nos la cruzamos por el patio repleto de bicicletas, contenedores de basuras y plantas. Entonces hablaba sola. Entonces iba vestida de colores. Muchos colores en todas partes. Cuerpo y cara. Esa fue la primera vez que la miré. Pero no la vi, en realidad.

Vuelvo a la cama. Pero Frau Müller ya se ha vuelto presencia. La he visto (y no sólo mirado) e incorporado a mí. La siento allí debajo. La oigo casi respirar.

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Otro rostro, otro cuerpo, otra vida… por un segundo


Veinte pacientes de cáncer fueron invitados a participar en esta experiencia organizada por la Mimi Foundation y la agencia Leo Burnett France con el objetivo de olvidar por un segundo el horror de la enfermedad y jugar, reír, disfrutar, vivir como si aquello no estuviera allí… Por un segundo.
Un fotógrafo tras un espejo, maquilladores, peluqueros… El enfermo transformado.
Y los ojos cerrados.
Cuando los abrían, veían, sentían, mostraban esto….
Y una a una han conseguido más de ocho millones de visitas en días.

Bajo otro título, “Because who is perfect? Get Closer”, y la misma idea, la firma suiza Pro Infirmis quiso celebrar el Día del Discapacitado de manera especial. Invitó a un grupo de ellos y los convirtió en maniquíes por un día. Los paseantes que cruzaban por la estación de Zurich quedaron sorprendidos. El objetivo era provocar reflexión y contribuir a aceptar las diferencias. Alain Gsponer lo recogió en este vídeo.

Estereo-tipos


African Men. Hollywood Stereotypes. [mamahope.org] from nycteacher1 on Vimeo.

Las vidas que vivimos (1)


Las vidas que vivimos (1)

Petra tiene casi sesenta años y cada sábado baja al mercado cabizbaja y silenciosa. Nos habíamos cruzado así, mudas, muchas veces. Pero la última vez que la vi, me habló por vez primera. Fue junto al puesto de sandías. Y lo hizo a borbotones para decirme que todo, últimamente, remite a caminos de vuelta, a retornos, a vías hacia atrás y que esto podría ser natural, bien normal, si no fuera porque tal moda invita a los más jóvenes a mirar al pasado cuando es hacia adelante adonde deberían enfocar sus ojos. Lo ya vivido se lleva; todo lo vintage se recupera y se vende; se canta La chica de ayer (ella se la sabe, asegura) y otras músicas de antaño; se programan documentales sobre casas, oficinas, bancos, empresas abandonadas llenas de muebles, objetos, cuadros, papeles repletos de nostalgia que remiten a lo que su generación y la de sus padres o abuelos construyó un día… Recordar, recordar, recordar.  A ella la mata la melancolía. Y eso está bien para su edad, pero no para otras. Eso decía.

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Lección flamenca


Especialmente dirigido al FMI hoy mismo, parecer ser, que acaba de recomendar el recorte otra vez. Y no de la mala gestión o de los gastos superfluos de representación, administración, gestión y buena vida de los políticos y altos cargos sino los sueldos de quienes trabajan muchas veces por apenas mil euros (el grueso en este país) y, de paso, anima a desmantelar aún más mucho de lo bueno de lo que aún se estaba organizando, montando, orientando, creando, consolidando en pensiones, sanidad y educación… Allá por donde podríamos ir por el buen camino, robado por unos y recortado por otros, ay.

“Con pancartas y con consignas, salgo a la calle a gritarte // Que me rebelo, que me rebelo // Que hay cositas que yo no quiero, que hay cositas que yo no quiero”.

La voz de Miguel López Castro, profesor de la Universidad de Málaga, quebró la solemnidad del acto de graduación de sus alumnos de Psicopedagogía…

Ver texto en Andaluces.es

Obamanía


Esta entrevista entre famosos tuvo lugar al poco de recibir Obama el Premio Nobel de la Paz en 2009, ese tan discutido y tan surrealista tratándose de un político que mantiene guerras abiertas de muchos modos distintos. Pero yo soy fan del personaje, me interesa el papel que representa y el modo en que juega sus cartas. Tanto él como su esposa, Michelle Obama. Su elección tuvo un gran significado en su país. Y por extensión, en el mundo. Y lo tiene en todo África, ahora que está de gira, dicen que vive sus horas más bajas y EE UU mira al continente con mucho, mucho interés, renovado al menos, dado que China está dando pasos de gigante (y se lo está apropiando pasito a pasito, obra a obra, carretera tras carretera). Casi al final del viaje Obama ha anunciado inversiones billonarias para mejorar el acceso a la electricidad, energía que falta en muchos lugares del continente y en otros falla más que anda.

Pasión constitucional. Por Benigni


 

Memoria de la resistencia francesa


Tereska Torrès, resistencia francesa. Así se tituló la necrológica que escribí en septiembre pasado en el diario EL PAÍS sobre la muerte de esta escritora y realizadora que luchó en la II Guerra Mundial junto a De Gaulle y publicó un libro, que se convirtió en superventas, narrando su experiencia en el conflicto. La visité en su casa de París el año pasado al hilo de la publicación de su libro Mujeres de uniforme, en la editorial Demipage, para un reportaje en El País Semanal, Erotismo en el Ejército de Liberación. Fue todo un placer y una experiencia. Siento su pérdida. Aquí va el texto completo.

“Ver su nombre en la lista de la sección Carnet du jour de Le Figaro , allí donde se anuncian muertes, recordatorios y otros asuntos casi siempre de ida pero sin vuelta, causa tristeza y desasosiego. Tristeza porque Tereska Torrès (París, 1920), escritora francesa, no abrirá nunca más la puerta del atelier número 13 del llamado Le Jardin Fleurie, ese estudio de herencia familiar (su padre fue el escultor Marek Szwarc), donde residieron un día artistas como Gauguin o Modigliani. Un lugar rescatado de la Exposición Universal de 1878 que era, como ella misma, huella de un tiempo ya diluido. Tereska, fallecida el pasado día 20 de septiembre, fue evacuada a Londres durante la ocupación alemana de su país durante la II Guerra Mundial, fue miembro, con apenas 18 años, del Ejército de Liberación francés y resistió junto a De Gaulle y otras 400 voluntarias bajo las bombas fascistas en la capital británica.
Contó su experiencia en ese ejército de asistencia femenino en una novela que le dio fama, Women’s barracks (Mujeres de uniforme), y gran disgusto. Se convirtió en superventas en EE UU a su pesar, al ingresar en la categoría de “literatura feminista y erótica” (alabada por unos, repudiada por ser “perniciosa para la moral” por otros). Seguir leyendo Memoria de la resistencia francesa

Tindouf


DSC07866El ventanuco en Tindouf

En las habitaciones no se puede dejar abierto el ventanuco. Primera norma en “El Protocolo”, el nombre que se le da al centro de recepción de extranjeros en Rabuni, corazón administrativo de los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf (Argelia). Allí es donde muchos suelen alojarse y donde fueron secuestrados hace unas semanas tres cooperantes, dos españoles y una italiana. Al ver las fotos que ilustran la noticia lo he recordado. He buscado las mías. Y ahí estaban. Hay que cerrarlo, decían, porque si hace viento y se despierta el siroco, entonces vendrá la arena y se colará dentro, y será tanta, tan densa que lo cubrirá todo con su manto, camas, mesas, papeles, el ordenador… Bien cierto. Esto es Tindouf, en Argelia. Es el desierto del Sáhara. Pero aún siéndolo, no se trata de uno hermoso, sino de una llanura pedregosa, la Hamada, donde nadie jamás viviría. Ni los saharauis siquiera. Quizá por eso fue que Argelia les prestó este rincón hace ya más de tres décadas, cuando fueron expulsados de la suya en el Sáhara Occidental (hoy controlada por Marruecos) y España los dejó abandonados.

DSC07867Al poner el pie aquí (para el reportaje de El País Semanal titulado Sáhara, desierto y (des)esperanza) se comprende todo: uno ha de ser refugiado para soportar esto largo tiempo; carecer de lugar en el mundo adonde ir. Aquí no hay bucólicas dunas amarillas (solo en la wilaya de Dajla, la más lejana) para caer rodando y hundir los pies. Aquí no hay escapada. Hacia allá, el vacío inmenso, camino de Mauritania. Hacia acá, papeleos, burocracia saharaui interna y fronteras: el muro levantado por Marruecos, a un lado; el control argelino, al otro. La situación y la geografía apenas dan tregua tampoco a los cooperantes (tras el shock del secuestro permanecen allí medio centenar de españoles; no han sido, de momento, evacuados y las ong mantienen su trabajo habitual). En las wilayas, los campamentos, de Rabuni, Smara, Dajla (donde se celebra cada año el festival de cine FiSahara), El Aaiún y Auserd, la vista se pierde achicharrada en el horizonte, entre jaimas de obra y desechos de vehículos llegados y abandonados por mor de la ayuda internacional (caridad y condena al tiempo). Un campo de prisioneros me pareció siempre esto; la mayor evidencia de la indiferencia y fracaso de la política internacional (como sucede en Tíbet o Cachemira o tantos otros). 165.000 personas encerradas más de 35 años, condenadas por cuestión territorial: el Sáhara Occidental tiene costa; tiene pesca con la que comercia Marruecos sin ser dueño reconocido y de la que se alimenta la Union Europea con complicidad… Una espina enquistada a la que sólo le faltaban la inseguridad y la sospecha de mano negra de Al Qaeda o similar. “El problema”, que lo llaman algunos y es título de un documental que estos días se presenta en FilmAfrica2011 en Londres.


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Si te asomas desde cualquier habitación en el Protocolo se ve el exterior, dos construcciones alineadas sobre un patio, puertas con cortinas y ventanucos pintados de rojo en construcción precaria, con rejilla de plástico y visillo carcomido por el clima. Un edificio en medio de la nada, y ésta en medio de otra nada mayor. Círculos concéntricos de un territorio donde la gente sortea como puede, con amabilidad, sonrisas, hospitalidad, mucho té y mucha fortaleza, el desaliento; la sensación de vida inutil, la provisionalidad. Ancianos que desesperan porque ya no verán lo soñado, y jóvenes que también, porque ven demasiado lejanas las promesas. Las nuevas generaciones no quieren ya referencias del pasado; nacidos y crecidos en este callejón sin salida, en la inactividad y el olvido. Quieren acción. Reprochan al Frente Polisario haber esperado demasiado. Exigen decidir y hablar. Miran con expectación y rechazo las protestas y la represión, respectivamente, que se suceden en El Aaiun, al otro lado.

Los campamentos de Tindouf son cementerio y bomba de relojería a un tiempo. Será por la fuerza, por el poder de las armas, por pura inanición o, quizá, por relevo generacional, que es lo que sueñan Marruecos y España: que se desvanezcan de algún modo un buen día para borrar ese grano molesto en la conciencia. “El exilio es como una neumonía, se necesitan antibióticos para tratarla. En este caso, el antibiótico es la solución política, aunque yo no pueda ofrecerla. Tan solo tengo aspirinas para aliviar el dolor”, comentó el alto comisionado de la ONU para los refugiados, Antonio Guterres, durante su visita al norte de África hace ya un tiempo. Hasta ahora nada ha cambiado: no sirven las peticiones internas, ni las llamadas a la ONU, ni parecen servir los discursos de famosos pidiendo socorro y medidas efectivas en paz, como el último de Javier Bardem.

Sólo en el Protocolo (o similares) consiguen los cooperantes desconectar, protegerse unas horas del calor insoportable: más de 50 grados en agosto. Es el único lugar con aire acondicionado, lo que hace la vida más llevadera. Cuando la corriente eléctrica se va (y se va mucho) se termina la dicha en el interior de las habitaciones. Hay que salir al exterior, dentro el aire ahoga. Y cuando el sol se pone y refresca, los residentes prefieren sentarse fuera, espalda apoyada contra la tapia o posaderas sobre el bordillo. Un ritual. El gran espectáculo nocturno aquí son las estrellas. Y la charla. Se sacan mesas y sillas, enseres y comida, y se comparte a la luz de la luna igual que lo hacen las familias saharauis sobre las alfombras en las wilayas. Se cuentan noticias, penalidades, anécdotas, lo que es y será… Recuerdo una noche. Los voluntarios de Oxfam Bélgica describían las operaciones del reparto de comida; dos miembros de una pequeña ONG catalana andaban arreglando papeles para poder trasladar a un grupo de adolescentes a un instituto catalán y se quejaban del papeleo; otros españoles mostraban su contento por poder visitar a sus hijos adoptivos saharauis… Alguien invitó, entonces, a asistir a la tradicional matanza de camellos por la llegada del Ramadán. Carne para añadir a la dieta. Muy necesaria. No prosperó la idea desde el momento en que empezaron a contar que los camellos lloran, gimen desesperados al presentir la muerte, como suplicando. “Tenemos vídeos del año pasado, ¿queréis verlos?”, preguntaron. Nadie quiso. Quizá porque fue inevitable pensar que tal escena era pura metáfora de la situación de este pueblo.

Nota: Los cooperantes secuestrados en Tindouf  fueron liberados ocho meses meses después de publicar , el 6 de noviembre de 2011, este texto en el blog África no es un país

Rodeados de nadie


Surrounded by no one (rodeados de nadie) se titula el nuevo trabajo de la noruega Margaret M. de Lange (Oslo, 1963), en el que retrata lo que hacemos y somos cuando nadie nos ve; cuando escapamos a los ojos ajenos; cuando nadie observa nuestros gestos y acciones, nuestros cuerpos. Cuando cerramos las puertas y somos más nosotros, relajados, olvidados y solos. Cuando nos relacionamos con nosotros mismos. “A lo mejor, todos somos los otros”, afirmaba el escritor José Saramago. Y sí, quizá lo seamos.
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Hace unos días terminó su exposición Surrounded by no one, que fue producción y primicia del museo Fotografiska, de Estocolmo (comisariada por Maria Patomella, se moverá ahora por distintas ciudades), pero lo incluído en ella también se ha hecho libro gracias a la editorial londinense TrolleyBooks.
Las personas que aparecen en estas fotografías, dice Lange, son en realidad ella misma (y nosotros); reflejan su sentido del propio cuerpo, de la soledad y el miedo, su esperanza y deseos, sus pensamientos sobre el ser propio y ajeno. Y suponen una vuelta de tuerca, la segunda, en la trayectoria (corta) de esta artista que recibió alabanzas y premios por su obra anterior, Daughters (2009), con su peculiar modo de mirar y retratar a sus hijas durante los veraneos nórdicos. Seguir leyendo Rodeados de nadie

Obama+s


La versión oficial

La versión no oficial. @Zapiro

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Ser o sentirse víctima


Marie-France Hirigoyen

“Ahora todo el mundo se cree víctima de algo

Desvelar acosos y manipulaciones ha sido y es el objetivo de esta psiquiatra francesa que ha puesto sobre el tapete conductas sociales como el acoso o la manipulación, a las que se obviaba. En su nueva obra se ocupa del abuso de debilidad y sus víctimas más vulnerables: jóvenes y ancianos. Ella misma, confiesa, de joven era muy manipulable, muy naif: “Me defendía mal y me enfadaba mucho, era intolerante. Hoy que soy más vieja, soy más tolerante. Ahora que mis límites son más precisos, estoy más serena”.

Estudió en Francia y EE UU y dice no estar nunca satisfecha con lo hecho: “Si lo estuviera, no continuaría haciendo”. Opina que la sociedad europea es de lejos más flexible que la norteamericana. Y sobre su color político afirma estar en “lo social” más cerca de la izquierda: “A veces no soy de ninguna parte. A veces, los políticos son desesperantes”. Charlé con ella en Madrid y publicamos la entrevista hace dos semanas en El País Semanal. Pero no se ofreció en su versión digital. Hoy la menciona Maruja Torres en su columna semanal del mismo medio (y se lo agradezco). Y la traemos aquí en su versión primera un poco más larga.

Que el demonio es una persona común y corriente ya lo sabíamos, pero ahora, con el nuevo libro de Marie-France Hirigoyen, El abuso de debilidad y otras manipulaciones (editorial Paidós), aprendemos a identificarlo aquí mismo, a pie de calle. Esta médico, psicóloga y psiquiatra francesa de raíces vascas, formada en EE UU en una materia que parece muy actual y jugosa (victimología), le pone nombre y apellidos a la perversión cotidiana como ya antes hizo con la que se produce en el mundo laboral o de pareja. Hirigoyen, de 64 años, menuda, formal en el vestir y amable en las maneras, es una eminencia en acoso moral. Escribió en 1998 un libro así titulado, El acoso moral. El maltrato psicológico en la vida cotidiana, que se convirtió en best seller (en España, la obra, también en Paidós, lleva más de 20 ediciones) y es biblia; luego otro, El acoso laboral en el trabajo, que ayudó a sacar del armario una realidad brutal (uno de los ejemplos que ella cita habitualmente es el escándalo de los suicidios desde 2008 en la compañía France Télécom, una suerte de metáfora de todo lo que no se debe hacer) e influyó en leyes internacionales, en expertos y jueces, también después con sus Mujeres maltratados o Las nuevas soledades. Hirigoyen es o sigue siendo asesora por doquier, en Bélgica, Canadá, Japón, Brasil… “Me llaman para dar clases, para discutir sobre cuestiones éticas… ¿Por qué? Quizá porque trabajo desde hace mucho con sujetos de violencia perversa y veo más rápido las situaciones malsanas. Yo les digo a los jueces: ‘Cuando os sentís tontos y que no entendéis ya nada, es que os estáis dejando manipular…”, se ríe esta mujer que asegura vivir sin miedos y encontrarse mejor que nunca. “La madurez es un periodo enriquecedor, ya no sientes ansiedad, ni prisa. Mis dos hijos son adultos, tengo más tiempo para mí y tantas cosas aún por probar…, continúo atendiendo pacientes, escribo, doy clases en la universidad, y proyecto crear una escuela de asesores, porque yo no doy abasto, debo rehusar mucho y me produce insatisfacción”. A veces, antes de hablar se atusa el pelo claro con sus manos como quien se remanga dispuesta a entrar en faena. Y al acabar esta entrevista insiste en que saber bien lo que es éticamente correcto para uno, lo que está uno dispuesto a hacer o no, mejora la vida, contribuye al bienestar psicológico, aligera mucho la carga existencial.

Manipulaciones en la vida cotidiana. ¿Cuál ha vivido usted recientemente? Yo no me dejo manipular tan fácil [se ríe], porque a mi edad tengo claros los límites de lo que creo aceptable. Cuando algo no me gusta, no lo hago. Esto es posible ahora, al final de carrera, porque no tengo nada que perder; cuando eres joven, eres más vulnerable, andas buscando tu sitio y tienes que aceptar ciertas situaciones… Pero hay que separar la manipulación normal y positiva y la que no lo es. Todos manipulamos de algún modo. A los niños, para que estudien; a los amigos, para que vengan al cine… Eso es sano. La diferencia entre una y otra es la intención… es decir, llevar a alguien adonde queremos, usar al otro de manera destructiva.

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Con Kate Morton en Paddington


Publiqué este texto en El País Semanal en febrero de este año, después de compartir unos días con la escritora en Brisbane (Australia), su lugar de residencia, un lugar nuevo e inesperado para mí. Era mi segundo encuentro con ella y mi primer viaje a las antíp0das, experiencia que me permitió descubrir la verdadera dimensión del mundo (tal como Morton me había avisado). Además, Kate Morton confirmó lo ya sabido y resulto ser una profesional de primera. También en el modo y tiempo dedicado a quien se ocupaba de ella a pesar de que en ese momento andaba atacada de los nervios: le quedaban muy pocos días para entregar su nueva novela, The secret keeper, la misma que se publica esta semana en inglés en Simon&Schuster.  Sirva mi texto de agradecimiento y recuerdo de aquellos días con esta mujer bestseller. Y he aquí la información sobre su nueva obra contada por ella misma en vídeo y el primer capítulo de la obra, titulado Laurel.

Con la fotógrafa Gillian Van Niekerk en plena faena.

Tras el secreto de Kate Morton

Gracias al boca a boca, esta australiana de 35 años, casada y madre de dos hijos, ha vendido a un público heterogéneo de todo el mundo ocho millones de ejemplares de sus novelas victorianas; 800.000 en España. ‘El País Semanal’ viaja hasta su casa para desvelar el secreto de su éxito y hablar de su tercera obra, ‘Las horas distantes’.

La escritora superventas había avisado: “Cuando vuelas hasta Australia es cuando adquieres conciencia de la dimensión del mundo, de su inmensidad”. Y tiene razón. La flechita en la pantalla del avión que marca la ruta va dejando atrás Europa, la península Arábiga, el subcontinente indio, se dirige a Singapur… Y desde allí aún queda una jornada laboral completa hasta aterrizar en la ciudad de Brisbane (dos millones de habitantes, en Queensland, nordeste del país, la tercera mayor de Australia), lugar de residencia de Kate Morton, la autora que ha conquistado el mundo desde Oceanía.
Solo de su segunda novela, El jardín olvidado, ha vendido más de medio millón de ejemplares en España (y otros 250.000 con la primera, La casa de Riverton). Casi ocho millones en total, en 38 países. La tercera, Las horas distantes, se publica ahora aquí en la editorial Suma de Letras. Y en ella, otra vez sus obsesiones son explícitas: “La estrecha relación entre el ayer y el hoy, y también Inglaterra, con sus sagas familiares, sus casas antiguas, sus libros centenarios, con ese sentido de continuidad histórica…”, explicará luego. Ese es el motor de sus narraciones: un pasado que se resiste a morir y acaba cimentando (o diluyendo) el presente.
Kate Morton (Berri, 1976) traza vidas como esas líneas en los mapas de navegación; sus personajes, habitantes de un mundo y un tiempo concreto, van y vienen, aterrizan y despegan de él cargados de peripecias que se enlazan y entrecruzan; dibuja el rastro de los que estuvieron y ya no están, pero crearon un tejido que condiciona el de sus sucesores, el nuestro. Los avatares de tres hermanas marcadas por los sucesos en esas horas distantes de la Segunda Guerra Mundial es lo que nos trae ahora.

Tan lejanas, se diría, como Australia misma, que a ojos mediterráneos parece inalcanzable. Entenderla quizá sea acercarse un poco más a Kate Morton. Hay que abrazar gran parte del globo durante un día completo y adelantar el reloj y la cabeza nueve horas cuando se pone el pie en esta mancomunidad, su país, gobernada por dos mujeres, que es como una isla gigantesca en las antípodas (con una superficie cercana a la de EE UU, pero con 14 veces menos población, 22 millones, tan vacío que da vértigo); el segundo del mundo tras Noruega en el índice de desarrollo humano 2011. Puros nórdicos del Sur. América, Europa y Asia, fundidos en este verano austral. ¿Tienen problema de identidad los australianos? Morton dirá luego, sonriendo con su boca inmensa, que sí. “Tenemos una forma de vida muy norteamericana, pero la cultura con la que nos formamos y que nos atrae es europea y la influencia asiática es cada vez mayor”. Un melting pot que no acaba de reconocerse en sus orígenes aborígenes milenarios, que fue enorme territorio carcelario para los británicos desde el siglo XVIII, se independizó en 1901 y aún mantiene a la reina británica, Isabel II, como propia.

Curioso lugar al que el estereotipo actual ha dotado de minas, desiertos, eucaliptos, koalas, canguros, tiburones y playas repletas de surferos cachas sin fin. Asuntos varios y con tirón que sí son tal, pero que suelen aparecer poco o nada en la obra de Morton. Su ambiente literario es otro, mucho más de interioridades dramáticas y exteriores románticos; de decoración victoriana y acantilados amenazantes; de castillos ruinosos con paredes que rezuman historias y seres atormentados que languidecen cargando fardos de secretos familiares.
Más de viejo continente que de este en apariencia joven y próspero, en el que la crisis económica actual apenas es rumor en la costa y donde la arquitectura se levanta a imagen y semejanza del cóctel de gente que pasea por sus calles. Brisbane es puro ejemplo: el centro de la city es un mall continuo, todo producto es chino, hay gimnasios por doquier y playas urbanas en la ribera del río homónimo, que se desbordó justo ahora hace un año con resultados desastrosos aún no olvidados. “Mi literatura bebe de fuentes góticas, de aquello que mamé en mis lecturas juveniles, que solían ser de las hermanas Brontë, Dickens, Daphne du Maurier, Poe o Lucy Clifford, por poner ejemplos de la literatura victoriana que estudié”. De educación británica, lo que la convirtió en lectora impenitente es, sin embargo, popular y siempre el mismo: “Sin duda, Enid Blyton”.

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Asesinato en Kinshasa


¿Quién asesinó al presidente Laurent Kabila? Una historia apasionante que acabo de ver en la cadena AlJazzeera. Producción propia, 2011.