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Rodeados de nadie


Surrounded by no one (rodeados de nadie) se titula el nuevo trabajo de la noruega Margaret M. de Lange (Oslo, 1963), en el que retrata lo que hacemos y somos cuando nadie nos ve; cuando escapamos a los ojos ajenos; cuando nadie observa nuestros gestos y acciones, nuestros cuerpos. Cuando cerramos las puertas y somos más nosotros, relajados, olvidados y solos. Cuando nos relacionamos con nosotros mismos. “A lo mejor, todos somos los otros”, afirmaba el escritor José Saramago. Y sí, quizá lo seamos.
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Hace unos días terminó su exposición Surrounded by no one, que fue producción y primicia del museo Fotografiska, de Estocolmo (comisariada por Maria Patomella, se moverá ahora por distintas ciudades), pero lo incluído en ella también se ha hecho libro gracias a la editorial londinense TrolleyBooks.
Las personas que aparecen en estas fotografías, dice Lange, son en realidad ella misma (y nosotros); reflejan su sentido del propio cuerpo, de la soledad y el miedo, su esperanza y deseos, sus pensamientos sobre el ser propio y ajeno. Y suponen una vuelta de tuerca, la segunda, en la trayectoria (corta) de esta artista que recibió alabanzas y premios por su obra anterior, Daughters (2009), con su peculiar modo de mirar y retratar a sus hijas durante los veraneos nórdicos. Seguir leyendo Rodeados de nadie

El trasero como gancho


He aquí un modo común y corriente de hacer todo tipo de promoción turística, comercial y/o personal (que las engloba a todas). Enseñar palmito espectacular y convertir un objeto o lugar en deseado y cool ipso facto es todo uno. Así, cualquier mortal sabe que chicas y chicos esculturales dan brillo y esplendor en un momento dado a las playas, restaurantes, discotecas, museos y hasta ciudades monumentales, ampliando lo sociocultural hasta el infinito (de lo sexual) y más allá. Un buen gancho el cuerpo. Y de todo él, el culo no tiene igual. Por esta y otras razones, los de la marca surfera Reef, que se dedican al gremio desde hace un cuarto de siglo, y algo saben del tirón de la anatomía (con o apenas sin bikini o bañador), de playas exóticas, olas revoltosas e imaginación y emoción del que contempla venir la ola, se han hecho desde 2010 un hueco en el apartado calendarios eróticos de este mundo (allí donde el de Pirelli ocupa el trono en todos los sentidos y sin discusión: en el próximo, ya en capilla, Kate Moss aparece en cueros). Un género ya de la fotografía palmito-testimonial. El proyecto del Calendario Miss Reef, durará cinco años, con rodajes en cinco países de América Latina. Llevan ya tres. El primero se dedicó al Norte de Brasil. Y este que cuelgo abajo fue el vídeo promocional del 2011 que corre, que tiene como escenario un Panamá muy resbaladizo y carnal.

El adelanto del 2012 se acaba de presentar en vídeo (arriba) bajo el mismo esquema: chicas de cuerpo y, sobre todo, culo perfecto, paisajes limpios y exóticos, mucha agua, mucho tejido natural, mucha sugerencia, ambiente gustoso y… ganas de volar hasta allí para comprobar en vivo y en directo que eso que se ve es la pura verdad… (que va a ser que no, ya lo sabemos… pero ¡qué mas da!). La modelo peruana Vanessa Tello es protagonista (la misma que abrió línea de lencería en agosto bajo la marca Ser al grito de: “Me siento sensual e inocente a la vez”) junto a Betzaida Herrera (Miss Reef Hawaiian 2010), la norteamericana Michal Pierce (Miss Reef ECSC 2010) y la puertorriqueña Cristal. Todas ellas han grabado esta vez en Puerto Rico, fotografiadas por Nicholas Routzen y Emiliano Gatica, en una producción de Ryan Moss (experto en películas de surf, aunque las tablas aquí, o no las vemos o no las recordamos). Las localizaciones paradisíacas son excusa perfecta (paisajes de Isabela, Aguadilla, Rincón, Isla Palomino, playa Flamenco, en Culebra; el salto de la Leche, en San Sebastián o las cuevas de La Ventana, en Arecibo, entre otros…) para mostrar el trasero destacable de estas mujeres latinas que, como se ve, están encantadas de haberse conocido (y no disimulemos, nosotros también a ellas, ya sea por envidia o por deseo). Un total de 52 páginas conforman este calendario 2012. Los escenarios (y lo demás) para los dos próximos años se andan buscando ya.

Penemanía


Marchoso o no, largo o corto, siempre orgulloso y trabajador, siempre en el punto de mira, la valoración de este órgano como símbolo de la masculinidad se ha puesto en cuestión en las últimas décadas. Un documental, Mr.Big, recorría hace no mucho su historia con cariño e ironía. Lo conté en este artículo publicado en El País Semanal, en 2005. Esta es la versión extensa del publicado originalmente.

Los altibajos del pene

El pene es una broma evolutiva, un regalo envenenado, un individuo independiente que cuelga entre las piernas. Lo decía el sexólogo Manuel Lucas no hace mucho. Y añadía: “Los humanos somos prácticamente los únicos mamíferos a los que la naturaleza ha dotado de un aparato sexual con mecanismo eréctil casi totalmente vascular; sin ningún tipo de apoyo, ni óseo, ni cartilaginoso”. Y ese colgajo desamparado -fundamental en la reproducción, en las relaciones sexuales, y motivo de atención física y artística desde la época de las cavernas- representa mucho para el hombre (suelen decir ellas) y para la mujer (según ellos). Y parece que ahora más que nunca. A pesar de algunos tropiezos vividos durante las últimas décadas. Eso es lo que explica un documental de producción francesa que estos días emite Canal + , titulado Mr. Big. Todo sobre el pene (en francés, Grandeur et decadence du pénis), en el que se intenta quitar hierro a sus altibajos, desmitificar su papel y describir con ironía sus penalidades, su fragilidad, su significado sexual y social en tiempos de cambio y revolución sexual. “¿De veras han muerto los machos?”, se preguntan. “¿Tan ridículo resulta ya el hombre? ¿Realmente inútil?”. El asunto, polémico, despierta tantas pasiones y respuestas como el miembro mismo.

Pruebe a dejar caer a la hora de la comida algunas cuestiones para ellos del estilo:

“Para ti, de cero a diez, ¿qué importancia desempeña el pene en tus relaciones sexuales?”.

“¿Su comportamiento influye en tu autoestima?”.

“¿Crees que el tamaño importa?”

O para ellas (las mismas, pero con variaciones del tipo):

“¿Qué importancia tiene el pene de tu pareja en vuestras relaciones?”.

“¿Crees que influye en su autoestima?”.

“¿El tamaño te importa?”

Y la conversación se animará de golpe.

Provocará respuestas como las que siguen (esta es una encuesta improvisada vía e-mail entre hombres y mujeres de la redacción y alrededores, de 25 a 60 años):

“El protagonismo del pene es ahora mayor desde que la mujer ha tomado las riendas, la iniciativa. Igual que los prefieren musculosos, los quieren bien dotados. Es a ellas a las que les importa el tamaño”.

“Es cosa de disfrutar dos; pero, sin pene, yo nunca llegaría al 10”.

“Es evidente que no todo es penetración en esta vida, pero si el pene no se excita, no hay relación sexual… Si no hay eyaculación, digamos que la relación sexual no sería satisfactoria para el hombre…, y el que diga lo contrario, miente. Así que la importancia del pene está entre el 9 y el 10. No hay otra”.

“A mi pene le doy un 10 sin dudarlo. Aunque está claro que sin él pueden hacerse muchas otras cosas. (Pregúntenle si no al ingenioso Bill Clinton. Después de jugar con los puritos y mentir a la nación americana, le preguntaron si para él el sexo oral es sexo. Respuesta de Clinton: ‘Depende de lo que el verbo ser signifique)”.

“Dejando a un lado el micropene, todo pene susceptible de producir placer es válido. En Japón son grandes expertos en la cama, porque, dicen, saben manejarlo. Al final, eso es lo que importa”.

“Para la mayoría de los hombres, su pene es su fortaleza, su hombría. Y creo que están equivocados. ¿El tamaño importa? Sí y no. Porque no es lo mismo follar que hacer el amor. En el sexo sí puede que me importe el tamaño; pero en cuestiones de amor, con los sentimientos consigues el mayor placer. Claro que si encima tu pareja está bien dotada, mejor que mejor”.

“¿Importancia en mis relaciones? Pues un 8. No le doy más porque los juegos sexuales que no implican al pene también me encantan; pero la penetración, cuando está bien hecha -porque todavía hay mucho embestidor (de embestidas) suelto por el mundo-, es superplacentera”.

“Le doy un notable alto, 8,5. Me imagino que sí que influye en su autoestima; él, al menos, se pone muy contento. El tamaño no importa, sólo si es tan pequeño que no da la talla. En cualquier caso, carezco de datos para comparar en los últimos, al menos, 15 años”.

“El tamaño sí importa, pero en el sentido contrario al mito: disfruto más con la penetración de un pene normal, o incluso tirando a pequeño, que con uno muy grande. Uno muy grande es molesto. Y uno tirando a pequeño, bien manejado, es estupendo”.

“Tiene una importancia relativa, que comparte con mi vagina y mi clítoris en igual medida y con nuestras zonas erógenas. ¿Un número? Podría darle un 4. Le saca ventaja a su lengua, pero no tanta”.

“En realidad, el pene hoy día es más visible para todo el mundo de lo que lo ha sido durante siglos”, señala Michael Sims en su interesante libro El ombligo de Adán, sobre la historia natural y cultural del cuerpo humano. Quizá por eso provocan tanto morbo noticias recientes como la del nigeriano acusado de violación, y luego absuelto, al que se le midió el pene para probar si los desgarros sufridos eran cosa del tamaño; la del caníbal alemán condenado a perpetua por matar y zamparse el miembro de su víctima; la del primer hombre sometido a un trasplante de pene (en China) que pidió que se lo quitaran (¡a saber con quién habrá retozado!, pensaba), o todo aquello relacionado con la atracción irremediable de los cuerpos (pongamos el exitoso Festival Erótico de Barcelona, por ejemplo, en el que hasta dan premios al pene más bonito del año). “En la cultura del milenio, el falo campa por las películas pornográficas y por los anuncios de Viagra, por los expedientes de acusación contra los presidentes de Estados Unidos y por las revanchas de las esposas…”, sigue Sims, recorriendo nuestra fisiología como si de un viaje transoceánico se tratara.

Y eso también, un viaje por las relaciones sexuales con protagonista estelar, es el documental Mr. Big. En él se mezclan entrevistas con escritores, periodistas, sexólogos, sociólogas y artistas (Philippe Starck) con escenas de películas (Austin Powers, American psycho o Boogie nights, supuestamente basada en la historia de Mr. Cock, la primera estrella del porno, John Holmes, con sus 34 centímetros, 44 años de vida y muerte de sida), anuncios y obras teatrales como Las marionetas del pene o Marquis, sobre la vida del marqués de Sade, donde el hombre aparece sometido a los caprichos de su pene parlante -“puedo hacerte perder la cabeza”, le dice éste, amenazante, a su dueño-. También hay músicas y músicos como David Bowie o Iggy Pop (el exhibicionista por excelencia), y gente anónima, homo, hetero o transexual, que opina sobre el pene propio y ajeno, el real y el deseado; sobre relaciones físicas y afectivas, necesidades y gustos cotidianos. “¿Si el pene fuera un instrumento?”, les preguntan en Mr. Big. Ellos y ellas contestan: “Sería un martillo”, “Una espátula de madera para remover la salsa”, “Una pala”, “Una lima”, “Una navaja suiza”, “Una espada de doble filo, porque mi vagina es muy pequeña…”.

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Erotismo a la rusa


Para Olga Rodionova, posar es una adicción. Elige a los mejores fotógrafos, su marido paga, y ella se pone en sus manos. Ya la han retratado Newton, Lindbergh, LaChapelle…En esta ocasión era el turno de Bettina Rheims, fotógrafa exquisita y maestra de lo erótico. El resultado: un libro entero luciendo palmito. De la editorial Taschen (en donde cuelgan las fotografías de abajo), para más señas, que se ofreció encantada a publicar tal encargo. Mujer de millonario ruso con fantasías. Y Olga, las tienes, sin duda; pero sobre todo, las representa de maravilla delante de una cámara.

He aquí parte del artículo que publicamos en El País Semanal en septiembre de 2008. 

El libro de Olga

“Pregunta vía e-mail a Olga Rodionova, de 34 años, casada con potentado ruso, madre de hija adolescente, directora de la boutique de Vivianne Westwood en pleno centro de Moscú, actriz, presentadora de televisión y modelo de las que prefieren batirse a cuerpo desnudo: “¿Cuál es la diferencia entre lo erótico y lo pornográfico?”. Respuesta: “El amor”. El mundo, en verdad, tiene dos lados: el de los que miran (voyeurs) y el de los que son mirados, el de los que se ocultan y el de los que se lucen y exhiben. Y éstos pueden ser tan adictos a mostrarse como los primeros a que les muestren. Esta moscovita pertenece más al segundo. Sufre, desde siempre, un deseo impenitente por lucir palmito. Porque lo tiene. Y porque le apasiona provocar, posar, ser contemplada. Tanto, que lo ha convertido en profesión. Pero no de cualquier modo. No. Su mal incluye atraer hacia sí las más grandes miradas: las de los mejores fotógrafos del mundo. Con afán los ha perseguido hasta convencerles de lo lustroso de su cuerpo eslavo. Y lo ha conseguido: hay imágenes de Rodionova pululando por ahí, desnuda o cubierta, firmadas por Helmut Newton, Peter Lindbergh, LaChapelle, Clive Arrowsmith…

Pero, como en toda dependencia, nunca mucho es bastante. Y ahora, después de tantos ojos masculinos sobre sí, los elegidos por Rodionova son femeninos: los de la fotógrafa Bettina Rheims (París, 1952). “Quería entregarme a alguien del mismo género”, dice. Y no lo ha hecho sólo para un par de fotos, sino para un libro gozoso y completo (El libro de Olga, editado por Taschen), cuya elaboración ha pagado su propio marido con tal de verla como a ella -siempre activa, transformista, cosmopolita y tozuda- le gusta verse. “Siempre preguntan que qué dice mi esposo, que si no tiene pudor de dejarme ver de este modo. ¿Pero de qué modo? Dios nos creó desnudos, sin vestido ni adorno. Y qué va a decir: pues nada. Que cuando tenga 90 años y vea estas fotos me encantará ver lo guapa que era”. Con su apostura y la cámara de esa maestra del erotismo que es la Rheims, basta hojear el volumen para quedar atrapado en el primer lado del mundo: el del mirón.

“Estoy completamente satisfecha con el trabajo de Bettina”, señala Rodionova. Porque en la francesa vio a la artista moderna y sin ataduras que necesitaba -“trata lo erótico con un discurso distinto”-, porque siempre sugiere más que muestra, porque en ella lo cubierto incluso parece desnudo de tan sutil, cercano, íntimo… No en vano ha retratado a cientos de mujeres para… otras mujeres. Pieles, cuerpos, miradas, posturas; la ficción y la realidad bien engarzadas; mirona sin serlo, cómplice, nada masculina. “Y trabaja ese género que ella llama broken glamour, y que a mí me encanta”.

Así, si este libro no fuera gráfico, sino literario, y hubiera que contar la trama, habría que obviar lo obvio: la sucesión del centenar de imágenes cuidadísimas de una mujer hermosa en posturas más o menos sexys, vestida y maquillada en tres caracterizaciones (es pin-up, juega a juegos sadomasoquistas en blanco y negro, se engalana al estilo de María Antonieta), y pasar a lo que importa, el detalle, la escenografía, la construcción de un mundo.

Aquí hay poses, gestos, miradas bajas y provocativas, ojos entornados, inclinación de cabeza y hombros, postura y apertura de piernas, el zapato de tacón que se apoya donde debe, el culo sobre el brazo del sillón, el consolador apenas sostenido en la mano, el cabello recogido o enredado, el cuerpo embadurnado de harina o tinta, los abrazos masculinos, las bocas abiertas; mucha peluca, cincha, correa, gasa, pieles, columpios, camas; el maquillaje en blanco, negro o rojo; el cigarro en la boca; el tatuaje en el bajo vientre, y el piercing llave, un poco más abajo, allá donde hay puerta.

Cada obra de la inclasificable Rheims es aquí pieza única…”.

Ver artículo completo. 

Fotografía: página de Taschen sobre el libro y enlace a otras publicaciones de la autora en la misma editorial.


	

Querida Viagra (y 2)


Segunda parte del artículo original completo publicado bajo el mismo título en El País Semanal el 14 de octubre de 2007. 

Enviagrados

(…) Tres lustros después de su descubrimiento, la fama de la Viagra es tal que ha pasado a engrosar esa categoría de “híbridos que caracterizan nuestra época”, tal como asegura el sociólogo Manuel Medina, y “embrollan constantemente las supuestas líneas de demarcación nítidas entre ciencia, tecnología, política, economía, derecho…”. Así, la pastilla se coloca junto a los implantes electrónicos, los microprocesadores, la clonación animal, los transgénicos, los entornos de realidad virtual… Es uno de los productos más pirateados del mundo, se habla constantemente de sus otros beneficios (eliminaría el jet lag y el mal de altura; sirve para reanimar prematuros, y gracias a ella se mantienen con vida en las UCI niños en espera de trasplante cardiaco) y se le descubren supuestos fallos (daños oculares, reduce la capacidad olfativa…).



Su nombre ya se usa para todo, entre otras cosas para dotar de potencia a titulares, sean de finanzas (“Desde el año pasado, la economía norteamericana sufre disfunción eréctil… y el Viagra es inútil”, “Las especulaciones son Viagra para la cotización del Deutsche Bank”) o de protestas antiglobalización: “Las organizaciones de mujeres de todo el mundo en la Cumbre del Milenio y ante la impotencia de los gobiernos, recomiendan viagra política a los líderes…”. Esto último a pesar de que la pastilla es de por sí uno de los mayores símbolos globalizados. Se vende en 120 países, lo mismo a precio de oro en Arabia Saudí (país muy consumidor; una pastilla puede alcanzar los 100 dólares) que en los mercados de Bagdad o las farmacias de Reino Unido (sin receta), Los Ángeles o Tokio. Igual de conocida es en España que en Venezuela o Argentina, donde tragan sin dudar al año 13 millones de esta píldora que, según dicen allá, tiene nombre castellano y apocopado, que viene a significar no la supuesta fusión oficial entre vigor y niágara, sino “viejecitos agradecidos”.
Muchos sí lo están. Así lo asegura el sexólogo Santiago Frago (www.amaltea.org), que sobre ellos sabe bastante desde que abrió junto a Silberio Sáez la primera Asesoría Sexológica para Mayores en España (en octubre de 2006) en dicha ciudad. Y no dan abasto. “El de mayores es un colectivo menos uniforme que el de los jóvenes y no muestran tan abiertamente su vida íntima. Tienen cierto pudor, creen y sufren el hecho de que la sexualidad esté asociada a un cuerpo joven… Y no. Ellos demuestran cada día que el deseo es lo que mejor se conserva. Poder ejecutarlo… ahí es donde está el problema y ahí es donde este tipo de fármacos facilita las cosas”, dice desde su experiencia en una consulta donde la edad media es de 72 años: “Hasta viene un señor de 92”.
Acuden en busca de consejo, con la frase más repetida: “Me cuesta o nos cuesta un poco”. Y para muchos, asegura, las pastillas son una ayuda, aunque no todos pueden, porque están tomando otra medicación, y a los que sí, el producto les parece muy caro: “Diez euros cada pastilla es demasiado”, dicen. ‘Total, tampoco hacemos tanto”.
También en esta edad, unos buscan lo químico; otros, no. (…)

La terapeuta Gina Odgen, autora de El corazón y el alma del sexo, expresó ante la Sociedad Americana de Gerontología el sentir de muchos. “De acuerdo con las autoridades médicas y los medios, sólo nos quedan dos opciones sexuales en la parte final de nuestra vida: o someternos a la intervención farmacológica o descender al desolado ocaso sexual”, aseguró. “Como ejemplo del estado de las cosas, valga una publicidad llegada a mi e-mail que proclama los beneficios de tal producto para mi vagina seca o mi pene alicaído: ‘Para ellas: ¡te temblarán las piernas, se moverá la tierra, ascenderás al cielo, tendrás un orgasmo en tecnicolor!’. Para ellos: ‘¡Te convertirás en una bomba de roca dura!’. ¿Qué es lo que está desenfocado en esta imagen? El énfasis en el resultado y la patología deja fuera lo más importante de la relación sexual, especialmente en nosotros, las personas más maduras: no sólo el placer del cuerpo, sino un amplio abanico de aspectos espirituales y emocionales que algunos sexólogos señalan como cruciales para la satisfacción sexual: deseo, amor, complicidad, intimidad, autoestima, y las propiedades transformadoras del éxtasis sexual”.

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Querida Viagra (1)


Nació para ayudar a los afectados de disfunción eréctil (DE) y se ha convertido en medicina para algunos y en moda para otros. A punto de cumplir ya los tres lustros de vida, abundan los efectos positivos de la llamada popularmente en génerico pastilla azul (aunque son varias y distintas las marcas). Y los colaterales también: las píldoras sexuales son ya asunto social: uso abusivo, disgustos de pareja y malestar por hacer del acto competición y negocio. El que sigue es un artículo publicado en parte en El País Semanal el 14 de octubre de 2007 sobre esos otros efectos, inédito al completo en la Red. Todos los datos corresponden, pues, a esa fecha. Y creciendo.

El texto escrito originalmente (más extenso que el publicado) se puede leer a continuación aquí en dos post consecutivos.

Fotografía: ‘Calamar’, de Manuel Cuellar, Instagram

Enviagrados

Lo dejó escrito con mucha intención Leonardo da Vinci, prototipo de hombre renacentista: “El pene no obedece en absoluto las órdenes de su amo”. Así era hace cinco siglos y así siguió siendo hasta el XX. Hay 150 millones de varones en el mundo a los que la sangre no les llega, o no lo bastante, y tienen alguna dificultad con su erección. Lo aseguran farmacéuticas, sociedades de urología, sexólogos y especialistas de la parte baja de nuestra anatomía. Pero desde hace casi una década, gracias al dios químico y a una sustancia llamada sildenafilo, un vasodilatador, la corriente fluye.
El deseo de un internauta en uno de esos foros para contarse la vida íntima que proliferan en la Red lo expresa bien: “Que la sangre llegue al río y riegue los penes del mundo”. El uso de Viagra, la pastilla azul cielo de los laboratorios Pfizer(y luego de sus competidores: Levitra -valdenafilo, de Bayer, de color albaricoque y erección más potente- y Cialis -tadalafilo, de Lilly, almendrada, la pastilla que riza el rizo, a la que llaman “del fin de semana” por su duración más prolongada-), ha revolucionado el encuentro sexual. Para bien o para mal. Al grito del anuncio “Así cada día” (y aquí hay que visualizar a una señora feliz abriendo su mano y mostrando la enorme distancia entre sus largos dedos) nació una nueva era: la solución a tantas noches de pesadilla masculina y femenina, para unos y unas; pero también la vuelta de la obsesión por el falo y el temor a la medicalización de la sexualidad, para otros y otras.
“Estamos llegando a un punto tal de irrealidad en nuestra concepción de la relación sexual, que ya sólo falta que surja una pastilla para inducir químicamente el orgasmo a la mujer. O mejor todavía: bastaría con meterse los dos en el orgasmatrón que ideó Woody Allen y salir absolutamente satisfechos tras una segura descarga eléctrica”, opina un usuario en el foro sexualidad.wordpress.com.
Porque en su corta existencia, el objetivo de la Viagra y compañía ha mutado: ya no toman esta medicación sólo aquellos para los que en principio fue creada, los que sufren afecciones orgánicas o los achaques propios del desgaste de la edad, sino también, y mucho, los sanos y aquellos que repentinamente creen haber enfermado (desde la irrupción se diagnostica más disfunción eréctil que nunca). Diez millones de pastillas de las tres marcas citadas (1.731.755 cajas, y un mercado de 60 millones de euros) se vendieron en farmacias en España en 2006, según la consultora IMS Health; el 50%, Viagra, de Pfizer.
“Muchos de los que hasta hoy consideraban su libido sencillamente normal y aceptable están ahora descontentos de su vida sexual”, dicen los investigadores británicos Graham Hart y Kate Wellings en su estudio sobre las conductas sexuales de nuestro tiempo, publicado en el British Medical Journal (www. bmj.com).
“Con alteraciones (vasculares, neurológicas, endocrinas u otras) o sin ellas… si nos obsesionamos por controlar el miembro, se convertirá en un rebelde de brazos caídos”, escribió Manuel Lucas, de la Sociedad Española de Intervención en Sexología, diferenciando entre pene apático y pene enfermo.

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Vanessa del Rio, el porno hecho carne


‘Cincuenta años de conducta algo ligera’.O mejor, Cincuenta años de ligera promiscuidad, así quiso titular Vanessa del Río la recopilación de su vida y obra. Nadie como ella, la diosa latina del porno en los años setenta, se entregó con tanto ardor a su tarea: rodar cine porno con ganas. Aquí está el artículo donde lo contábamos el 2 de diciembre de 2007, esta versión online es un volcado precario y no recoge el impacto que tuvo en Internet en su día porque el editor de El País se modificó y se perdieron (en muchos artículos) todos los comentarios y “me gusta” del original. 

Para los amantes del porno, la boca y el culo de Vanessa del Rio son de referencia. Especialmente la boca. Y su entrega en el momento de decir “acción”. Así empezaba el texto. Sumó 246.630 votos al poco de su publicación (quizá se pudieran recuperar en Google). Un récord nada extraño. Todo lo que implica sexo es lo que tiene.

Su nombre y el adjetivo porno lo consiguieron bien rápido. El tema daba juego:  Nadie rodó tan apasionada escenas de coitos, felaciones y masturbaciones, juntos o revueltos. Nadie ha disfrutado tanto ante una cámara, dejándose penetrar, morder, chupar, lametear, manosear; chupando, mordiendo, lameteando, manoseando ella con un ardor que sólo el verdadero deseo del cuerpo del otro o, en su caso, de los otros, despierta. Fueron 120 filmes en 12 años de carrera, de 1974 a 1986. Se atrevía con todo. Y todos. Aquí está el reportaje en pdf


Surgió el reportaje al hilo de la edición de un libro en la casa alemana Taschen. Se trataba de un Art Edition limitado a 200 copias numeradas y firmadas por la actriz, de magnífico diseño, con litografía de Robert Crumb incluida, a un precio de mil euros. Y otra versión de 1500 ejemplares y coste más reducido. En la obra se aprecia de principio a fin el gusto por el género de Benedikt Taschen, fundador de esta editorial que empezó siendo pequeña y de tebeos y ahora es muy grande. En su oferta incluye siempre títulos sobre sexo, con miradas más o menos tórridas, para todos los gustos y niveles. Los ejemplares de Vanessa, sobra decirlo, volaron como golosianas. Y mucho tenía que ver también el vídeo adjunto, que incluía algunas de las películas más famosas de la época. Aquello no podía dejar a nadie indiferente. Impresionante todo él.

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