Aguas mil


Negocio redondo: agua y en botella.

Al reservar mesa en un restaurante caro de Madrid, el camarero apunta: “Aquí servimos el agua en jarra”. Ah, bien. ¿Y cual es el problema? “Bueno, muchos clientes creen que la del grifo es… de pobres”. Ah, he ahí un dato sociológico para entender el boom del consumo de agua embotellada en España que ha aumentado un 67% en la última década. ¿Es que el agua de Madrid, o de España en general, es mala? ¿O estamos ante otra moda exótica y chic propia de tiempos de potentados?

Así empezaba el texto de la sección Vida y Artes de El País un día de julio del año pasado. Generó medio millar de comentarios de los lectores en los que unos y otros, apasionadamente, y valorando mucho lo local, trataban los grandes problemas en relación al agua: suministro, sabor, calidades, gestión, costumbres; la lucha a veces encarnizada entre regiones, zonas, ríos. El agua su calidad, su consumo, su desperdicio… Interesa siempre, e interesa mucho. El agua es vida. Un elemento cotidiano más en un lado del mundo; fundamental para la supervivencia, en otro.

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Pacifista en conflicto


CARTA DE MARIE (1)

Querida Lola:

¿Hay bombardeos buenos y bombardeos malos? Lo preguntaba ayer un amigo en el Facebook. Y yo ando aún hoy meditando. Mi condición de concienciada y crítica con el poder -nacida así, y de por vida, espero- tira de mi en dos direcciones. Una, contra la violencia y hacia la paz por encima de todas las cosa. Otra, hacia la ayuda humanitaria siempre que sea necesario. Pero, ¿por encima de todo? Ah, he ahí la cuestión. ¿Por encima de la guerra? Respuestas quiero. Y argumentos. Yo soy pacifista por la gracia de Dios o quien quiera que sea el responsable. Y no puedo entender de entrada ninguna contienda y menos la expresión “Bombardeos por razones humanitarias”. ¿Cómo sabrán distinguir los cazas desde el aire aquellos que son proGadafi, pongamos por caso? Se me escapa la maquinaria y los términos. Artilugios que matan, y cuestan un dineral, caen a tierra y no discriminan por edad, nombres y apellidos, filiación política o color del pelo… Qué va. Pero, claro, yo no entiendo de esto, soy ignorante y civil. No experta como todos esos que aparecen exponiendo tesis bien meditadas en televisiones y periódicos… Son cientos.

Ahora bien en mi casa, mi abuelo español, que vivió sus propias contiendas pero aún así no ha sobrevivido (nadie sobrevivimos a esto), siempre me decía: “Hija mía, guerras y bombas vienen bien para distraer”. Y yo lo practicaba la mar de bien con mis hermanos. ¿Que quería ocultar alguna falta? Pelea al canto con el que se cruzaba por cualquier motivo. Qué combates los nuestros, madre mía. Y qué éxito. Maniobras de distracción. Se tratará de eso ahora: ¿Contra la crisis brutal que nos ahoga…? Uff, que tentación tan elevada y que mal pensamiento el mío. Ya tengo años, así que no puedo remediarlo, directa y clara: cuando los problemas dentro se desmadran, nada mejor que agarrarte al pistolón y dirigirte a la conquista de, digamos, cualquier isla Perejil cercana. ¿Recuerdas ese incidente tan cómico que sucedió en tu país? Puede parecer muy de república bananera eso, pero suele funcionar.

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El efecto nuclear


Los restos de Chernóbil

Este artículo tiene que ver con un libro y un desastre. El primero se titula Zones of exclusion (Zonas de exclusión), y para su portada, el autor, Robert Polidori, ha elegido una imagen de las que no se olvidan. En una pizarra de la escuela de Pripiat, la ciudad ucrania más cercana a la central nuclear de Chernóbil, en la que vivían 50.000 personas, alguien escribió: “No hay retorno. Todo ha terminado”. Y al lado, una fecha: 28 de abril de 1986. Su autor o autora debió apuntarlo allí en su huida, en un gesto que expresa una última esperanza: que alguien regrese y pueda leerlo, que todo vuelva a la normalidad. Pero en Chernóbil nada volverá a ser lo mismo. Ni en un radio de cientos de kilómetros, en grandes zonas de Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Porque dos días antes de la fecha anotada en el encerado se había producido el desastre: el peor accidente nuclear de todos los tiempos.

En 2004 cuando se cumplían 18 años del desastre, publicamos en El País Semanal este texto que puedes consultar aquí en pdf chernobil o bien leer completo (es inédito en la Red) a continuación.

El impacto devastador de la mano del hombre en el medio ambiente es el tema preferido de Robert Polidori, el fotógrafo canadiense conocido en el mundo entero por sus imágenes sobre las zonas de exclusión que quedaron tras el accidente de la central nuclear de Chernóbil en 1986. Habitante de Nueva York y París, Polidori se fue hasta Chernóbyl tres lustros después del desastre (en 2001) y retrató los espacios con su cámara de gran formato. Fue una de las pocas personas a las que se les permitió el acceso a la zona de control de la central en el bloque IV. Pudo hacerlo con un traje de seguridad, una máscara de gas y sólo unos minutos. Lo que captó en ese vacío, en esa zona muerta, fue horror y desolación; una visión extraterrestre; la evidencia de una fatal cadena de errores que provocaron una catastrofe incomparable. Otras fotos de Polidori fueron tomadas en la ciudad industrial de Pripiat, una suerte de registro gráfico de todo aquello que sus habitantes tuvieron que dejar atrás al salir huyendo.

Ahora su trabajo Pripyat y Chernobyl se muestra en la galería Camara Work (hasta el 26 de marzo) de Berlín en una larga gira por salas de todo el mundo. Nunca, y menos ahora, ha perdido actualidad.

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Oraciones y cánticos


Oración por los borrachos…

“Señor, da de beber a todos estos que ahora se levantan,

destrozados, farfullando palabras desde el centro del infierno,

mientras espían a través de las ventanas

la espantosa realidad del día que comienza”.

(Malcolm Lowry, novelista y poeta británico (1909-1957), de vida itinerante y marinera, alcohólico empedernido, insaciable, autodestructivo. El trueno más allá de Popocatépetl. Poemas escogidos. Traducción y selección de Juan Luis Panero. Editorial Tusquets, 2009. Publicado en 1962 por Marjorie Lowry)

… y cántico de Mos Def por tiempos mejores.

Artistas ‘made in Berlin’


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 Miren estas fotos. Son todos artistas españoles. Sonia Mackay, Marina Bollaín, Misslata, Goyo Montero, Chema Alvargonzález y Marcos Giralt… Todos formados durante un tiempo más o menos largo en la capital alemana. Un tiempo que no era éste que corre ahora (ha transcurrido casi una década desde que se tomaron las fotos), en el que las calles berlinesas se han poblado de tantos turistas que sobrepasan ya el número de habitantes (3,5 millones), y un cocktail de seres licenciados de otros mundos en busca de oportunidades, y otros seres ambulantes variopintos… No. Entonces, años ochenta en adelante, la época en que muchos de ellos aterrizaron por allí, Berlín era como eso que se dice de Sevilla, una pura maravilla. Especialmente para todo aquel que buscara estudios en plural (de lo que fuera, especialmente de arte o de teatro) o estudio en singular: un espacio donde desparramar los lienzos, las telas o pinturas, la ropa y las maletas…; donde desparramarse a sí mismo/a o correr de esquina a esquina para ejercitar el arte de mover las piernas, donde perderse en la rueda constante de actos culturales, alternativos, educativos…

Un mundo aparte.

Reinaba ese ambiente de “dejemos hacer, dejémonos hacer”, una conciencia crítica, social, ecologista y política que pasmaba al extranjero del Sur acostumbrado más bien al silencio y la sumisión aprendidos en dictadura. Ese ciclón de actividades y relaciones personales, esa humareda (real y política y mental) que todo lo aderezaba pero a nadie le importaba; el mucho sexo y la mucha música (rock, sonido industrial, tecno…), y el todo vale en la vestimenta…. La pena por lo del muro que, no nos engañemos, era un negocio bien atractivo, un tirón para propios y extraños, que daba para pintadas con arte, torres desde las que asomarse hacia ese horrible mundo comunista del Telón de Acero, ay, escenario de películas y películas mismas que lo convertían en protagonista. Un mundo particular. Encerrado. Y bien libre.

Todo eso era posible. Como son posibles hoy otras opciones igual de atractivas y válidas (no me malinterpreten), aunque la ciudad sea ya otra bien distinta. Porque en aquel Berlín capitalista, herido, privilegiado y dividido, no se sabía (porque no se podía y ¿a quién en la RFA le interesaba mudarse hasta allí, territorio enjaulado, sino era a cuatro colgados?) lo que era la especulación del suelo al estilo crisis del siglo XXI (no en ese modo, al menos; el tema de la propiedad siempre ha estado y está más mitigado en Alemania). Quien quería sitio, abría una puerta y lo ocupaba…. Cientos de edificios quedaron vacíos tras la Segunda Guerra Mundial. Y luego uno/a se quedaba o no, creaba o no, crecía o no. O bien hacía las maletas y se marchaba. Con la experiencia a cuestas y el nombre de Berlín incrustrado en la frente cual escudo. A mí se me ha quedado para siempre, como un tatuaje pegado a la piel en sitio que no nombro. Igual que a todo el que allí ha estado largo tiempo.

Todos los que aparecen en estas imágenes se beneficiaron de la ciudad, la exprimieron (con una beca, una carrera, un escenario, una galería…). Y Berlín se sirvió de ellas para cocinar su menú/escena de creatividad internacional particular con ese sabor a dureza, independencia y radicalidad, que siempre (hasta ahora que la gentrificación y el turismo empiezan a hacer estragos) la caracterizó. Una ciudad única. No apunto aún aquí las actividades de Sonia, Marina, Goyo… Está contado en el artículo publicado en El País Semanal el (ver en los pdf el berlinespañol1, elberlinespañol3, elberlinespañol4, elberlinespañol5, elberlinespañol6). Su trayectoria la contaré en post futuros. Sólo destaco aquí el nombre del autor de las imágenes, Attila Hartwig, turcoalemán, divino él y divino todo lo que toca.

Y un enlace interesante llamado Arte Informado, con información sobre otros artista en Berlín hoy

Irlanda, la atracción del vacío


Irlanda era feliz. O lo parecía. Todo iba bien entonces, en 2004. Todo fue bien durante un lustro. Todo se vino abajo en unos meses a partir de 2008, justo el momento en que el fotógrafo Alfredo Cáliz, uno de los grandes colaboradores de El País Semanal, preparó esta imagen junto a su familia titulada West Cork, Irlanda, 2008. La economía de Irlanda se hundió como un cuerpo en caída libre por los Cliffs of Moher, esos acantilados de factura espectacular, que parecen pozo sin fondo. Al menos la crisis se hizo carne ante nuestros ojos en ese momento.

Porque la catástrofe, como en España, se veía venir de lejos. Irlanda, el tigre celta, crecía tan rápido que aquello no cuadraba, ciudades y ciudadanos enloquecían con su presente creciente, su futuro prometedor. La vivienda era tan cara cuando escribí este reportaje, que la cita de un precio en alto hasta dolía, especialmente en Dublín. Pero ellos presumían. Los inmigrantes españoles, numerosos (muchos ingenieros informáticos bien formados, muchos dependientes de comercio), empezaban a vislumbrar que aquel mundo iba a dejar de ser paraíso del trabajo y del idioma. Los estudiantes de inglés seguían llenando las academias, pasándolo en grande en los pubs, escuchando conciertos en vivo cada noche (y qué conciertos, y qué música tiene Irlanda, hasta en los taxis…), interactuando con los llegados de todo el mundo tras la mejora del idioma.

El reportaje publicado en el suplemento El Viajero en febrero de 2004, se titulaba Irlanda, la isla que atrapa.

Debe de ser así cada día. Lo indica el cartel: “Abierto todo el año”. Eileen O’Brien se levanta de madrugada y pone en marcha su bed and breakfast: Atlantic View House, Doolin. Co. Clare. Es éste uno de tantos pueblos en Irlanda: al borde del mar, una sola calle, cuatro casas abrazadas y otras pocas solitarias, y un pub, O’Connors, que hay que buscar a tientas cuando oscurece y que en su interior despliega algo así como el catálogo de las esencias irlandesas. Una chimenea calienta a los presentes mientras un grupo de hombres canta una música melancólica sobre barcos camino de América, los malos tiempos o el Dublín de antaño: “Mi mente está demasiado llena de recuerdos, demasiado vieja para atender nuevos asuntos. Formo parte del Dublín de antaño…”.

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Cómo escribir sobre África


Para entender el contenido y la razón de ser de este post, basta un golpe de ratón y trasladarle al blog de la ONG Dyes donde escribe Chema Caballero, el sacerdote javeriano que citábamos en un comentario anterior sobre Sierra Leona: http://www.ongdyes.es/blog/?p=609

En él habla de la obra del autor keniata, Binyavanga Wainaina, ¿Cómo escribir sobre África?, en la que éste da algunos consejos a los que redactan sobre este continente (y que salió publicado hace ya un tiempo en la revista Granta).

Estos, cual mandamientos, los resume Chema Caballero en ocho. Los siguientes:

a) En tu texto trata a África como si fuera un solo país […] No te enredes con detalles y descripciones precisas. África es grande: 54 países y 900 millones de personas que están demasiado ocupadas pasando hambre, muriendo, guerreando y emigrando para leer tu libro.
b) Nunca pongas la imagen de un africano de clase media en la portada de tu libro, ni dentro, a no ser que haya ganado un premio Nobel. Un AK-47, costillas prominentes, pechos desnudos: utiliza éstas.
c) Temas tabú: escenas ordinarias de la vida cotidiana, amor entre africanos (a no ser que esté relacionada con la muerte), referencias a escritores africanos o intelectuales, la mención de niños que van al colegio y que no sufren virus, ni Ébola, ni mutilación genital femenina.
d) Entre los personajes no puede faltar la africana hambrienta, que vaga por el campo de refugiados prácticamente desnuda y espera la benevolencia de Occidente. Sus hijos tienen moscas alrededor de los ojos y tripas hinchadas. Sus pechos están planos y vacíos. Debe aparecer como una mujer completamente indefensa. No debe tener ni pasado ni historia; estas pequeñas diversiones arruinan el dramatismo del momento. Los gemidos y las quejas son buenos.
e) Asegúrate de que muestras cómo los africanos tienen la música y el ritmo profundamente arraigados en sus almas y comen cosas que ningún otro humano come. No menciones el arroz, la ternera o el trigo; el cerebro de mono es el preferido en la cocina africana, junto a la cabra, la serpiente, los gusanos, las larvas y todo tipo de carne de caza. En tu texto, muestra cómo fuiste capaz de comer dicha carne sin estremecerte y, por supuesto, describe cómo aprendiste a apreciarlo, porque África te importa.
f) Hablar generalizando es bueno. Evita que los personajes africanos se rían o luchen para educar a sus hijos. O mejor, simplemente evita representarlos en circunstancias mundanas. Los personajes africanos deben ser coloridos, exóticos, más grandes que la vida, pero vacíos por dentro, sin diálogo, sin conflictos o resoluciones en sus historias, sin profundidad o rarezas que confundan la causa.
g) El africano moderno es un hombre gordo que siempre roba, se niega a dar permisos de trabajo a los occidentales cualificados que de verdad se preocupan por África, es un enemigo del desarrollo y siempre utiliza su puesto gubernamental para dificultar el trabajo a los pragmáticos expatriados de buen corazón que quieren poner en marcha una ONG.
h) Recuerda: cualquier trabajo en el que la gente aparezca mugrienta y miserable será alabado como la “África real”, y eso es precisamente lo que tú quieres que ponga en la contraportada de tu libro. No sientas malestar por esto: estás intentando ayudarles para conseguir ayuda de Occidente.

Siguiendo estas sencillas recomendaciones cualquier periodista o escritor que se precie encontrará siempre público para sus reportajes y libros. ¿Lo has probado?

Fotografía archivo personal: En las calles de Freetown, junto al sacerdote javeriano Chema Caballero, Sierra Leona, 2007. Alfredo Cáliz.

Hombres de Dios y de la Tierra


Una misión en la zona más pobre. Ese era el subtítulo del reportaje. Y el título: ‘Hombres de Dios’.

La misión citada, la de los religiosos javerianos. La zona paupérrima, Madina, zona de selva en Sierra Leona pegada como un chicle a Guinea. Allí tenían casa y mucho trabajo desde hacía muchos años. El fotógrafo Alfredo Cáliz y yo les habíamos visitado ya antes, acompañando al cantante David Bisbal y su hoy esposa Elena Tablada, admiradores de la obra realizada por estos religiosos, con el español Chema Caballero a la cabeza, con los niños soldado de Sierra Leona (ya comentaré esa visita en otro momento: Bisbal se volcó en el viaje y se dejó la piel en un concierto privado y a pelo para ellos, uno de los más sentidos de su vida). Algunos de ellos, como Alfa, Medo, Bakarr, rehabilitados, colaboran hoy en las tareas de la misión.

Lo que vimos allí entonces nos impactó. Por eso quisimos regresar. Para retomar la historia de las vidas de Chema, Bruno Menici, Franco Manganello… y contar lo grandioso de su tarea de décadas. Para contemplar de nuevo la belleza brutal (y al tiempo, la dureza) de un lugar con una vegetación riquísima donde no hay luz eléctrica, ni agua corriente, donde el médico más cercano se encuentra a cinco horas en coche (también añadiré un texto inédito sobre el único hospital de la zona, gestionado por el hospital catalán San Juan de Dios). Queríamos narrar su trabajo cotidiano (la mayoría de escuelas de la zona han sido promovidas y organizadas o apoyadas por ellos), silencioso, poco sujeto a publicidades a pesar de que ellos no cuentan con recursos propios y sólo se sostienen con donaciones. Ese lado de la Iglesia, que es el que en verdad debería llevar la mayúscula, que nada tiene que ver con los lujos vaticanos. Quisimos regresar para admirar los colores de las ropas de las mujeres, los distintos tonos de la piel, el olor de la selva apretada y sofocante en escenarios que parecían sacados de las películas de Tarzán, el impacto visual que produce esa tierra roja como la sangre con una historia tan violenta. Así que nos instalamos en la misión. Y convivimos con ellos durantes varios días.

Luego lo contamos en escenas como esta:

Terminada la misa, Madina (dos calles cruzadas (una principal al estilo Oeste americano), un mercado cubierto y el resto desperdigado a su alrededor) se despereza poco a poco. Se va haciendo la luz completa; se aclaran los tonos del verde y se afinan los contornos de los cotton trees, de las palmeras cocoteras y las de vino de palma; se consolidan la humedad y el calor; se despliegan los tenderetes y abre el surtidor de gasolina que casi nunca tiene, pero que antes llegaba en botellas y ahora traen en cisterna… Y se ve a las mujeres como manchas de color aquí y allá, que barren los porches o preparan comida en los calderos sobre la tierra, mientras cientos de niños surgen de las cabañas de barro y paja de elefante vestidos con los uniformes de colores, cual fichas de un juego: azul y rosa, colegio católico; verde, wesleyano; marrón, musulmán; blanco, público…

Sierra Leona es un país que guerrea hoy y se pacifica, como si nada, mañana. Con una energía que tumba. Y unas diferencias monumentales entre campo y ciudad. Lo que es pobreza digna en el primero, es hacinamiento, chabolismo y miseria extrema en la capital, Freetown, cuya población ha crecido de unos pocos cientos de miles de habitantes al millón y medio, en una década. Todos los detalles de ese mundo se pueden seguir en el estupendo blog de la ong Dyes, que escribía desde allí y escribe ahora desde España Chema Caballero.

“Lo sorprendente es que, igual que empezaron a matarse, terminaron”, nos contaban él y Bruno en el comedor de la misión, que despues de ser ampliado ya no existe tal cual lo recordamos. El país se ha calmado mucho, ha elegido otra vía distinta a la violencia. En 2002 acabó la guerra civil. Ese año se celebraron elecciones. El Tribunal de la Haya condenó en 2007 a algunos de los responsables de una sangría como se han visto pocas, entre ellos al presidente de Liberia, Charles Taylor. Los diamantes atrajeron la muerte. Costaron sangre, sudor y lágrimas. Se ha avanzado mucho. Pero los rescoldos, la miseria (el país oscila en los últimos puestos de la triste categoría: más pobre del mundo) permanecen. El artículo que nació de aquella visita decía:

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Vanessa del Rio, el porno hecho carne


‘Cincuenta años de conducta algo ligera’.O mejor, Cincuenta años de ligera promiscuidad, así quiso titular Vanessa del Río la recopilación de su vida y obra. Nadie como ella, la diosa latina del porno en los años setenta, se entregó con tanto ardor a su tarea: rodar cine porno con ganas. Aquí está el artículo donde lo contábamos el 2 de diciembre de 2007, esta versión online es un volcado precario y no recoge el impacto que tuvo en Internet en su día porque el editor de El País se modificó y se perdieron (en muchos artículos) todos los comentarios y “me gusta” del original. 

Para los amantes del porno, la boca y el culo de Vanessa del Rio son de referencia. Especialmente la boca. Y su entrega en el momento de decir “acción”. Así empezaba el texto. Sumó 246.630 votos al poco de su publicación (quizá se pudieran recuperar en Google). Un récord nada extraño. Todo lo que implica sexo es lo que tiene.

Su nombre y el adjetivo porno lo consiguieron bien rápido. El tema daba juego:  Nadie rodó tan apasionada escenas de coitos, felaciones y masturbaciones, juntos o revueltos. Nadie ha disfrutado tanto ante una cámara, dejándose penetrar, morder, chupar, lametear, manosear; chupando, mordiendo, lameteando, manoseando ella con un ardor que sólo el verdadero deseo del cuerpo del otro o, en su caso, de los otros, despierta. Fueron 120 filmes en 12 años de carrera, de 1974 a 1986. Se atrevía con todo. Y todos. Aquí está el reportaje en pdf


Surgió el reportaje al hilo de la edición de un libro en la casa alemana Taschen. Se trataba de un Art Edition limitado a 200 copias numeradas y firmadas por la actriz, de magnífico diseño, con litografía de Robert Crumb incluida, a un precio de mil euros. Y otra versión de 1500 ejemplares y coste más reducido. En la obra se aprecia de principio a fin el gusto por el género de Benedikt Taschen, fundador de esta editorial que empezó siendo pequeña y de tebeos y ahora es muy grande. En su oferta incluye siempre títulos sobre sexo, con miradas más o menos tórridas, para todos los gustos y niveles. Los ejemplares de Vanessa, sobra decirlo, volaron como golosianas. Y mucho tenía que ver también el vídeo adjunto, que incluía algunas de las películas más famosas de la época. Aquello no podía dejar a nadie indiferente. Impresionante todo él.

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Las ‘Tentaciones’ de los noventa


Han caído en mis manos viejos números de El País de las Tentaciones, el suplemento de los viernes de El País durante años. Muchos números sólo existen en papel. Ni siquiera se escaneaban o se guardaban en documentación. Son como piezas de un museo. El espejo y el reflejo de una época, que dado el color de la actual parece dichosa. Prometedora. No sólo por los contenidos o su diseño, entonces tan nuevo, sino por la ilusión y le esperanza que desprende cada número. El País de las Tentaciones fue un producto de una época rica.

La periodista Ana Alfageme escribió el año pasado un artículo en El País para rememorar el nacimiento y crecimiento de esta criatura de la que ella formó parte algo después, cuando ya estaba algo crecida.

En octubre de 1993 empezamos un grupo muy pequeño de periodistas con la tarea de montar un suplemento nuevo, fresco, joven. Nadie, salvo el jefe, Alex Martínez Roig, entonces treintañero, parecía tener claro qué diablos era eso. Y él no estuvo mucho allí, porque enseguida lo hicieron responsable de El País Semanal y nos abandonó en busca de otros territorios. “Venía de la sección de Deportes y se enfrentó a dos partos paralelos: el de su hijo Pablo y el de aquella cabecera que incubó durante dos meses junto a Fernando Gutiérrez, un diseñador de origen español y formación británica que le dio a la revista un tono radical con clasicismo tipográfico. “Teníamos la sensación de que siendo un periódico joven nos habíamos quedado mayores”, dice Martínez Roig, ahora director de contenidos de Canal +, “nos planteamos escribir sobre todo lo que nos gustaba: cine, música, publicidad, televisión, con una mirada mucho más gamberra. Tentaciones era una cabecera que se movía por la portada. Siempre bajo la mirada, arriba, a la izquierda, del padre, EL PAÍS, que garantizaba el rigor y la calidad”, cuenta Ana Alfageme en la pieza citada.

Así, nos fuimos juntando todo el equipo Tentaciones, pieza a pieza, como en un puzzle de un paisaje complicado y montañoso.

Goyo Rodríguez, apenas un chaval, que procedía de El Sol recién cerrado y tenía muchas ideas y muchas ganas de comerse el mundo; Tomás Barbulo, un señor hiper serio y muy curtido, que idem… Mikel López Iturriaga, también jovencísimo, famoso bloguero comidista futuro y antaño encargado de lo musical, que procedía del Máster de El País/UAM; Alfonso Rivera que controlaba de cine y otros asuntos; Marta Nieto, que se incorporó desde la sección de Televisión… etcétera, etcétera. Y luego Vicente Jiménez, hoy altísimo cargo del periódico, como responsable, quien le puso muchas ganas, horas y risas a la tarea de crear nuevos contenidos y engordar al recién nacido. Él es el que se lleva el tartazo (abajo) en la conmemoración del número cien. Y eso ya da idea del ambiente.

La portada de Victoria Abril (arriba) y el número uno entero fue un horror. El alma y la mano del diseño eran uno y trino: Fernando Gutiérrez, un genio, un hombre tranquilo, un pesado que traía todo lo cool del mundo británico (donde vivía) en su cabeza. Y a su cabeza nadie tenía acceso. Poco acostumbrado a los cierres, nada sabía de plazos. Y aquello fue el fin del mundo para nosotros y los compañeros del cierre y la imprenta (y el inicio a la fama para él). Consumimos horas del día y de la noche como sorbetes espumosos, salimos, entramos, comimos, bebimos, miramos, remiramos, volvimos a salir y entrar, esperamos y esperamos… para permitir al artista acabar su obra. Y con el tiempo, la remató perfecta.

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El coraje de Natascha Kampusch


Pasó encerrada en un zulo de Viena ocho años, desde los diez a los dieciocho. En manos de un hombre con una vida normal, residente en un barrio normal; un loco que quiso hacer de ella la mujer de su vida, perfecta y sumisa, construida a su antojo. “Ya no tienes familia. soy todo para ti. me perteneces. yo te he creado”, le decía su secuestrador. Estuvimos con Natascha en Viena en diciembre pasado, hablamos largamente, visitamos la casa donde fue encerrada, el barrio, la zona donde creció de niña… El fotógrafo Albert Jodar retrató con maestría ese mundo frío, ordenado, aparente y aterrador. Tan normal y desasosegante todo que cortaba la respiración.. La vida después de la mazmorra titulamos este reportaje que empezaba así:

“Antes de acudir a la cita con Natascha Kampusch, de 22 años, su asesor nos pide que la llamemos Frau Kampusch (señora Kampusch). Porque ella está cansada de que banalicen su nombre; que se abuse de ese “Natascha” tan familiar y sonoro, como si ella fuera aún el juguete que en verdad fue en manos de Wolfgang Priklopil (1962), el hombre que la secuestró el 2 de marzo de 1998, cuando tenía 10 años, y la mantuvo presa hasta el 23 de agosto de 2006. Ese día, siendo ya mayor de edad, ella reunió la fuerza suficiente para escapar del influjo de aquel al que debía llamar “maestro”, al que debía obedecer y servir; un “paranoico de rostro delicado” que la maltrató y la hizo protagonista de una película que solo existía en el “mundo enfermo de su mente”.
Ese día, abrió la verja de la casa donde estaba encerrada, anduvo los 30 metros que hay (los contamos luego uno a uno) hasta la esquina, y corrió pidiendo ayuda. “¡No me pises el césped!”, le gritó una vecina desde una ventana antes de llamar a la policía. Los agentes no daban crédito. Al descubierto quedaba su ineficiencia de años. Y él, el secuestrador, al volar su presa, se quedó perdido: se suicidó arrojándose al tren…”.

El ‘caso Kampusch’ es eso, “el caso Kampusch”; solo tiene una versión, una víctima, una protagonista: ella. No podía haber mejor argumento para un libro. El drama de su vida. Una mala jugada del destino. La historia llena de enigmas y soliloquios de una mujer encerrada en una mazmorra. Digna de un clásico.  Natascha Kampusch publicó hace ya meses sus memorias con la ayuda de dos periodistas austriacas. El libro se ha publicado en otros países (en 30 lenguas). Un bestseller, un libro que quema entre las manos, de esos que uno no puede dejar. Y ahora, en español, lo edita Aguilar. 3.096 días, lo ha titulado, los mismos que duró su cautiverio. “No se puede conseguir amor a la fuerza”, nos dirá dentro de un rato Natascha Kampusch sentada en un ático del monumental centro de Viena. “Nunca”. Ella, más que otros, lo sabe a ciencia cierta”. (…).

Vino a presentarlo a España, recorrió televisiones, radios… Y al marchar se pasó a saludarnos por el periódico. Siempre acompañada por su asesor y su psicólogo. Se tomó un café. Estaba relajada y feliz. Y nos contó cómo en España se sentía libre. Pocos la reconocían por la calle. Podía andar tranquila. Nadie la molestaba. Encerrada hace años estuvo en manos de un loco, encerrada sigue ahora por el peso de la fama. Vivir con la losa del pasado. Y con la presión sensacionalista del presente. Ella hasta ahora consigue salir airosa. Natascha Kampusch es extremadamente niña de aspecto y de gestos. Extremadamente sensible. Extremadamente inteligente. Admirable.

Fotografías: arriba, de Albert Jodar, fue la portada de El País Semanal. Debajo, Albert en plena acción.

¿Ese otro mundo es posible?


Basta escuchar a mujeres como Verónica Gisbert, de la Red ATTAC, toda entusiasmo (igual que todo su grupo de Attac Valencia) o contemplar la determinación en los ojos de la campesina guatemalteca Dolores Sales (en la foto) ayuda a entender lo que ha sido el Foro Social  Mundial de Dakar (Senegal) celebrado hace un mes, en el que las mujeres jugaron un rol fundamental.

Feministas, pacifistas, ecologistas, campesinos, intelectuales, ciudadanos de todo color que claman justicia social y quieren cambiar el modo de hacer de Gobiernos, empresas e instituciones. Su lema: “Otro mundo es posible”. Unos 70.000 se reunieron en Dakar (Senegal) en el 11º Foro Social Mundial. Esta es una crónica del encuentro.

Esa era la entradilla del reportaje que publicamos en El País Semanal titulado Galería Antisistema. Se trataba de la edición número once de un encuentro siempre múltiple y multitudinario que ha atraído cada año a miles de personas a un lugar distinto del mundo. Así ha sucedido con mayor o menor número de asistentes, desde aquel mítico de Porto Alegre de 2001 que surgió del hartazgo y el descontento ante  la forma de hacer de la gran política, en general, y los organismos internacionales, el FMI y la OMC, en particular.

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Galería antisistema

Miradas cruzadas en el aeropuerto de Barajas (Madrid). Y es de suponer, en este momento, en otros muchos europeos. ¿Se reconocen los activistas entre sí? ¿Hay un manual de uso antisistema? ¿El vestir, las maneras, la ilusión, el vocabulario…? Las preguntas se agolpan. Un total de 1.200 asociaciones de 132 países (casi un centenar de España) se han registrado en esta edición, la tercera, tras Bamako (Mali) y Nairobi (Kenia) en África. Son, sobre todo, grupos de la sociedad civil, ONG grandes o chicas, sindicatos, partidos… Tanto tirón tiene esta convocatoria que lo mismo encontraremos en Dakar a los Verdes europeos que a Veigas, líder del BNG; a la socialista francesa Martine Aubry reunida con periodistas, a Evo Morales dando un discurso o a Lula pidiendo perdón por la esclavitud.

Es decir, adiós al estereotipo: hay muchos tipos de foreros. De cualquier edad, origen y condición. Uno imprescindible es el líder intelectual consolidado o emergente. Los que alimentan. Desde famosos como Susan George, Aminata Traoré, Naomi Klein, Gus Massiah o Éric Toussaint hasta otros menos conocidos como Esther Vivas, Fatma Alloo, Olivier Bonfond, Phumi Mtetwa, Christophe Ventura… Aquí, en la Universidad Cheick Anta Diop se concentran todos. Al alcance de cualquiera. Y trabajan. No se da abasto con tanto debate. Se les ve acelerados, cubiertos de sudor y polvo, de mesa en mesa, comprometidos, mostrando sus propuestas, aquello en lo que creen (o lo parece). Ofrecen un delicioso festín alternativo que sabe a pacifismo, derechos humanos, igualdad, soberanía alimentaria, medio ambiente, infancia, indígenas, condonación de deuda, lucha contra la pobreza, sostenibilidad, salud, feminismo, inmigración, calidad democrática… Pero la mayoría no son ni famosos ni grupales. Personas anónimas (que han mostrado su peso en varias ocasiones: sobre todo contra la guerra de Irak, 15 millones en la calle) dispuestas a compartir deseos de cambio más o menos radical. “Me represento a mí misma”, nos dirá la argentina Marcella Guerci, antropóloga, docente, habitante de la “ciudad intermedia y minera de Olavarria”. Viene sola: “Busco preguntas y respuestas”. Un modelo de participante esponja.

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La generación leopardo


Ella, Ory Okolloh, habla de historias grandes que podrían parecer minúsculas. Cuenta, y muy bien, cómo con el destino, el lugar donde naces condenado de antemano, y el modo y las condiciones en las que habitas desde que abres los ojos, se puede construir un buen guión, completamente sorprendente y nuevo. Nada planificado de antemano. Libre. Historia de luchadoras/es. La generación leopardo en África.

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