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La nieta de Wilson Khalifa


Chema Caballero nos trajo su rostro desde Sudan del Sur en una crónica que escribió para Planeta Futuro. Hay dos imágenes de ella, acompañando al texto. Es la única niña que no llora,tranquila, coqueta, adornada con una peluca con mechas. La foto de la nieta de Khalifa mientras es vacunada de la polio es más que una fotografía… Es una actitud ante la vida.10311131_324656304351043_939478792_n

Estereo-tipos


African Men. Hollywood Stereotypes. [mamahope.org] from nycteacher1 on Vimeo.

Qué animales


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Azonto: este baile es el baile


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Internacional se ha hecho ya, algo así como el movimiento de cuerpo que todo lo une. Soy fan absoluta desde que lo sacamos por vez primera en agosto pasado en el blog África no es un país y aquí mismo ya le dediqué una entrada. Luego he tenido oportunidad de verlo en directo, por gente que lo parió y popularizó en Ghana y luego Londres. Es un mix de muecas, gestos de brazos, ritmo de piernas y balancear de caderas que promete convertirse en el baile de todos los bailes (que me perdone Youssou N’Dour, lo siento por el mbalax -aquí, en La tienda de Laye, de Lavapies, nos cuentan de qué va-, pero seguirlo ¡resulta imposible para mí!). Ver bailar azonto a la gente en la calles es un placer para la vista y para el cuerpo, pues el gusanillo nace de inmediato… es una epidemia. Los vídeos aumentan cada día. Dejo aquí una selección y hasta un tutorial para aprenderlo. Energía y buen rollo asegurado. Ideal para el fin de semana.

Uno, de Fuse ODG, pioneros, en su versión oficial

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Apartheid en blanco y negro


Uno de los vídeos más hermosos de este año. No sólo para mí. También para The Economist que lo colgó en su lista de lo más visto del año. El trabajo del fotógrafo Jürgen Schadeberg que llegó a a Sudáfrica en 1950 y retrató la división social en el país. Un grande nacido en Berlín en 1931. Retrató el mundo en los años cincuenta como nadie.

Tindouf


DSC07866El ventanuco en Tindouf

En las habitaciones no se puede dejar abierto el ventanuco. Primera norma en “El Protocolo”, el nombre que se le da al centro de recepción de extranjeros en Rabuni, corazón administrativo de los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf (Argelia). Allí es donde muchos suelen alojarse y donde fueron secuestrados hace unas semanas tres cooperantes, dos españoles y una italiana. Al ver las fotos que ilustran la noticia lo he recordado. He buscado las mías. Y ahí estaban. Hay que cerrarlo, decían, porque si hace viento y se despierta el siroco, entonces vendrá la arena y se colará dentro, y será tanta, tan densa que lo cubrirá todo con su manto, camas, mesas, papeles, el ordenador… Bien cierto. Esto es Tindouf, en Argelia. Es el desierto del Sáhara. Pero aún siéndolo, no se trata de uno hermoso, sino de una llanura pedregosa, la Hamada, donde nadie jamás viviría. Ni los saharauis siquiera. Quizá por eso fue que Argelia les prestó este rincón hace ya más de tres décadas, cuando fueron expulsados de la suya en el Sáhara Occidental (hoy controlada por Marruecos) y España los dejó abandonados.

DSC07867Al poner el pie aquí (para el reportaje de El País Semanal titulado Sáhara, desierto y (des)esperanza) se comprende todo: uno ha de ser refugiado para soportar esto largo tiempo; carecer de lugar en el mundo adonde ir. Aquí no hay bucólicas dunas amarillas (solo en la wilaya de Dajla, la más lejana) para caer rodando y hundir los pies. Aquí no hay escapada. Hacia allá, el vacío inmenso, camino de Mauritania. Hacia acá, papeleos, burocracia saharaui interna y fronteras: el muro levantado por Marruecos, a un lado; el control argelino, al otro. La situación y la geografía apenas dan tregua tampoco a los cooperantes (tras el shock del secuestro permanecen allí medio centenar de españoles; no han sido, de momento, evacuados y las ong mantienen su trabajo habitual). En las wilayas, los campamentos, de Rabuni, Smara, Dajla (donde se celebra cada año el festival de cine FiSahara), El Aaiún y Auserd, la vista se pierde achicharrada en el horizonte, entre jaimas de obra y desechos de vehículos llegados y abandonados por mor de la ayuda internacional (caridad y condena al tiempo). Un campo de prisioneros me pareció siempre esto; la mayor evidencia de la indiferencia y fracaso de la política internacional (como sucede en Tíbet o Cachemira o tantos otros). 165.000 personas encerradas más de 35 años, condenadas por cuestión territorial: el Sáhara Occidental tiene costa; tiene pesca con la que comercia Marruecos sin ser dueño reconocido y de la que se alimenta la Union Europea con complicidad… Una espina enquistada a la que sólo le faltaban la inseguridad y la sospecha de mano negra de Al Qaeda o similar. “El problema”, que lo llaman algunos y es título de un documental que estos días se presenta en FilmAfrica2011 en Londres.


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Si te asomas desde cualquier habitación en el Protocolo se ve el exterior, dos construcciones alineadas sobre un patio, puertas con cortinas y ventanucos pintados de rojo en construcción precaria, con rejilla de plástico y visillo carcomido por el clima. Un edificio en medio de la nada, y ésta en medio de otra nada mayor. Círculos concéntricos de un territorio donde la gente sortea como puede, con amabilidad, sonrisas, hospitalidad, mucho té y mucha fortaleza, el desaliento; la sensación de vida inutil, la provisionalidad. Ancianos que desesperan porque ya no verán lo soñado, y jóvenes que también, porque ven demasiado lejanas las promesas. Las nuevas generaciones no quieren ya referencias del pasado; nacidos y crecidos en este callejón sin salida, en la inactividad y el olvido. Quieren acción. Reprochan al Frente Polisario haber esperado demasiado. Exigen decidir y hablar. Miran con expectación y rechazo las protestas y la represión, respectivamente, que se suceden en El Aaiun, al otro lado.

Los campamentos de Tindouf son cementerio y bomba de relojería a un tiempo. Será por la fuerza, por el poder de las armas, por pura inanición o, quizá, por relevo generacional, que es lo que sueñan Marruecos y España: que se desvanezcan de algún modo un buen día para borrar ese grano molesto en la conciencia. “El exilio es como una neumonía, se necesitan antibióticos para tratarla. En este caso, el antibiótico es la solución política, aunque yo no pueda ofrecerla. Tan solo tengo aspirinas para aliviar el dolor”, comentó el alto comisionado de la ONU para los refugiados, Antonio Guterres, durante su visita al norte de África hace ya un tiempo. Hasta ahora nada ha cambiado: no sirven las peticiones internas, ni las llamadas a la ONU, ni parecen servir los discursos de famosos pidiendo socorro y medidas efectivas en paz, como el último de Javier Bardem.

Sólo en el Protocolo (o similares) consiguen los cooperantes desconectar, protegerse unas horas del calor insoportable: más de 50 grados en agosto. Es el único lugar con aire acondicionado, lo que hace la vida más llevadera. Cuando la corriente eléctrica se va (y se va mucho) se termina la dicha en el interior de las habitaciones. Hay que salir al exterior, dentro el aire ahoga. Y cuando el sol se pone y refresca, los residentes prefieren sentarse fuera, espalda apoyada contra la tapia o posaderas sobre el bordillo. Un ritual. El gran espectáculo nocturno aquí son las estrellas. Y la charla. Se sacan mesas y sillas, enseres y comida, y se comparte a la luz de la luna igual que lo hacen las familias saharauis sobre las alfombras en las wilayas. Se cuentan noticias, penalidades, anécdotas, lo que es y será… Recuerdo una noche. Los voluntarios de Oxfam Bélgica describían las operaciones del reparto de comida; dos miembros de una pequeña ONG catalana andaban arreglando papeles para poder trasladar a un grupo de adolescentes a un instituto catalán y se quejaban del papeleo; otros españoles mostraban su contento por poder visitar a sus hijos adoptivos saharauis… Alguien invitó, entonces, a asistir a la tradicional matanza de camellos por la llegada del Ramadán. Carne para añadir a la dieta. Muy necesaria. No prosperó la idea desde el momento en que empezaron a contar que los camellos lloran, gimen desesperados al presentir la muerte, como suplicando. “Tenemos vídeos del año pasado, ¿queréis verlos?”, preguntaron. Nadie quiso. Quizá porque fue inevitable pensar que tal escena era pura metáfora de la situación de este pueblo.

Nota: Los cooperantes secuestrados en Tindouf  fueron liberados ocho meses meses después de publicar , el 6 de noviembre de 2011, este texto en el blog África no es un país

Mirando hacia África


Después de darle muchas vueltas y proponerle la idea a autores de altura, como Chema Caballero, la criatura nació. Y nació bien, pues ya ha cumplido un año. Este texto, bajo el título Cuestión de mirada, abrió el blog África no es un país, que publicamos en el diario El País desde noviembre del año pasado. Estamos de aniversario.

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La escritora Chimamanda Ngozi Adichie sabe dibujar África en palabras. Esta nigeriana ya era conocida por sus novelas con historias multidimensionales, como Flor púrpura o Medio sol amarillo, pero su imagen y su discurso se hicieron globales un buen día de 2009 durante una conferencia en la que habló sobre el peligro de mirar el mundo, escuchar a las personas o plantear los acontecimientos desde un sólo lado, creando así prejuicios, lugares comunes, incomprensión… Esa envolvente que convierte la realidad en un puro estereotipo en el que todo nos encaja: las piezas cuadran una a una hasta convertirla en algo más llevadero. Sucede con todo. Aún más, y en todos los sentidos, con África. La deformamos e ignoramos hasta en los mapas. Tanto, que de repente quedaron en entredicho. Fueron discutidos (y modificados). Usamos aún, por costumbre, la proyección tradicional que hizo Mercator (abajo, el primero) hace cinco siglos, pero otras ya la han ido sustituyendo: la de Peters (segundo mapa), o la de Winkel (tercero), usada por National Geographic. ¿O quizá sea el cuarto, más creativo, la verdadera representación del mundo? Cuestión de mirada.

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800px-Winkel_triple_projection_SWEl que se ve arriba, creado por Kai Krause, mira bien distinto. Se titula El verdadero tamaño de África. Fue realizado para combatir la Immappancy un mal que arrasa, dice su autor, y se une a otros ya de por sí muy extendidos, los de Illiteracy e Innumeracy, el analfabetismo tanto en letras como en números. La escasez de conocimientos geográficos del mundo marca mucho nuestro acercamiento a los otros. Si África es tan amplia y diversa como las piezas que en ella encajan, ¿cómo es posible que sigamos creyendo que sus habitantes (mil millones alcanzó en 2009, 60% menor de 20 años) y su países (54) son uniformes? ¿Cómo es posible que sigamos analizando su realidad con los mismos patrones de dependencia heredados de la época colonial, pasando por alto el hecho de que está cambiando a toda velocidad su población, su economía, sus infraestructuras (ahora muy marcadas por el peso de China), el crecimiento de las ciudades, las comunicaciones (300 millones usan ya teléfonos móviles), la tecnología (86 millones conectados a Internet) y hasta la forma de vestir y consumir? ¿Qué pasa con su historia, su literatura, su música, su moda…?

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Esta conferencia de Adichie se convirtió en un clásico, una de las más seguidas de las que organiza la Fundación TED (punto de encuentro tecnología-desarrollo), envolvente ella también en su iniciativa por dar a conocer la diversidad y riqueza del mundo. “Nuestras vidas, nuestras culturas, están hechas de muchas historias interrelacionadas”, cuenta Adichie. Todas valiosas. Todas imprescindibles. El hilo de su discurso va hilvanando los círculos de sus varias vidas: la propia, la de su familia o su país o su continente; la de escritores de este y otro tiempo; la de creadores contemporáneos; la del imaginario africano; los sabores, paisajes y personas con las que compartió su tiempo en la niñez y juventud, su vida multicolor.

Asesinato en Kinshasa


¿Quién asesinó al presidente Laurent Kabila? Una historia apasionante que acabo de ver en la cadena AlJazzeera. Producción propia, 2011.

Agua


Ghana, desembocadura del Volta.

Las manos


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Dos artistas, una ciudad: Lagos


Variaciones


¿El mayor y más reciente naufragio civil?… Le Joola, en Senegal, en 2002


Ahora que se conmemora el centenario del hundimiento del Titanic (abril de 1912), corren por tierra, mar y aire las imágenes impresionantes y sorprendentes de otro trasatlántico, el Costa Concordia, cargado de turistas en crucero, que ya se ha hecho famoso por encallar sin explicación razonable en una isla italiana y minúscula causando cinco muertos y medio centenar de heridos (de momento). Y todos los titulares hacen triste balance… Se lee y se oye repetidamente hablar una y otra vez del Titanic como el naufragio “con el mayor número de víctimas de la Historia” o “el mayor naufragio de la Historia”… Fueron 1622 las personas desaparecidas. Y no es exactamente así.  Quizá unos y otros se refieran en sus crónicas a barcos del mundo angloamericano desarrollado o concluyan tal cosa basándose en otros aspectos. Porque la mayor catástrofe marítima civil del mundo en tiempos de paz (en guerra fue el Wilhelm Gustloff, en 1945, con casi diez mil pasajeros) ocurrió en 1987 en Filipinas (el MV Doña Paz, unas 4.000 personas) y la segunda hace justo este año también una década la protagonizó Le Joola, un barco de pasajeros de propiedad pública que hacía el trayecto habitual desde Dakar hasta Ziguinchor, en la región de Casamance, en Senegal.  Sucedió en septiembre de 2002 en las costas de Gambia y dejó un reguero de 1.953 muertos en el agua. Sólo 63 personas sobrevivieron al desastre ocurrido, al parecer, por el exceso de pasaje: el transbordador sólo tenía permitida una cuarta parte del que en realidad transportaba habitualmente. Y muchos perecieron por la tardanza en recibir asistencia: la ayuda de la Marina senegalesa llegó 19 horas después de la catástrofe.

Fue una conmoción para la capital del país, de donde parte este transporte con regularidad, debido además al gran trasiego de estudiantes universitarios desde Casamance. Hubo víctimas de once nacionalidades distintas, entre ellas, una treintena de Francia, Bélgica o España. La lista de desaparecidos no se pudo establecer hasta mucho después, ya que, entre otras razones, los niños no estaban incluidos. 

Asociaciones de víctimas  (como el CCFV-Joola, Collectif de Coordination des Familles des Victimes du Joola) se crearon a continuación para pedir investigaciones adecuadas, la recuperación del barco, el juicio a los culpables, el cobro de  indemnizaciones, un censo de víctimas y un memorial etcétera…  Algunas se han conseguido con el tiempo, pero otras cuestiones que aún hoy están pendientes.  Homicidio involuntario y falta de asistencia son los cargos que se siguieron en un tribunal francés contra altos cargos del Gobierno, la Marina y la empresa naval. El barco se encuentra hundido a 20 kilómetros de la costa, a 19 metros de profundidad.  Ni la mayoría de los cuerpos ni las pertenencias fueron rescatados. Triste estadística. Triste récord. En septiembre de 2011 se presentó un documental conmemorativo y contra la impunidad de los culpables, de Papa Moctar Sélane.

El mundo (des)colonizado


La revista videográfica semanal WUA, que presenta Ikenna Azuike, se regodea hoy en su episodio número 35 con la noticia: ¿Angola tendrá que ayudar a Portugal, a Europa, al mundo? ¡Hombre, pero si ya Portugal, Europa y el mundo crecieron y crecen a costa de Angola y otros países colegas continentales? Ay, los bucles de la historia… ¿o será el nuevo neocolonialismo pop? Ikenna no lo explica aquí, pero es interesante seguir su trayectoria en sus anteriores capítulos: hay semanas que no se pueden decir más cosas en menos tiempo: apenas cuatro minutos… y ya. Soy fan.

Aquí tienes también el de la semana pasada, muy, muy centrado en David Cameron y sus frases inoportunas.

Y el de hace dos, en el que cuenta la historia del subsahariano Mauro Manuel que, en la búsqueda de asilo, se topó con la incomprensión y la expulsión en Holanda.

La isla de los esclavos


El cantante senegalés Youssou N’Dour explora el legado musical africano, las raíces de la esclavitud en Return to Goree, película de Pierre Yves Borgeaud, rodada en 2007. En ella, entre otros muchos, aparece Joseph Ndiaye, el guía de la casa de los esclavos en la isla, una referencia permanente en el lugar, que murió poco después.

¿Qué simboliza Gorée en África? Aquí lo contamos. 

Los gritos de la isla de Gorée

Gorée se encuentra frente a Dakar, capital de Senegal. Los europeos la disputaron como enclave militar y puerto comercial de seres humanos con destino a sus colonias americanas. Durante cuatro siglos, millones de cautivos cruzaron el Atlántico desde estas costas de África occidental hasta que en 1807 los británicos prohibieron su transporte. Patrimonio de la humanidad desde 1978, Gorée es hoy lugar turístico. Un transbordador va y viene hasta allí sin descanso, esa cadencia con que antaño llegaban los barcos negreros.

El único ruido mecánico al llegar a Gorée es el del motor del ferry. No hay coches en la isla, sólo el golpear rítmico de las olas; muchos gritos, risas y palabras en francés y en wolof circulando por el aire; los reclamos cantarines de las vendedoras; las notas del chapoteo continuo de unos y el chapuzón repentino de otros bañistas; los pasos apresurados sobre el espigón de aquellos que buscan alcanzar el transbordador de vuelta a Dakar, este barco que es como la plaza pública: allí donde todo confluye, donde el millar de isleños se busca y siempre se encuentra.

Hace un instante, en cubierta, el sonido lo ha puesto la voz de Anta Guèye, de 11 años, que luce el mismo apellido que un personaje célebre del país, Laminé Guèye, uno de los primeros alcaldes y abogados negros africanos allá por los inicios del siglo XX, cuando Senegal era francés y empezaba a pelear por algo de espacio e independencia. Anta lo sabe; lo estudió en historia. Sabe también lo que simboliza Gorée. Y lo que ella quiere ser el día de mañana. Lo dice bien alto: “Presidenta de la República”.

Le sigue un coro de carcajadas; borbotones de dicha que brotan de las bocas y los grandes ojos de sus compañeros. A la clase de quinto le toca hoy la tradicional excursión de fin de curso: de Dakar a Gorée. De la caótica y joven capital de Senegal (fundada en 1857) al apacible rincón turístico, con siglos de historia, famoso por haber sido, desde que pusieron el pie aquí los portugueses en 1444, puesto militar y rico almacén de esclavos. Ese “lugar sin retorno” donde, cuentan, los cautivos veían por última vez la línea de su tierra natal.

Era Gorée uno de los puertos de carga en la costa del África occidental -otros muy activos fueron Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, y James Fort, en la del Gambia-, de la que, se calcula, salieron presas millones de personas en barcos gobernados por los John Hawkins, Francis Drake o John Newton de la época, convertidos luego en leyenda por el cine marinero y pirata. Todos, personajes de historia suculenta. Newton, por ejemplo, hizo fortuna en el golfo de Guinea y transmutó luego en abolicionista entregado: pidió incluso perdón en un libro por los actos cometidos en su etapa de mercader sin escrúpulos.

Un negocio europeo lucrativo el de negrero. No sólo para los navegantes. Lo ejercieron muchos, de muchas nacionalidades y empleos, durante cuatro siglos: reyes, políticos y misioneros; particulares y compañías; gente de éxito y buena reputación que se enriqueció con la trata. Una práctica a la que se entregaban ya los propios africanos desde hacía siglos y que los europeos convirtieron en empresa saneada y rentable, una de las actividades económicas más organizadas y sistematizadas de la época preindustrial, según dice el historiador Herbert Klein en su libro The atlantic trade slave: requería licencias, registros, preparación y avituallamiento de barcos, implicación de tripulaciones y agentes en tierra para la captura y la venta, y hasta de médicos para inspeccionar la salud de la mercancía… Hubo papas, como Nicolás V, que dieron el visto bueno y Estados que supervisaban el negocio. En España fue monopolio: la Corona cobraba el llamado derecho de asiento por la introducción del producto en sus colonias. El de esclavos lo abonaron genoveses, portugueses, holandeses, franceses, británicos… La South Sea Company, por ejemplo, en el siglo XVIII, se comprometía a enviar a América 144.000 negros en 30 años, a razón de 4.800 por año. Así está documentado. Seguir leyendo La isla de los esclavos