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Nos gusta caminar


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La fotografía es de Álfredo Cáliz y está tomada en Sierra Leona, durante el segundo viaje que hicimos juntos a este país. Ahora él se encuentra de nuevo por África. Esta vez sin mí. Y lo siento tanto. De él hablé hace no mucho en el blog África No Es Un País cuando presentó un vídeo autobiográfico para un proyecto que tenía entre manos. Lo tituló Me gusta caminar. Hoy lo he recordado. Lo pego aquí.

La perca del Nilo y otras invasiones


La ciuda de Kisumu, en Kenia, apenas besa una esquina del lago Victoria, lo bastante como para coger un barquito en Kiboko Bay y perderse en sus aguas repletas de historias donde se sigue viviendo y pescando de modo artesanal. Es hermoso. Desde abajo y desde arriba, cuando se sobrevuela. Pero, como tantas veces, la intrahistoria del lago tiene otra cara.

La película de producción franco belga, La pesadilla de Darwin, tiene ya unos años y muchos premios. Pero no ha perdido vigencia. Todo lo contrario, es mas actual que nunca. Se puede pensar en petroleo, en minerales, en la sal… Sucede en todo el continente. Algunos lo llaman globalización del mercado, ese asunto tan libre que va a acabar con nosotros un día de estos. Otros, simplemente apropiación o robo. El documental cuenta lo mucho que sucede con la perca del Nilo, que no sólo ha diezmado muchas especies del lago sino que se pesca, procesa y envia la mejor parte a Europa desde allí mientras la poblacion alrededor del lago, en Tanzania, muere de hambre y de asco, literalmente. Ls escena de la gente rebuscando entre las espinas putrefactas es de las que no se olvidan. Juzguen ustedes mismos.

Azonto: este baile es el baile


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Internacional se ha hecho ya, algo así como el movimiento de cuerpo que todo lo une. Soy fan absoluta desde que lo sacamos por vez primera en agosto pasado en el blog África no es un país y aquí mismo ya le dediqué una entrada. Luego he tenido oportunidad de verlo en directo, por gente que lo parió y popularizó en Ghana y luego Londres. Es un mix de muecas, gestos de brazos, ritmo de piernas y balancear de caderas que promete convertirse en el baile de todos los bailes (que me perdone Youssou N’Dour, lo siento por el mbalax -aquí, en La tienda de Laye, de Lavapies, nos cuentan de qué va-, pero seguirlo ¡resulta imposible para mí!). Ver bailar azonto a la gente en la calles es un placer para la vista y para el cuerpo, pues el gusanillo nace de inmediato… es una epidemia. Los vídeos aumentan cada día. Dejo aquí una selección y hasta un tutorial para aprenderlo. Energía y buen rollo asegurado. Ideal para el fin de semana.

Uno, de Fuse ODG, pioneros, en su versión oficial

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Tindouf


DSC07866El ventanuco en Tindouf

En las habitaciones no se puede dejar abierto el ventanuco. Primera norma en “El Protocolo”, el nombre que se le da al centro de recepción de extranjeros en Rabuni, corazón administrativo de los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf (Argelia). Allí es donde muchos suelen alojarse y donde fueron secuestrados hace unas semanas tres cooperantes, dos españoles y una italiana. Al ver las fotos que ilustran la noticia lo he recordado. He buscado las mías. Y ahí estaban. Hay que cerrarlo, decían, porque si hace viento y se despierta el siroco, entonces vendrá la arena y se colará dentro, y será tanta, tan densa que lo cubrirá todo con su manto, camas, mesas, papeles, el ordenador… Bien cierto. Esto es Tindouf, en Argelia. Es el desierto del Sáhara. Pero aún siéndolo, no se trata de uno hermoso, sino de una llanura pedregosa, la Hamada, donde nadie jamás viviría. Ni los saharauis siquiera. Quizá por eso fue que Argelia les prestó este rincón hace ya más de tres décadas, cuando fueron expulsados de la suya en el Sáhara Occidental (hoy controlada por Marruecos) y España los dejó abandonados.

DSC07867Al poner el pie aquí (para el reportaje de El País Semanal titulado Sáhara, desierto y (des)esperanza) se comprende todo: uno ha de ser refugiado para soportar esto largo tiempo; carecer de lugar en el mundo adonde ir. Aquí no hay bucólicas dunas amarillas (solo en la wilaya de Dajla, la más lejana) para caer rodando y hundir los pies. Aquí no hay escapada. Hacia allá, el vacío inmenso, camino de Mauritania. Hacia acá, papeleos, burocracia saharaui interna y fronteras: el muro levantado por Marruecos, a un lado; el control argelino, al otro. La situación y la geografía apenas dan tregua tampoco a los cooperantes (tras el shock del secuestro permanecen allí medio centenar de españoles; no han sido, de momento, evacuados y las ong mantienen su trabajo habitual). En las wilayas, los campamentos, de Rabuni, Smara, Dajla (donde se celebra cada año el festival de cine FiSahara), El Aaiún y Auserd, la vista se pierde achicharrada en el horizonte, entre jaimas de obra y desechos de vehículos llegados y abandonados por mor de la ayuda internacional (caridad y condena al tiempo). Un campo de prisioneros me pareció siempre esto; la mayor evidencia de la indiferencia y fracaso de la política internacional (como sucede en Tíbet o Cachemira o tantos otros). 165.000 personas encerradas más de 35 años, condenadas por cuestión territorial: el Sáhara Occidental tiene costa; tiene pesca con la que comercia Marruecos sin ser dueño reconocido y de la que se alimenta la Union Europea con complicidad… Una espina enquistada a la que sólo le faltaban la inseguridad y la sospecha de mano negra de Al Qaeda o similar. “El problema”, que lo llaman algunos y es título de un documental que estos días se presenta en FilmAfrica2011 en Londres.


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Si te asomas desde cualquier habitación en el Protocolo se ve el exterior, dos construcciones alineadas sobre un patio, puertas con cortinas y ventanucos pintados de rojo en construcción precaria, con rejilla de plástico y visillo carcomido por el clima. Un edificio en medio de la nada, y ésta en medio de otra nada mayor. Círculos concéntricos de un territorio donde la gente sortea como puede, con amabilidad, sonrisas, hospitalidad, mucho té y mucha fortaleza, el desaliento; la sensación de vida inutil, la provisionalidad. Ancianos que desesperan porque ya no verán lo soñado, y jóvenes que también, porque ven demasiado lejanas las promesas. Las nuevas generaciones no quieren ya referencias del pasado; nacidos y crecidos en este callejón sin salida, en la inactividad y el olvido. Quieren acción. Reprochan al Frente Polisario haber esperado demasiado. Exigen decidir y hablar. Miran con expectación y rechazo las protestas y la represión, respectivamente, que se suceden en El Aaiun, al otro lado.

Los campamentos de Tindouf son cementerio y bomba de relojería a un tiempo. Será por la fuerza, por el poder de las armas, por pura inanición o, quizá, por relevo generacional, que es lo que sueñan Marruecos y España: que se desvanezcan de algún modo un buen día para borrar ese grano molesto en la conciencia. “El exilio es como una neumonía, se necesitan antibióticos para tratarla. En este caso, el antibiótico es la solución política, aunque yo no pueda ofrecerla. Tan solo tengo aspirinas para aliviar el dolor”, comentó el alto comisionado de la ONU para los refugiados, Antonio Guterres, durante su visita al norte de África hace ya un tiempo. Hasta ahora nada ha cambiado: no sirven las peticiones internas, ni las llamadas a la ONU, ni parecen servir los discursos de famosos pidiendo socorro y medidas efectivas en paz, como el último de Javier Bardem.

Sólo en el Protocolo (o similares) consiguen los cooperantes desconectar, protegerse unas horas del calor insoportable: más de 50 grados en agosto. Es el único lugar con aire acondicionado, lo que hace la vida más llevadera. Cuando la corriente eléctrica se va (y se va mucho) se termina la dicha en el interior de las habitaciones. Hay que salir al exterior, dentro el aire ahoga. Y cuando el sol se pone y refresca, los residentes prefieren sentarse fuera, espalda apoyada contra la tapia o posaderas sobre el bordillo. Un ritual. El gran espectáculo nocturno aquí son las estrellas. Y la charla. Se sacan mesas y sillas, enseres y comida, y se comparte a la luz de la luna igual que lo hacen las familias saharauis sobre las alfombras en las wilayas. Se cuentan noticias, penalidades, anécdotas, lo que es y será… Recuerdo una noche. Los voluntarios de Oxfam Bélgica describían las operaciones del reparto de comida; dos miembros de una pequeña ONG catalana andaban arreglando papeles para poder trasladar a un grupo de adolescentes a un instituto catalán y se quejaban del papeleo; otros españoles mostraban su contento por poder visitar a sus hijos adoptivos saharauis… Alguien invitó, entonces, a asistir a la tradicional matanza de camellos por la llegada del Ramadán. Carne para añadir a la dieta. Muy necesaria. No prosperó la idea desde el momento en que empezaron a contar que los camellos lloran, gimen desesperados al presentir la muerte, como suplicando. “Tenemos vídeos del año pasado, ¿queréis verlos?”, preguntaron. Nadie quiso. Quizá porque fue inevitable pensar que tal escena era pura metáfora de la situación de este pueblo.

Nota: Los cooperantes secuestrados en Tindouf  fueron liberados ocho meses meses después de publicar , el 6 de noviembre de 2011, este texto en el blog África no es un país

Mirando hacia África


Después de darle muchas vueltas y proponerle la idea a autores de altura, como Chema Caballero, la criatura nació. Y nació bien, pues ya ha cumplido un año. Este texto, bajo el título Cuestión de mirada, abrió el blog África no es un país, que publicamos en el diario El País desde noviembre del año pasado. Estamos de aniversario.

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La escritora Chimamanda Ngozi Adichie sabe dibujar África en palabras. Esta nigeriana ya era conocida por sus novelas con historias multidimensionales, como Flor púrpura o Medio sol amarillo, pero su imagen y su discurso se hicieron globales un buen día de 2009 durante una conferencia en la que habló sobre el peligro de mirar el mundo, escuchar a las personas o plantear los acontecimientos desde un sólo lado, creando así prejuicios, lugares comunes, incomprensión… Esa envolvente que convierte la realidad en un puro estereotipo en el que todo nos encaja: las piezas cuadran una a una hasta convertirla en algo más llevadero. Sucede con todo. Aún más, y en todos los sentidos, con África. La deformamos e ignoramos hasta en los mapas. Tanto, que de repente quedaron en entredicho. Fueron discutidos (y modificados). Usamos aún, por costumbre, la proyección tradicional que hizo Mercator (abajo, el primero) hace cinco siglos, pero otras ya la han ido sustituyendo: la de Peters (segundo mapa), o la de Winkel (tercero), usada por National Geographic. ¿O quizá sea el cuarto, más creativo, la verdadera representación del mundo? Cuestión de mirada.

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800px-Winkel_triple_projection_SWEl que se ve arriba, creado por Kai Krause, mira bien distinto. Se titula El verdadero tamaño de África. Fue realizado para combatir la Immappancy un mal que arrasa, dice su autor, y se une a otros ya de por sí muy extendidos, los de Illiteracy e Innumeracy, el analfabetismo tanto en letras como en números. La escasez de conocimientos geográficos del mundo marca mucho nuestro acercamiento a los otros. Si África es tan amplia y diversa como las piezas que en ella encajan, ¿cómo es posible que sigamos creyendo que sus habitantes (mil millones alcanzó en 2009, 60% menor de 20 años) y su países (54) son uniformes? ¿Cómo es posible que sigamos analizando su realidad con los mismos patrones de dependencia heredados de la época colonial, pasando por alto el hecho de que está cambiando a toda velocidad su población, su economía, sus infraestructuras (ahora muy marcadas por el peso de China), el crecimiento de las ciudades, las comunicaciones (300 millones usan ya teléfonos móviles), la tecnología (86 millones conectados a Internet) y hasta la forma de vestir y consumir? ¿Qué pasa con su historia, su literatura, su música, su moda…?

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Esta conferencia de Adichie se convirtió en un clásico, una de las más seguidas de las que organiza la Fundación TED (punto de encuentro tecnología-desarrollo), envolvente ella también en su iniciativa por dar a conocer la diversidad y riqueza del mundo. “Nuestras vidas, nuestras culturas, están hechas de muchas historias interrelacionadas”, cuenta Adichie. Todas valiosas. Todas imprescindibles. El hilo de su discurso va hilvanando los círculos de sus varias vidas: la propia, la de su familia o su país o su continente; la de escritores de este y otro tiempo; la de creadores contemporáneos; la del imaginario africano; los sabores, paisajes y personas con las que compartió su tiempo en la niñez y juventud, su vida multicolor.