Archivo de la etiqueta: Ficciones

Las vidas que vivimos (3)


Desde que desapareció Petra, la vida ya no ha vuelto a ser la misma. Sigue adelante, sí. Pero distinta. Hay como un agujero, un silencio, un aire que pasa y nos detiene a todos en medio de una conversación. Hay una ausencia presente. Quien tenga muertos queridos y cercanos sabrá a qué me refiero si digo que algunos muertos permanecen muy vivos por mucho tiempo… A veces, siempre. Que algunos muertos son eternos.

Las otras hablan entre sí de sus cosas. Yo las escucho en silencio mientras ordeno los libros en el pequeño mostrador que me he inventado con telas de colores. Mientras coloco bien delante un viejo ejemplar de Alice Munro muy subrayado, que encontré en castellano en uno de los mercadillos de Berlín, las oigo comentar cosas cotidianas, insignificantes. Y siento como el frío del recuerdo y la falta del otro se acopla primero en mis pensamientos y luego se cuela en mi cuerpo, en mis huesos, aunque sea aún verano. Siento la muerte cerca. Todos la sentimos, pero preferimos no verla. Es como una tristeza subterránea, un ahogo en un momento dado, entre palabra y palabra… Miras la escena, el paisaje, el jardín, a los tuyos y todo parece ser así para siempre…. pero tu sabes que es un espejismo. Lo sientes. Estás segura: está rondando. La muerte. Pero enseguida regresa lo cotidiano, los tenderos gritan o cantan sus reclamos.

Es día de mercado. Todos echamos de menos a Petra.

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Mohamed Chuckri


Un descubrimiento: el marroquí Mohamed Chuckri. Devoré entero su El pan a secas acunada por la suave lluvia de la mañana. Terminé de madrugada. O quizá él me engulló a mí, porque fui incapaz de dejarlo desde la página uno. Miento. Fue desde la solapa misma, al enterarme de su historia: pobre de solemnidad, aprendió a escribir y leer después de cumplir los veinte años. Su trilogía autobiográfica es un retrato magnífico de un tiempo y del paso hacia la edad adulta lleno de referencias sexuales y miseria y violencia y… Lo contaré en detalle en el blog África no es un país cuando termine la segunda hornada Tiempo de errores.

Todos en la editorial Cabaret Voltaire.

Las vidas que vivimos (2)


Arriba, abajo

La señora de abajo, Frau Müller, ha subido hecha una hidra y tocado el timbre insistentemente porque tiene, dice, una gotera en el techo del baño. “Y se hace cada vez más y más grande. Tengo miedo de que un día se caiga la mancha sobre mi”, comenta. “Que me aplaste”. La señora Müller está claramente enfadada. Mueve mucho las manos gastadas intentando abarcar el tamaño de la marca de agua, así, así, así… Debe tener mas de cincuenta años, viste un jersey agujereado, luce muchas arrugas, piel empobrecida.

Yo, en pijama, en la puerta, me limpio las legañas… “¿Bajo a verla?”, me ofrezco, sin acabar de entender el tempo elegido por el agua del baño para aparecer justo ahora que no hay grifo alguno abierto. “Y así aviso a la Hausverwaltung para que vengan a arreglarla de inmediato”.

Pero ella se niega. No, no, no quiere. Se cuadra, cerrándome el paso en el rellano, ante mi gesto dispuesta a descender. No deja hablar. Gesticula sin pausa. Y se va sin más escalera abajo mientras yo, despeinada, impresentable, tiritando, la observo. Son las seis de la mañana de un invierno berlinés. Un niño lloriquea en alguna de las casas vecinas. Se oye una radio con música melódica alemana estilo meineLiebe, meineLiebe… Huele a café. Fuera reina una niebla pegajosa; apenas un rayo de la tradicional luz grisacea del norte asoma ya.

  • “Parece una mujer infeliz”, había dicho de ella mi hijo adolescente un día de verano cuando nos la cruzamos por el patio repleto de bicicletas, contenedores de basuras y plantas. Entonces hablaba sola. Entonces iba vestida de colores. Muchos colores en todas partes. Cuerpo y cara. Esa fue la primera vez que la miré. Pero no la vi, en realidad.

Vuelvo a la cama. Pero Frau Müller ya se ha vuelto presencia. La he visto (y no sólo mirado) e incorporado a mí. La siento allí debajo. La oigo casi respirar.

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Las vidas que vivimos (1)


Las vidas que vivimos (1)

Petra tiene casi sesenta años y cada sábado baja al mercado cabizbaja y silenciosa. Nos habíamos cruzado así, mudas, muchas veces. Pero la última vez que la vi, me habló por vez primera. Fue junto al puesto de sandías. Y lo hizo a borbotones para decirme que todo, últimamente, remite a caminos de vuelta, a retornos, a vías hacia atrás y que esto podría ser natural, bien normal, si no fuera porque tal moda invita a los más jóvenes a mirar al pasado cuando es hacia adelante adonde deberían enfocar sus ojos. Lo ya vivido se lleva; todo lo vintage se recupera y se vende; se canta La chica de ayer (ella se la sabe, asegura) y otras músicas de antaño; se programan documentales sobre casas, oficinas, bancos, empresas abandonadas llenas de muebles, objetos, cuadros, papeles repletos de nostalgia que remiten a lo que su generación y la de sus padres o abuelos construyó un día… Recordar, recordar, recordar.  A ella la mata la melancolía. Y eso está bien para su edad, pero no para otras. Eso decía.

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Mujeres desesperadas


El territorio de la (in)comodidad


CARTAS DE MARIE (9)

Querida Lola:

“Yo estoy preparado para un cambio, ¿y tú? Esa es la reflexión que debemos hacernos todos”. Esto me decían en Twitter hace unas horas. Y aquí me tienes de vuelta en casa, reflexionando sobre ello, después de atravesar la España electoral repleta de mensajes, desde el “centrados en tí” del PP (ay, Dios, mejor no) hasta el “sobran motivos” de IU (que anda que no sabemos que sobran).  De todos, me llamó la atención un simple cartel en una calle cualquiera. “Ni uno más”, decía. Y añadía: “Los españoles primero”. Ah, pensé, que gran eslogan para triunfar, que sólido concepto. “Los daneses primero”, dicen los daneses. “Los alemanes primero”, dicen los alemanes. “Los italianos primeros y solos”, dicen los italianos. “Y los franceses más”, añaden los franceses. Y hasta cortan la circulación de trenes entre fronteras para cerrar el paso al extranjero. Que cojones, los europeos.

¿Y quienes somos los españoles? “Los que se manifiestan al fin en las plazas”, me dirás.

foto Manuel CuellarFotografías: Grita y Yes, we camp, de Manuel Cuellar (Instagram).

Y preguntarás, ¿pero es que no vas a comentarme este asunto, que es el de la semana, del mes, del año, el 15M espontáneo y sorprendente, el no va más, lo más visto, visitado, debatido…? Pues sí y no. NO, porque a mí no me sorprende nada , que ya tocaba, y porque voy a reflexionar usando mi derecho no a una sino a varias jornadas, quizá semanas o meses. Y luego te mandaré conclusión. Y SI, porque como soy perra vieja, escéptica y pelleja, voy a hacer de abogada del diablo aventando aquí preguntas que me asaltan.

Veamos: hija de mayo del 68 que soy (y burguesa, así hemos acabado todos, qué te voy a contar), asisto desde hace rato a la deconstrucción de Europa. Pieza a pieza. Sólo veo detalles preocupantes que fomentan lo ultraeconómico y relegan a las personas…  El edificio social, cimentado durante siglos en la mejora progresiva de condiciones de vida para todos (o al menos para todos los de aquí, pero ese es otro tema), se está desmontando naipe a naipe, sin que casi nadie hasta ahora (y de distintas generación: la mía, la tuya, la otra), ponga el grito en el cielo, de una patada en el culo a los incompetentes, retire el voto a los que roban (qué listo el tío de Valencia, que espabilada la tía de Madrid… ), deje de comprar donde timan, de vestir ropa de aquel que explota a sus trabajadores, de comprar productos que envenenan nuestro entorno, de dar un solo céntimo a aquellos que contaminan y de dar crédito y espacio a los que hablan desde la prepotencia de los beneficios como objetivo único dejando el respeto a los derechos humanos para otros ingenuos… Todo lo aceptamos como natural. Vivimos bien. El territorio de la comodidad es lo que tiene. Que te ata cual cordón de zapato. Y hasta te aprieta y ahoga. Pero agacharse a desatarlo, da una pereza…

Dime. ¿Cuantos jóvenes parados representa ese 45% que tiene España? Varios millones. ¿Cuantos están manifestados ahora mismo en las plazas? Uff, pues hasta medio millón sería poco. ¿No tendría que haber ardido Roma hace ya mucho? Y no sólo aquí, veáse Italia corrupta, racista, cenizas de lo que fue… ¿Quién se mueve? El aire. El espíritu mediterráneo, no nos engañemos, sin ser lo vago que dice la canciller alemana Angela Merkel que es, tiende (tengo que generalizar, sorry) al solaz, al escaqueo, al exhibicionismo y el derroche, a tirar la pelota fuera cuando alguien pide responsabilidad y a entusiasmarse con algo o alguien durante unos días y a olvidarlo al minuto como si tal cosa… Pasa con los individuos, con los medios, los periodistas, los políticos, los empresarios… ¿Será que el largo plazo aquí se diluye con el clima y en cuanto llega julio las intenciones y los objetivos se derriten al sol? Quizá.

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Reunión de empresa


CARTAS DE MARIE (5)

Querida Lola:

Yo viajo mucho por culpa de lo mío, ya sabes. Y ayer iba yo en el avión repasando mentalmente mis proyectos de vida en el momento justo del aterrizaje en Madrid cuando, antes siquiera de rozar el suelo, un hombre en el asiento de atrás ya estaba hablando por el móvil al estilo latino. Es decir, voz lanzada hacia el infinito y más allá, como manda Dios, sin importar la presencia de otros; con el efecto que yo llamaría ‘movilkilling’, pues una siente el impulso irrefrenable de volverse y, como mínimo, hacérselo tragar. Bien… me autocontrolo, me limito a los hechos. Frases de entrada: “¿Qué pasa tío? Que ya he aterrizado. Y no veas cómo lo hemos pasado; estaba allí la empresa en pleno y yo con el jefe español, ese gordito que te presenté un día, lo he pasao en grande, qué marcha; hasta las seis de la mañana cada día, los dos juntos, intimando; pero que juerga, tío; que hacia a todo y allí estaba él, tocándole el culo y las tetas a las bailarinas, como uno más…”.  Yo entré en shock. Y él no, pues seguía: “Y me he pasao la semana pegao a mi compañera, 24 horas al día; nos hemos conocio más que en meses, ya te concretaré… Sí, estaba también el jefe alemán, un deportista nato, me pagó un curso de surfeo en la playa que costaba 180 euros, así, como un señor; que lo que él quería es que la gente disfrutara y vaya si disfrutamos, tío; pero espera que llegue y ya te contaré detalles…”.

No hizo falta esperar. Sin más, él continuó dándolos, dejando al peaje entero en vilo y a mí, por cercanía, con el pulso acelerado de tanto asimilar experiencias ajenas al vuelo (que de eso se nutre la telefonía), mientras nos posábamos en el suelo, recorríamos la pista, atracábamos… etcétera. Otro trayecto ida y vuelta podríamos haber realizado y ahí estaría nuestro hombre aún hoy pegado al aparato, enumerando escenas de juerga colectiva. Y yo visual como soy, visualizaba mucho. Aún sin verle la cara, imaginaba su cuerpo y modales. Su ideología. Y hasta a sus parientes cercanos, yo diría. Un completo. Hombre maduro. Reunión de empresa. Premio por servicios prestados. Una firma que va bien a pesar de la crisis y regala detallazo al personal. ¿Pero aún existe eso, tú? Viaje a sitio exótico todo incluido y juntos para hacer unión y fuerza y beneficios luego… ¿Pero aún se cree tal cosa? ¿Sigue vigente la terapia ejercicios espirituales donde todos rezamos unidos convencidos de la bondad de nuestros objetivos trimestrales? ¿Los acuerdos firmados ante un buen chuletón? ¿La puta que ayuda a robar contratos a la competencia?

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Astenia primaveral


CARTAS DE MARIE (4)

Querida Lola:

Hoy me levanté mustia a pesar de que el sol luce y los árboles de mi jardín ya brotan eufóricos. Como salidos de fiesta, borrachera u orgía. Tengo más de 20, ¿lo sabías? Dos prunos, dos cipreses, un tilo, un olivo, un madroño, una higuera, un laurel, un acebo… La mayoría los planté con mis propias manos y para mí son como la brújula que marca las horas y los días, las estaciones, mi propia vida. Señalan el tiempo que va y viene, el vaivén de los acontecimientos externos e internos, las emociones que estallan o se ocultan. Son la prueba del poco valor del presente, que está muriéndose ya cuando lo aprecias; cuando crees que la primavera será eterna, el socarral del verano te tumba; y si el otoño ventea las hojas, el invierno ya ataca por lo bajo enfriandote el rostro y las manos con pequeños soplidos, antes de helarte la sangre y obligarte al abrigo. Mi jardín me obsequia con la luz de la madrugada, sus colores rosas, morados, naranjas asoman, matizados, en el horizonte. Me regala estrellas fugaces, rumores de personas y cánticos de aves de la noche… Me da instantes eternos: la Luna va y viene conmigo desde mi cama, porque las hojas del tilo la tapan, la desvelan, la tapan, la desvelan… Un juego de niños y de amores. De engaños y sombras. Estoy y no estoy. Gozo o lloro, me recupero, me río, me asomo, me desvelo, te abrazo, ronroneo, te amo, nos enfadamos, caigo muerta, me cobijo, me avalanzo, me inquieto, sueño… Las hojas. Un estribillo. La vida.

Hoy me levanté mustia, te digo, en mi jardín que estalla con los lilos, porque me sentí de repente rama vieja, cuerpo que rechaza los gestos cotidianos. A saber: apaga el despertador, saca las piernas de las sábanas, ponlas en el suelo, incorpórate, ve a la ducha, busca la ropa, usa las cremas, lávate los dientes, toma el desayuno, haz la compra, ocúpate de la comida, viaja hacia el centro, siéntate junto a la mesa y el ordenador y los papeles… Cada día. Y no sólo eso: escucha las conversaciones banales en el taxi; observa la perdida de tiempo comunitaria, la inconsciencia de vida eterna de los inconscientes, el desguace del bien colectivo, el derroche de papel de la impresora, el aire acondicionado que nada acondiciona, la moqueta de plástico que mata, Belén Esteban que grita en las tertulias de la tele y los políticos que se graznan… Asiste, anda, si es que puedes, al furor por el poder y la tecnología, al ansia por los objetos y los coches y las ropas caras, al ardor monetario, colonial y guerrero que todo lo manda… Uff, me rindo, me rindo, me rindo.

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Fallo electrónico del motor


CARTA DE MARIE (2)

Querida Lola:

¿Te acuerdas de mi vieja teoría de que los objetos son sensibles? Lo investigábamos juntas antaño mientras jugábamos a los médicos de niñas… Hacíamos entonces sufrir a los muñecas, a los peluches, a los lagartos y hasta a las piedras. Todos padecían por igual. Y chillaban, ¡vaya si chillaban1 ¡Qué bárbaro resulta ahora visto desde este París tan ‘humanosarkozy’ donde ahora me encuentro! Pero, ya hablaremos de eso. Hoy estoy segura. Creo en la sensibilidad de los objetos. Tengo pruebas: mi coche siente, siente por mí, siente mi estado, siente el estado del mundo. Empatiza. Que estoy estresada, atacada de los nervios, desquiciada… Que empiezan a sobrevolar las bombas, llega el tsunami, hay un atentado, la política se enturbia, Camps no dimite, Zapatero habla o Esperanza Aguirre inaugura otro pantano… pues él va y enciende un chivato en el panel de mandos que indica: “Fallo electrónico del motor”.

¿Fallo electrónico del motor? ¿Pero qué significa eso? ¿Es que el motor no es un ser mecánico?, me pregunto. ¿Significa que se va a detener en plena marcha? ¿Que hay que salir corriendo porque se incendia? ¿Que debemos ponernos a cubierto? Buscaba yo desquiciada, muy al principio, una instrucción secreta de esas que suele usar todo manual de instrucciones. Y ni una encontraba que me sirviera para actuar, para hacer algo. “Debe ser grave”, me agobiaba yo… muy al principio. Porque, para cumplir con el estereotipo de mujer al volante (tú no, ya lo sé, pero yo soy más vieja), en los coches no sé ni donde hay que ir a buscar el gato para cambiar una rueda… Y no te digo la rueda.

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