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Un dolor de muelas y un atraco


CARTAS DE MARIE (17)

Querida Lola:

Sólo los he sufrido tres veces en mi vida. Y siempre en festivo. ¡Pero qué tres veces! No existe, dicen los que lo han sufrido, nada más terrible que un dolor de muelas. Y horrible es, sí señor, lo confirmo y lo firmo. Es como si te hicieran un torniquete interior; como si un cable de alta tensión anduviera dando descargas jocoso por tu cuerpo entero; hasta escalofríos he sentido ayer, hoy, ya va para tres días infinitos. Mi muela, una o varias, no sé, da gritos de socorro, mostrando que algo no marcha, pues no otra cosa es el dolor sino un aviso de disfunción. Sobre mi mesa, casualmente, un libro recién nacido y titulado Historia cultural del dolor, sobresale del reto. “Mira, qué casualidad”, me digo. Y lo hojeo para buscar consuelo, pero abandono enseguida. Mejor, no dramatizar esta experiencia maravillosa que ando viviendo. Ahí entre sus páginas lo explica, hay que ser positivos.

Día de Todos los Santos es hoy. Cuánto me acuerdo de ellos, te juro. De los antepasados de la dentista que me hizo un empaste ineficiente; de la madre naturaleza que me ataca; de mi propia constitución física tan sensible… Una colega me recomienda una franquicia de clínicas dentales aquí cerca. “Vete”, dice, “siempre están abiertas”. Y voy. De urgencias. A que me den algo mágico que me alivie, pues ya tengo la sensación de que voy a perder el sentido; la infección se va a adueñar poco a poco de mi oído, de mi garganta, va a colonizar el cerebro… Y me muero. Te juro que hay ratos que creo que estos son mis últimos momentos.

Total, que fui. Muy amables eran, sí señor. Me metieron entre paciente y paciente, todos muy callados y resignados en la sala de espera; tuve la sensación de colarme en un vagón que no me correspondía. Muy eficaces era el equipo. Enfermera o similar me sometió primero a encuesta profunda, como si fuera a concursar en oposición allí mismo. Nombre, apellidos, teléfono, enfermedades, alergias, últimos polvos le faltó añadir. Eso pensé, pero ella dijo: “¿Algún problema último?” ¿Problema? ¡Ay, o me había confundido de consulta y estaba con la terapeuta o qué clínica dental tan cool ésta! “¿Por donde empiezo, señorita? Son tantos…”. Ella sonríe. Y me manda a hacer radiografía. Me encierra en una sala con una máquina envolvente y allí quedó grabada la foto de mi mandíbula y boca, toda ella. Lo sé, porque luego, una vez tumbada, una pantalla retransmitía mis bucointerioridades, cual telediario. Horror. Tan imperfecta es mi anatomía, que hasta la muela se sintió dolida, ante el ridículo, y dio tal descarga de protesta que me dejó para los restos. Seguir leyendo Un dolor de muelas y un atraco

Día Internacional del Abrazo


Por varios motivos de peso, declaro por/para mi misma el día de hoy, Día Internacional del Abrazo. Una jornada entera por delante para achuchar y dejarse achuchar por conocidos y extraños, mujeres y hombres, niños y ancianos, gente de todo género, origen y condición… Nada de esos gestos siesos, besos diplomáticos o apretones lánguidos de manos tan habituales. No. Hoy se trata de acercarse al contrario, agarrarse y apretarse bien apretado al cuerpo de otros/as como signo de amistad y afecto y… deseo de cambio. ¿Qué sucedería? Ah, lo ignoro. ¿Nos iría todo a todos un poco mejor? Quizá. Seguramente. Esto quiso saber nuestra ya conocida Michelle Chmielewski, la misma que un día nos enseñó a hablar francés con una simple palabra (putain, putain). Siendo mujer de acción como es ella, un buen día frío de este año, antes de caer en las garras de la melancolía, se puso manos a la obra y salió al exterior cargada con su arma secreta. Su intuición le decía que ese era el método, la solución definitiva para convertir a Francia en perfecta y acabar con esas caras de perro (“serial killers”, los llama) que se encuentra en el metro parisiense cada día. Un método antiviolencia en un gesto. Así que se ofreció a ser abrazada por todo aquel que se cruzara en su camino por las calles de París. Y esto fue lo que le sucedió entonces a Michelle, la norteamericana amante de las pequeñas cosas, convertida en estrella emergente gracias al modo, tan personal, de contar sus impresiones (muchas y sentidas) sobre Francia y los franceses. ¡Qué gustazo! Hugs, hugs… abrazos en Red desde aquí, para dárselo a otro y a otra y a otros… (ah, pero abstenerse de palmaditas en la espalda, please, uff… qué hipócritas ellas, las odio).