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Ikea, Apple y el libro


 

Dicen que parodia a Apple pero, ¿no se parece un poco/bastante la nueva campaña viral de Ikea con esta otra (ver debajo) de leerestademoda en Youtube de 2010 de la que os hablamos en este blog hace siglos en la entrada titulada El libro y sus imitadores…? En la página de estos últimos ya corren, naturalmente, los comentarios… 

 

Narraciones viajeras maravillosas


Programas estilo Callejeros Viajeros, o cualquier documental de viajes que se precie, le debe mucho, muchísimo a un norteamericano llamado Burton Holmes, que no sólo se recorrió el mundo en un tiempo en que éste no se cruzaba en un día, sino que al grito de “¿Te cuento mi viaje?” consiguió transmitir su pasión viajera a audiencias numerosas que acudían (dado su entusiasmo) a escuchar sus peripecias y a contemplar las imágenes que él montaba con el mismo primor con que las tomaba. Hoy día salir de casa está al alcance de todos, pero en aquel tiempo… Entonces era la imaginación la que primero se (re)movía gracias a la experiencia de otros con más suerte o más aventureros. A Holmes le dedicamos en El País Semanal un artículo en 2006 que titulamos “El primer viajero global”. Fue el más grande de su tiempo. Entre los siglos XIX y XX recorrió seis veces el mundo, fotografió y filmó sus gentes y paisajes con el afán de mostrarlo en espectáculos de imágenes y narraciones maravillosas.

“A mi manera he poseído el mundo”

Lo dijo cinco años antes de morir el fotógrafo norteamericano Burton Holmes (1870-1958), hijo de banquero, nieto de colonos de Chicago importadores de vino francés, apasionados viajeros. Él lo creía. Y resultó cierto. Durante un tiempo fue dueño del globo.

Lo recorrió de arriba abajo en seis ocasiones, atravesó el Atlántico en treinta, el Pacífico en veinte. Descubrió sus rincones más exóticos, gentes y paisajes recónditos; lo fotografió exhaustiva y magistralmente sin afán antropológico o científico, sólo con el de mostrar y fascinar; lo filmó de mil maneras sin que aún quepa explicación posible a obra tan prolífica en una época en que los desplazamientos y la técnica costaban mucho. Rodó 150 kilómetros de película y tomó unas 30.000 fotografías. Este hombre de por sí exótico –barba puntiaguda, delgado, impecablemente vestido, de porte británico, sibarita– se desplazaba en verano y regresaba a su país en invierno, una y otra vez, con sus pesadas maletas cargadas de imágenes, vía marítima, la única que aún existía hasta que la aviación le permitió perspectivas de “altura”, a las que, por supuesto, se apuntó enseguida.

Año tras año, Burton Holmes acumulaba lo que él definía como su “tesoro”, su mejor “activo financiero”: “Las imágenes mentales de mis viajes que he ido acumulando como un avaro feliz”. Montaba, entonces, todo aquel material de película en blanco y negro obtenido en sus travesías y lo convertía en un mundo nuevo, le daba color gracias a la habilidad de dos pintoras de miniaturas (tal y como se hacía en Japón, país que le fascinó y con el que se estrenó en su periplo en 1892) que usaban, “un pincel de armiño de una sola cerda”. Lo cuenta Genoa Cadwell, archivera, una de las personas que más ha hecho por la conservación de su legado que durante dos décadas anduvo perdido y ahora es The Burton Holmes Historical Collection.

Después de la fotografía se ocupaba de la palabra. Minutaba el tiempo empleado, vigilaba el ritmo, la entonación, la declamación, la manera de casar imágenes y narración. Se creía un actor y lo convertía todo en un verdadero espectáculo que se anunciaba en hermosos flyers de época. “The Burton Holmes Lectures. Tenth year season. 1902-03. From Gibraltar to North Cape”, se lee en uno de ellos. Llamaba Travelogues a estas exhibiciones que le hicieron famoso (hasta tiene hoy día una estrella en el paseo de la fama de Hollywood), una mezcla entre travel y dialogues, un concepto nuevo para huir de las tradicionales y aburridas conferencias.

Sin embargo, no fue él el inventor de las charlas de viajes. Tampoco de los pases de diapositivas. Fue su contemporáneo John L. Stoddart. Hubo un tiempo en que compitieron, pero al final este último le cedió el testigo en 1897 y le regaló su público, que era mucho. Y Holmes elevó sus shows a categoría de arte gracias a su especial mirada, a su labia y a la tecnología incipiente que su eterno ayudante, Oscar Bennett Depue, siempre utilizaba (de hecho se convertiría luego en un pionero del cine, por sus innovaciones técnicas). Seguir leyendo Narraciones viajeras maravillosas