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El Principito en película


Con Kate Morton en Paddington


Publiqué este texto en El País Semanal en febrero de este año, después de compartir unos días con la escritora en Brisbane (Australia), su lugar de residencia, un lugar nuevo e inesperado para mí. Era mi segundo encuentro con ella y mi primer viaje a las antíp0das, experiencia que me permitió descubrir la verdadera dimensión del mundo (tal como Morton me había avisado). Además, Kate Morton confirmó lo ya sabido y resulto ser una profesional de primera. También en el modo y tiempo dedicado a quien se ocupaba de ella a pesar de que en ese momento andaba atacada de los nervios: le quedaban muy pocos días para entregar su nueva novela, The secret keeper, la misma que se publica esta semana en inglés en Simon&Schuster.  Sirva mi texto de agradecimiento y recuerdo de aquellos días con esta mujer bestseller. Y he aquí la información sobre su nueva obra contada por ella misma en vídeo y el primer capítulo de la obra, titulado Laurel.

Con la fotógrafa Gillian Van Niekerk en plena faena.

Tras el secreto de Kate Morton

Gracias al boca a boca, esta australiana de 35 años, casada y madre de dos hijos, ha vendido a un público heterogéneo de todo el mundo ocho millones de ejemplares de sus novelas victorianas; 800.000 en España. ‘El País Semanal’ viaja hasta su casa para desvelar el secreto de su éxito y hablar de su tercera obra, ‘Las horas distantes’.

La escritora superventas había avisado: “Cuando vuelas hasta Australia es cuando adquieres conciencia de la dimensión del mundo, de su inmensidad”. Y tiene razón. La flechita en la pantalla del avión que marca la ruta va dejando atrás Europa, la península Arábiga, el subcontinente indio, se dirige a Singapur… Y desde allí aún queda una jornada laboral completa hasta aterrizar en la ciudad de Brisbane (dos millones de habitantes, en Queensland, nordeste del país, la tercera mayor de Australia), lugar de residencia de Kate Morton, la autora que ha conquistado el mundo desde Oceanía.
Solo de su segunda novela, El jardín olvidado, ha vendido más de medio millón de ejemplares en España (y otros 250.000 con la primera, La casa de Riverton). Casi ocho millones en total, en 38 países. La tercera, Las horas distantes, se publica ahora aquí en la editorial Suma de Letras. Y en ella, otra vez sus obsesiones son explícitas: “La estrecha relación entre el ayer y el hoy, y también Inglaterra, con sus sagas familiares, sus casas antiguas, sus libros centenarios, con ese sentido de continuidad histórica…”, explicará luego. Ese es el motor de sus narraciones: un pasado que se resiste a morir y acaba cimentando (o diluyendo) el presente.
Kate Morton (Berri, 1976) traza vidas como esas líneas en los mapas de navegación; sus personajes, habitantes de un mundo y un tiempo concreto, van y vienen, aterrizan y despegan de él cargados de peripecias que se enlazan y entrecruzan; dibuja el rastro de los que estuvieron y ya no están, pero crearon un tejido que condiciona el de sus sucesores, el nuestro. Los avatares de tres hermanas marcadas por los sucesos en esas horas distantes de la Segunda Guerra Mundial es lo que nos trae ahora.

Tan lejanas, se diría, como Australia misma, que a ojos mediterráneos parece inalcanzable. Entenderla quizá sea acercarse un poco más a Kate Morton. Hay que abrazar gran parte del globo durante un día completo y adelantar el reloj y la cabeza nueve horas cuando se pone el pie en esta mancomunidad, su país, gobernada por dos mujeres, que es como una isla gigantesca en las antípodas (con una superficie cercana a la de EE UU, pero con 14 veces menos población, 22 millones, tan vacío que da vértigo); el segundo del mundo tras Noruega en el índice de desarrollo humano 2011. Puros nórdicos del Sur. América, Europa y Asia, fundidos en este verano austral. ¿Tienen problema de identidad los australianos? Morton dirá luego, sonriendo con su boca inmensa, que sí. “Tenemos una forma de vida muy norteamericana, pero la cultura con la que nos formamos y que nos atrae es europea y la influencia asiática es cada vez mayor”. Un melting pot que no acaba de reconocerse en sus orígenes aborígenes milenarios, que fue enorme territorio carcelario para los británicos desde el siglo XVIII, se independizó en 1901 y aún mantiene a la reina británica, Isabel II, como propia.

Curioso lugar al que el estereotipo actual ha dotado de minas, desiertos, eucaliptos, koalas, canguros, tiburones y playas repletas de surferos cachas sin fin. Asuntos varios y con tirón que sí son tal, pero que suelen aparecer poco o nada en la obra de Morton. Su ambiente literario es otro, mucho más de interioridades dramáticas y exteriores románticos; de decoración victoriana y acantilados amenazantes; de castillos ruinosos con paredes que rezuman historias y seres atormentados que languidecen cargando fardos de secretos familiares.
Más de viejo continente que de este en apariencia joven y próspero, en el que la crisis económica actual apenas es rumor en la costa y donde la arquitectura se levanta a imagen y semejanza del cóctel de gente que pasea por sus calles. Brisbane es puro ejemplo: el centro de la city es un mall continuo, todo producto es chino, hay gimnasios por doquier y playas urbanas en la ribera del río homónimo, que se desbordó justo ahora hace un año con resultados desastrosos aún no olvidados. “Mi literatura bebe de fuentes góticas, de aquello que mamé en mis lecturas juveniles, que solían ser de las hermanas Brontë, Dickens, Daphne du Maurier, Poe o Lucy Clifford, por poner ejemplos de la literatura victoriana que estudié”. De educación británica, lo que la convirtió en lectora impenitente es, sin embargo, popular y siempre el mismo: “Sin duda, Enid Blyton”.

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Lecturas (2) “Tenés que ayudarme”


“Yo escribía muy poco. Algunos poemas. Algunos cuentos. Era muy perezoso para escribir. Más tarde aprendí una cosa, que siempre les comento a los jóvenes que me hacen preguntas sobre la escritura: en mi opinión, los más difícil del oficio de escritor es el esfuerzo que hay que hacer para poner las manos en la masa; para pasarse el tiempo garabateando palabras. La gran alegría viene con la inspiración, la idea, las ganas de escribir un texto sobro esto o aquello. Pero, después, el acto de escribir exige una cantidad enorme de tiempo, es fastidioso; a veces hay un pequeño destello, una pequeña alegría, pero la mayor parte del tiempo implica pasar horas intentando decir de la manera más precisa, más clara, sin que sea un cliché, “la marquesa salió a las cinco”. ¡De eso se trata! Hacer que un personaje entre en una pieza y se siente a la mesa: puede llevar días expresar eso con precisión. Y puede resultar un tedio mortal… Lo que imagino nunca se parece a lo que termino poniendo sobre el papel. ¡Nunca! Katherine Mansfield lo dice muy bien en su diario. Habla exactamente de eso. Cuenta cómo tiene una idea absolutamente formidable para un cuento y se pone a escribirlo. Después lo termina, está bien hecho, pero no es formidable, es algo muerto, no tiene el brillo que esperaba. Me cansaba muy rápido de escribir. Creía que bastaba con poner la idea sobre la página para tener un texto valioso.

'Aufmacher', de la francesa Sabrina Tibourtine, en http://www.eine-der-guten.de/

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